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– ¿Es una broma?

Annie se reía de ver la cara de susto que se le había puesto, y Jonjo cerró los ojos durante unos instantes antes de relajarse y echar a correr detrás de su hermana para vengarse por lo que le había hecho. Vio a su madre de pie, en la cocina, y se detuvo en el vestíbulo para mirarla. Parecía empequeñecida, abatida, con el pelo gris y los ojos hundidos. Parecía vieja, vieja y frágil, y su imagen lo asustó. Se acercó a ella y, abriendo de par en par los brazos, la estrechó entre ellos. Ange lo apartó de su lado de mala manera y le dijo:

– Sé lo que te estás metiendo y me avergüenzo de ti. Mi hijo se ha convertido en un jodido yonqui y, si no lo dejas, yo misma se lo diré a Danny Boy para que ponga remedio.

Jonjo dejó caer los brazos con desgana y, sacudiendo la cabeza, respondió:

– No me hagas reír, mamá. ¿Acaso te importa que me muera?

Annie se entristeció al oír esas palabras y, echándole el brazo por encima de los hombros a su madre, se olvidó de su acostumbrado antagonismo y le respondió:

– No lo metas en esto, madre. Todos necesitamos tomar algo para olvidarnos de ese cabrón.

– Sea lo que sea tu hermano, no es un jodido drogadicto.

Annie sacudió la cabeza lentamente, con el rostro retorcido por la consternación que le habían causado las palabras de su madre, por su sinceridad.

– Yo no estaría tan segura, mamá. El también tiene sus momentos, aunque no creo que te atrevas a reprochárselo, ¿verdad que no? El es peor que las drogas, peor que la guerra, es como una brigada de combate formada por un solo hombre. Es como un cáncer que destruye a todo el que se le pone por medio, incluido a mi padre, tu marido. Así que cuida tus palabras y no trates de humillarnos, que ya nos conocemos y sé que tienes dos caras.

Ange se había erguido tratando de imponerse, pero su altura no distaba mucho de la de sus hijos. Miró a su hija de arriba abajo, como si sintiera repugnancia al verla y dijo:

– Puta de mierda, uno de estos días te voy a dar tu merecido y te voy a cerrar la puñetera boca de una vez por todas.

Annie sacó a su hermano de la cocina mientras gritaba por encima del hombro:

– Vete a la mierda, vieja puta. Ya no puedes hacernos ningún daño, ya nadie puede hacérnoslo porque somos inmunes. Tú has hecho que sea así desde que permitiste que tu ojito derecho se apoderase de esta casa, cuando permitiste que torturase a mi padre y arruinara nuestras vidas. Espero que estés contenta y te sientas orgullosa de tu familia y de lo que has hecho con ella. Tienes por hijos a un drogadicto, a una puta y a un asesino. ¿Qué más puedes pedir?

Ange echaba chispas por lo que le había dicho su hija, por la verdad de sus palabras. Intentaba por todos los medios mantener a la familia unida, conseguir una estabilidad para ellos. ¿Por qué ese par de hijos suyos no entendían que ya no tenía ningún poder sobre Danny Boy? Lo único que intentaba era cuidar de ellos, procurar que Danny Boy no se enterase de lo que estaban haciendo y se desahogara con ellos. ¿Por qué esos dos hijos suyos siempre la veían como la mala de la película? Lo único que intentaba era cuidar de ellos, ayudarlos. ¿Por qué estaban tan enfadados con ella? Toda su vida la había pasado intentado facilitarles las cosas, protegerlos. Ellos eran los que causaban los problemas, pues sabían cómo era Danny Boy y lo incapaz que era de controlarse. Lo único que deseaba era verlos sanos y salvos. Lo único que anhelaba era verlos asentados y felices. Sin embargo, por mucho que se repitiera esas cosas, en su interior sabía que lo que pedía era imposible, pues Danny Boy se encargaba de controlarlo todo.

– Por Dios, Michael, deja de comportarte como un niñato.

Danny iba de un lado a otro de la oficina de su casino, su enorme cuerpo embutido en un traje de los caros y su inmaculado pelo brillando bajo la luz del sol de la mañana. El inspector David Grey lo miraba fijamente, pero nada sorprendido por la forma en que se había tomado lo que le había dicho: que era uno de los principales sospechosos del asesinato de Frank Cotton, y que él y sus colegas habían utilizado todos sus contactos y sus fondos para que no se investigasen sus actividades ilegales.

– Perdona que te lo diga, Danny Boy, pero por ese camino terminarás mal. No puedes ir matando a la gente sin ton ni son y esperar que no te pase nada. Tienes que buscar la forma de resolver este asunto y más vale que lo hagas lo antes posible.

Danny Boy miró al detective como si fuese la primera vez que lo veía. Observó su pelo, el tejido brillante de su traje de confección y las descuidadas uñas que le daban el aspecto de un vendedor ambulante. En el mundo real, en su mundo, hubiera pasado completamente desapercibido, y le resultaba increíble que un capullo como ése se creyese con poder suficiente como para cuestionar sus acciones. Danny Boy se preguntó por qué coño permitía que un mierda de policía como ése entrase en su oficina.

Michael, reconociendo los síntomas, intentó calmar la situación. Lo asustaba pensar que la próxima persona que ocupara un lugar en la lista de desaparecidos fuese un poli; un poli corrupto, pero un poli al fin y al cabo. Si Danny se dejaba llevar por uno de sus arrebatos, cosa que no era de extrañar, se encontrarían en una situación de la que no saldrían ni con todo el oro del mundo.

– Venga, Dave, vamos a intentar ver las cosas en perspectiva…

Grey se levantó; era un tipo grande, con deseos de grandeza también. Esa era una de las razones por las que se había dejado corromper. El juego y las mujeres eran su debilidad. Le gustaba codearse con el mundo del hampa y, normalmente, conseguía los mejores asientos en los combates de boxeo, además de disponer de algo de dinero para permitirse un capricho de vez en cuando. Tenía un buen coche y estaba realizando los trámites para comprarse una casa en la costa. Aun así, sabía que Danny Boy no se libraría de que le echasen la soga al cuello, a no ser que se tomase las cosas con un poco más de calma.

– No puedes ir por ahí quitando de en medio a todo el que se te antoje. Nadie tiene tanto poder como para eso. Y no podré garantizar que no te arresten si alguien te acusa. Trata de controlar tu carácter y cualquier asunto que tengas que resolver hazlo en tu casa, en el desguace o en un bunker, pero donde nadie te vea ni te oiga. ¿Entiendes lo que te digo?

Danny Boy miró fijamente al inspector durante un buen rato y Michael se dio cuenta de que ése sería el peor día de su vida o el último del inspector Grey. Conocía a Danny Boy mejor que nadie y, desde siempre, había sospechado que su cerebro no funcionaba como el del resto de los mortales. A él no le importaba nada ni nadie; hacía lo que se esperaba de él, lo que el mundo que le rodeaba esperaba que hiciese.

Danny Boy se consideraba a sí mismo un genio, un pensador, un intelectual, una persona cuyos puntos de vista eran los únicos que merecían la pena. Era un puñetero desquiciado mental, y David Grey debería haberse percatado de ello. Se le pagaba por limpiar la mierda, por neutralizar los arrebatos de Danny Boy y por limpiar su imagen ante los jueces locales, que, en su mayoría, le debían algún favor que otro. Sabía que Danny Boy no era de ese tipo de personas con las que se puede razonar, ya que su forma de comportarse no daba margen para la discusión. Danny Boy esperaba que la gente hiciese lo que ordenase, que todos saltaran de su asiento en cuanto los llamase, especialmente si cobraban un sueldo pagado por él.

David Grey era como la mayoría de los polis corruptos y creía que llevaba el bastón de mando en su relación con los delincuentes, de los que obtenía la mayor parte de su dinero. No se daba cuenta de que, desde que aceptaba el primer soborno, estaba más pillado que nadie y era relegado a la altura de sus zapatos. Ser un poli como Dios manda era una cosa; no es que fuese lo más idóneo, pero se consideraba comprensible después de todo. Sin embargo, un poli corrupto, que además daba su opinión cuando nadie se la había pedido, era algo intolerable, ya que se le pagaba para que esas cosas no sucediesen, no para que les diera lecciones sobre derecho. Grey no era tan listo como creía si pensaba que iba a salir de allí bien librado.