Выбрать главу

Danny Boy se sirvió una copa; ni siquiera a esas horas de la mañana el alcohol parecía afectarle lo más mínimo. Podía beberse una botella de brandy y conducir perfectamente, hablar correctamente o hacer un trato con sorprendente precisión. El alcohol era una de sus debilidades, junto con la coca y las anfetas, que ingería con total impunidad. Se tomó la copa de dos tragos, fue hacia Grey y le arrojó el vaso con toda su fuerza. Le golpeó en uno de los lados de la cabeza y lo derribó al suelo. Mientras yacía tendido, con la sangre manando de un profundo tajo que tenía detrás de la oreja derecha, Danny se le acercó y, hablándole en susurros y delicadamente como si fuese un niño pequeño, le dijo:

– Por lo que veo, no comprendes que me perteneces.

Michael estaba de pie, a la expectativa. Grey estaba tirado en el suelo, yacía en posición fetal y se tapaba la cabeza con los brazos porque esperaba un segundo ataque. Por primera vez se daba cuenta de con qué tipo de persona estaba tratando. Estaba probando la medicina de Danny y ahora tomaba conciencia del papel que desempeñaba en el drama que conformaba la vida del joven Cadogan. El sólo era un soldado raso, un medio para conseguir un fin. Sus sueños de utilizar a Danny Boy para lograr sus metas financieras se habían desvanecido, igual que la posibilidad de abandonar su empresa cuando se le antojase. No cabía duda; estaba acabado y él lo sabía. Aun cuando tuviera la suerte de salir de esa habitación vivo, lo que era cuestionable, su existencia anterior se había acabado.

Mary se sentía mal, pero no era ese malestar matinal que tanto ansiaba, sino la acidez que le provocaba la resaca. Se puso de pie a duras penas y se dirigió hacia la cafetera. Mientras se servía una taza de café bien cargado, volvió a percibir ese sabor ácido en el estómago. La cocina estaba iluminada por una brillante luz otoñal y, después de echarse azúcar en el café, se sentó en la enorme y labrada mesa de madera. Desde la muerte de su suegro, hacía tres meses, había perdido por completo el control de su vida. Se pasaba el día imaginando la muerte de su marido; era un pensamiento que la rondaba a todas horas, estuviera lavando los platos, haciendo las camas o viendo la televisión.

Su sueño favorito, que normalmente le venía después del primer trago de la mañana, era que oía que llamaban a la puerta en mitad la noche. Al abrirla, se encontraba con la policía, que le comunicaba la noticia de que su marido había sido acribillado a balazos en el pecho y en la cabeza. Hasta en sus fantasías quería tener la completa seguridad de que no había forma de que sobreviviera, ya que ni tan siquiera en sueños se sentía totalmente segura de que no resucitaría con tal de fastidiarla. Su simulada pena y su alegría interna la rejuvenecían completamente, pues aquellos pensamientos se habían convertido en su único aliciente y la única razón por la que no perdía del todo la cabeza.

Mientras echaba un chorro de vodka en el café, notó que la tensión desaparecía de su cuerpo y de nuevo aparecía la imagen de su marido en el tanatorio. Tenía la cara destrozada, sus bonitos dientes y su boca sensual, que escondía tanta malicia tras la sonrisa, hechos pedazos. Suspiró aliviada, disfrutando del placer que le proporcionaba esa imagen.

Sintió náuseas otra vez e hizo un esfuerzo por retener la bilis que se le venía a la boca frotándose la garganta. Sus largos y delgados dedos estaban repletos de anillos, como correspondía a la mujer de Danny Boy Cadogan, sus uñas pintadas de rosa y perfectamente cuidadas gracias a tanta manicura. En su delgada muñeca llevaba un reloj con diamantes incrustados y, alrededor de su delgado y largo cuello, un crucifijo de oro de los grandes con el que siempre estaba jugando inconscientemente. Con el pelo cayéndole sobre los hombros y su piel de porcelana, Mary tenía el aspecto de una mujer a la que no le faltaba de nada.

Durante toda su vida, su madre le había instado a que cuidara su imagen con el fin de casarse con un capo que le proporcionase todo lo que necesitaba. Una vez que lo tengas apresado y le des un par de hijos, decía, tendrás la vida solucionada; es decir, dinero, una bonita casa y el respeto de todos. Mary había logrado lo primero; es decir, se había casado con un pez gordo, un verdadero capo que estaba considerado como el hombre más peligroso del país. Pero no había logrado lo segundo, ya que había sido incapaz de engendrar hijos, uno porque se había asustado de su marido y el otro porque él se lo había arrancado de sus entrañas. No termines como yo, le había repetido infinidad de veces su madre, a lo que estaba decidida, pues no esperaba terminar siendo una borracha como su madre. Pues bien, las cosas habían cambiado. Levantó la taza de café para hacer un brindis y dijo:

– Soy igual que tú, madre. Igual que tú, pero con dinero.

Su risa se oyó muy fuerte porque la casa estaba vacía. Luego se echó hacia delante, como si sintiera un fuerte dolor, y se echó a llorar como una niña por esa mujer que había destrozado la vida de su hija antes incluso de que naciera.

Michael y Danny aún discutían acerca de qué hacer con Grey cuando aparcaron a las puertas de una casa de protección oficial en Caledonian Road. Era un bonito día de sol, aunque hacía frío. Ambos llevaban puestos sus abrigos de invierno y guantes de piel. El vaho de sus alientos impregnaba el ambiente y Danny Boy se reía para sus adentros. Cuando aparcaron el BMW, todas las personas que se dirigían a sus trabajos los saludaron, ya que Danny Boy, aunque tuviera la reputación de ser un bicho malo, también era considerado un hombre justo y generoso.

– Grey tiene suerte de que no le haya arrancado las pelotas y se las haya sacado por la garganta. No se puede permitir que un poli te coma el terreno, especialmente si es un poli corrupto. En cuanto pueda, pienso ajustarle las cuentas, pero por ahora me interesa que te vea a ti como su salvador. Así que prepárate, porque de ahora en adelante recurrirá a ti. Y, como dice la canción, quiero que lo uses y luego lo tires. Ahora cállate y déjame resolver este asunto a mi manera, ¿de acuerdo?

Al acercarse a la puerta, ya les estaba esperando una mujer pequeña con un bastón y una amplia sonrisa en el rostro. El afecto que sentía por Danny Boy se veía en su mirada y, cuando él la estrechó entre sus brazos, ella no paró de reír y hablar con esa voz tosca peculiar de los fumadores y de los que han tenido una vida llena de penurias.

– Entrad, muchachos. Algo de comer os quitará el frío.

Dentro de la casa el calor era sofocante. Procedía de la calefacción que Danny había mandado instalar unas semanas antes. La casa era pequeña, pero estaba impecable. La decoración era nueva, aunque ya desfasada, y el olor a huevos y beicon los condujo directamente a la cocina. Dejaron sus abrigos en el sofá que había en el salón y, después de frotarse las manos, Danny Boy, en broma, dijo:

– Por favor, que mi madre no se entere de lo mucho que me gusta tu comida, no vaya a ser que me pegue un tiro.

Nancy Wilson estuvo a punto de explotar de lo orgullosa que se sintió al oír esas palabras, como bien sabía Danny. Su hijo, Marcus, llevaba cumplidos dieciocho meses de la condena de doce años que le había caído en Parkhurst y se la estaba comiendo sin rechistar. Era un buen tío, un hombre decente y Danny se lo estaba compensando asegurándose de que a su familia no le faltase de nada. Su madre jamás había vivido tan bien y ella lo sabía.

Marcus tenía un hijo, Joseph, que estaba a punto de cumplir los dieciocho. Su esposa, sin embargo, una hermosa mujer procedente de una buena familia, había muerto de cáncer cuando el muchacho sólo tenía nueve años. Nancy había sido quien había educado al muchacho, ya que su hijo había tenido que buscarse la vida. Lo habían sorprendido robando y Danny Boy había sido el que le había encargado el trabajo. En consecuencia, era responsabilidad de Danny, al igual que su familia más cercana, por eso frecuentaba a su madre con cierta regularidad. Danny Boy procuraba pasarse por allí de vez en cuando, pues sabía que eso suscitaba comentarios y aumentaba su prestigio. Ese toque personal se había convertido en su tarjeta de visita, le proporcionaba prestigio y respeto, especialmente entre los más mayores. Se sentía obligado porque sabía que Wilson podría haberle delatado y haber hecho un trato con la pasma, ya que las sentencias tan duras que estaban imponiendo los jueces hacían que uno se olvidase de lo que significaba la lealtad. Él, sin embargo, tenía una condena de doce años, lo que significaba que tendría que cumplir dos terceras partes antes de salir por buena conducta; es decir, que estaría apartado del mundo por lo menos ocho años.