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Cuando oyó que Danny Boy abría la puerta, se alegró sinceramente de saber por fin qué le pediría.

Danny, con su corpulencia, ocupó casi toda la puerta.

– Lo siento, colega, pero tenía algunos asuntos que resolver.

Pasó por delante de su hermano toscamente y, acercándose a su madre, la besó en la mejilla antes de decirle con tristeza:

– La lápida del viejo llegó ayer de Italia. Quiero que vayas con Michael para ver si te gusta. Para mí está más que bien, pero tú sabes mejor que yo qué poner en ella.

Ange se puso sumamente contenta al oír esas palabras, justo lo que había esperado Danny, pues sabía que el mayor temor de su madre era que la tumba quedara sin lápida. Danny lamentaba que no le conociera lo suficiente para saber que eso era algo que él jamás permitiría.

– Es mármol negro de Italia. Me ha costado un ojo de la cara, pero, sin ánimo de molestarte, hay espacio para poner tu nombre cuando llegue ese momento. Espero que te guste.

Ange ya había cogido el abrigo y Danny Boy la ayudó a ponérselo con una gentileza que ocultaba la rabia y la indignación que lo carcomían por dentro.

Cuando la vio marcharse, Danny cerró la puerta principal con sumo cuidado. Luego, dándose la vuelta, se quedó mirando fijamente a su hermano antes de decirle jovialmente:

– Inútil de mierda. Quiero que me des la jeringa, el caballo y tu puto culo. Y lo quiero en ese orden.

Annie oyó la conmoción que se originaba en el salón, pero tuvo la delicadeza de meterse en su habitación y encender la radio, ya que con ningún pretexto pensaba interferir en ese nuevo drama. Ni siquiera cuando oyó la voz de Jonjo pidiendo clemencia, ni los puñetazos sordos que acompañaban sus plegarias. Danny Boy estaba haciendo lo que consideraba más aconsejable para resolver el problema y, por una vez en la vida, estaba de acuerdo con él y con sus métodos. Jonjo necesitaba que le dieran una lección y ahora la estaba recibiendo de parte del hombre que, una vez que se supiera en las calles que conocía la adicción de su hermano, decidiría el abandono de Jonjo del grupo de los drogadictos. Por mucho que Annie odiase a Danny Boy, sabía que su reputación como capo les proporcionaba a todos una mayor libertad dentro de la comunidad.

Capítulo 22

Carole estaba realmente hermosa. Aunque no era una mujer a la que se le pudiera dar un diez, el traje que había elegido para la boda le sentaba de maravilla, algo que tenía que agradecer a Mary porque resaltaba sus virtudes y, como decía en tono de broma, ocultaba sus enormes caderas. Ahora lo único que ansiaba era tener hijos, ya que, al igual que Michael, sentía la necesidad de procrear, de edificar una red familiar que fuese sangre de su sangre. Carole admiró a Mary, estaba tan guapa que se preguntó por qué no se sentía celosa de ella, de su voluptuosa figura y de sus prietas nalgas.

Mary la había ayudado a organizado todo. Como madrina de honor, Mary era más guapa que la novia, pero Carole se consoló pensando que siendo la hermana de su marido eso carecía de importancia. Además, se sentía enormemente agradecida por los consejos que le había dado, porque, de no haber sido por ella, seguro que no habría elegido tan acertadamente. Carole no era como las típicas mujeres de los capos; es decir, mujeres y jovencitas que se habían criado en ese mismo ambiente y que estaban familiarizadas con los nefastos intereses de sus maridos. Eran tan amorales como los hombres que tanto deseaban, ya que sólo veían dinero donde otras buscaban amor. Eran mujeres que juzgaban a un hombre por su reputación y por sus ganancias potenciales, y cuyo sueño dorado era casarse con un verdadero capo. Desde muy jovencitas estaban familiarizadas con el sistema penitenciario, por lo que no sentían el más mínimo escrúpulo en casarse con un hombre que fuese vicioso y rencoroso, ya que, en su mundo, ambas cosas se consideraban cualidades que proporcionaban mucho dinero. Un hombre de mediana edad, barrigudo y con cicatrices por el acné, podía considerarse un buen partido si tenía una cuenta bancaria con bastantes ceros. Esas mujeres buscaban en sus relaciones amorosas lo mismo que ellos en sus compañeros de negocios: una alianza cuyo único interés estribaba en las ganancias que pudieran proporcionarle a ellas y sus familias.

Carole, sin embargo, estaba verdaderamente enamorada de Michael, igual que él de ella. También sabía que Danny Boy le manifestaba un gran afecto y la tenía en alta estima, cosa que agradecía enormemente. Aunque Danny Boy la intimidaba, ella también lo apreciaba. Siempre había sido amable y respetuoso con ella, aunque tenía una forma muy distinta a la suya de tomarse las cosas.

Mientras permanecía de pie, a las puertas de la iglesia, se preguntó si la despedida de soltero que había celebrado Michael sería razón para que llegase con retraso a la ceremonia, pero luego pensó que no debía preocuparse por eso. Sin embargo, cuando el hermano del padrino de su marido le dijo que ya estaba en la iglesia esperando impacientemente a que llegase, se relajó de inmediato.

Annie le sonrió. Era una chica realmente bonita y Carole se preguntó cómo una jovencita que había sido bendecida con semejante belleza permitía que ¡a utilizasen de esa forma. Era algo que le resultaba incomprensible. Se acostaba con todo el que se le pusiera delante y sospechaba que incluso había intentado tentar a Michael con sus proposiciones. Annie utilizaba su cuerpo como arma, un arma muy peligrosa por cierto. El estilo de vida de su hermano y el respeto que su reputación le proporcionaba la convertían en un objeto muy codiciado. Llevársela a la cama no resultaba nada difícil, pero, por mucho que llevase ese apellido, su propia reputación causaba muchos estragos. Annie era como la víctima de un accidente que acabase de suceder, sólo que, en vez de esperar a la ambulancia, se levantaba, se acicalaba y esperaba a que llegase el próximo. Era una chica sumamente desgraciada, con la misma manía autodestructiva que muchas de sus amigas. Las mujeres de su mundo eran juzgadas por su prematura sexualidad; de hecho, la mayoría de ellas perdían la virginidad con hombres que podrían ser sus padres, pues estaban deseando ser consideradas mujeres adultas. Ser una niña se consideraba una forma de identidad, pero ellas ya habían dejado de ser adolescentes para convertirse en «madres», un título que las transportaba al mundo de los adultos de la noche a la mañana.

Carole había sido educada como una buena chica católica y, al contrario que muchas de sus amigas, se lo había tomado muy en serio. Por esa razón, jamás había sido tan instigada como ellas, ya que nunca hacía alarde de sus formas ni vestía provocativamente. De haberlo hecho, hoy no se estaría casando con el hombre con el que iba a contraer matrimonio.

Al igual que Michael, veía a esas mujeres tal como eran, no como deseaban ser. No comprendía cómo podían considerar más importante lo que la gente pensase que la rutina diaria. Por nada del mundo se cambiaría por ellas. La vida de esas mujeres era una vergüenza, algo que ellas sabían tan bien como ella, por eso Carole no comprendía que no hicieran nada por cambiarla. No obstante, las entendía. Un capo era un buen partido. Por eso, para las mujeres de su mundo, que ella se casase con Michael era como si le hubiese tocado la lotería.