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Carole, sin embargo, se sentía muy ligada a él, especialmente desde que se habían convertido en una pareja estable. Las personas, además, la trataban con sumo respeto, algo que jamás había experimentado. Muchas que antes no le habían prestado ni la menor atención, ahora se acercaban tratando de ganarse su amistad y buscando algún vínculo, por muy tenue que fuese. Resultaba irrisorio, pero viendo que mostraban tanto entusiasmo y sinceridad, no quería despreciarlas y siempre les respondía con amabilidad, pues formaba parte de su carácter. Carole era una buena persona a la que nunca se le veía un mal gesto con nadie. Michael le había dicho que pasase de ellas, que no les prestase ninguna atención, pero ella era incapaz de hacer algo así.

No obstante, a partir de ese día podría elegir de quién quería seguir siendo amiga y de quién no. No es que desease ser antipática con nadie, pero con su nuevo estatus se podía permitir el lujo de no saludar a quien se le antojase. Era capaz de ser agradable con las mujeres de su mundo y, al mismo tiempo, dedicarse a su marido por completo.

Carole gozaba de muy buena reputación en el barrio y todo el mundo que la conocía la consideraba una persona amable y siempre dispuesta a ofrecer su ayuda. Su matrimonio con Michael, el brazo derecho de Danny Boy, había realzado aún más su posición dentro de la comunidad, aunque ella no lo percibió al principio. Lo único que deseaba era que su vida con Michael fuese tal como la había soñado.

Mary estaba embarazada de nuevo, sólo que esta vez creía que sería capaz de llevar a buen término su embarazo. Michael le había comentado que Danny Boy llevaba semanas sin aparecer por su casa y eso le hizo pensar que quizá ahí estribara la razón de que el embarazo de Mary no se hubiese estropeado como los anteriores. Danny Boy era muy amable con ella y, aunque ella también lo apreciaba, sabía que no era el mejor marido del mundo. También sabía que el fracaso de su matrimonio no era culpa de Mary, ya que Danny Boy seguro que se habría comportado de la misma forma con cualquier mujer con la que se hubiera casado.

Arnold Landers estaba realmente guapo con el traje que llevaba y Carole se fijó en ese andar tan jovial que le caracterizaba. Era un hombre muy apuesto y sabía que Michael, igual que Danny Boy, tenía muy buen concepto de él. Estaba al mando de todas las operaciones en el sur de Londres, tarea que no resultaba nada fácil según tenía entendido. Carole esperaba que Annie supiese darse cuenta de todo lo bueno que había en él antes de que fuese demasiado tarde. De hecho, esperaba que fuese quien la metiese en vereda, ya que Arnold no era un hombre dispuesto a soportar las extravagancias de su mujer; aunque para eso primero tendría que enterarse de ellas, cosa que, por la forma de comportarse de Annie, no tardaría en suceder.

Carole se sosegó cuando oyó las primeras notas de la música que había elegido, Lo que el viento se llevó, y empezó a hacer su recorrido por el pasillo de la iglesia cogida del brazo de su padre. Llevaba la cabeza bien alta y su corazón estaba abierto y dispuesto a recibir todo el amor que su marido pudiera brindarle.

La gente parecía sinceramente contenta. Los invitados a la ceremonia la miraban con expectación, como si su matrimonio pudiese cambiar el estilo de vida de su marido. Michael era el socio de Danny Boy, aunque ella sabía que ése no era el término más apropiado, teniendo en cuenta la situación de su marido en la sociedad. Él era el verdadero cerebro de la sociedad, pero comprendía que la gente considerase a Danny Boy el cabecilla, algo que, además, resultaba muy conveniente para su marido. Además, era la única persona capaz de controlar a Danny Boy.

Ese papel también le proporcionaba la ventaja de que, cuando se cometiese un asesinato, nadie lo consideraría responsable, aunque eso era algo que su mujer desconocía.

Carole se percató de que Danny Boy la observaba atentamente mientras recorría el pasillo en dirección a su esposo, pero procuró que sus miradas no se cruzasen en ningún momento.

Estaba radiante, como se suponía que debía estar una novia, y estaba realmente bella, muy bella. Por primera vez en la vida comprendió cómo se había sentido Mary, que siempre había acaparado la mirada de todos.

Michael la estaba esperando y en su rostro relucía ese amor profundo y duradero que sentía por ella, algo que provocó que muchas mujeres de la iglesia se echasen a llorar, aunque también algunos comentarios insidiosos por parte de los hombres.

Ange estaba llorando, ya que consideraba a Michael el hijo que le hubiera gustado tener. Ahora veía a Danny Boy como el ser maligno que acabaría con la vida de todos los que lo rodeaban, pero apartó esos pensamientos porque aquélla era una boda de la que estaba dispuesta a disfrutar.

Había un humo tan denso en el bar del hotel que parecía una nube de color gris, las mujeres y los niños estaban en el salón de baile, la música sonaba a todo volumen y la luz era tan tenue que suavizaba las arrugas de las mujeres más ancianas. El banquete era espectacular y cuantioso; dos camareros jóvenes se encargaban de que no faltase de nada y todo el mundo estaba más que impresionado. Después de la comida de cinco platos que se sirvió, eso estaba casi de sobra, pero así es como se esperaba que fuese, ya que aquello sólo era otra manifestación más de poder, lo mismo que las palomas que se habían soltado en la puerta de la iglesia y el gaitero que los había conducido hasta Park Lane Hotel. Fue un acontecimiento del que se hablaría durante mucho tiempo, y todo se le atribuía a Carole, por supuesto, ya que se había convertido en la nueva reina del submundo.

Los hombres reían y bromeaban. Michael había cumplido con su deber, había bailado el primer baile, había partido el pastel de seis pisos y luego había recorrido la sala saludando a todo el mundo llevando a su esposa del brazo. Ahora se estaba tomando un descanso con sus amigos, tal como se esperaba que hiciese. Cuando se sentó al lado de Danny Boy en el lujoso bar se sintió orgulloso de ver lo que habían conseguido en los diez últimos años. Estaban en la cima del mundo y no había nadie que estuviese dispuesto a arrebatarles ese puesto. Lo único que podía estropear sus planes era que Danny Boy continuara dejándose llevar por su carácter. Michael había impedido muchos actos violentos y sabía que Danny era consciente de ello. Danny Boy no era ningún estúpido, sabía que nadie estaba completamente a salvo y, por eso, intentaba controlarse en lo posible. Su reputación bastaba para obtener lo que se le antojase y ya no tenía nada que demostrar a nadie. Hasta los capos fuera del Smoke le rendían pleitesía, ya que él era el jefe y el dueño de las calles.

Danny también se estaba tirando a una nueva jovencita, que, al parecer, lo estaba domesticando un poco. Era una mujer pequeña y delgada, con una figura agradable y unos ojos profundamente azules. Era una mujer civilizada que trabajaba de secretaria en una oficina de la ciudad. Danny estaba colado por ella, igual que de la otra querida que se había buscado y con la que ya había tenido un hijo.

Michael pensaba que era más tonta que un apio, pero parecía una mujer agradable y mantenía un trato amistoso con ella. Además, tenía la ventaja, al menos en su opinión, de que no quería formar parte de su mundo, pues se contentaba con que no le faltase de comer y pudiese salir por la noche de vez en cuando.

Mientras hablaban, Michael vio entrar en el bar a un hombre alto, calvo y con los dientes amarillentos. Se veía que había bebido más de la cuenta, pero, como no era uno de sus invitados, lo ignoró por completo. Michael estaba sentado con sus amigos, unos quince más o menos, agrupados en dos mesas. Había champán y brandy encima de la mesa para que cada cual se sirviera a su gusto y, mientras hablaban y se contaban chistes verdes, el hombre, uno de los inquilinos del hotel, pasó cerca de la mesa y tropezó con Danny Boy, derramándole la copa, un whisky doble, encima de la chaqueta.