Danny Boy se quedó mirando fijamente al hombre mientras los demás permanecían en silencio. El hombre se sintió sumamente avergonzado y empezó a disculparse mientras los demás estaban pendientes de la reacción de Danny. Carole entró en ese momento en el bar para ver en qué condiciones estaba su marido y su mirada se cruzó con la de Danny. Ella le sonrió sin percatarse en absoluto de la situación y le dijo alegremente:
– Te dejo a cargo de mi marido para que cuides de que no beba demasiado.
Michael sonrió mientras ella salía del bar y, girándose para ver en qué acababa la situación, se sorprendió cuando vio que Danny Boy dibujaba una sonrisa infantil y decía alegremente:
– No te preocupes, colega. Todos nos hemos pasado alguna vez.
Le hizo una señal al camarero, al cual no se le había pasado por alto ese momento de tensión, y le dijo:
– John, sírvele a este tío una copa y apúntala en mi cuenta.
Todos los presentes se relajaron cuando vieron que Danny Boy se despedía del muchacho y se sentaba como si nada hubiese sucedido.
Michael miró a su viejo amigo y tuvo deseos de llorar. Cuando Danny le guiñó un ojo, se dio cuenta de que, dijeran lo que dijesen, no había duda de que era un buen amigo suyo. Había reprimido sus deseos de enseñarle buenos modales a ese extraño, algo que para los demás no resultaba demasiado difícil, pero que Danny, normalmente, se habría sentido obligado a hacer, aunque eso significase arruinar una boda. Cuando se trataba de Danny Boy, sus reacciones ante ciertas situaciones eran más instintivas que fruto de esa valentía que genera el alcohol, como solía ser el caso de la mayoría de los hombres que estaban sentados en la mesa. Danny Boy era de los que pensaban que la mala educación era peor que matar a una persona, porque mostraba una carencia total de respeto, no sólo por la persona en cuestión, sino también para ellos mismos. Michael sabía que los hombres que estaban sentados se daban perfecta cuenta de eso y que lo sucedido suscitaría muchos comentarios porque había sido un gesto de profunda amistad y lealtad. Y no sólo para con él, sino también para con su esposa.
Jonjo se reía y Annie se alegró de oír su risa. Mientras permanecía de pie, a su lado, escuchando los chistes que contaba su antiguo vecino, Siddy Blue, también sintió los efectos del banquete nupcial. Ya era muy tarde y los niños estaban recostados en los sillones, tapados con sus abrigos y durmiendo plácidamente el sueño de los inocentes. El pinchadiscos ponía canciones lentas y la pista de baile estaba salpicada de parejas que bailaban, algunas llevadas por un nuevo arrebato de pasión, pero la mayoría hartas de verse entre sí.
Siddy contaba con un interminable repertorio de bromas. Era un hombre que andaría por los cuarenta, con una constitución delgada y una buena mata de pelo. Hasta Danny Boy se reía a carcajadas. Siddy sabía contar chistes y enganchaba uno con otro, por eso era invitado a menudo a las fiestas.
– Escucha éste, Danny Boy. La pasma se presenta en un piso de Wanstead y un niño de unos doce años abre la puerta con un vaso de whisky en la mano, una puta agarrada del brazo y un porro en la boca. La pasma le pregunta: ¿Está tu padre en casa? El niño responde: ¿Y tú qué crees, gilipollas?
Todos estallaron en carcajadas de nuevo. Danny Boy miró a su hermano pequeño y, en voz alta, dijo:
– Seguro que era él.
Le pasó la mano por el pelo a Jonjo mientras hablaba y Annie se relajó, pues era la primera vez que le hablaba directamente en meses, desde que se había enterado de su adicción y lo había hospitalizado. Desde aquel momento no había vuelto a dirigirle la palabra, lo ignoraba por completo y sólo le hablaba a través de terceras personas.
Jonjo se sintió tan contento por el gesto de su hermano que se rió de buena gana. A Danny Boy se le había pasado el enfado y eso significaba que sería admitido nuevamente en el seno de la familia. Que se riera por el mismo motivo por el que antes se había enfadado ya decía mucho, pues significaba que estaba dispuesto a dar el asunto por zanjado y concederle otra oportunidad. El alivio que sintió Jonjo fue abrumador.
Michael se acercó a la mesa y, alegremente, dijo:
– Me voy con mi esposa a la suite nupcial.
Danny se levantó y abrazó a su amigo. Fue un abrazo sincero y emotivo que ninguno de los presentes pasó por alto. Mientras los dos se abrazaban, Danny, con la voz cargada por la emoción, dijo:
– Eres un tipo con suerte, amigo. Me alegro por ti.
Siddy, que estaba escuchándolos, irrumpió:
– Aprovéchate ahora, Mike. Dentro de diez años tendrá el mismo aspecto que su madre y ya no querrás ni echarle un polvo.
Se rió de su comentario, pero cuando quiso darse cuenta de que se había pasado de la raya, Danny Boy ya lo había levantado de la silla. Su comentario fue uno más de los que se hacen en las bodas, algo que se decía en tono de broma entre hombres y sin ánimo de ofensa, ya que, normalmente, provocaba comentarios picarescos por parte de los más expertos sobre los peligros de la vida de casado. En realidad era algo que se decía por decir, sólo para pasar un buen rato. Sin embargo, en aquella ocasión, esas palabras fueron escuchadas por Danny Boy Cadogan, alguien que se había puesto de coca hasta la gorrilla y que ya de por sí resultaba una persona difícil de sosegar. Para colmo, ese comentario le había traído a la memoria su propio matrimonio, su vida de casado y, por eso, fue como enseñarle una capa a un toro. Él precisamente ansiaba tener una esposa como Carole, algo que sabía imposible porque era uno de esos tipos que destruyen todo lo que tocan, algo que en ese momento sólo había servido para avivar el fuego de su rabia. El jamás había tenido esa oportunidad, su padre se había encargado de ello, por eso jamás sería la persona que anhelaba ser. Su padre había vendido a toda su familia, se había desentendido de ella y él jamás había superado ese desaire. Lo único que tenía en su interior era una enorme bola de odio y desprecio que lo convertía en una persona inmune a los sentimientos y emociones que dominaban a todos los que le rodeaban. La frialdad de sus sentimientos no era algo que le perturbase demasiado, salvo en los momentos en que resultaba tan patente que no le quedaba más remedio que aceptarla.
Mientras Danny Boy atacaba a su viejo amigo y vecino, los demás observaron la escena con una mezcla de sorpresa y excitación. Cuando Michael y Arnold lograron quitar de encima a Danny del postrado hombre, había sangre por todos lados, aunque sus heridas eran superficiales. Lo que resultaba verdaderamente chocante era la forma en que gritaba Danny Boy.
– Maldito gilipollas, te voy a enseñar a hablar de una mujer como ésa.
Danny Boy aún intentaba seguir pateando al hombre tendido cuando Arnold y Michael lograron sacarlo del salón de baile. La mesa estaba rota y había cristales y bebidas derramadas por todos lados. Las mujeres acudieron para rescatar a sus hijos y los hombres fueron en busca de sus chaquetas y abrigos, dispuestos a abandonar la escena de la pelea porque nadie se quería ver involucrado en ella. Danny Boy no era una persona que admitiera interferencias cuando se le iba la olla.
Mary observó cómo sacaban a su marido de la sala y pensó que debería acercarse para tratar de tranquilizarlo y hacerle entrar en razón, pero sabía que sería en vano, y por eso ni se molestó. Sin embargo, se levantó al ver a Carole acercarse hasta ella a toda prisa, con el traje manchado de sangre y el rostro cubierto de lágrimas. Gritaba histérica:
– Lo han metido en un coche y se lo han llevado. Estaba como loco y amenazaba a todo el mundo porque no lo dejaban volver a entrar. El maître del hotel ha llamado a la policía y ha pedido una ambulancia, pero los invitados se han ido todos. ¿Qué hago, Mary? Danny ha arruinado mi fiesta, lo ha estropeado todo.