Mary suspiró y, recordando su propia vida, respondió tristemente:
– Bienvenida a mi mundo, Carole.
Denise Parker estaba dormida cuando oyó que aporreaban la puerta. Se puso la bata, salió al diminuto vestíbulo y preguntó:
– ¿Quién es?
– Abre la puerta, por favor, Denise -respondió Michael con voz calmada.
Abrió la puerta con su acostumbrado gesto de enfado y se echó a un lado mientras entraba Danny Boy seguido de Michael y Arnold. Apenas podía caminar, y Denise, enarcando una ceja perfecta, preguntó alarmada:
– ¿Qué ha sucedido?
Michael se encogió de hombros al pasar a su lado. Ella jamás se hubiese negado a dejarles entrar; en ese momento oyó que el bebé lloraba en la habitación contigua y fue a verlo, entró, cerró la puerta y trató de calmarlo. El piso estaba maravillosamente decorado y se sentía orgullosa de él. La habitación de su hijo era muy espaciosa y estaba decorada con un papel de los caros, una cuna que había comprado en Harrods y un mobiliario que hacía juego con ella. El niño se durmió y ella regresó al salón, donde Danny Boy yacía recostado en un sofá, borracho como una cuba. Michael puso un par de envoltorios encima de la mesita de café y respondió tranquilamente:
– Se ha bebido una botella de Courvoissier y tanta coca que podría matar a un batallón de la armada. El nos pidió que lo trajésemos aquí.
Denise asintió como si fuese lo más natural del mundo. Arnold no parecía tan complaciente, pero no hizo el más mínimo comentario. Lo único que quería era salir de allí y librarse de Danny Boy.
– Déjalo ahí, Michael. Ya me encargo yo.
Denise ya se había sentado a su lado y Danny Boy le sonrió, como si los dos fuesen partícipes de una elaborada broma.
Ya fuera, Arnold miró a Michael y se percató de lo disgustado que estaba por el curso que habían seguido los acontecimientos.
– Vete con tu esposa, colega.
Michael asintió de mala gana. Estaba amaneciendo y deseaba acostarse, estar junto al cálido cuerpo de su esposa.
– Nos has hecho un gran favor a mí y a Danny Boy esta noche, y no lo olvidaremos.
Arnold se metió en su coche sin responder.
Cuando el coche arrancó, Michael dijo con tristeza:
– Lo hace sin mala intención. Danny tiene muchas cosas en la cabeza últimamente.
Arnold no respondió. Estaba maravillado por la lealtad y la generosidad del hombre que estaba sentado a su lado porque, si eso le hubiese sucedido a él, no se lo hubiera tomado tan a la ligera.
Pasarse dos horas enteras tratando de sosegar a Danny Boy en el despacho del desguace, oyendo a los perros gruñir y patrullar el terreno, no era la mejor forma de terminar una boda. Le habían dado de beber todo lo que podían mientras lo escuchaban despotricar contra todo, desde la falta de empleo hasta el estado del sistema penitenciario. Ambos habían quedado reducidos al papel de meros comparsas hasta que Danny Boy se medicó a base de alcohol y una mezcla explosiva de drogas ilegales. Su manera de comportarse había servido para que Arnold se diera cuenta de una vez por todas de que Danny Boy era un tipo al que de verdad le faltaba un tornillo. No obstante, prefirió reservarse su opinión, ya que consideraba que ésa era la mejor política que podía adoptar con esos dos, pues la relación entre Danny Boy y Michael Miles era más complicada que la de cualquier matrimonio.
– ¿Quién era esa mujer?
Michael se encogió de hombros.
– Nadie.
El resto del camino lo hicieron en silencio.
Denise miró a Danny Boy y sonrió. Para ella, el que hubiese ido a su piso era casi un gesto romántico y el hecho de que la utilizara no le importaba lo más mínimo. A ella le gustaba que estuviera allí, que lo viesen salir de su casa por la mañana; creía que, a su manera, la necesitaba.
Denise amaba a ese hombre. Amaba su fuerza, su lascivia y su nombre. Que sus amigas y vecinas lo viesen salir de su casa y meterse en un taxi era como un bálsamo para ella. Ella tenía un hijo suyo y, aunque él se comportaba como si eso no le importase en absoluto, siempre acudía cuando las cosas se ponían feas. Consideraba un complemento el que viniese cuando se encontraba fuera de control, pues le hacía creer que verdaderamente la amaba, aunque su mujer se interponía en su destino. Al fin y al cabo, ella le había dado algo que esa puta jamás había logrado. Un hijo. Danny Boy Junior. Además, se parecía mucho a él, pues era un niño robusto, de constitución fuerte, con los ojos azules y el pelo espeso, lo cual provocaba que hasta las personas que no lo conocían comentasen lo bien parecido que era. Danny Boy la había ignorado durante meses y sabía que tenía una nueva aventura con esa secretaria. Sin embargo, como aún seguía viviendo con sus padres, Danny Boy no podía recurrir a ella. Y su casa seguía siendo su refugio, el único lugar seguro para él.
Cuando lo besó, notó el sabor ácido del alcohol, el sabor pastoso que el brandy y las drogas habían dejado en su lengua. Danny abrió los ojos y miró la habitación, la habitación que él pagaba, pues había gastado con esa muchacha mucho tiempo y dinero. En su retorcida mente sabía que había perdido el control, que el demonio con el que vivía a diario había vuelto a asomar su fea cabeza. Sin embargo, al sentir que su mano se escurría por sus pantalones y le acariciaba la polla, se sintió mejor y cerró los ojos intentando disfrutar al máximo. Estaba tan borracho y colocado que no le respondió, por eso la apartó de mala manera, se levantó y, dándose cuenta de dónde estaba, se echó a reír y dijo:
– Sírveme una copa mientras preparo unas rayitas, ¿de acuerdo?
Denise sonrió, satisfecha de que empezara a recuperarse, contenta de que se sintiera un poco más animado. Se dirigió a la cocina y cogió una lata de Tennent del frigorífico. Al igual que muchas chicas de su clase, siempre cuidaba de su aspecto e incluso cuando iba de compras se aseguraba de ir perfectamente maquillada y arreglada como si tuviese una cita. Siempre se iba a la cama con el pelo recogido y llevando puesta alguna ropa interior sexy, pues sabía que ese cabrón se podía presentar cuando menos lo esperase y deseaba estar guapa para él. Mientras servía la cerveza en un vaso, se miró al espejo que había sobre la repisa de la cocina. Pensó que tenía buen aspecto, considerando lo tarde que era. Era una joven muy guapa que había quemado sus naves por el hombre que le había dado un hijo y que luego se había olvidado de ellos. Al igual que muchas jovencitas de su edad, había confundido el sexo y el deseo con el amor, y ahora ese hijo suyo era quien le privaba de ambas cosas, pues no había muchos hombres que se atreviesen a internarse en el territorio conquistado por Danny Boy Cadogan. En muchos aspectos, su vida se había acabado el día en que decidió no abortar. Si hubiese sido mayor y más sabia, si hubiera sabido lo que sabía ahora, habría tirado al niño al retrete y se hubiera olvidado de él. Sin embargo, no lo había hecho y ahora estaba con ella, al igual que el padre, aunque era una incógnita por cuánto tiempo. Cada vez que regresaba a casa, sumido en una de sus tristezas, le hacía creer que aún tenía alguna oportunidad, que algún día vendría y se quedaría para siempre.
Mientras ella se esnifaba una larga y algodonosa raya, se dio cuenta de que la observaba, un gesto de atención que recibía con agrado. Solía tirársela sin ningún preámbulo y ella sabía que hacía mal permitiéndole que la utilizase de esa forma, pero verlo en esa situación tan vulnerable le resultaba sumamente seductor. Denise lo conocía bien y sabía que estaba mal de la cabeza, que, cuando se le antojaba, se comportaba de forma muy cruel, pero eso formaba parte de su atractivo. Le gustaba saber que ella era capaz de domesticarlo, no siempre, pero sí en momentos como ése. Momentos en que, después de tirársela, le decía lo mucho que la amaba, lo mucho que le satisfacía sexualmente y lo mucho que le agradaba su compañía. Por supuesto, no lo decía con esas palabras, pero ella lo interpretaba de esa manera porque le gustaba engañarse a sí misma y pensar que la deseaba y la quería tanto como ella a él, y que era su mujer, su esposa, la que se interponía en su relación.