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– ¿Para qué quieres verle? ¿Qué sucede? Es uno de nuestros mejores empleados.

Danny Boy se limitó a encogerse de hombros y respondió:

– ¿Cuál es tu problema, Michael? Sólo quiero hablar con él.

– ¿De qué, Danny? ¿De qué quieres hablar con él?

Michael estaba enfadado y no lo disimulaba. Era la única persona del mundo que podía expresar esa emoción delante de Danny Boy y salir bien librado de ello. Todo el mundo lo sabía, especialmente Arnold Landers. Él los había observado en privado y sabía mejor que nadie cómo funcionaban las cosas.

Danny Boy sonrió, con esa sonrisa que mantenía en reserva para cuando quería ocultar sus verdaderos sentimientos.

– ¿Quién coño te has creído que eres, Michael? ¿La pasma? Me has tomado por un gilipollas. No puedo decírtelo ahora, así que no te queda más remedio que esperar, ¿de acuerdo?

Arnold sonrió. Su comisión, una vez que el negocio de España se pusiera en marcha, ocupaba todos sus pensamientos. Estaba entusiasmado, pero también sabía que Norman y sus subalternos habían pasado desapercibidos para Danny y esperaba que surgiesen problemas. Sin embargo, prefirió reservarse su opinión porque, después de todo, él sólo se estaba iniciando en ese mundo, ese mundo que tanto deseaba. Una vez que se abriese camino, se aseguraría de que su nombre fuese sinónimo de juego justo y duros castigos. Ese era su sueño, su meta en la vida.

Sin ese puñetero cabrón, sin Danny Boy, sabía que eso jamás se haría realidad. Por muy buena opinión que tuviera de Michael, sabía que Danny Boy era el que llevaba las riendas de la sociedad. Si deseaba abrirse camino, sólo Danny Boy podría garantizarle que lo haría con el menor escándalo posible y las mayores ganancias. Danny sabía que una buena comisión era la mejor forma de comprar a la gente, de ponerla de tu lado, aun cuando no quisiera tener nada que ver contigo. Danny Boy Cadogan sabía, igual que él, que el dinero no sólo hacía hablar a la gente, sino hasta cantar la canción que a él le gustase. Notó que Michael estaba molesto, así que evitó cruzar la mirada con él y se fue en busca del joven Norman con el corazón hecho un puño.

Ange miraba a su nuera mientras acostaba a la niña. Era una niña preciosa, algo muy normal, ya que sus padres eran ambos muy atractivos. Annie también observaba la escena sonriendo inconscientemente, su bonito rostro mostrando esa necesidad imperiosa de engendrar ella misma un hijo, ya que esa pequeña niña de enormes ojos azules y su inocencia le había despertado una necesidad que jamás había experimentado. En ese preciso momento decidió que tendría su propio hijo, que ella sería la que le diese a Arnold un hijo. Sabía que sus extravagancias habían llegado muy lejos, pero teniendo en consideración la forma en que Danny lo trataba, lo que más le convenía era sacar el mayor provecho de esa relación y llevarla a buen término.

Carole ya se había marchado, y Ange y Annie estaban preparándose para hacerlo. Mary tenía un aspecto fantástico. Estaba radiante y sus ojos brillaban de felicidad y esperanza. Danny Boy estaba por fin sucumbiendo a sus encantos y había dejado de maltratarla para volver a ser su compañero del alma. Empezaba a creer que aún tenía alguna oportunidad con él y veía a su hija como una forma de poner fin a sus preocupaciones.

Cuando Mary se quedó sola, puso a la niña en la cuna que había al lado de su cama y luego, abriendo una enorme bolsa que había reservado para una ocasión como ésa, se sirvió una buena copa. Se la bebió muy rápidamente, aterrorizada por la posibilidad de que su marido se presentase cuando menos lo esperara y la sorprendiera. Notó que la bebida hacía su efecto y se echó de espaldas sobre las almohadas sabiendo que ya era incapaz de hacer nada.

Sabía que esa niña era lo más importante en la vida de Danny, y que la obligaba aún más a tratar de hacer bien las cosas. La hija que tanto había ansiado los acercaría o terminaría por separarlos, ya que estaba siendo observada minuciosamente por Danny. Una copa para relajarse podía hacer que toda su vida fuese cuestionada y puesta en entredicho por el bien de la niña, por eso sabía que acababa de firmar su sentencia de muerte.

Mary se percató de la inutilidad de sus lágrimas cuando oyó el llanto lastimero de esa niña a la que tanto amaba y que podía ser la causa de la muerte de su madre. Repentinamente, con asombrosa claridad, se dio cuenta de que esa niña podría ser el hito que pusiese fin a la vida que había llevado hasta entonces.

Después, mientras observaba cómo dormía, cómo subía y bajaba su pecho con cada respiración, Mary comprendió el verdadero papel que desempeña una madre, cuál era el verdadero secreto de la maternidad. Una madre cuidaba a su hija, sin importarle quién era su padre ni lo mucho que lo odiara. Los hijos eran para toda la vida y, si tenías suerte, eran ellos los que te enterraban y no al revés. Una madre era capaz de dar su vida con tal de que ellos siguieran viviendo, y lo haría con alegría, aun siendo tan desgraciada como para tener a Danny Boy Cadogan en una esquina reclamando su parentesco a cada momento.

Mientras observaba a su bebé, Mary sólo pensaba en que le había encasquetado a esa hermosa niña un padre que era tan volátil en sus afectos como en su vida laboral, un hombre que resultaba tan peligroso cuando te quería como cuando te odiaba. Ella le había dado a su hija un chulo que la utilizaría para sus propios fines y que luego utilizaría esos fines para torturarla el resto de su vida. Mary estaba llorando nuevamente cuando las enfermeras se asomaron por la puerta, aunque esta vez, por mucho que le hablaron, no lograron consolarla. Su metedura de pata resultaba demasiado obvia, aunque nadie se diera cuenta de ello.

La felicidad que por un momento había esperado conseguir se fue disipando y llegó incluso a cuestionarse si estaba en su sano juicio. ¿Cómo se le había ocurrido pensar que esa niña iba a hacer cambiar las cosas? Ya nada iría bien en su mundo, por muchos hijos que él le permitiera engendrar.

Norman parecía realmente incómodo; Arnold advirtió que se mostraba demasiado amistoso y jovial con él. Arnold no era ningún estúpido y sabía que los Norman de este mundo eran unos fanáticos de Bob Marley, pero en realidad no tenían ningún amigo negro. Se mostraban muy liberales, pero cambiaban mucho cuando se veían delante de un verdadero y honesto negro; de repente se ponían nerviosos y se sentían inseguros ante una parte de la población con la que jamás se habían juntado ni mezclado. Dios bendecía el sistema católico, ya que garantizaba la convivencia multirracial de los alumnos, pero también se aseguraba de que los Danny Boy Cadogan de este mundo gozasen de una serie de ventajas que no estaban al alcance de la mayoría: la oportunidad de conocer y ser amigos de otros marginados de la sociedad británica. Por un lado resultaba gracioso, pero, por otro, triste e irritante. Arnold se sentía más inglés que la mayoría de la gente; era negro, pero había nacido y se había criado en ese país que tanto amaba. Al igual que Danny Boy y Michael, era hijo de inmigrantes, inmigrantes irlandeses además. Igual que sus homólogos, sabía que estaban empezando a hacerse un lugar, por eso le molestaba que los Norman de este mundo le hicieran sentirse diferente, como si no diera la talla.

Ese sentimiento fue el que provocó que metiera a Norman en el coche a empujones y que entre los dos se estableciera lo que se suele llamar falta de entendimiento.

Norman estaba cagado de miedo y Arnold no comprendía el porqué. No lo había amenazado con palabras ni con gestos, aunque no le faltaran ganas. No obstante, le ignoró durante todo el trayecto. Cuando por fin llegaron al desguace, ya había dejado de preocuparse por ese capullo. Norman, una persona que había sido de su agrado, ya no significaba nada para él, pues había dejado claro cuáles eran sus sentimientos y eso no se lo perdonaba. Si todos vivían del mismo rollo, ¿por qué se daba tantos aires?