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Danny estaba obsesionado con la conquista española, algo que sabía que sería un chollo, un chollo muy lucrativo y a largo plazo. Tenía la certeza de que eso lo pondría en la cima del mundo y aún más arriba; estaba tan convencido de eso como que la mujer que le había dado su única hija legítima jamás sería rubia natural. Había dado un gran paso introduciéndose en el mercado tan rápidamente, ocupándose de los trabajos menos importantes y asegurándose de que se les otorgaban a las personas que eran de su agrado y que se habían ganado su confianza. A lo largo de los años, se había buscado algunos enemigos, pues sabía que su personalidad tendía a creárselos, pero también sabía lo muy importante que era dar una buena comisión para hacerse de una buena banda. El siempre garantizaba un buen salario y, lo que era más importante, respaldo en caso de que las cosas no salieran como era debido.

Quiéreles u ódiales, ése era su lema, algo que Danny sabía que sus hombres apreciaban, pues, si alguno de ellos era arrestado, lo único que tenía que hacer era cerrar el pico y chuparse lo que le cayera encima. Si hacían eso, sus familias vivirían mejor de lo que habían vivido nunca, de eso ya se encargaban Danny y Michael. Por esa razón, la gente hacía cola con tal de formar parte de su familia, algo que resultaba muy gratificante, además de una buena publicidad para ellos. De hecho, ya no tenían que ir a buscar a nadie, sino sentarse y esperar a que la gente acudiese.

Danny se preguntó cómo podía tener una esposa tan bella y no sentir el más mínimo interés por ella. De hecho, de no haberle dado una hija, él no estaría allí, se habría ido a España hacía semanas. Sin embargo, esa hija suya lo fascinaba, lo embriagaba como nadie antes lo había hecho. Lo hacía sentir casi feliz, casi satisfecho, además de ablandar su corazón en algunos momentos.

– ¿Recuerdas cuando empezamos a salir y nos pasábamos el día riendo?

Mary asintió con tristeza. Llevaba el pelo sujeto y miró con interés al hombre que la torturaba cada vez que le apetecía. Mary se comportaba como esos perros que, a pesar de que los maltratan, siempre obedecen cuando sus dueños les llaman. Su lealtad era algo que jamás había puesto en entredicho.

– Te quiero, tú ya lo sabes, y también amo con toda mi alma a nuestra hija. Pero tengo muchas cosas en la cabeza y quiero que lo tengas en cuenta para el futuro. Ya sabes que soy el que trae el sustento a esta familia, por eso tengo que marcharme un tiempo.

Mary volvió a asentir, a sabiendas de que esa afabilidad podía desaparecer repentinamente y transformarse en odio. Hablaba en su propio interés, no en el de ellas. Mientras miraba hacia abajo y veía la cabeza de su hija, Mary deseó que se muriese, deseó que se marchase de su lado para darle el biberón a la niña como cualquier otra madre. Sin embargo, mantuvo una expresión neutral y esperó a ver qué le decía después. Había aprendido hacía mucho que pelear con él era inútil, dialogar una pérdida de tiempo y establecer contacto visual un error que posiblemente resultara fatal.

– ¿Estaréis bien mientras estoy fuera? ¿No te emborracharás y te olvidarás de tus deberes para con ella, verdad que no? ¿No esperarás que ella se dé de comer sola y se limpie el culo? La verdad es que aún no estoy seguro de poder dejarte sola.

Danny la miraba mientras las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas, ya que su mayor temor era que le sucediera algo a su hija. Danny sabía que había acabado con cualquier posibilidad de vinculación entre Mary y la niña porque estaría demasiado preocupada por estropearlo todo y joderla, demasiado preocupada por él y por su regreso para concentrarse en cualquier otra cosa.

– Estaré bien, Danny Boy. ¿Cuánto tiempo piensas estar en España?

Danny sabía que deseaba que respondiera meses, que anhelaba que fuese el mayor tiempo posible. Sin embargo, en lugar de sentirse dolido, como solía ocurrir, sintió una oleada de afecto por ella. Danny era consciente de que la maltrataba con frecuencia, pero tenía la facultad de olvidarse de ello fácilmente. Sin embargo, había algunos momentos, como ése precisamente, que se sentía culpable y se daba cuenta de que lo que hacía estaba mal, no a sus ojos, pero sí a los de Dios, porque le preocupaba la inmortalidad de su alma. Se arrepentía de su forma de tratarla, pero era algo inevitable, ya que estaba convencido de que ella era su peor enemigo. Actuaba como si fuese superior a todo el mundo, cuando no tenía nada de eso.

– No tienes por qué saber cuándo regreso, Mary. ¿Quién coño te has creído que eres? ¿La policía? Volveré cuando me dé la gana y no antes. ¿Por qué me haces esa pregunta? ¿Acaso tienes otro hombre esperándote?

Danny sabía que lo que decía era una soberana tontería, pero, como siempre, en cuanto lo dijo se percató de que era un buen argumento de discusión y que probablemente no se había equivocado. Ella dependía de él y saberlo le agradaba; le satisfacía saber que sin él no era absolutamente nada, hasta se moriría de hambre. Se acercó a ella y se arrodilló en la cama. La niña estaba dormida, con su rollizo cuerpo acurrucado al lado de su madre. Danny besó su pequeña cabeza, respirando el aroma que emanaba su hija, admirando su perfección. Luego, cuando Mary la apartó cuidadosamente de su lado, observó cómo la ponía con sumo cuidado en la cuna, la cuna que los empleados de Harrods habían traído con toda la pompa y ceremonia que Mary pensaba que ella y su hija se merecían. Luego se metió de nuevo en la cama, con el rostro agitado y nervioso, a la expectativa. Danny se despojó de sus ropas con rapidez, dejándolas caer al suelo. Ella lo observó sin pronunciar palabra, en completo y total silencio. Danny sabía que tenía un buen físico, lo cual era una herramienta muy poderosa, y que era un hombre atractivo, tanto para los hombres como para las mujeres, pero también sabía que su esposa le tenía más miedo que a una plaga.

Se acostó a su lado, sintiendo la consternación que le producía que la tocase y luego la besó apasionadamente, metiéndole la lengua en la boca y sintiendo la suave textura de la suya mientras le apretaba con tanta fuerza los pechos que le hacía daño. Sintió el poder que le transmitía mientras la abría de piernas y, aunque Mary le dijo en susurros el dolor que sentía y le pidió que esperase unas semanas hasta que el médico le dijese que podía practicar el sexo, a pesar de que gritó porque aún tenía los puntos que le habían dado después de parir a su hija, él no se detuvo y la penetró sin el más mínimo cuidado, para luego poseerla como un semental. Danny sabía que lo que hacía no estaba bien, pero precisamente por eso disfrutó más. Estaba decidido a dejarle bien claro quién era el jefe antes de marcharse a España, decidido a que no se le olvidase ni por un momento lo que él significaba, tanto para ella como para su hija.

Cuando finalmente eyaculó, Mary lloraba en silencio. Danny miró su bonito rostro y luego vio que las sábanas estaban manchadas de sangre. En ese momento se dio cuenta de que no se había equivocado con ella. Si no hubiera sido por esa niña, seguro que se habría librado de ella en cuanto hubiese podido. Lo único que la salvaba en ese momento era que su hermano era su socio y su mejor amigo. Sin embargo, el asunto de España lo tenía preocupado porque eso significaría tener que viajar de vez en cuando, y su esposa parecía más contenta de lo que debía. Por esa razón, necesitaba recordarle de lo que era capaz si alguien se la jugaba. Mary estaba echada en la cama, acurrucada en su lado, llorando débilmente y con aspecto vulnerable, con el pelo esparcido a su alrededor como si fuese un halo. Una vez más le hizo el amor. Durante unos minutos la vio como la madre de su única hija, de su única hija legítima, la única que sería bautizada, querida y cuidada como si hubiese nacido en el seno de la realeza, lo cual, en muchos aspectos, era cierto. Al fin y al cabo, él formaba parte de la realeza delictiva y sus hijos serían tratados de acuerdo con ello. No obstante, seguía pensando que Mary continuaba siendo un desafortunado error y que habría sido mejor esperar un tiempo antes de unirse a ella para toda la eternidad.