¿Quién le había enseñado a besar así?, se preguntó, malhumorado. ¿Qué hombre había instruido a la mujer que le pertenecía a él y a nadie más? La pasión se fundió con la ira mientras apretaba los puños. Si se encontrara con aquel hombre, lo destrozaría.
¡No! Control. Tenía que recuperar el control. Emma podía darle color a su mundo, pero era peligrosa. Era mejor vivir en tonalidades grises que arriesgarlo todo.
Sólo unos días más. Entonces ella se marcharía y él sería libre.
Capítulo 6
El mercado principal era una explosión de luz y color, y entrar en él era como estar en el interior de un calidoscopio. Emma no sabía hacia dónde mirar. Los tenderetes de madera se alineaban ininterrumpidamente a lo largo de la calzada, y allá hacia donde se girara había más maravillas que observar. Las sedas relucían como brillantes gemas, y las teteras de cobre, las frutas y verduras y los artículos de piel la tentaban sin descanso a acercarse y tocar.
Además del espectáculo visual, había una amalgama de olores extraños e intrigantes: sándalo, coco, flores exóticas y especias que se mezclaban con el humo y la fragancia almizclada de los perfumes. Cientos de voces se fundían en un acompañamiento musical, con los gritos dé los vendedores, el ladrido de los perros y las risas de los niños que corrían por los callejones.
– Es maravilloso -dijo Emma, deteniéndose para mirar a un camello atado en una esquina-. Parece sacado de una película.
Le sonrió a Reyhan, quien asintió.
– Hay muy pocas cosas que puedan compararse con un mercado al aire libre -respondió-. Nuestro zoco es uno de los mayores y más antiguos del mundo.
Emma sonrió a una joven que sostenía a un bebé. La mujer agachó la cabeza y se alejó lentamente.
Emma sabía que no era por su culpa, pues nadie la conocía allí. Era por la presencia del príncipe y de los tres imponentes guardaespaldas que los acompañaban. Hombres uniformados y armados que mantenían a los vendedores a un metro de distancia y que no animaban precisamente a hablar con naturalidad.
Se había sorprendido cuando Reyhan se ofreció para acompañarla al mercado. Tras su último encuentro, se había convencido de que él querría evitarla. Sin embargo, dos días después Reyhan se había presentado en su puerta con la invitación. Y ella había estado encantada de aceptar.
– Dátiles de Bahania -dijo él, deteniéndose junto a uno de los puestos-. Pruébalos.
La vendedora, una mujer bajita y regordeta con una amplia sonrisa, les ofreció una bandeja de jugosos dátiles. Emma tomó uno y lo probó.
– Son deliciosos-dijo.
La vendedora sonrió aún más, y Reyhan sacó unas monedas del bolsillo.
– No, no -se apresuró a decir el viejo que estaba detrás de la mujer-. Es un honor.
– Tal es el poder de una mujer hermosa -dijo Reyhan con una sonrisa.
Emma se quedó tan atónita por el cumplido que se echó a reír.
– Oh, claro. Se ha quedado impresionado por mi belleza, no porque el príncipe de Bahania se haya detenido en su tienda, escoltado por tres tipos que parecen campeones de lucha libre.
– ¿No crees que eres guapa? -le preguntó él, mirándola fijamente.
– Me considero aceptable -dijo ella. Al menos nadie había salido nunca corriendo al verla-. Pero nunca he impresionado a nadie.
Él siguió mirándola unos segundos y luego apartó la mirada sin decir nada. La vendedora le puso a Emma una bolsa de fruta en las manos.
– Gracias -dijo ella-. Es muy amable.
Mientras se alejaban, Reyhan dijo algo en una lengua que Emma no entendió. Uno de los guardaespaldas anotó algo en un bloc que sacó del bolsillo de la chaqueta.
– Alguien de palacio visitará este puesto dentro de unos días -le explicó Reyhan a Emma en voz baja-. Le comprará al viejo un cargamento de dátiles, pues te ha hecho un regalo que apenas puede permitirse. El respeto de mi pueblo no debe ser a costa de que se mueran de hambre.
– Sólo me ha dado unos cuantos dátiles.
– No tiene otra cosa que vender.
Interesante, pensó Emma, mirando a Reyhan por el rabillo del ojo. Sabía que era un hombre inteligente e inflexible, distante y severo y con una gran pasión oculta. Pero nunca habría imaginado que se compadecía de los más necesitados. Un rasgo más de la larga lista de cosas que ignoraba de su marido.
Dos niños pasaron corriendo junto a ellos, gritando y riendo. Emma se giró para observarlos.
– ¿Venías a jugar al zoco cuando eras niño? – preguntó-. ¿Se te permitía salir?
– A veces -respondió él-. Con mi hermano Jefri. Una vez estábamos jugando con más desenfreno de lo habitual y robamos una olla que se estaba cociendo al fuego. En nuestro apresurado esfuerzo por devolverla antes de que el dueño se diera cuenta, chocamos con un leño que estaba ardiendo y éste cayó en un rincón. El puesto era de madera vieja y seca, y se prendió en cuestión de segundos.
Emma se llevó una mano a la boca.
– ¿Alguien resultó herido?
– No, pero tres puestos quedaron completamente calcinados antes de que el fuego pudiera ser controlado. Jefri y yo recibimos un justo castigo. Nuestro padre se negó a que únicamente pagáramos los daños de nuestro propio bolsillo y nos obligó a reconstruir los puestos y estar varios fines de semana trabajando en ellos. Para los comerciantes fue muy ventajoso, ya que mucha gente venía a comprar sólo por ver a los dos jóvenes príncipes de cerca.
– ¿No fue un castigo demasiado duro? -preguntó ella, pensando en lo cruel que le parecía exhibir a dos niños, como si fueran animales en un zoológico.
– Mi padre quería darnos una lección -dijo él-. Y lo consiguió. Jefri y yo tuvimos mucho más cuidado la próxima vez que visitamos el mercado.
Se detuvieron frente a un puesto de joyería. El vendedor asintió eufóricamente y les mostró docenas de pulseras y brazaletes. Las piezas eran grandes y hermosamente labradas en plata.
– Algo para que recuerdes este día -dijo Reyhan, seleccionando varias y ofreciéndoselas.
Emma no necesitaba nada que le recordase el tiempo que pasaba con él. Pero las pulseras eran preciosas. Tomó una hecha con corazones unidos y se la puso.
– Muy bonita -dijo Reyhan, y le dio varios billetes al joyero.
– ¿No es muy cara? -preguntó ella, sintiéndose un poco culpable-. Puedo pagártela. Tengo el talonario de cheques en mi bolso.
Reyhan no respondió, pero su mirada lo dijo todo. Una pulsera de plata no significaba nada en su presupuesto.
– Gracias -dijo ella suavemente-. Es muy bonita.
– Eres una mujer que se merece cosas bonitas.
El nuevo cumplido la hizo tropezar, pero consiguió guardar el equilibrio. Quería preguntarle a Reyhan qué la hacía merecedora de recibir cosas bonitas y si lo decía en serio cuando la miraba echando fuego por los ojos. ¿Sentiría él también las chispas que saltaban entre ambos? ¿Lo atraería el calor? ¿Se acordaría de los besos como ella?
– ¿No fuiste a una escuela de la ciudad? -le preguntó, prefiriendo un tema mucho más seguro.
– No. Sólo recibía clases de mi tutor. Luego, fui a un internado inglés y después a una universidad americana.
Le puso la mano en el trasero y la llevó hacia otro callejón atestado. Varias personas se inclinaron y sonrieron al verlo. Por lo que ella podía ver, Reyhan era muy popular entre su pueblo.
– Mi padre pensaba que sus hijos debían recibir una educación variada y conocer Occidente. Muchos de nuestros negocios se dirigen a intereses americanos y Europeos. Conocer a los clientes ayuda en los acuerdos comerciales.
Emma pensó en su propia experiencia. Aparte de su estancia actual en Bahania y de su breve luna de miel en el Caribe, nunca había salido de Texas.
– Supongo que tanto Gran Bretaña como Estados Unidos debieron de resultarte muy diferentes.