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– ¿A qué te refieres?

Cleo le dio un beso a su hija y se volvió hacia Emma.

– Estoy en una posición privilegiada para ayudar a los demás. En cierto modo, es una fantasía aún mayor que las compras. He hablado con Sadik y con el rey, y voy a trabajar con niños sin hogar. No hay muchos en Bahania ni El Bahar, pero en otros países es un problema muy grave. Sé por propia experiencia lo que es estar solo y asustado. Sabrina y Zara, las otras hijas del rey, tienen cada una sus aspiraciones. Sabrina se dedica a encontrar antigüedades y devolverlas a sus países de origen para que la gente pueda disfrutar de su patrimonio. Y Zara es profesora. Está organizando un sistema de becas para las chicas que quieren ir a la universidad pero que no pueden permitírselo.

– Parece algo muy emocionante -dijo Emma. Cleo tenía razón. La oportunidad de ayudar a los demás empleando unos recursos casi ilimitados sería una manera magnífica de pasar el tiempo.

– ¿Hasta cuándo vas a quedarte? -Le preguntó Cleo-. Esperaba que pudiéramos hacer un viaje juntas para que conocieras a Sabrina y a Zara. Viven en un sitio muy interesante.

– ¿No viven en la ciudad?

– No exactamente -fue lo único que quiso decirle Cleo.

Emma pensó en su pregunta.

– Me dijeron que estaría aquí dos semanas, pero no tengo una fecha exacta para mi regreso. Supongo que todo depende del rey. En realidad, no estaba especialmente ansiosa por marcharse. Estar con Reyhan había sido muy emocionante y divertido, y no le importaría que lo siguiera siendo. Pero ir con él de viaje… Dejó escapar un suspiro. Su vida sencilla se había vuelto muy complicada.

– ¿Cómo van las cosas con Reyhan? -le preguntó Cleo.

Emma se echó a reír.

– ¿Podemos referirnos al príncipe de Bahania como un hombre?

– Mmm… Buena pregunta. Puede que nos arriesguemos a acabar decapitadas. Por suerte, Calah es demasiado pequeña para delatarnos.

– Ella nunca nos traicionaría, ¿verdad, cariño? – Dijo Emma, colocándose a la niña en su regazo-. Es una de nosotras. Y las mujeres debemos permanecer unidas -miró a Cleo-. Y en cuanto a Reyhan… Sinceramente, todo es tan distinto ahora… Cuando nos conocimos, yo acababa de entrar en la universidad, y por primera en mi vida estaba lejos de mi casa. Él era un hombre sofisticado, mayor que yo, que me encandiló sin remedio. Pasé la mayor parte de nuestro tiempo juntos intentando no parecer demasiado joven o estúpida. Eso consumió casi todas mis energías, así que no puedo decir que llegara a conocerlo bien.

– ¿Y ahora?

– Es maravilloso. Y no sólo por su aspecto.

Cleo suspiró.

– Estoy de acuerdo. Sadik sería un rompecorazones aunque fuera un tonto sin cerebro. Podría pasarme la vida entera simplemente mirándolo. Pero en su interior hay mucho más. Y supongo que con Reyhan pasa lo mismo.

– Así es. Es listo y serio, pero también puede ser divertido.

Y endiabladamente sexy, añadió para sí misma recordando su mirada en la boutique. Habría jurado que la deseaba tanto como ella a él. Pero entonces, ¿por qué había desaparecido sin despedirse en persona?

– Así que como muchacha te quedaste impresionada la primera vez que lo viste -dijo Cleo-. ¿Y como mujer?

– Sigo impresionada -admitió Emma.

– No pareces muy impaciente por conseguir el divorcio.

– Pues claro que sí. Tal vez no esté ansiosa por divorciarme, pero es la razón por la que estoy aquí. Reyhan está dispuesto a seguir con su vida, y esa vida no me incluye a mí.

– No tienes por qué aceptar sin más, ¿sabes? Podrías darte un tiempo, ver lo que pasa…

Emma parpadeó con asombro. ¿De verdad podía?

– No creí que tuviera voz ni voto en esto.

– Los príncipes arrogantes prefieren que el mundo se someta a sus deseos, pero no siempre tiene que ser así. Tú eres la mitad de la pareja. Por supuesto que tienes voz y voto -tocó la mano de Emma-. En serio. Si no estás segura de lo que quieres, habla con el rey. Estoy convencida de que estará dispuesto a posponer el divorcio el tiempo que haga falta.

Emma pensó en la tentadora idea por unos segundos, pero negó con la cabeza.

– No. Es inútil. No pertenezco a este lugar.

– Oh, ¿y yo sí? -Preguntó Cleo alzando las cejas-. Cuando conocí a Sadik, era la encargada nocturna de una copistería. No estaba hecha precisamente para ser princesa -hizo un gesto con la mano abarcando la habitación-. No se trata de tender trampas ni de tradiciones. El rey quiere que sus hijos se enamoren. El príncipe Jefri ha decidido que su matrimonio sea concertado, pero es el único.

Cleo se equivocaba, pensó Emma tristemente. También Reyhan quería un matrimonio concertado. Él mismo se lo había dicho.

– Tal vez si las cosas hubieran funcionado cuando nos conocimos -dijo con firmeza-. Pero ese tiempo ya pasó. Ahora somos diferentes. Yo tengo mi propia vida en Texas.

– Claro -dijo Cleo-. Si no estás enamorada de Reyhan, no hay razón para que te quedes. Bueno, háblame de tu trabajo en el hospital. Trabajas en la unidad de maternidad, ¿no?

– Sí. Es genial.

Le contó cómo era un típico día de trabajo y cuánto le gustaba lo que hacía. Pero en el fondo de su mente seguía oyendo las palabras de Cleo: «Si no estás enamorada de Reyhan».

No lo estaba, se convenció a sí misma. No lo había estado y no lo estaría. Enamorarse de él después de tantos años sería una estupidez. El hecho de que hubiera disfrutado con él era interesante, pero no significativo. No permitiría que eso le importara. No podía. Porque Reyhan había dejado muy claro que sólo quería seguir adelante sin ella.

– Otra vez están amenazando -dijo tranquilamente Will O'Rourke, el jefe de seguridad.

– ¿Lo normal? -preguntó Reyhan desde su silla junto al fuego.

– Muerte y destrucción. Interrupción de la producción de petróleo… Lo normal.

Reyhan dio un puntapié a una pequeña roca frente a él.

– Esos chicos me infundirían más respeto si tuvieran algo por lo que de verdad quejarse. Nunca les hemos arrebatado sus tierras ni los hemos echado de las mismas.

– Quieren algo a cambio de nada. Un porcentaje de las ganancias por el petróleo o empezarán a crear problemas. Son unos crios… diecisiete o dieciocho años. Para ellos es como un juego.

– La extorsión es una tradición consagrada en todo el mundo -dijo Reyhan, volviendo la vista hacia el cielo. Le costó unos segundos ajustar sus ojos a la oscuridad total, y entonces vio las miles de estrellas que brillaban en el firmamento.

Qué bonito era el cosmos, pensó. Misterioso. Distante. Igual que Emma.

Sacudió la cabeza. El objetivo de aquel viaje al desierto había sido evitarla, pero si seguía pensando en ella todo el tiempo, no soportaría su ausencia.

– Dudo de que tengan un plan -dijo Will.

Reyhan tuvo que pensar unos segundos para recordar de qué estaban hablando. Los adolescentes rebeldes.

– Se ven a sí mismos como los personajes de una película -siguió Will-. Cabalgarán en sus sementales de pura sangre hacia la victoria.

A Reyhan se le había acabado la paciencia con esos crios. Había escuchado sus quejas y estudiado sus peticiones. No habían sido despojados de sus tierras ni se habían visto perjudicados en modo alguno por la producción de petróleo. Casi todos ellos provenían de familias nómadas y trabajadoras. Al no ser los primogénitos no podían heredar, y como tampoco querían trabajar, buscaban su fortuna tomando lo que pertenecía al pueblo.

– Vigílalos -dijo Reyhan-. En poco tiempo se aburrirán y volverán a casa.

– Me contrataste para mantener la paz. Y luego no me dejas hacer mi trabajo.

– Hasta ha fecha, ha habido amenazas, pero nada más. Te tienen miedo. Yo creo que estás haciendo tu trabajo.

Will era un antiguo oficial del ejército que había crecido en las plataformas petrolíferas del Golfo de México. Sus conocimientos y habilidades lo habían convertido en uno de los colaboradores más valiosos de Reyhan. Había quienes no aprobaban que un americano fuera uno de sus hombres de confianza, pero Reyhan no delegaría en nadie más la seguridad del reino ni la suya propia.