– ¿La vida a la que vas a volver en unos días?
Ella asintió.
– ¿Lo lamentas? -preguntó él.
– Un poco -hizo un gesto abarcando el comedor-. Esto está a años luz del mundo al que pertenezco. Reyhan necesita encontrar a una esposa que encaje en su mundo.
– Renuncias con mucha facilidad.
¿Estaba Murat criticándola o simplemente comentando lo que era obvio?
– Es lo que él quiere -respondió ella.
– ¿Y qué quieres tú?
Emma pensó en el tiempo que había pasado con Reyhan. En cómo él la había hecho reír y arder de deseo. En cómo su corazón se desbocaba cada vez que lo veía. En lo inocente que había sido seis años atrás y en cómo lo había perdido.
– Me gustaría retroceder en el tiempo y hacer que las cosas fueran diferentes.
– Eso es imposible -dijo él-. Hasta para un príncipe.
Jefri regresó y en ese momento anunciaron que la cena estaba servida. Emma se encontró sentada a la izquierda del rey, junto a Jefri. Murat estaba enfrente de ella, y Emma sintió la penetrante mirada del príncipe heredero en más de una ocasión mientras servían los aperitivos. Ansiaba preguntarle qué estaba pensando y si le diría algo a Reyhan cuando éste volviera. ¿Estarían muy unidos los dos hermanos? ¿Confiarían el uno en el otro? ¿Sabía Murat algo de los sentimientos de Reyhan?
– Los aviones serán entregados la próxima semana -anunció Jefri, complacido.
– ¿También les serán entregados a El Bahar? – preguntó el rey. Jefri asintió.
– La gente de Van Horn estará aquí a final de mes para iniciar el proceso de formación. Cleo se inclinó hacia Emma.
– Pareces confundida. El Bahar y Bahania están organizando una fuerza aérea conjunta para proteger los yacimientos de petróleo. Jefri es quien está a cargo de la operación, y ha comprado un puñado de aviones supersónicos F no sé qué. Y Van Horn Enterprises es una compañía privada que entrena a pilotos de combate.
La conversación giró en torno a temas de actualidad internacional y cómo afectaban éstos a Bahania. Emma sabía que el país era un aliado de Estados Unidos, pero la sorprendió enterarse de las relaciones tan estrechas que existían entre el rey Hassan y Murat y el presidente y varios miembros del Senado.
Acababan de servirles un plato de pollo de aspecto delicioso, cuando uno de los criados se acercó al rey y le susurró algo al oído. El monarca le respondió algo y miró a Emma.
– Parece que hay un problema con las cañerías en tu habitación. Una tubería ha reventado y ha inundado el suelo. Tus cosas no han sufrido daños, pero tendrás que pasar la noche en otro sitio -sonrió-. Supongo que podremos encontrar una cama libre. Después de la cena te acompañaré a tus nuevos aposentos.
– Muchas gracias.
La cena se alargó durante dos horas más. Al acabar, Emma estaba tan llena que apenas podía moverse. El rey cumplió con su palabra y la acompañó a su habitación.
– Espero que estés disfrutando de tu estancia en mi país -le dijo mientras caminaban por un largo pasillo.
– Mucho. Me ha encantado todo lo que he visto. Y la gente es muy simpática.
– ¿Incluso mi hijo?
Emma lo miró. Era alto y tenía algunas canas en las sienes. Con su traje negro parecía regio y poderoso.
– Especialmente Reyhan.
– Lamento que no haya podido cenar con nosotros esta noche.
Emma también lo lamentaba, pero no quería decirlo.
– Tiene otras responsabilidades.
– Y se las toma muy en serio -dijo el rey-. Igual que todos mis hijos. Pero en el caso de Reyhan, quizá demasiado en serio.
Emma no supo a qué se refería, pero antes de que se le ocurriera un modo cortés de preguntarlo, se detuvieron delante de una puerta grande y maciza.
– Te quedarás aquí -le dijo su anfitrión-. Espero que encuentres esta habitación a tu gusto -le sonrió y se marchó.
Emma abrió la puerta y entró. Eran unos aposentos más grandes que los suyos, pero más espartanos. El mobiliario era sencillo y predominaban los tonos pardos.
Encendió varias lámparas y se paseó por el salón.
Algo la hacía sentirse… extraña. La estancia le resultaba casi familiar, aunque no recordaba haberla visto cuando Reyhan le enseñó el palacio.
Entró en el dormitorio. La inmensa cama descansaba sobre una plataforma. A pesar del tamaño de los muebles, el espacio no resultaba agobiante. Las tonalidades eran tan apagadas como las del salón, pero no…
Se quedó de piedra. Había un libro en la mesilla. Un libro abierto. Se acercó rápidamente al armario y abrió las puertas. Los trajes oscuros se alineaban a un lado, y los estantes estaban llenos de camisas, jerséis y zapatos. Su propia ropa ocupaba el otro lado del armario. Pasó un dedo por la manga del traje más cercano y supo exactamente a quién pertenecía.
Reyhan.
El rey la había trasladado a esa habitación con su marido.
Dejó escapar un suspiro de confusión. ¿Estaría el rey poniéndola a prueba? ¿A los dos? Nunca habían vivido como marido y mujer. Eso era demasiado… íntimo.
En el cuarto de baño encontró sus cosméticos junto a la maquinilla de afeitar de Reyhan. Dos albornoces colgaban junto a la ducha. Como si siempre hubieran estado juntos.
Sin saber qué hacer, decidió que pasaría allí la noche y que hablaría con Cleo por la mañana. Tal vez su amiga supiera lo que estaba pasando y lo que debería hacer al respecto. Mientras tanto, fingiría que todo aquello era real y que aquél era el lugar al que pertenecía.
Reyhan llegó al palacio poco después de medianoche. Los mismos demonios que lo habían hecho marcharse lo obligaban a regresar. Tenía que ver a Emma, tocarla, respirar el mismo aire que ella… El deseo había crecido hasta impedirle comer o dormir. Solamente podía desearla.
Subió los escalones de dos en dos y se dirigió hacia el ala de invitados. Pero a medida que se acercaba a la puerta, ralentizó el paso hasta detenerse, a un metro de distancia.
¿Qué iba a hacer? ¿Irrumpir en su habitación y tomarla? Cerró los ojos y negó con la cabeza. Tenía que ser fuerte. Unos días más y ella se habría marchado. Tenía que volver a la seguridad de sus aposentos y pensar en un modo de sobrevivir hasta entonces.
Una vez en sus aposentos, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sofá. Entró en el dormitorio mientras se aflojaba la cortaba… y se detuvo en seco. No estaba solo.
Una mujer yacía en su cama. A la luz de la luna que entraba por las puertas abiertas del balcón, distinguió un brazo desnudo, la curva de una mejilla y los cabellos oscuros desparramados sobre la blanca almohada.
El corazón se le detuvo por un segundo y reanudó sus latidos a un ritmo frenético. Una corriente de calor lo recorrió, concentrándose en la ingle. Su cuerpo se endureció al instante, dispuesto para tomar. Emma estaba en su cama
Capítulo 8
Reyhan se dijo que tenía que marcharse, salir de la habitación antes de que despertara. Por mucho que la deseara, no podía tenerla. Ni ahora ni nunca. Pero no podía moverse. La pasión era demasiado fuerte. Lo único que podía hacer era quedarse allí, sin moverse, admirando su belleza.
Debió de emitir algún sonido, o quizá ella presintió su presencia, porque Emma se movió y abrió los ojos.
– ¿Reyhan? -preguntó con voz somnolienta. Se apartó el pelo de la cara y se apoyó sobre un codo-. ¿Qué hora es? -miró el reloj y luego a él-. Sólo llevo dormida un par de minutos, creo -parpadeó unas cuantas veces-. Espera… ¿Qué estás haciendo aquí?
– Es mi habitación.
– ¿Qué? -miró a su alrededor-. ¡Oh! Sí, claro. Yo… Estaba cenando con el rey y tu familia cuando alguien informó de que una tubería había reventado en mi habitación. El rey dijo que tenía que dormir en otra parte, y resultó ser aquí. Me pareció extraño, pero era tarde y pensé en quedarme aquí hasta mañana. No sabía que volverías esta noche.