Pues claro que no lo sabía. Él no le había dicho cuándo regresaría. Pero sí se lo había dicho a su padre, quien parecía haberlo dispuesto todo para que él se encontrara a Emma durmiendo en su cama. Y por mucha curiosidad que sintiera sobre las razones que había tenido su padre, lo preocupaba más la tentación. Tenía que salir de allí antes de que dijera o hiciera alguna estupidez. Antes de sucumbir al deseo que lo consumía.
– Lo siento -dijo ella, sentándose y abrazándose las rodillas-. Debería haber dicho algo enseguida. Puedo irme a buscar otro sitio donde dormir.
Empezó a levantarse y Reyhan vio un atisbo de tejido semitransparente y sensuales curvas.
– No -dijo, volviéndose hacia las puertas del balcón-. Quédate aquí. Me iré yo.
– Pero es tu habitación.
– Esta noche es la tuya.
Esa noche y siempre, pensó, sabiendo que nunca olvidaría haberla visto allí.
– ¿Cómo fueron tus reuniones? -preguntó ella.
– Bien.
– ¿Realmente tenías que irte, o sólo estabas evitándome?
La pregunta, suavemente formulada, lo sorprendió. La Emma que él recordaba jamás había sido tan atrevida. Volvió a mirarla y la vio con las piernas cruzadas, con la vista fija en las sábanas.
– Te estaba evitando, pero no lo por que tú crees.
Ella levantó el rostro y lo miró con ojos muy abiertos.
– No te entiendo.
Tal vez fuera la noche. Tal vez el dolor que creía en su interior. Tal vez la dulzura del aire, una fragancia que sólo podía provenir de Emma. Tal vez fuera locura. Fuese cual fuese la razón, Reyhan decidió decirle la verdad.
– No puedo estar cerca de ti sin desearte. Y en vez de ceder al deseo, me fui.
La suave luz de la luna no permitía ver mucho, pero imaginó que Emma se había ruborizado. Ella tragó saliva y se encogió de hombros.
– Oh. Yo… -se aclaró la garganta-. Te refieres al sexo.
Su comprensión casi lo hizo sonreír, aunque no supo si Emma intentaba fingir despreocupación o si realmente no la sorprendía su admisión. ¿Qué había aprendido en esos seis años y quién había sido su maestro?
– Prefiero referirme a ello como hacer el amor, pero sí.
Ella se puso un mechón tras la oreja.
– Supongo que es algo propio de los hombres. Nunca lo entenderé.
– ¿Tus amantes no te dieron suficiente placer? – preguntó él, intentando no reaccionar ante sus palabras.
– Procuro evitar eso de tener a un hombre en mi cama -dijo ella arrugando la nariz-. No es mi estilo.
Dos pensamientos contradictorios invadieron a Reyhan, provocándole sensaciones muy diferentes. La primera era de placer y alivio por saber que Emma no había estado con nadie más. Por saber que seguía siendo solamente suya. La segunda era su orgullo herido por no haberla complacido sexualmente cuando habían estado juntos. Ahora sabía que había estado tan obsesionado con su propio placer que no se había preocupado en satisfacerle.
– No es culpa tuya -dijo ella, interrumpiendo su lucha interna-. Yo era demasiado joven. Pasamos muy rápidamente de un simple beso a… bueno, ya sabes. Tenías razón en lo que me dijiste. Yo quería una seducción romántica, con besos y regalos.
Fue un golpe demasiado duro para Reyhan. Se obligó a sí mismo a controlarse y se sentó en la silla próxima a la cama.
– Eras virgen. La culpa es mía. Yo era joven y estaba ansioso por tomar a mi novia.
– Sí, bueno, eso suele pasar -murmuró ella, ladeando la cabeza.
– No tendría que haber pasado de esa manera. Las mujeres con las que había estado hasta entonces habían sido mayores y más experimentadas que yo. Eran las maestras y yo el alumno. Contigo… -apretó los dientes-. Debería haber sido más paciente y comprensivo. Debería haberte seducido con besos y caricias. Y sólo debería haberte tomado cuando tú suplicaras más.
Un estremecimiento sacudió a Emma.
– Eso suena muy bien -susurró.
El ligero temblor de su voz le dijo a Reyhan que sus palabras la habían afectado, después de todo. Aquella certeza casi lo hizo levantarse de un salto e ir hacia la cama. ¿Qué pasaría si se acostara junto a Emma? ¿Se lo permitiría ella? ¿Lo desearía?
¡No! No podía hacerlo. Sabía cuál era el precio por volver a estar con ella. Un único momento de placer exquisito seguido por toda una vida deseando lo imposible.
Se obligó a levantarse pero sin acercarse a la cama.
– Buenas noches, Emma -dijo mientras se volvía-.Que duermas bien.
– Reyhan, espera.
El crujido de las sábanas le dijo que se había levantado de la cama. Sus pisadas no se oían en la gruesa alfombra, pero podía sentir cómo se aproximaba por detrás.
La sangre le hirvió en las venas y su erección palpitó dolorosamente. Era más de lo que podía soportar, y sin embargo no se giró. No lo haría, por mucho que le costara resistir.
– Cuando me besaste… fue diferente -susurró ella.
Reyhan pensó en la pasión con que Emma se había aferrado a él. En cómo encajaban a la perfección. Y en cómo se había forzado a apartarse.
– Fue diferente -corroboró. -Ya no soy una cría.
Cinco palabras… una invitación al paraíso. Reyhan casi temía creerlas.
Pero tomarla ahora, hacerle el amor, sería un desastre. ¿Cómo podría después dejarla marchar? ¿Cómo podría casarse con otra mujer por la que no sintiera nada?
Sin pensar, se dio la vuelta lentamente y la miró. Estaba a un metro de distancia, vestida únicamente con un camisón de seda diáfana que acariciaba sus curvas. Su largo cabello rojizo le caía sobre los hombros, y los extremos rizados descansaban sobre sus pechos. Los ojos le brillaban, tenía los labios entreabiertos y su respiración era agitada.
Reyhan se dijo que podía resistir, pero entonces ella se acercó, se puso de puntillas y le dio un beso en la boca.
La presión suave, casi casta, lo desarmó por completo. Fue como si la bestia salvaje que llevara en su interior se hubiera desatado para lanzarse a la caza de su presa. Agarró a Emma y la apretó contra él. Quería tocarla por todas partes a la vez. Inclinó la cabeza y le pasó la lengua por el labio inferior. Ella abrió la boca para recibirlo y él empezó a explorar ávidamente su interior, mientras le subía el camisón con la mano izquierda y con la derecha le acariciaba la piel desnuda de las caderas. Ella se estremeció y lo rodeó con los brazos, y él frotó la erección contra su vientre, haciéndola gemir.
Dejó caer el camisón hasta los tobillos y llevó las manos hasta sus hombros. Los finos tirantes se deslizaron fácilmente. La besó en la mandíbula y bajó por el cuello, saboreando, lamiendo, succionando, mordiéndole la piel.
La seda del sujetador se aferraba a sus pechos, pero un rápido tirón bastó para quitarla de en medio. Emma quedó desnuda ante él.
Debatiéndose entre la admiración y la necesidad de tocar, Reyhan se agachó y le atrapó un pezón con la boca. Movió la lengua alrededor de la punta endurecida y ella jadeó de placer mientras le entrelazaba las manos en el pelo.
– Reyhan -susurró-. Es maravilloso…
Sus palabras fueron como un chorro de agua helada. La realidad lo golpeó de lleno al darse cuenta de lo que estaba haciendo. La estaba poseyendo como si fuera un salvaje. Ni siquiera estaban en la cama, y él seguía vestido. ¿Acaso no había aprendido nada?
Maldijo en voz baja y se irguió, dejando los pezones de Emma mojados y duros como guijarros. A ella no parecía importarle estar desnuda… siempre que él la tocara.
– Lo siento.
Ella lo miró a los ojos y la boca.
– ¿Por qué? Me ha gustado.
– Me alegro de que te guste -dijo él con una media sonrisa-. Pero mi intención era seducirte, no tomarte.
– Pero me gusta que me tomes. De verdad que sí.
– Eso es porque no has sido seducida. Ven y te enseñaré la diferencia.