La condujo a la cama y la hizo tumbarse. Mientras ella se ponía cómoda, él se desvistió rápidamente, quedándose en ropa interior, que no hacía nada por ocultar su erección. Pero el interés de Emma en su bulto prominente se esfumó cuando él se deslizó junto a ella y la estrechó entre sus brazos.
– Eres tan hermosa… -le susurró al oído, antes de mordisquearle suavemente el lóbulo-. Tan suave… – la besó en la oreja y el cuello, mientras con una mano le acariciaba el vientre-. El olor de tu piel me vuelve loco. Quiero estar dentro de ti. Llenarte lentamente, hasta que el placer te haga gritar de delicia.
¿Gritar? Emma no se imaginaba gritando, pero dadas las circunstancias estaba dispuesta a intentarlo. Sólo el tacto de su mano en el vientre le hacía querer retorcerse.
– El color de tus pezones -siguió él-. Es como un melocotón maduro. Abre los ojos.
Emma obedeció y vio a Reyhan inclinado sobre sus pechos. Mientras observaba, él le tocó la punta del pezón izquierdo con el extremo de la lengua. La combinación visual y táctil fue la experiencia más erótica de su vida. Soltó un grito ahogado de placer.
Entonces él se introdujo el pezón en la boca y empezó a succionar suavemente, al tiempo que su mano se deslizaba hacia los rizos de la entrepierna. Emma se arqueó y separó las piernas, conteniendo la respiración mientas él le frotaba su centro de placer.
Nunca había sentido nada igual, pensó a medida que la tensión inundaba su cuerpo. Cada fibra de su ser vibraba de deseo. Cuando los dedos de Reyhan se movieron y encontraron el punto exacto, casi saltó de la cama.
– Reyhan -gritó con voz ahogada-. No te pares.
Y él no se detuvo. Siguió tocándola, acariciándola en círculos mientras con la boca adoraba sus pechos. El intenso placer dejó a Emma con la mente en blanco, los miembros fláccidos y la respiración entrecortada.
No podía saciarse de él. Quería estar más desnuda, más expuesta, más íntima. Su deseo fue cumplido cuando él cambió de postura y se arrodilló entre sus piernas. Cuando empezó a besarla en el vientre, una parte de Emma sospechó lo que estaba a punto de hacer, pero otra parte no podía creérselo. Lo había oído, lo había leído, pero él nunca…
Reyhan la besó entre las piernas. Un beso con la boca abierta que la hizo temblar violentamente. La tensión explotó en su interior y todos los músculos se le contrajeron. Él volvió a encontrar el punto exacto y lo lamió una y otra vez, hasta que ella no pudo hacer más que clavar los talones en el colchón y aferrarse a las sábanas. Movió la cabeza de un lado para otro, frenética, y soltó todo el aire que había estado conteniendo cuando la liberación la sacudió.
Nunca había imaginado que pudiera existir tanto placer, pensó vagamente mientras su cuerpo se relajaba poco a poco. Que pudiera sentirse tan bien, tan completa, tan… todo.
Reyhan la siguió tocando hasta que el último temblor del clímax abandonó su cuerpo. Entonces ella abrió los ojos y lo miró.
– No puedo creer que hayas hecho eso.
– Ha sido mejor que antes -dijo él con una sonrisa.
– Ha sido un milagro. Nunca había… ya sabes.
– Sí, lo sé.
Se sentó y se quitó los calzoncillos. Emma apenas tuvo tiempo para ver su erección antes de que él se colocara entre sus piernas y le besara los pechos. Sintió cómo volvía a recorrerla un estremecimiento delicioso. De repente se le abrían más posibilidades de las que nunca había soñado. Deseaba a Reyhan dentro de ella.
– Sí -susurró cuando él la miró-. Te quiero dentro de mí -y sin pensárselo más, le agarró el miembro y lo guió hacia su interior.
Al instante se sintió plena, colmada, y aun así necesitaba más. El la abrazó y la mantuvo fuertemente presionada contra su cuerpo.
– Más -exclamó ella-. Tómame. Oh, Reyhan, sí. Reyhan aceleró el ritmo. Dentro y fuera. Dentro y fuera. La tensión volvió a aumentar a una velocidad vertiginosa. Emma no podía pensar en nada salvo en lo que estaban haciendo. Y entonces su cuerpo se convulsionó en otra gloriosa liberación y él la subió de golpe al cielo. Y cuando ya creía que no podía haber nada más, él se estremeció violentamente al tiempo que gritaba su nombre.
Más tarde, cuando la luna se había ocultado y los dos estaban desnudos bajo las sábanas, Emma apoyó la cabeza en el hombro de Reyhan. Lo sintió cálido y relajado junto a ella. Había temido que las cosas pudieran ser incómodas entre ellos, pero él lo había hecho todo muy fácil y natural, simplemente abrazándola.
Como si no quisiera dejarla marchar y aquél fuera su sitio…
Emma se despertó al recibir la luz de un día soleado y con la sensación de que podía volar. Quería reír y cantar de alegría, y frotó la mano contra las sábanas que había ocupado Reyhan, antes de levantarse. Estaba desnuda, pero no había nadie que la viera.
– Y esta noche más -se dijo a sí misma, pletórica e impaciente por volver a hacerlo.
Mientras estaba bajo la ducha, se le ocurrió que aún quedaba mucho para la noche y que tal vez Reyhan estuviese libre a la hora de comer. Podrían hacerlo en la gran mesa de su despacho. La superficie sería un poco dura, pero el espacio era amplio…
Cuarenta minutos después, estaba caminando por los pasillos del palacio. Encontró las oficinas de Reyhan sin mucha dificultad y le sonrió al hombre del mostrador.
– Princesa Emma -la saludó, poniéndose en pie-. Le comunicaré a su marido que está aquí.
– Gracias.
Siguió sonriendo a nadie en particular y entró flotando en el despacho de Reyhan. Este levantó el teléfono cuando la vio.
– ¿Hay algún problema? -le preguntó, en tono severo y distante.
– No, claro que no -respondió ella. Se detuvo y esperó.
Reyhan la miró. Un tenso silencio inundó la habitación, tan sólo interrumpido por el tictac del carillón.
Emma sintió cómo se desvanecía parte de su felicidad, y entonces pensó que tal vez Reyhan se lamentaba de lo ocurrido.
Tras unos segundos, él se levantó y rodeó el escritorio.
– Estoy muy ocupado, Emma. ¿Necesitas algo?
Hablaba con frialdad, como si se dirigiera a una secretaria incompetente. Emma dio un paso hacia atrás, sintiendo cómo se le hacía un nudo en el pecho.
– Pensaba que… -tragó saliva-. Yo sólo…
Le parecía imposible contarle la fantasía sexual sobre la hora de la comida y el escritorio. ¿Quién era aquel desconocido? ¿Dónde estaba el hombre apasionado de la noche anterior? ¿Qué había pasado?
Él aguardó, observándola en silencio. Ella recordó que había intentado abandonar el dormitorio y que había sido ella la que se lo había impedido. ¿Lo había retenido contra su voluntad? ¿No había querido él hacer el amor? ¿Lo había hecho por obligación?
Los ojos empezaron a escocerle, pero se negó a ceder ante las lágrimas. Era una mujer adulta y sabía lo que estaba haciendo al invitarlo a su cama. Había deseado hacer el amor con él. Y si tenía que afrontar las consecuencias, lo haría.
Levantó el mentón con orgullo y lo miró a los ojos. Tal vez aquél fuera el momento para conseguir respuestas.
– ¿Por qué te casaste conmigo? -le preguntó-. Y cuando decidiste regresar a Bahania, ¿por qué seguiste casado conmigo? No creo que fuera porque temías contárselo a tu padre. No le tienes miedo a nada ni a nadie.
– No importa.
– Tal vez no te importe a ti, pero yo quiero saber lo que está pasando. Desapareciste de mi vida durante años, y luego me traes aquí y te comportas como un anfitrión encantador, para luego desaparecer de repente y volver anoche y…
Unos golpes en la puerta interrumpieron su furiosa diatriba.
– Adelante -exclamó Reyhan con el ceño fruncido.
Su ayudante entró en el despacho.
– Siento interrumpir, señor, pero el rey quiere verlos a la princesa Emma y a usted enseguida. Parece que los padres de la princesa han llegado a palacio.