Los ojos de su madre volvieron a llenarse de lágrimas.
– Pero ¿y si te enamoras de él?
– Ése es un riesgo que estoy dispuesta a asumir.
– Oh, Emma. Ya te rompió el corazón una vez. ¿Qué le impedirá volver a hacerlo?
Buena pregunta.
– Tengo que arriesgarme. Lo siento. Sé que queréis protegerme, pero esta vez no podéis. Tengo que hacerlo sola. Así que voy a pediros que confiéis en mí.
Sus padres la miraron y ella sintió sus recelos y sus miedos. Pero entonces se miraron el uno al otro y asintieron.
– De acuerdo, gatita -dijo su padre-. Si es lo que realmente quieres, apoyaremos tu decisión.
– Cuando él te destruya, estaremos aquí para recoger los pedazos -añadió su madre-. Te llevaremos a casa y podrás quedarte en tu habitación.
Qué motivación para que las cosas funcionaran con Reyhan, pensó Emma irónicamente. Pero no iba a permitir que sus padres la desanimaran. El rey le había garantizado un tiempo para intentarlo, y ella tenía intención de aprovecharlo.
Emma pasó la tarde con sus padres. Los llevó a dar una vuelta por el palacio, los jardines y la capilla. Lo que más pareció gustarles fueron las docenas de gatos. Una hora antes de la cena, volvió a la habitación que ahora compartía con Reyhan y llamó a su jefe en Dallas. Quince minutos después había conseguido un permiso indefinido y los mejores deseos de su jefe para que todo saliera bien.
Ojalá así fuera, pensó mientras colgaba el teléfono.
Se recostó en el sofá y pensó en qué hacer a continuación. Iba a cenar con sus padres. Al día siguiente había otra cena formal con el rey y varios ministros, y una fiesta estaba prevista para el fin de semana.
– Un aluvión de eventos sociales -se murmuró a sí misma, intentando no ponerse nerviosa mientras miraba el reloj y aguardaba el regreso de Reyhan. Por mucho que quisiera evitar el tema, tenían que hablarlo, y cuanto antes mejor.
Treinta minutos después había desistido en su intentó de leer un libro. Sesenta minutos después estaba recorriendo la habitación como un atleta preparándose para una final olímpica. Cuando finalmente se abrió la puerta de la suite, Emma casi se tropezó por el shock.
La euforia, la emoción y los nervios se arremolinaron en su estómago mientras examinaba el rostro de Reyhan, intentando leer sus pensamientos, sin éxito.
– Buenas tardes -la saludó él al verla-. ¿Tus padres están instalados?
No eran precisamente las palabras de un hombre dominado por la pasión y el deseo, pensó Emma tristemente, intentando sofocar sus propias reacciones viscerales.
– Sí, les encantan sus aposentos -respondió, exagerando la verdad-. ¿Qué tal estás tú?
– Muy bien.
Pasó a su lado y entró en el dormitorio. Ella lo siguió, deseando que le dijera algo más.
– Esta noche voy a cenar con mis padres. Serás bien recibido, pero no tienes por qué venir. Sé que te hacen sentirte incómodo.
– Yo creo que sería más bien al contrario -respondió él, quitándose la chaqueta.
– ¿Te importaría acompañarnos? Recuerda lo que dijo tu padre.
– La intención de mi padre era evitar que me fuera en viaje de negocios. No estamos obligados a pasar juntos cada segundo del día.
Lástima, pensó ella, entrelazando las manos.
– No sabía qué hacer al respecto. ¿Debo quedarme en esta habitación? ¿O quieres que me vaya a otra parte?
Reyhan se aflojó la corbata y se la quitó del cuello de la camisa.
– No. Quédate aquí. Yo dormiré en el otro dormitorio.
Una alegría inmensa estalló en el interior de Emma.
– ¿Hay otro dormitorio? -preguntó.
– Tengo un pequeño despacho al otro lado de la suite. Haré que traigan una cama. Tendremos que compartir el salón y el cuarto de baño, pero me esforzaré por no entrometerme en tu camino.
– Pero yo… Nosotros… -tragó saliva y avanzó un paso hacia él-. Reyhan, ¿qué está pasando? ¿Por qué te comportas así?
El se sacó los faldones de la camisa de los pantalones. Emma le miró el cinturón y tuvo la repentina fantasía de que iba a desnudarse delante de ella.
– Sólo serán dos meses -dijo él-. Seguro que puedes soportar mi compañía ese tiempo.
– El problema no es soportar tu compañía. Anoche… – carraspeó -. Reyhan, anoche hicimos el amor.
Él se giró y fue hacia las puertas del balcón.
– No volverá a pasar.
Sus duras palabras se le clavaron a Emma en el corazón.
– ¿Porque no me deseas?
¿No había sido buena en la cama? ¿No lo había complacido? La noche anterior había estado segura, pero ahora…
Se le hizo un nudo en la garganta y otro en el pecho. Sentía las piernas muy pesadas, como si pertenecieran a otra persona.
– Dos meses, Emma -dijo él, asintiendo brevemente-. Eso es todo. Después de ese tiempo, podrás volver a Texas, adonde perteneces.
Y él se quedaría allí, se casaría con otra mujer y tendría hijos.
– Pero yo creí que…
Él se volvió hacia ella y le clavó la mirada. Emma nunca había visto tanta frialdad en los ojos de un hombre. Ni tanto rechazo.
– Creíste mal.
– Debería haber una ley que permitiera a las esposas de los príncipes encerrar a sus maridos una vez al mes -dijo la princesa Sabrina, sonriendo.
– ¿Y también para zurrarlos? -preguntó Cleo, tomando una tajada de melón.
– Sólo cuando me ponga realmente furiosa. Una vez cada tres meses, más o menos.
– A mí me parece estupendo -dijo la princesa Zara-. No es que quiera hacerle daño a Rafe, pero amenazarlo de vez en cuando me haría muy feliz.
Las tres mujeres se echaron a reír. Emma sonrió, sabiendo que las tres estaban locamente enamoradas de sus maridos. Lo había sabido nada más conocerlas.
Cleo la había invitado aquella mañana a almorzar con ellas.
– Sin tus padres -había insistido-. Son maravillosos, pero necesitas un descanso.
Sabrina y Zara, las hijas del rey aunque de madres distintas, habían recibido a Emma con los brazos abiertos.
– Así que tú eres la misteriosa mujer con la que Reyhan se casó -dijo Sabrina mientras pasaba un plato con sándwiches. Estaba embarazada de siete u ocho meses, y la tonalidad rojiza de su piel realzaba la belleza de sus ojos oscuros y cabellos castaños.
Zara, de una belleza más suave, también estaba embarazada, pero no de tanto tiempo.
– No me considero a mí misma misteriosa -dijo Emma, lo cual era cierto. Comparada con la vida de una princesa, la suya era bastante aburrida.
– Reyhan nunca dijo una palabra -dijo Sabrina-. No es que mis hermanos sean muy dicharacheros, pero una esposa… Eso sí que es un secreto -inclinó la cabeza y sonrió-. Y de repente apareces de la nada. Supongo que estás alucinada.
– Bastante.
– Yo también lo estaría -dijo Zara-. Sabrina creció entre todo esto, así que está acostumbrada, pero para las demás ha sido un desafío. Cleo se echó a reír.
– Es cierto. Zara se resistió a ser una princesa durante muchísimo tiempo.
– Igual que tú -le recordó Zara.
– Pero por otras razones. Tú eras princesa de nacimiento. Sadik quiso que yo lo fuera mediante el matrimonio.
Emma estaba confundida.
– ¿No querías casarte con él? Pareces estar muy enamorada.
– Es una historia muy complicada -respondió Cleo-. La dejaremos para otro momento -se inclinó sobre el respaldo del sofá de su suite y observó a Calah-. Es la mejor niña del universo. Nunca llora y duerme como los ángeles, y estoy segura de que su coeficiente de inteligencia es de doscientos, por lo menos.
Sabrina y Zara pusieron una mueca de resignación. Emma se echó a reír.
– Es muy lista -dijo Cleo, ofendida-. Esperad a que nazcan vuestros bebés y entonces me entenderéis.
– Desde luego, Cleo -dijo Sabrina-. Seguro que nos volveremos tan tontas como tú.