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La mañana era cálida y soleada. Tanto, que Emma agradeció llevar sombrero y protección solar. El pedregoso sendero era fácil de seguir. Príncipe y ella caminaban tras Reyhan y su caballo, pero tras unos minutos de trote y ligeras sacudidas, marcharon a medio galope y Reyhan dejó que Emma cabalgara a su lado.

El viento le soltó a Emma varios mechones de la trenza. Sacudió la cabeza para apartarse los pelos de la cara y casi se cayó del caballo. Reyhan alargó una mano y la agarró del brazo. Ella consiguió a duras penas permanecer en la silla. De repente, el cuero resbaladizo le parecía más pequeño y precario.

– Iremos despacio -dijo él, tirando de las riendas.

Ella hizo lo mismo y miró a Reyhan.

– Siento ser una molestia.

– La culpa es mía. Parecías tan cómoda en el caballo que creí que tenías más experiencia.

Cabalgaron lentamente, el uno al lado del otro. Emma pensó en varios temas de conversación, pero todos le parecían tan forzados y estúpidos que eligió la verdad.

– Sé que no querías hacer esto hoy. Que no querías estar conmigo y mis padres. Te agradezco que lo hayas organizado todo y que hayas venido.

– Es importante que disfrutéis de vuestra estancia en Bahania. Ver el desierto os ayudará a entendernos. El desierto está lleno de tradiciones. Durante siglos los nómadas han recorrido la vastedad de estas tierras. Los ladrones asaltaban a los comerciantes y viajeros que usaban la ruta de la seda.

– Genial. Mi madre está muerta de miedo pensando que la pueden atacar.

– Esos tiempos han quedado muy atrás -dijo él-. Hoy los que viven en el desierto protegen los yacimientos petrolíferos para ganarse la vida. Una combinación de lo nuevo y lo viejo.

– Eso está muy bien.

– Hay algunos que no quieren trabajar. Y prefieren… ser como los ladrones de antaño.

Emma miró alrededor. Sólo se veían dunas salpicadas de matorrales.

– ¿Y qué quieren?

– Dinero. Amenazan con incendiar nuestros pozos petrolíferos si no les pagamos.

– ¿Pero eso no es ilegal?

– Sí, y sabemos quiénes son esos crios. En su mayoría son los segundos y terceros hijos de los jefes nómadas. Al no recibir herencia, no pueden acceder a la riqueza de la familia. Y en vez de trabajar para ganarse la vida, prefieren buscar un método más sencillo y mucho más rentable. Juegan a ser mayores.

– ¿Vas a hacer que los arresten?

Él negó con la cabeza.

– Les he dado mi palabra a sus padres de que no los encarcelaré sin una causa. Las amenazas no prueban nada, así que esperaremos y observaremos. A veces los jóvenes maduran. Otras no.

– No lo entiendo -dijo ella-. ¿Por qué no hacen nada sus padres?

– Para un hombre del desierto no hay mayor tortura que la de ser privado del sol. No arrestaré a nadie a menos que tenga una razón. Mi jefe de seguridad no está muy contento con esta actitud mía.

– No me sorprende.

Era la conversación más larga que habían tenido desde que pasaron la noche juntos. Emma se preguntó si Reyhan se estaba acercando a ella o simplemente haciendo lo más soportable posible una situación incómoda.

– Siento que todo esto sea tan difícil para ti -dijo ella-. Tenerme aquí, y a mis padres…

– Todo pasará.

No eran exactamente unas palabras que la consolaran. Emma quería recordarle que unos días atrás él la había deseado con una pasión irrefrenable.

– ¿Y si me marcho? -preguntó.

– No cambiaría nada -respondió él mirando al frente-. Cuando volvieses, el reloj seguiría su curso. Mi padre puede ser el hombre más cabezota del mundo.

Emma pensó en cómo la evitaba Reyhan. Como si ella tuviera alguna enfermedad contagiosa. Apenas le hablaba y no se reía.

La testarudez parecía ser un rasgo heredado de su padre.

Llegaron al oasis una hora más tarde. Los padres de Emma ya estaban allí, y corrieron a saludar a su hija. Reyhan se extrañó de verlos tan ansiosos. Él había estado con Emma y habría dado su vida con tal de mantenerla a salvo. Pero sus padres no confiaban en él.

Desmontó y se acercó al caballo de Emma. Su madre lo miró furiosa cuando la ayudó a bajar. Pero incluso con sus padres mirando y censurándolo, sintió el calor que desprendía el cuerpo de Emma y cómo se apoyó contra él para guardar el equilibrio.

– Me falta mucho para ser una amazona -dijo con una sonrisa-, Pero al menos he sobrevivido.

Reyhan quiso devolverle la sonrisa y decirle que estaría encantado de enseñarle a montar. Quería abrazarla y estar con ella. Pero en vez de eso retrocedió y se alejó.

– Este oasis no es muy grande. Hay otros más lejanos que cubren varios acres. Pero muchas familias vienen aquí porque así pueden estar cerca de la ciudad y al mismo mantener su estilo de vida tradicional.

– ¿Es seguro que paseemos por aquí? -Preguntó Emma-. ¿Hay algo que no debamos hacer? No quiero ofender a nadie.

– Sois invitados de honor. Seréis bienvenidos. Miró el pequeño campamento instalado en torno al tanque. Los niños jugaban, las mujeres hablaban alrededor de hogueras y los hombres se ocupaban de los camellos. Todos se habían percatado de la llegada de Reyhan, pero esperarían a que fuera él quien diera el primer paso.

– No tienes nada que temer -le dijo a Emma.

– ¿Estás seguro?

Él asintió. Comprendía su preocupación. Una de las cosas que más le había gustado de Emma cuando la conoció había sido su buen corazón. Siempre se preocupaba por los demás… una característica que no solía encontrar en las mujeres que conocía.

– ¿No os parece fabuloso? -Les preguntó Emma a sus padres, tomándolos del brazo-. Vamos a presentarnos a los nómadas.

– Son desconocidos -dijo su madre-. No sabemos si hablan inglés.

– Casi ninguno lo habla -confirmó Reyhan.

– Entonces tendremos que fingir -dijo Emma, y tiró de sus padres hacia las mujeres.

Reyhan reprimió el impulso de ir con ella y demostrarles a todos que era suya teniéndola cerca. Su presencia era protección suficiente, aunque Emma no necesitaba ninguna.

Miró a los hombres que paseaban junto al redil de los camellos y les asintió. Cuando ellos se aproximaron e hicieron una reverencia, Reyhan reconoció al más anciano, el jefe de la pequeña tribu. Era un hombre que había cabalgado por el desierto con su padre.

– Bihjan -lo saludó, devolviéndole la reverencia-. Te traigo saludos de mi padre.

– Devuélveles los míos con los mejores deseos para ti y tu familia.

– Y para los tuyos.

El viejo miró a Emma y a sus padres.

– Mi mujer -dijo Reyhan con orgullo.

– Veo que tu bendición ya ha empezado -dijo el viejo sin mostrar sorpresa-. Te gusta.

Reyhan asintió en vez de explicar la verdad… que «gustar» no definía ni de cerca lo que sentía. Emma era su vida, su aliento, y no estaba seguro de poder sobrevivir sin ella.

– Te dará buenos hijos.

– Si Dios quiere -respondió él simplemente, ignorando el nudo que se le había formado en el pecho al pensar en hijos.

Había hecho el amor con Emma sin usar protección. Había estado tan cegado por la pasión que ni siquiera había pensado en ello ni en las consecuencias. Si estaba embarazada… No, no podía estarlo. Si lo estaba, se quedaría para siempre en Bahania, y él sabía que eso lo destruiría. Pero tener un hijo con ella…

– Has sido bendecido con muchos hijos -le dijo al viejo.

Bihjan asintió. Una sombra de preocupación cubrió su rostro.

– Mi hijo menor, Fadl, dirige a los rebeldes -dijo tranquilamente-. Sé lo que hacen y cuáles son sus amenazas.

– He dado mi palabra -le recordó Reyhan-. Si todo se queda en amenazas, no haré nada. Tal vez lleguen a madurar y se conviertan en hombres de provecho.

Bihjan suspiró con alivio.

– Eso había oído, pero quería preguntártelo en persona. Sé que esos jóvenes están agotando tu paciencia.