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– Y la de mi jefe de seguridad, también. Él cree que habría que arrestarlos y meterlos en prisión. He tenido que explicarle que para un hombre del desierto estar encerrado es peor que la muerte -entornó la mirada-. Pero te lo advierto. Mi paciencia tiene sus límites. Si alguno de los rebeldes pasa a la acción, por insignificante que ésta sea, mi castigo será inmediato y severo.

El viejo asintió.

– Como debe ser, príncipe Reyhan. Como debe ser.

A Emma le encantaba el oasis. La gente era encantadora, y al menos dos de las mujeres comprendían un poco el inglés, lo suficiente para intentar comunicarse. Los niños eran preciosos y muy amistosos. Y adoraba los perros y las crías de camellos.

Incluso sus padres parecían estar disfrutando, ya que formulaban más preguntas que quejas. Tal vez hubiera esperanza para ellos, después de todo.

– Nos han invitado a cenar con ellos -dijo Reyhan, acercándose a ella-. He aceptado.

Emma miró el redil de los camellos y tragó saliva.

– ¿Y qué… eh… en qué consistirá el menú?

– No temas -la tranquilizó él con una sonrisa-. Pollo.

– Es un alivio. No creo que pudiera masticar algo que acabo de acariciar.

– No me lo esperaría de ti -la tomó del brazo y la aparto de los demás-. Les he dicho que eres mi mujer, sin mencionar nada del divorcio.

– De acuerdo. Es lógico. La situación es complicada.

– Quería que lo supieras.

– Gracias.

Los llamaron a la cena y todos se sentaron en torno a un círculo. Los platos fueron pasados de persona en persona. Emma probó un arroz picante y pollo tierno. Había pan de pita y verduras asadas. Dos adolescentes tocaban unos instrumentos de cuerda, y una joven con cascabeles en las muñecas y en los tobillos bailaba para ellos.

– ¿Pueden permitirse darnos de comer así? -Preguntó Emma después de que les ofrecieron una bandeja con dátiles cubiertos de miel-. No quiero que pasen hambre por culpa de su generosidad.

Reyhan le clavó la mirada de sus penetrantes ojos oscuros.

– Aprecio tu preocupación por mi pueblo. Pero puedes estar tranquila. Me he ocupado de todo.

Emma lo creyó. Reyhan era un buen hombre. Un hombre al que podía admirar. ¿Qué diría si ella le dijese que deseaba que aquella gente fuera también su pueblo? ¿Que cuanto más tiempo pasaba en Bahania, más le gustaba el país y más lo sentía como si fuera su hogar?

Después de la comida, varias de las mujeres se levantaron y desaparecieron en una de las tiendas. Unos cuantos hombres se fueron hacia los camellos. Emma se dispuso a levantarse también, pero Reyhan le puso una mano en el brazo.

– Aún hay más.

– Estoy llena. No puedo comer más.

– No se trata de comida.

Una chica se acercó, se arrodilló frente a Emma y le ofreció un precioso collar esmaltado azul y rojo. Emma lo miró y luego miró a Reyhan.

– No puedo aceptarlo.

– Tienes que hacerlo. Eres su princesa y quieren mostrarte respeto – se inclinó hacia ella para susurrarle al oído-: Tranquila. Lo único que se espera de ti es que muestres entusiasmo por todo. Cuando nos vayamos, los regalos se quedarán aquí.

– Estupendo -murmuró ella. Besó a la chica en ambas mejilla y aceptó efusivamente el collar, que Reyhan procedió a deslizárselo por el cuello.

Hubo más piezas de joyería, paños de seda, cuatro camellos adultos y una cría. El único regalo que le costó devolver fue un perrito que le lamió todo el rostro y se acurrucó contra ella.

Después de darles las gracias a todos y dejar con cuidado los regalos pequeños sobre una manta junto al fuego, se dirigió hacia el todoterreno con Reyhan.

– Son gente maravillosa. ¿Los niños van a la escuela?

– Sí. Asisten durante varios meses seguidos y luego vuelven con sus familias. Somos afortunados de poder permitirnos buenas escuelas y profesores.

Emma pensó en lo que Cleo le había dicho sobre el trabajo que hacía en obras benéficas. ¿Habría sitio para ella también? Aunque le encantaba su trabajo y sabía que ayudaba en uno de los milagros más hermosos de la vida, quería empezar a ayudar a una escala mucho mayor.

Pero eso no era probable, se dijo a sí misma. No cuando ella iba a marcharse y Reyhan iba a casarse con otra mujer.

Al final de la semana, los padres de Emma se habían acomodado a la vida en Bahania. Emma observó complacida cómo cambiaban lentamente la desconfianza hostil hacia todo por la aceptación y el agrado. Le hubiera gustado discutir la sorprendente transformación con Reyhan, pero él continuaba evitándola. Podían estar bajo el mismo techo, pero rara vez se hablaban, pensó mientras se maquillaba frente al espejo. Reyhan trabajaba largas horas seguidas y luego desaparecía en la habitación de invitados. La única vez que lo veía era en las cenas que ordenaba el rey.

Pero aquella noche sería diferente. Había una recepción oficial, que al mismo tiempo serviría como fiesta de bienvenida para sus padres, y Reyhan ya la había informado de que él sería su acompañante. No parecía muy entusiasmado, pero ella estaba decidida a hacerlo cambiar de opinión.

Tras acabar de maquillarse, se quitó los rulos calientes del pelo y se ahuecó las puntas. Doblándose por la cintura, se sacudió la melena por debajo y dejó que los rizos cayeran sueltos.

– No está mal -murmuró, peinándose con los dedos unos pelos rebeldes.

Lo siguiente fue ponerse el vestido de noche de color bronce con abalorios y calzarse unas sandalias de tacón alto.

Observó el resultado en el espejo y supo que aquello era lo mejor que podía conseguir. Si no podía deslumbrar a Reyhan con aquel aspecto, nada podría hacerlo.

– Buena suerte -le susurró a su reflejo, y salió del cuarto de baño al salón.

Reyhan ya estaba allí. Emma casi tropezó al verlo con su esmoquin a medida, sus anchos hombros y sus rasgos esbeltos y atractivos. El corazón se le hinchó con una emoción a la que no quiso ponerle nombre.

– Estás muy guapa -le dijo él.

– Gracias. Tú también tienes muy buen aspecto.

Él le ofreció un estuche aterciopelado, de diez centímetros de lado y sólo un par de centímetros de grosor.

– Para ti.

Emma dudó antes de aceptar el regalo y abrirlo. Cuando vio el contenido, se quedó sin respiración.

Un collar de diamantes dorados descansaba en un fondo de seda blanca. Las piedras tenían que ser al menos de tres quilates cada una. Aparte había dos grupos de diamantes dorados formando unos pendientes y un brazalete de diamantes blancos y amarillos.

Emma alargó una mano hacia el collar, sólo para descubrir que estaba temblando.

– No puedo -dijo-. Es demasiado.

– Eres mi mujer -respondió Reyhan, quitándole el estuche y dejándolo sobre la mesa. Le quitó también el collar y se lo puso en el cuello-. ¿Quién podría llevarlo si no tú?

– La próxima mujer con la que te cases -dijo ella mientras él le tendía los pendientes-. Querrás que todas estas cosas pasen a tus hijos.

Lo miró y vio que una emoción cruzaba su rostro, pero desapareció antes de poder definirla. La tensión ardió entre ellos, y cuando él le tendió el brazalete, ella quiso arrojarlo a un lado y echarse ella misma en sus brazos.

Pero no lo hizo. Dejó que le atara la pulsera y admiró las piedras brillantes. Aquella noche llevaría esas joyas, pero con la intención de no quedárselas. Formaban parte del patrimonio de Reyhan, y ella no tenía ningún derecho a reclamarlas.

– Reyhan… -le tocó el antebrazo y sintió el calor y la tensión de sus músculos -. Quiero decirte algo. Acerca de cuando estuvimos juntos.

– No hay nada que decir -dijo él, apretando la mandíbula.

– Sí, lo hay. Cuando hicimos el amor… -se detuvo y ordenó sus pensamientos-. No usamos ninguna protección. No sabía si te preocupaban las consecuencias, pero quiero que sepas que no habrá ninguna. No estoy embarazada.