Emma no sabía cuándo se había enamorado de él. Quizá lo había estado durante seis años, sin saberlo. ¿Acaso importaba? Lo único importante era que había perdido a Reyhan por segunda vez.
Él la llevó al helicóptero y le hizo abrocharse el cinturón y ponerse los auriculares. Cuando los motores empezaron a moverse, Emma sintió que los nervios aliviaban parte del dolor en su corazón.
– Vamos a adentrarnos cientos de kilómetros en el desierto -dijo él por el micrófono-. Hasta el borde occidental de los yacimientos petrolíferos.
El helicóptero empezó a elevarse y Emma se aferró a los brazos del asiento. La sensación era muy distinta a la de un avión, pero no era desagradable. Pronto dejaron atrás la ciudad y ante ellos se abrió la inmensidad vacía del desierto.
– Un joven ha sido arrestado hoy -le explicó Reyhan-. Estaba robando piezas de repuesto para las torres de perforación. No estamos seguros de si planeaba venderlas en el mercado negro o sabotearlas para luego devolverlas.
– Supongo que unas piezas defectuosas provocarían un desastre económico y ecológico.
– Exactamente. Sus amigos están siendo acorralados y también serán detenidos. Tenemos a su jefe, Fadl, pero no quiere decirnos nada. Voy a hablar con él a ver si puedo convencerlo para que colabore.
– ¿Irá a prisión? -preguntó ella, recordando lo que Reyhan le había contado sobre la necesidad de los nómadas por ser libres.
– Probablemente. Dependerá de la gravedad de su crimen. En este caso, sería un alivio para todos que sólo estuviera robando.
Emma se volvió hacia la ventanilla y contempló en silencio el paisaje.
– Hay un pequeño campamento de nómadas junto a los pozos petrolíferos -dijo Reyhan al cabo de unos minutos-. Son muy amistosos y estarás a salvo con ellos. Aun así, te asignaré dos hombres para que se queden contigo. Sólo por si acaso.
– Muy bien. ¿Hay alguna regla cultural que deba tener en cuenta?
– No. Simplemente sé tú misma y todos te adorarán.
«Como yo te adoro», añadió para sí mismo. Pero a Emma le pareció oír las palabras flotando entre ellos, tan fuertes como los motores del helicóptero. Miró a Reyhan, pero él también se había vuelto hacia la ventanilla y no pudo ver su expresión.
Una hora más tarde, el aparato se posó en tierra. Emma vio los edificios bajos y apiñados y más allá las torres perforadoras. A la izquierda había una docena de tiendas en torno a un oasis. Reyhan le había explicado que el estanque se alimentaba de un manantial subterráneo.
Salió él primero del helicóptero y le tendió la mano para ayudarla. Emma la tomó y sintió al instante el calor de sus dedos. Una debilidad la azotó, recordándole que tenía que aprender a controlar sus reacciones.
A su tiempo, se prometió a sí mismo. Las heridas sanarían a su tiempo.
Reyhan entró en la sala de interrogatorios y miró al joven que estaba allí sentado. Fadl tenía dieciocho años como mucho, era delgado y parecía muy antipático. El hijo menor de un poderoso jefe. Aunque no recibiera nada de su padre, podría haber prosperado en la tribu. En vez de eso, había elegido el camino del robo y la extorsión.
– Has hecho que me enfade -le dijo Reyhan-. Sabías que tu padre no quería que te hicieran daño ni que te arrestaran. Pensaba que acabarías dándote cuenta de tu error. Pero yo no soy un viejo estúpido que sigue consintiéndole todo a un niño mimado. Soy el príncipe Reyhan de Bahania, y ahora jugaremos según mis reglas.
El miedo destelló en los ojos de Fadl.
– Eso son tonterías. No puedes hacerme daño. Se lo prometiste a mi padre.
Reyhan se permitió esbozar una pequeña sonrisa.
– Accedí a dejarte libre y a que jugases a ser hombre mientras no quebrantaras la ley. Y eso es lo que has hecho al robar las piezas. Ahora el trato está roto y tú estás en mis manos.
El joven se retorció en la silla.
– No te creo.
– Bien. Me gustará meterte en prisión. Por tu culpa, las torres perforadoras tendrán que ser inspeccionadas para buscar las piezas saboteadas. Eso le costará a mi país cientos de miles de dólares. Como sé que no tienes dinero con el que compensarme, me cobraré lo que pueda de tu piel.
Fadl se puso visiblemente pálido.
– ¿Cómo sabías lo que íbamos a hacer? Reyhan se mantuvo impasible. Había acertado con sus suposiciones. Ahora sólo tenía que conseguir los detalles y dejar que Will se ocupara de lo demás.
– ¿Qué te hizo pensar que podrías salirte con la tuya? No sabes nada de los pozos petrolíferos. Nunca has trabajado en las perforadoras.
– No quiero ir a prisión -dijo Fadl, removiéndose otra vez.
– No tienes elección. La cuestión es por cuánto tiempo. Compláceme y me aseguraré de que tu estancia en la cárcel no sea muy dura. Irrítame y haré que sea un infierno.
Hubo varios segundos de silencio, hasta que al final venció el miedo.
– No fuimos nosotros -confesó Fadl-. De verdad que no. Unos cuantos de nosotros estábamos en un bar de El Bahar, intentando idear un plan. Entonces se acercó un tipo. Nos dijo que había estado escuchándonos y que sólo éramos unos aficionados, y que si queríamos ganar una fortuna, teníamos que contratar profesionales. Y eso hicimos.
Reyhan se quedó helado. Abrió la puerta y llamó a Will para que se uniera a ellos. Fadl les contó todo. El nombre del hombre a quien habían contratado, cuántos socios habían llevado a Bahania y cuánto iban a pagarles Fadl y su banda.
– No hemos instalado ninguna pieza saboteada – dijo Fadl frenéticamente-. Tienes que creerme, príncipe Reyhan. Lo juro. Sólo queríamos el dinero, y éste parecía un modo fácil de conseguirlo.
Reyhan lo miró con desprecio.
– Veremos si piensas lo mismo cuando estés en la cárcel.
Emma se paseaba por el oasis, seguida por sus guardaespaldas. Éstos estaban tan lejos que se había olvidado de ellos. Igual que en el oasis que visitó con sus padres, había niños jugando y riendo. Varios perros se enzarzaban en una pelea juguetona. Las mujeres cosían y cocinaban en grupos, y todas la miraban al verla pasar.
Una niña de siete u ocho años corrió hacia ella y le ofreció un plato con dátiles. Emma sonrió y mordió uno. Pronto se les unió otra niña, y luego otra y otra.
– No puedo comérmelos todos -dijo Emma, tocando a la niña más cercana en el pelo, negro y muy suave-. Pero muchas gracias.
Un niño pequeño le tiró de la manga. Ella se agachó para ponerse a su altura y él le tiró de la capucha. Emma se la deslizó por los hombros y todos los niños ahogaron un grito al ver su pelo rojizo.
– Lo sé. No es lo normal aquí -dijo ella alegremente.
Una niña alargó una mano para tocarlo, pero la retiró.
– No pasa nada -la tranquilizó Emma, riendo-. No quema, mira -se acarició ella misma el pelo y luego tomó la mano de la niña y se la llevó a la cabeza. La niña la tocó tentativamente, se rió y volvió a tocarla. Los otros niños se aglomeraron alrededor.
– Vaya, vaya, vaya. Qué dama tan hermosa. Al sonido de la voz masculina, los niños salieron corriendo. Emma se levantó y se volvió. Frente a ella había dos extranjeros altos y armados. No veía a sus guardaespaldas por ninguna parte.
– Usted es americano -dijo ella, intentando que no la traicionaran los nervios.
El hombre que estaba más cerca sonrió. Tenía el pelo rubio y muy corto, y el tatuaje de una serpiente en el antebrazo.
– Buena deducción -dijo él, y se colocó tras ella.
Antes de que Emma pudiera moverse, la agarró y le puso un cuchillo en el cuello.
– Y tú eres nuestra prisionera.
– ¿En qué demonios estabas pensando? -Preguntó Will mientras se paseaba de un lado a otro frente a Fadl-. Contrataste a un hombre al que conociste en un bar. ¿No se te ocurrió que no era un asesor militar?