Fadl parecía miserable y muerto de miedo.
– Dijo que si no hacíamos lo que quería, nos mataría -miró frenético a Reyhan-. Príncipe Reyhan, por favor. Tienen que ayudarme. A todos nosotros. Lo sentimos. No queríamos que nada de esto ocurriera.
– Sí, sí queríais que ocurriera -dijo Reyhan-. Pero habéis agarrado a un tigre por la cola y ahora no sabéis que hacer para que no os devore -miró a Will-. Éste es tu campo.
– Estoy en ello -le dijo su jefe de seguridad-. Llamaré a un equipo de El Bahar y… -miró a Fadl-. De alguna parte.
Reyhan sabía que Will se refería a la Ciudad de los Ladrones, una ciudad secreta en medio del desierto, en la frontera entre El Bahar y Bahania.
– Conozco al jefe de seguridad de allí -siguió Will-. Rafe Stryker y yo hemos trabajado juntos en otras ocasiones.
– Bien.
Will se dispuso a salir, pero antes de que alcanzara la puerta un hombre irrumpió en la sala y corrió hacia Reyhan.
– Ha sido secuestrada por dos americanos. Le dispararon a uno de los guardaespaldas y dejaron fuera de combate al otro. Tienen a la princesa Emma.
Reyhan se quedó de piedra. La sangre se le había helado en las venas.
– Si sufre el más mínimo daño -dijo, mirando a Fadl-, el desierto se teñirá de rojo con tu sangre.
Capítulo 12
– ¿Cuántos millones crees que vales, cariño? -preguntó el hombre del tatuaje mientras empujaba a Emma a la parte trasera de un camión.
La mordaza en la boca le impedía hablar, así que sólo pudo mirarlo con odio.
– Si hubiera sabido que el príncipe Reyhan estaba casado, habría planeado algo mejor -dijo el hombre con una sonrisa lasciva-. Supongo que hoy es mi día de suerte. No te preocupes. Nadie quiere hacerte daño. Pensaba que esos desgraciados serían nuestro billete a la buena vida, pero no sirven más que para hablar. Cuando se trata de hacer el trabajo sucio, se mueren de miedo. Dijeron que no querían hacer explotar los pozos de petróleo, así que temí haber perdido el tiempo. Y entonces apareciste tú.
Emma quería gritar de furia. No podía creerse lo que estaba pasando. Si pudiera soltarse las manos, le sacaría los ojos a su secuestrador. Su ira la complació. Al menos no estaba paralizada por el miedo. Tenía que permanecer fuerte por si se le presentaba la oportunidad de escapar.
El hombre le tocó un mechón del cabello.
– Supongo que tu marido pagará lo que sea con tal de recuperarte.
La hoja de un cuchillo destelló ante sus ojos. Emma dio un salto hacia atrás, pero el hombre la sujetó y le cortó un mechón.
– Esto es para demostrarle que no estoy fanfarroneando -dijo, y cerró la puerta.
Emma se quedó sola y a oscuras. El murmullo del motor y el aire fresco que soplaba sobre ella le dijo que el vehículo tenía aire acondicionado. Al menos no se moriría de calor.
«No te rindas al miedo», se dijo a sí misma. Tenía que estar preparada. Los hombres que la habían secuestrado no iban a matarla. Era demasiado valiosa para eso. Sólo querían dinero.
Moviéndose a ciegas por el interior del vehículo, encontró un asiento y se tumbó en él. Tenía las manos atadas a la espalda e intentó liberarlas, sin éxito.
¿Cuánto tiempo pasaría así? Sabía que Reyhan jamás la abandonaría a su suerte, por mucho que quisiera librarse de ella. La rescataría. Pero ¿cuándo? ¿Y cómo podría resistir hasta entonces?
Fadl se hundió en la silla. Parecía mucho más joven e infantil de lo que era.
– Juro que no lo sabía -dijo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
– Eres el responsable -replicó Reyhan duramente -. Debería matarte.
Will lo agarró del brazo.
– Matarlo no nos ayudará a rescatar a Emma.
Reyhan se sentía consumido por la ira. Quería destruir con sus propias manos al hombre que se había atrevido a llevarse a Emma.
Pero también sentía miedo. Miedo por ella y por lo que debía de estar sintiendo. Miedo de que no confiara en que él removería cielo y tierra hasta encontrarla. Se había mostrado tan frío y la había rechazado tantas veces… Sus esfuerzos para convencerla de que no le importaba habían tenido éxito.
Apretó los puños y se volvió hacia Will.
– Averigua cuánto quieren. Sólo se trata de dinero.
Will asintió y se marchó, y Reyhan miró a Fadl.
– Tus intentos por jugar a ser hombre me han costado lo más preciado que tengo. Pagarás por ello, y también toda tu familia. Esta deuda sangrará durante generaciones.
– Lo siento -susurró Fadl entre sollozos.
Reyhan salió de la sala. Necesitaba moverse, actuar, hacer algo. Pero sólo podía esperar a recibir información. En la central de seguridad, una docena de hombres hacían llamadas y trabajaban con los ordenadores. Will se acercó a él.
– Los refuerzos llegarán dentro de una hora. Las tropas vienen de El Bahar y de la Ciudad de los Ladrones. Tengo a mi mejor informático trabajando en un virus especial. Consiste en mostrar la cantidad del rescate en la cuenta de destino, pero sólo durante noventa minutos. Pasado ese tiempo, el dinero desaparece de la cuenta.
– Eso no nos da mucho tiempo para rescatar a Emma -dijo Reyhan, que pagaría lo que fuera con tal de recuperar a su mujer.
– Prepararemos el cambio para que sea cara a cara. Cuando veamos a Emma, haremos la transferencia. Ellos verán el dinero en la cuenta y soltarán a Emma. La operación sólo debería llevar cinco minutos. Tendremos los ochenta y cinco restantes para escapar.
– Adelante -dijo Reyhan.
– En cuanto nos digan cuánto quieren, haremos…
Un joven uniformado se acercó corriendo.
– Señor, ya está. Quieren sesenta millones de euros. Han dado el número de la cuenta. Will miró a Reyhan, quien asintió.
– Vamos allá. El joven tragó saliva.
– Hay algo más, señor. Una tormenta. Hace una hora no parecía gran cosa, pero ahora…
– ¿Una tormenta de arena? -preguntó Reyhan, sintiendo una punzada en el pecho.
– Así es, señor. Y tiene muy mal aspecto.
– Los helicópteros no podrán volar -le dijo Reyhan a Will. Lo que significaba que los refuerzos no llegarían a tiempo.
– Podemos retrasar el encuentro -sugirió el joven-. Explicarles que hace falta tiempo para reunir esa cantidad de dinero y…
– ¡No! -Exclamó Reyhan-. Mi mujer no se quedará con ellos un segundo más de lo necesario. ¿Entendido?
– Sí, señor. Por supuesto -dijo el joven, y se es esfumó rápidamente.
Will sacudió la cabeza.
– Será más arriesgado sin los refuerzos, pero aun así podremos hacerlo.
– No tenemos elección. Si es necesario, yo mismo lucharé contra ellos.
El hombre del tatuaje, que resultó llamarse Billy, sacó a Emma del camión.
– Parece que hoy también es tu día de suerte, cariño -le dijo-. Tu marido va a pagar. Sesenta millones, de euros. No está mal para el trabajo de una sola tarde.
Emma se quedó atónita. ¿Sesenta millones de euros? Era una locura. No podía imaginar tanto dinero junto. Reyhan no podría pagarlo. Sólo de pensarlo se le revolvía el estómago.
– Pareces sorprendida -dijo Billy-. No lo estés. Esos príncipes no soportan que otros hombres tengan a sus mujeres. Pensé que intentaría negociar conmigo, pero no lo ha hecho. Y yo no voy a quejarme, claro está. Eso son veinte millones para cada uno.
Emma pasó la vista por el campamento. El cielo se había nublado y el aire parecía espeso y enrarecido, pero consiguió distinguir a casi dos docenas de hombres.
– Sé lo que estás pensando -dijo Billy-. Somos más de tres. Pero verás, éstos no son mis hombres. Son los chicos que nos contrataron. Los que se han rajado. Así que me dije: «que los zurzan». Mis hombres y yo habremos desaparecido con el dinero mientras estos estúpidos cargan con la culpa. Un plan estupendo, ¿eh?
Ella asintió y se preguntó cómo podría pasarle la información a Reyhan.