Zara notó que sus pezones se endurecían. Sus senos podían ser pequeños, pero también eran increíblemente sensibles al contacto, y la combinación de tensión y de placer resultaba tan desconocida y nueva para ella, que se sentía a punto de perder el control. Deseaba que le bajara la cremallera del vestido y que le acariciara los pechos desnudos. Necesitaba que la tocara.
Entonces, él dejó de besarla en la boca y comenzó a descender por su cuello, poco a poco, hasta llegar a la parte superior de sus senos. Sin embargo, no hizo exactamente lo que Zara había deseado: en lugar de bajarle la cremallera, tiró del vestido hacia abajo, hasta la cintura. Luego, se inclinó sobre ella y comenzó a succionar uno de los pezones.
Aquello era como un sueño. Zara cerró los ojos, dominada por un intenso fuego interior, y se estremeció. No podía pensar. Apenas podía respirar. Sólo sabía que la enorme cama estaba muy cerca.
Pero Rafe no tenía intención de ir tan lejos. Volvió a tomar el vestido, y aunque ella esperaba que se lo quitara del todo, la cubrió de nuevo y la besó una vez más en la boca.
En ese momento, Zara sintió la dureza de su erección y no pudo creer que le hubiera provocado semejante reacción. Por desgracia, Rafe se apartó enseguida, caminó hacia el balcón y se quedó mirando el horizonte.
– Esto no debería haber pasado -se lamentó.
– Pero ha pasado -comentó ella-. Rafe… ¿estás armado?
– ¿Cómo?
– Que si llevas pistola.
– No.
– Ah… Entonces, ¿es que sientes verdadero interés por lo que hacíamos?
Rafe no entendió la pregunta y entrecerró los ojos.
– ¿Se puede saber de qué estás hablando?
– Bueno, ya sabes. Es que he sentido… algo.
Rafe lo comprendió entonces.
– No puedo creer que preguntes semejante cosa. Sí, estoy excitado. Eso es lo que has sentido. Y es lógico que lo esté, porque te deseo.
Zara se sintió la mujer más feliz de la tierra.
Él avanzó hacia ella, le puso las manos sobre los hombros y dijo:
– No me mires con esa cara de sorpresa. En tu cuerpo no hay nada malo. De hecho, creo que todo es perfecto. Te deseo, sí, es verdad. Y también es verdad que quiero hacerte el amor.
Aquello era lo más bonito que le había dicho un hombre en toda su vida. Además, ella también deseaba acostarse con él. Y por otra parte, imaginaba que Rafe tenía la experiencia suficiente como para conseguir que su primera vez fuera inolvidable.
– No sé en qué estás pensando -continuó él-, pero olvídalo.
– ¿Cómo?
– Lo digo en serio, Zara. Entre nosotros no puede haber nada. No he debido besarte… Tú eres una princesa y yo soy tu guardaespaldas temporal. Mi trabajo consiste en mantenerte a salvo de cualquier amenaza, incluida las sexuales y aunque procedan de mí.
– ¿Por qué? Es obvio que a los dos nos ha gustado. ¿Qué hay de malo en ello?
– Ambos sabemos dónde acabaríamos si siguiéramos adelante.
– No lo entiendo, la verdad. En todas las películas que he visto, el guardaespaldas siempre se acuesta con su cliente.
– Sin embargo, yo tengo muchos motivos para no caer en la tentación -insistió él-. Mira, yo no soy ningún príncipe azul. No creo en los compromisos ni en los para siempre. Vivo el momento y sigo adelante. De hecho, soy muy poco apropiado para ti. De modo que mantente alejada.
– Yo no he dicho nada de compromisos. Hablaba de sexo.
– Dudo que seas capaz de separar las dos cosas.
– En cualquier caso, así no podré saberlo nunca, ¿no te parece? Para una vez que encuentro un hombre a quien le gusto, resulta que no quiere acostarse conmigo porque es mi guardaespaldas -se quejó.
Zara se alejó de él y caminó al otro extremo de la habitación. Pero Rafe la siguió.
– Hay otra razón por la que no puedo ceder al deseo -le explicó-. Necesito mantener la cabeza sobre los hombros.
– No te entiendo…
– Eres la hija del rey. Y te aseguro que Hassan no sería precisamente indulgente con alguien que se atreviera a robarle la virginidad a su hija, sobre todo si sólo es un empleado como yo. El castigo sería muy severo.
– Eso es una estupidez. Dudo que te cortara la cabeza.
Rafe se encogió de hombros.
– Si no me crees, pregúntaselo tú misma.
Entonces, Rafe se dio la vuelta y salió de la habitación.
– ¿Todavía siguen cortando cabezas en este país? -preguntó Cleo un buen rato más tarde, cuando Zara le contó su conversación-. Qué alucinante…
– A mí no me parece tan divertido. Siempre he tenido mala suerte con los hombres. Tanta, que ahora corren el riesgo de perder literalmente la cabeza si se acercan a mí. Dudo que eso sirva para atraerlos…
– Bueno, no tienes que contarle a todo el mundo que eres la hija del rey…
– Pero si me conocen aquí, ¿cómo podré disimularlo?
– No sé, pero algo me dice que tu mala suerte con los hombres no puede durar mucho más. A fin de cuentas, tu situación no puede empeorar.
– No tientes al destino. Además, mi vida se ha complicado tanto… Rafe me ha advertido que muchos hombres querrán acercarse a mí sólo porque soy la hija del rey.
– Sí, seguro que sí, pero ya te las arreglarás. Eres una mujer inteligente.
– De todas formas tendré que tener cuidado, porque nunca estaré segura de si me quieren por mí o por mi dinero. Y en lo relativo a Rafe, sospecho que sé lo que quiere de mí -declaró con amargura.
Cleo la acarició en un brazo.
– No seas tan dura contigo. Que hayas conocido a unos cuantos estúpidos en el pasado, no quiere decir que no haya muchos hombres que no te encuentren increíble. Algún día conocerás al hombre adecuado para ti, a uno a quien no le importe perder la cabeza.
Zara rió.
– Sí, claro… ¿Quién se arriesgaría a morir sólo por acostarse conmigo?
– Pasará, ya lo verás.
Zara apreciaba el apoyo de su hermana, pero no la creyó. Rafe había conseguido volverla loca y resultaba más que evidente que se sentía atraído por ella. Pero al parecer, no lo suficiente: había hecho lo posible y lo imposible por alejarla de él.
Zara ya estaba preparada cuando llamaron a la puerta. Marie y sus socias la habían arreglado y maquillado una hora y media antes y habían hecho un gran trabajo. Casi no se reconocía a sí misma. Había sufrido una transformación completa que culminó con un elaborado peinado y un precioso collar de diamantes y zafiros.
Nerviosa, abrió la puerta. Rafe se encontraba en el pasillo. Se había cambiado y lucía un esmoquin que le quedaba muy bien.
– Estás perfecta -dijo él, con una sonrisa.
– Gracias. Tú también lo estás.
Rafe entró en el salón y miró la hora.
– Tenemos que estar en la antesala del comedor dentro de diez minutos.
– Si estás insinuando que lleguemos tarde, olvídalo. Siempre llego a tiempo a mis citas -intervino Cleo, que también estaba presente-. Sobre todo, si voy a tener ocasión de conocer a varios príncipes de carne y hueso.
– Está bien. Si ya estáis preparadas, vámonos…
Zara miró a su hermana y le pareció tan arrebatadora y bella con aquel vestido azul que no pudo creer que Rafe se sintiera atraído por ella y no por Cleo. Pero no tuvo ocasión de pensar más en ello, porque en ese momento las tomó del brazo a las dos.
Cleo se pegó a él de inmediato. Pero Zara, siempre más tímida, se mantuvo a cierta distancia mientras avanzaban por el corredor.
– Rafe, vas armado… -comentó Cleo.
– Soy un hombre cauto.
– Este hombre se toma su trabajo muy en serio, hermanita. Deberías advertirle que se mantenga alejado si alguien te pide bailar con él.
– Zara puede hacer lo que desee -comentó Rafe.