Tres patas para un banco, decían ellos de sí mismos, el tío Pepe, el tío Rafael y el teniente Chamorro, bajando por el camino hacia la huerta de mi padre, el tío Pepe y el tío Rafael, que eran hermanos y no se parecían en nada, montados en un burro grande y resabiado que al menor sobresalto echaba las orejas hacia atrás y descubría los dientes, señal de que tenía la intención de morder, el teniente Chamorro en una burra diminuta que se quejaba en las cuestas como un ser humano bajo el peso de su dueño, al que le arrastraban los pies calzados con unas abarcas de goma de neumático. El tío Rafael era flaco y pequeño, no tenía suerte en la vida, se quejaba, nada le salía bien, compraba un burro y lo engañaban, se iba al servicio militar y lo soltaban siete años después, lo llevaron a la guerra y combatió en las batallas más feroces, en la ofensiva de Teruel los pies se le helaron y estuvo en nada que se los tuvieran que cortar, como al cojo que vendía pipas y alquilaba novelas y tebeos en la plaza del General Orduña. El tío Rafael vestía chaquetas viejas y jerseys de pobre, con los puños deshilachados, y aunque era muy limpio parecía siempre que llevaba sin afeitar varios días, se mataba trabajando sin fruto, su único hijo varón se le había ido a Madrid, dejándolo solo. El tío Rafael hablaba poco y muy bajo, como pidiendo perdón. El tío Pepe era alto, vigoroso y seco como un álamo en invierno, bajaba a la huerta con traje y chaleco de pana, sombrero de fieltro y unas botas de orejas que jamás estaban sucias de barro ni de polvo, hablaba con circunloquios doctorales, se detenía tan minuciosamente en los pormenores de cada tarea que acababa siendo un perfecto inútil, nunca tenía aire de fatiga, de malhumor ni de amargura, le daba palmadas animosas al tío Rafael, venga, hermano, no te pongas así, que tampoco será para tanto, lo admiraba todo, me señalaba con un cuidadoso dedo índice la punta del primer brote en las ramas todavía peladas de una higuera o un tallo ínfimo de trigo recién aparecido en la tierra, fíjate, sobrino segundo, parece que está muerta pero las semillas se mueven por dentro igual que las lombrices, consagraba horas de sosiego budista a liar cigarrillos o a recortar un trozo de badana para adherirlo al interior de la bota y que no le rozara los juanetes, se ponía a contar algo y nos exasperaba a todos, la más breve narración se le perdía en ramificaciones y en exactitudes, y cuando emprendía el relato de la noche en que se volvió de la guerra éste duraba casi tanto como aquella aventura: el tío Pepe se volvió de la guerra como quien se vuelve del campo porque lo ha sorprendido la lluvia. Lo alistaron casi al final, en Caballería, le dieron una sumaria instrucción, un fusil y un mulo y lo mandaron al frente. Del mulo todavía se acordaba: alto, decía, castaño oscuro, muy noble, con cara de bondad, iba montado en él, se hacía de noche, oía retumbar cañonazos, veía en las cunetas cadáveres de mulos y de caballos con los vientres abiertos y gusaneras en las vísceras, y él pensaba, hay que ver, con el apaño que me haría a mí en Mágina un animal así, tan absorto iba pensando en sus cosas que se fue quedando rezagado, y cuando quiso acordar era noche cerrada, se puso a llover, pensó que corría el peligro de constiparse, detuvo al mulo, le dio media vuelta y sin esconderse de nadie ni temer que lo detuvieran o lo fusilaran por desertor tomó el camino de Mágina, llegó al cabo de dos días, ató las riendas del mulo a la reja de su casa y cuando su mujer salió y le preguntó que de dónde venía él le dijo con toda naturalidad: de dónde voy a venir, pues de la guerra. «Por eso la perdimos», decía el teniente Chamorro, «por aquel desbarajuste que había en nuestro bando». Yo me cansaba de oírlos, terminaba rápidamente de almorzar y me iba bien lejos para fumar un cigarrillo sin que me viera mi padre. El teniente Chamorro no fumaba ni bebía ni entraba nunca en las tabernas, que eran pozos abiertos por el capital, decía, para ahogar en vino la rabia de los pobres. «¿Y qué ha sacado usted de todo eso, de tantas palabras y tantas penalidades?» Mi padre lo desafiaba, de pie ante él, más fuerte y más joven, con un orgullo íntimo que yo le conocía muy bien, el de haber adquirido su tierra sin ayuda de nadie y haber convertido en pocos años aquella huerta abandonada en una de las más fértiles de Mágina. La primera vez que me llevó a ella era una vaga extensión de tierra yerma, con las acequias borradas por malezas secas, con la casilla y los corrales en ruinas, con la alberca densa de ovas y casi desaparecida entre haces de juncos. Durante años lo sacrificó todo, vendió la casa de la Fuente de las Risas, se entrampó con usureros, trabajó desde el amanecer hasta mucho después de la caída de la tarde y hasta tuvo que humillarse ante mi abuelo Manuel para que nos admitiera indefinidamente en su casa de la plaza de San Lorenzo. Pero ahora la tierra desaparecía bajo un verdor como de selva geométrica y el agua brotaba sin límite por el chorro de la alberca y cada tarde, fuera invierno o verano, subíamos al mercado una gran carga de hortalizas, y criábamos cerdos y vacas y era posible que muy pronto tuviéramos una máquina de cavar y un Land Rover. Él, mi padre, era el dueño, y el teniente Chamorro, con aquellos gestos ceremoniales y aquellas palabras que sonaban a sermones, un peón a jornal. Lo admiraba por saber tanto y haber leído tantos libros, pero no quería dejar que delante de mí prevaleciera su ejemplo. «Pues lo que he sacado, a mi edad, es una salud mucho mejor que la vuestra, porque no meto en mi cuerpo esos venenos que vosotros tomáis. Y lo principal de todo, que voy con la cabeza muy alta, y no he engañado a nadie en toda mi vida ni he abusado de nadie, y no escondo mis ideas aunque me lleven preso y aunque sepa que moriré sin ver instaurada en esta tierra ingrata la instrucción pública y la justicia social. He dicho.» «Qué palabras», murmuró el tío Rafael. «Chamorro, has sido siempre un pico de oro»; el tío Pepe hizo ademán de abrazar al teniente Chamorro, pero él lo apartó echando a un lado la cara, y me pareció que debajo de los cristales de las gafas se limpiaba una lágrima. Era un hombre pequeño y fornido, a pesar de la edad, con la cara aplastada, con una vigorosa y delicada eficacia en el trabajo de la huerta. «Tú estudia mucho», me decía, «lee todos los libros que puedas, aprende idiomas, hazte ingeniero o médico o maestro, pero si subes gracias a tu esfuerzo y al sacrificio de tus padres no les vuelvas la espalda a los que no han tenido las mismas oportunidades que tú. Tu padre es un poco raro, y parece muy serio, pero aunque no te lo diga se muere de orgullo cuando le llevas notas altas. Dice que escribes a máquina con los diez dedos, que entiendes a los extranjeros y que puedes leer sin mirar al papel, como los locutores esos de la televisión. Estudia mucho pero aprende también a cavar y a regar y a coger aceituna y a ordeñar las vacas. El saber no ocupa lugar, y todo lo que tenemos viene de la tierra y del trabajo, y nunca sabe nadie lo que le traerá el día de mañana».
Creía con inquebrantable candidez en esas cosas: que el saber no ocupaba lugar, que el mundo era un pañuelo, que preguntando se llegaba a Roma, que la mejor lotería era el trabajo y la economía. Yo trabajaba junto a ellos, desde el amanecer los domingos y en los días de vacaciones, con una mezcla de involuntaria ternura y enconado desdén los veía rudos, monótonos, ignorantes, pero también leales y dignos en virtud de un instinto que sólo ellos poseían y les era tan propio como el color cobrizo de la piel o la aspereza y el vigor de las manos. Cuando mis compañeros, en vísperas de Navidad o a finales de mayo, aguardaban con una impaciencia nerviosa a que acabaran las clases, yo contaba los mismos días con desconsuelo, pensando que no vería a Marina, que tendría que madrugar y quedarme en los olivares o en la huerta desde que saliera el sol, limpiando cuadras, echando el pienso a las vacas y a los cerdos, arrancando patatas o cebollas o cavando la tierra o arrastrándome sobre ella para recoger aceituna. Al principio me dolían todos los huesos y se me levantaba la piel de las manos, pero luego la cara se me ponía morena y los brazos musculosos y notaba una energía desconocida en mi cuerpo y las palmas de mis manos adquirían una dureza semejante a la del cabo de una azada. Y por las noches, cuando volvía exhausto y me lavaba a manotazos con agua fría en la cocina, cuando me cambiaba de ropa y salía a buscar a mis amigos o a rondar la calle donde vivía Marina, me sentía a la vez fuerte y distinto a los otros, mayor que ellos, con una plenitud física mezclada de furia y de amargura que ellos no podían conocer. Las clases, los exámenes, me parecían obligaciones pueriles: no estudiaba, como otros, para que mi padre me comprara una bicicleta o me llevara de vacaciones a la playa, sino para ganarme un porvenir no atado a la tierra, para irme pronto de Mágina sin morirme de hambre. Cada uno de mis amigos había elegido ya su vida futura, y hasta el réprobo Pavón Pacheco estaba seguro de su porvenir como proxeneta y legionario. Martín quería ser científico; Serrano, que hasta los quince años había aspirado a ingresar alguna vez en la mafia, en calidad de pistolero, ahora quería convertirse en poeta o en guitarrista de rock; Félix se preparaba a conciencia para estudiar clásicas y lingüística y hacerse profesor. Pero no había nada que yo quisiera ser exactamente el día de mañana, como decían con reverencia mis mayores: no quería ser algo, sino ser alguien, una figura solitaria y novelesca concebida en la infancia, hecha irresponsablemente de personajes de películas, de aventureros de novelas y de tebeos, de desconocidos que pasaban por la plaza de San Lorenzo y a los que yo me quedaba mirando como si prefigurasen mi apariencia futura, la identidad escondida y cambiante que yo deseaba para mí, y a la que en los últimos tiempos había añadido el pelo largo y la barba y los viajes no por el centro de África ni por los mares del Sur en busca de islas desiertas sino por las carreteras de Europa y de los Estados Unidos. Quería ser algunas veces como el dueño del Martos, que recibía del extranjero aquellos discos imposibles de escuchar en la radio o de conseguir en las tiendas de Mágina: había sido, se contaba, marinero en un barco mercante, había vivido en Amsterdam, se había dedicado al contrabando en fronteras y puertos tropicales y ahora, hacia los treinta años, retirado de todo, cansado de aventuras, regentaba su bar y su discoteca como un antiguo forajido que se resigna a la nostalgia y a la legalidad. Quería cambiar a mi antojo de nombre, de ciudad, de país y de idioma, y mientras caminaba solo por las calles de Mágina o trabajaba en silencio en la huerta, al lado de mi padre, estaba inventándome de manera incesante pasados y porvenires, y había días y semanas enteras que dedicaba a la invención detallada de una sola vida, en París, por ejemplo, con diecinueve años, con una novia nórdica, descargando frutas en los mercados y escribiendo piezas de teatro del absurdo en una buhardilla, o en San Francisco, de batería de rock, viviendo con Marina, que había dejado un matrimonio infeliz en España y había subido a un avión transoceánico arrebatada de nostalgia por mí, y me buscaba entre los hippies de la ciudad, y pasaba hambre hasta encontrarme, y al final me veía por casualidad y casi no me conocía con mi pelo tan largo y mi barba parecida a la del batería de los Credence… Pero en algún momento cualquiera de esas vidas empezaba a aburrirme, notaba un hastío de la bohemia y del sexo que era frecuente en algunas novelas, vislumbraba una desconsolada vejez, y sin salir de la huerta de mi padre ni de mi cuarto en la plaza de San Lorenzo cambiaba por completo de vida, tenía veintisiete años, era corresponsal en Roma y bebía desengañadamente ginebra en una terraza de la Via Veneto, participando con fluidez y desgana en una conversación trabada en diversos idiomas, harto de mujeres cosmopolitas y de aventuras sexuales de una noche. Hubo temporadas en las que renuncié al rock y a las carreteras y fui comandante guerrillero en la sierra de Mágina, donde dirigía con éxito un atentado contra el general Franco, inspirándome con avidez plagiaría en las historias que contaba el teniente Chamorro, y luego entraba en la ciudad, por la calle Nueva, en un jeep descubierto, al frente de una columna de barbudos con estrellas rojas en las boinas y banderas rojas ondeando entre la multitud, sobre las torres de las iglesias, en el balcón de la comisaría, en el pedestal de la estatua otra vez derribada del general Orduña. Yo era un guerrillero frío, sereno, despiadado, con la expresión de Che Guevara en aquella foto que tenía en su habitación la hermana de Martín, que estudiaba segundo en la universidad y nos prestaba a veces discos tediosos de cantantes prohibidos y ejemplares de Mundo Obrero. Yo no tenía compasión con los fascistas hacinados en el patio del instituto -habilitado provisionalmente como campo de concentración-, ni participaba tampoco en las celebraciones tumultuosas de mis hombres. Ahora a quien plagiaba era al comandante Galaz de las narraciones del tío Rafaeclass="underline" alto, solitario, implacable en el mantenimiento de la disciplina y la justicia, me encerraba a solas en mi espartana habitación del cuartel general y nadie, ni mis amigos y lugartenientes -Félix, Martín, Serrano-, conocía el secreto que me atormentaba. Una noche, a oscuras, bajo la lluvia, montaba solo en un jeep y me dirigía a cierto chalet de la colonia del Carmen que gracias a mis órdenes expresas no había sido incautado. Bajaba de un salto junto a la verja, soportando con indiferencia militar la lluvia que me chorreaba por el uniforme, hacía sonar la campanilla. Se encendía una luz en el vestíbulo y una mujer joven, despeinada, con mal color pero muy hermosa todavía, Marina, salía a abrirme al jardín con un chal sobre los hombros. Teníamos preso a su marido, un notorio franquista, y bastaría mi firma para que saliera libre. Me suplicaba, con sus grandes ojos verdes anegados en llanto, como decían siempre en las novelas y en los seriales de radio, me juraba que su marido no era un conspirador, me prometía entregárseme, casi me arrastraba a su dormitorio. Tenía desabrochada la blusa y yo podía ver una luz macilenta el inicio de los pechos blancos que había visto desnudos y con los pezones pintados de verde oscuro en un sueño. Yo no le contestaba al principio. Dejaba la azada en el suelo y no seguía arrancando patatas de la tierra oscura y removida, y mi padre decía a mi lado, «pero hombre, que es para hoy, que se te van los pavos». La miraba fríamente a los ojos, ocultando todo el deseo, todo el sufrimiento y la ternura de tantas tardes en las aulas y en los pasillos del instituto, tantos años atrás. Sin decirle nada, hacía allí mismo dos llamadas de teléfono: una al campo de concentración, para pronunciar el nombre odioso de su marido -a quien ella, en lo más íntimo de su corazón, no amaba- y ordenar que lo pusieran inmediatamente en libertad. La otra a la frontera, para que los dejaran salir del país. Sacaba del interior de mi uniforme verde olivo un sobre y se lo tendía a Marina. Eran dos pasaportes. Los dejaba caer, mirándome con sus ojos nuevamente empañados de lágrimas, pero ahora de gratitud y acaso de amor. Me besaba en los labios, quería decirme algo, yo la hacía callar con un gesto, salía al jardín, donde aún diluviaba, dejaba entornada la verja, saltaba al jeep y lo ponía en marcha sin encender los faros y no me volvía para mirarla por última vez.