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Cómo es posible que ni siquiera ahora, cuando ella me lo cuenta, me acuerde de nada, que no me quede ni un indicio de lo que sin duda vi y olvidé, el jardín abandonado donde tomaban los gatos el sol en las mañanas de invierno, saltando entre las hojas secas y empapadas que cubrían la grava o quedándose inmóviles como gatos egipcios en lo alto de la tapia junto a la que yo pasé tantas veces, cuando me atrevía a acercarme a aquel barrio donde yo pensaba que sólo vivían millonarios para rondar la casa de Marina, que estaba tan cerca. Era el barrio de los chalets, la colonia del Carmen, al noroeste de la ciudad, junto a la carretera de Madrid, en el límite de los descampados donde se alzó solitariamente durante muchos años el colegio de los Salesianos y donde después empezaron a construir bloques de pisos. Allí imaginaba yo que vivían misteriosamente los ricos, los médicos, como el padre de Marina, los abogados, los ingenieros, en casas ocultas detrás de tapias encaladas o de verjas de hierro y rodeadas de cipreses y setos de arrayán, casas con timbres y cuartos de baño y placas doradas en las puertas; que esa gente invisible viviera tan lejos de mi barrio, en el otro extremo de la ciudad, era sin duda una prueba de la lejanía que les otorgaba el dinero: en los anocheceres de verano se oía el rumor de los aspersores y de las máquinas de cortar el césped, y si uno daba vueltas por allí olía a jazmines y a celindas y a hierba mojada y lo sobresaltaban los ladridos de los perros: risas y voces, conversaciones tranquilas en sillones de hierro pintados de blanco, olor de cloro y chapoteos de cuerpos en las piscinas que no podían verse desde la calle.

Nadia se ríe y dice que exagero: no habría ni tres piscinas en toda la colonia. Eran casas pequeñas, de una sola planta casi todas, con jardines modestos, muchos de ellos agostados por el polvo y el humo de la carretera. Las agrandaba mi imaginación acuciada por la extrañeza de aquellos lugares en los que sólo podía considerarme un buscador furtivo, y también, lo pienso ahora, un vago resentimiento de clase. De modo que no veía lo que estaba delante de mis ojos, pero tuve que verla a ella, seguro que la vi, y ni siquiera me fijé, cegado por la obsesión estéril de un amor que buscaba sordamente su plenitud en la imposibilidad y el fracaso, como tantas veces antes y después en mi vida: es mentira que uno, aunque esté despierto y camine y hable, vea las cosas, es mentira la certidumbre del recuerdo consciente. Me cruzaría con ella y con su padre, lo sé porque ella sí me vio, porque no iba con los ojos vendados, dice que me veía andar a solas por las calles de tapias bajas y acacias con mis pantalones vaqueros y mi chaquetón azul y mi flequillo negro y ondulado sobre la frente, y que le llamaba la atención mi manera tan artificiosa y literaria de fumar, el cigarrillo colgando de una esquina de la boca en mi cara redonda de diecisiete años, y la mirada oblicua y ansiosa de mis ojos, y que por eso, cuando volvió a verme, no tardó ni cinco minutos en recordar.

Pero ella entonces, al contrario de mí, lo miraba todo con la fijeza ávida del deslumbramiento, estaba viviendo en la ciudad que había imaginado desde que era una niña, por primera vez en su vida había cruzado en un avión el Atlántico y todo lo que veía desde que aterrizó a este lado del océano era para ella un tranquilo prodigio, vivía una indolencia perpetua, unas vacaciones que no parecía que tuvieran fin, en un presente que se prolongaba día tras día sin exigencias ni amenazas, lejos de América, de la casa donde había agonizado su madre con una válvula artificial en el corazón que sonaba como un tambor en el silencio de las noches de insomnio, al otro lado de un tabique. Veía por la ventana de su dormitorio las luces de Manhattan, a donde la llevaron de niña muy pocas veces, tan pocas que sólo conoció bien la ciudad mucho más tarde y nunca dejó de sentirse en ella extranjera, igual que en todas partes: eso tenemos en común, una mezcla perpetua de incomodidad y desahogo, una predisposición a establecernos en los lugares durante media hora o diez días como si fuéramos a quedarnos para siempre o de vivir en ellos muchos años sin perder la sensación de provisionalidad ni la apetencia de nomadismo, de paréntesis entre viajes y vidas y tránsitos de un idioma a otro. De niña sabía que a su madre y a las amigas de su madre tenía que hablarles de una manera y a su padre de otra, pero no que algunas veces hablaba en inglés y otras en español. Sabía desde que fue a la escuela y empezó a jugar con otras niñas y a visitar sus casas que no era del todo idéntica a ellas, y sólo muy tardía y laboriosamente descubrió que la médula de la diferencia radicaba en su padre, y eso al mismo tiempo la desconcertaba y la hacía sentirse orgullosa de éclass="underline" su padre no tenía el pelo rubio y la cara colorada, no hablaba gangosamente a gritos, no tomaba de la mano a su madre ni recibía a las visitas con una sonrisa tan escandalosa como una carcajada. Su padre no tenía amistad con ningún hombre del vecindario, ni les servía bebidas en el jardín, ni se ponía pantalones cortos las tardes de verano para regar el césped o encender la barbacoa. Se parecía más bien a los abuelos de otras niñas, sobre todo a los que hablaban inglés con un acento extranjero muy fuerte, pero eso a ella le parecía un mérito y no una desventaja, tal vez porque entonces distinguía muy vagamente la juventud de la vejez, y en cualquier caso prefería esta última. Su padre no iba en coche al trabajo, sino caminando, ni siquiera sabía conducir, y esto también lo distinguía de los otros padres, y algunas veces, desde que ella tuvo ocho o nueve años, la llevó con él en tren a Manhattan, a apartamentos de escaleras sombrías, en casas de ladrillo rojo, donde había otros hombres que eran como él, no sólo porque hablaban español, sino porque se vestían de manera parecida y tenían expresiones semejantes en sus caras y ponían discos que ella se sabía de memoria porque los escuchaba en su casa. Aún ahora no puede oír algunos pasodobles, En el mundo, o Suspiros de España, sin que se le humedezcan los ojos y se le ponga un nudo en la garganta: se ríe de sí misma, está segura de que la encuentro ridícula, pero no lo puede remediar, ni quiere, oye los arrebatos de la orquesta y la voz brava y oscura de Concha Piquer y no le hace falta acordarse de aquellos viajes en tren a Manhattan y de su mano oprimida por la mano caliente y grande de su padre para que la traspase una nostalgia impúdica y un sentimiento de felicidad y desamparo, aquellos apartamentos con muebles arcaicos y platos de cobre y fotografías españolas en las paredes, los tocadiscos donde sonaban himnos republicanos y canciones de Miguel de Molina, los hombres y las mujeres que estaban sentados ceremoniosamente en los sofás dejando en el suelo o sobre las mesas las tazas de té y las copas de jerez y saliendo a bailar, enlazándose por la cintura con una delicadeza que ella sólo había visto allí, nunca en los raros parties que celebraba su madre, sacándola a ella algunas veces y enseñándole a mover los pies mientras su padre, que jamás bailaba, la miraba sonriendo desde una esquina del salón, callado, orgulloso de ella, con un vaso intacto en la mano, siguiéndola con los ojos mientras asentía a las palabras de alguien.

Intuía con un orgullo precoz y sin necesidad de explicación que aquellos hombres y mujeres a los que visitaba con su padre no eran como los demás, y que sus casas tenían algo de islas cerradas y también inseguras en medio de una vasta realidad cotidiana que también para ella resultaba hostil, aunque era la única que conocía. Regresaban en el último tren y su madre ya estaba acostada, pero no había retirado la copa y la cubitera con el hielo derretido que estaba en una mesa baja enfrente del sofá ni había apagado la televisión. Se ponía con sigilo el pijama, se cepillaba el pelo, se lavaba los dientes. Acodado en la puerta del cuarto de baño, su padre tenía la misma leve sonrisa que le había brillado en los ojos durante la fiesta: una sonrisa que apenas le curvaba los labios, que tal vez sólo existía para que ella la viera. Le daba un beso, le decía en español buenas noches, se acostaba sin apagar la luz y esperaba con los ojos cerrados a que él entrara, se lo pedía en silencio. Él llamaba quedamente a su puerta y cuando se acercaba a la cama traía un libro español en las manos. Escuchaba su voz mientras iba durmiéndose y le parecía que estaba haciéndose cada vez más débil y que al mismo tiempo decrecía la luz hasta que un silencio rumoroso de voces y una oscuridad sin terror la envolvían. Ya estaba dormida, pero notaba en la cara el embozo que él le había subido y luego el beso que le daba en la frente y la mano en su pelo y por fin los pasos que iban alejándose y el ruido callado de la puerta. Soñaba con los dibujos de los cuentos que él le había leído: y algunas veces con el hombre a caballo y el bosque y el castillo en tinieblas de aquel grabado que él tenía en la pared de su estudio.

La imagino habituándose poco a poco a las calles y al invierno de Mágina, guiada al principio por su padre, aventurándose luego a caminatas solitarias que alguna vez la llevaron sin duda al barrio de San Lorenzo, a la calle del Pozo, donde se la quedarían mirando las vecinas, tal vez mi madre o mi abuela Leonor mientras barrían la puerta y rociaban el empedrado con el agua de fregar, cruzándose conmigo, subiendo luego, al volver, por la plaza del General Orduña y la calle Trinidad hasta la Torre Nueva, donde se encendía de noche la fuente luminosa, paseando por la acera del instituto, a la hora en que sonaba la campana y se abrían las puertas y mis amigos y yo cruzábamos la avenida Ramón y Cajal para oír discos y beber cañas en el Martos. La puedo distinguir entre las chicas que salen con bolsas de gimnasia a la espalda o cuadernos y libros abrazados contra el pecho, y no sólo por la forma de su cara y el color de su pelo, sino porque camina de otro modo, sin contonearse, como ellas, porque no lleva bolso y no va maquillada y parece más joven que las muchachas de su edad. Pero tal vez no la imagino, tal vez mi memoria es más lúcida que yo y la estoy recordando, no exactamente a ella, sino a una de las muchachas extranjeras que aparecían de vez en cuando en Mágina y que llevaban consigo el mismo aire de inaccesible libertad y promesas que me embargaba al oír canciones en inglés en la máquina del Martos. Marina y sus amigas usan zapatos de tacón, se ponen rímel en las pestañas y cremas en la cara, se sombrean los párpados, se depilan las cejas, van todos los viernes por la tarde a la peluquería: ella camina entonces igual que ahora, con una naturalidad indolente, deteniéndose a mirar cualquier cosa y olvidándose entonces de la dirección en la que iba, lleva botas vaqueras o zapatillas deportivas y una cazadora que le está un poco grande. Pasa junto a la puerta del instituto, tal vez me ve cruzar ante ella y le suena mi cara, piensa que se le está haciendo tarde y que ya es hora de ir a casa para prepararle a su padre la cena: anochecerá pronto y ha empezado suavemente a llover. Choca con alguien, se vuelve para disculparse y lo hace en inglés, es un hombre al que ha visto antes, pero ahora mismo no se acuerda, un hombre de unos treinta y tantos años, con chaqueta de pana, con corbata, con gafas, con una cartera negra de profesor. Y yo, que no la he visto y ni siquiera sé que existe, que en ese momento introduzco una moneda en la máquina del Martos y voy a sentarme junto a mis amigos con una cerveza en la mano para escuchar una canción de Jimi Hendrix -Martín empieza a mover rítmicamente la cabeza y consulta unos apuntes de química, Serrano aspira un cigarrillo con los ojos entornados y deja que el humo vaya saliendo despacio de su boca, con ese gesto que según nos han dicho ponen los fumadores de hachís, Félix está como en otro mundo, aburrido de esa música que no llega a gustarle-, siento ahora celos al imaginar ese encuentro, y quiero que ella no choque con ese hombre o se disculpe y no lo reconozca: nos vimos en el Consuelo, dice él, sonriendo, a principios de octubre, los dos acababan de llegar a la ciudad y se hospedaban allí, tú me dijiste que esperabas a tu padre, que temías que se hubiera perdido, porque había salido antes de que te despertaras y te dejó una nota diciendo que volvería a las nueve, y ya eran las diez: estaban en la barra, tomándose un café con leche, él nervioso, le dijo, señalando por las cristaleras hacia el instituto, al otro lado de la calle, iba a ser su primer día de trabajo y aunque ya tenía varios años de experiencia siempre era difícil empezar un nuevo curso en una ciudad extraña, con alumnos desconocidos, con profesores tal vez poco hospitalarios, siempre le pasaba lo mismo, llegaba a un instituto y no se reprimía a la hora de expresar sus opiniones y los compañeros le volvían la espalda. De modo que ahora se alegraba mucho de verla, porque en estos dos meses se acordó muchas veces de ella, preguntándose si se habría acostumbrado a la ciudad y al país, viniendo de tan lejos, de los Estados Unidos, la capital del imperio, dijo, echándose a reír, repitiendo una broma que ya había formulado con una cierta cautela la primera vez. Miró el reloj, tenía prisa pero le daba tiempo a invitarla a un café, y ella se encogió de hombros y le dijo que sí, la aturdía un poco la velocidad de sus palabras pero llevaba mucho tiempo sin hablar más que con su padre y con las mujeres de las tiendas, y su padre últimamente tampoco hablaba mucho, prefería pasear solo y regresar cuando ella estaba acostada: pero no dormía, desde que era niña no podía dormirse hasta que él no llegaba a casa, permanecía despierta, con la luz apagada, y miraba las agujas fosforescentes del despertador cuando oía abrirse la verja y luego la puerta de entrada, vigilando sus pasos, notando que él no encendía las luces y que chocaba con los muebles y se quedaba mucho rato en el cuarto de baño y luego caía sordamente en la cama.