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Se puso las gafas para ver más claramente el rostro de su juventud. Oía hablar a Ramiro Retratista, lo miraba con asidua atención, sin hacerle caso, sin creer del todo que sus palabras aludían a él. No asociaba esa cara con ningún recuerdo, no la encontraba parecida a la que veía cada mañana y cada noche en el espejo, y no sólo porque fuera la de un hombre mucho más joven, sino porque lo consideraba tan extraño a sí mismo como un hijo cuyo comportamiento no supiera explicarse. El correaje, la guerrera con las condecoraciones de África, el bigote tan fino, la gorra de plato ladeada, la sonrisa tan preceptiva como las insignias del arma de Infantería cosidas junto al botón más alto que le ceñía el cuello. Pero ni siquiera entonces era él ese hombre de la fotografía, el que veían y admiraban o temían los otros, el que recibía las confidencias del coronel Bilbao y las vacuas novedades del teniente Mestalla, y menos aún el héroe a quien unos pocos vencidos siguieron recordando en Mágina muchos años después de la guerra, una sombra pertinaz y todavía no abolida, descubría con sorpresa, casi con fastidio, resucitada y alzada de nuevo desde el interior de una cartera de plástico por ese pobre hombre sofocado por la calefacción y el coñac que seguía hablando y se pasaba la mano blanda y sudorosa bajo la bufanda de lana. «Qué orgulloso estará de usted su padre, Galaz»: el coronel Bilbao, a las cuatro de la mañana, daba vueltas por su vasto despacho adornado con banderas y anaqueles de armas, con la guerrera desabrochada, con las manos atrás y la cabeza blanca abatida sobre el pecho, estremeciendo con los tacones de sus botas el piso de madera encerada. «Su padre, sobre todo, pero también su suegro el general, y su esposa, esa chica tan guapa. La conozco desde que era una niña. Cuando supe que se había comprometido con usted me alegré como si fuera mi hija.» El coronel Bilbao dejó de pasear y apoyó las dos manos en el respaldo labrado de un sillón, mirando al comandante Galaz tras un mechón de pelo blanco. «Le diré una cosa, Galaz, y le exijo que no la repita nunca, o mejor todavía, que la olvide en cuanto la oiga, porque es el dolor más grande de mi vida. Mi hija es una golfa y mi hijo un inútil, un sargento que por sus propios méritos no pasará de subteniente, si llega. Son mi vergüenza, Galaz. Y lo miro a usted y pienso, ojalá él fuera mi hijo. Lo he pensado siempre, desde que usted era un cadete y su padre me contaba sus calificaciones tan brillantes y su comportamiento ejemplar… Puede retirarse, Galaz, le estoy robando horas de sueño, y usted es joven y necesita dormir.» Él no se permitía ninguna familiaridad con el coronel, aunque éste lo alentara: se puso en pie, se cuadró junto a la puerta, dijo: «¿ordena usía alguna cosa más, mi coronel?», y volvió a su dormitorio por la galería que rodeaba el patio, conteniendo las ganas de encender un cigarrillo, postergando unos minutos el placer de fumar para permitírselo cuando estuviera solo, tendido en su estrecha cama militar, de espaldas a la ventana por donde se veía el valle azul oscuro del Guadalquivir, mirando en la penumbra el grabado del jinete, con el que había ido adquiriendo al cabo de unas semanas una especie de confianza secreta: tampoco sobre ese hombre joven sabía nadie nada, y la expresión de su cara era un enigma tan definitivo como el de su identidad y el de los lugares donde estuvo el grabado antes de que llegara al escaparate de aquel anticuario donde él lo encontró.

Se había olvidado de la presencia de Ramiro Retratista: lo oyó toser brevemente, pudorosamente, como una señora de visita, apartó los ojos de las fotografías y los alzó sobre las gafas enarcando las cejas pero no encontró los suyos, fijos en las dos manos gordas y enlazadas sobre la cartera de plástico vacía: desde que dejó de ser un militar no había advertido en ningún hombre esa actitud de sumisión, que ahora lo irritaba, y acaso entonces también, aunque no se permitiera a sí mismo la franqueza de reconocerlo. «Yo creo que en Mágina no sabe nadie que ha vuelto usted», dijo Ramiro, sin levantar los ojos, «nadie se acuerda ya de nada, pero yo sí, a lo mejor por mi trabajo, me paso los días mirando fotos antiguas y ordenándolas, porque me ha prometido un periodista, Lorencito Quesada, usted no lo conoce, que va a organizar una exposición de mi obra patrocinada por el ayuntamiento, y que lo publicarán luego todo en un libro, Hombres y nombres de Mágina, del ayer al mañana, o algo parecido. Bueno, Lorencito no es periodista de verdad, trabaja de dependiente en El Sistema Métrico, pero escribe mucho en Singladura, aunque se queja de que nunca le pagan, lo hace por vocación, y tiene muchas amistades en el ayuntamiento, y hasta en la policía, es íntimo del subcomisario Florencio Pérez, y yo le digo, pero hombre, Quesada, porque no le gusta que le llamen Lorencito, a quién le van a interesar esas fotos tan rancias, y él dice que son un tesoro, un documento histórico. Y lo que son es una amargura. Imagínese que abro una caja y me pongo a mirar fotos y pienso, éste ya está muerto, y éste también, y el de más allá, y de la mayor parte de los nombres no me acuerdo ni yo mismo, aunque lo peor no es eso, lo peor es salir a la calle y quedarse mirando las caras de la gente y pensar, a éste lo retraté yo cuando era un niño, esa gorda con granos era una mujer escultural cuando fue a mi estudio hace treinta años, ese viejo que anda doblado sobre el bastón se hacía fotos para regalárselas a sus amantes. Una tristeza, se lo digo yo, y lo peor es que parece que nadie se da cuenta, que no saben que envejecen, que engordan, que se les cae el pelo, que se van a morir. Claro que usted es un caso excepcional, si me permite decírselo, por eso no me costó ningún trabajo reconocerlo en cuanto lo vi en la plaza del General Orduña, el otro día, que estaba usted mirando las carteleras del Ideal Cinema, lo vi de perfil y me dije, Ramiro, ese hombre es el comandante Galaz, no ha cambiado en tantos años, aunque tenga menos pelo, con perdón, y se le haya puesto casi blanco, y yo sé lo que me digo, me he pasado la vida fijándome en las caras de la gente.» Rechazó una nueva dosis de coñac, ya sí que era verdad que se iba, claro que volvería, si al comandante no le molestaba, y no le diría a nadie que lo había visto, entre otras cosas porque hablar, lo que se dice hablar, no hablaba con nadie, es decir, le hablaba a su ayudante, Matías, que estaba sordomudo por culpa de una explosión, a lo mejor el comandante se acordaba, le pusieron de mote el Resucitado, y él no lo había despedido más que nada por caridad, pues aparte de ser más bien inútil ya entraban muy pocos encargos en el estudio, pero qué iba a hacer el pobre si él cerraba, pedir limosna o descargar hortalizas en el mercado de abastos.

Lo ayudó a ponerse el impermeable, le entregó el paraguas, que ya se le olvidaba, lo acompañó a la puerta, asintiendo sin desagrado a sus palabras, le estrechó la mano gorda y débil junto a la verja, animándolo a volver, y Ramiro Retratista se deshacía en expresiones rancias de gratitud y monótonas disculpas, cualquier cosa que necesitara no tenía más que pedírsela, el archivo estaba a su disposición, y si a su hija le apetecía encargarse un retrato él se lo haría con mucho gusto, la vio con él por la calle, era una muchacha muy guapa, un retrato de los de verdad, de los antiguos, en blanco y negro y con sus contraluces escultóricos, como los que hacía en sus mejores tiempos don Otto Zenner, como los retratos inmortales de Nadar. Volvió muchas veces a lo largo del invierno, con su impermeable y su paraguas y su boina de plástico, con la bufanda cruzada sobre el pecho y bien pegada al cogote, para evitar lo que él llamaba la resfrialdad del clima de Mágina, con su cartera vacía de cobrador: siempre anunciaba que no se quedaría más de media hora y que sólo bebería una copita de coñac y acababa yéndose de noche y consumiendo sorbo a sorbo media botella, y una tarde de abril trajo en la cartera una fotografía de una mujer muerta y emparedada hacía más de un siglo, bebió más de la cuenta y le confió al comandante Galaz el gran secreto de su vida: tal vez avergonzado, dejó de ir durante varias semanas, y cuando volvió, una tarde perfumada y calurosa de mediados de mayo, vino tras él un isocarro inverosímil de reparto de piensos compuestos de cuya cabina en forma de huevo emergió a duras penas un hombre rubicundo y casi esférico que sonreía con placidez vacuna y hacía gestos delicados y rápidos con sus manos de hércules. Matías, el Resucitado, ex ayudante ya de Ramiro Retratista, que había cerrado el estudio en cuanto pudo encontrarle esa colocación y gastado la mitad de sus ahorros en comprarle el isocarro, abrió la portezuela de atrás y sacó de ella sin esfuerzo visible un tremendo baúl y se lo cargó al costado para dejarlo luego en el vestíbulo del comandante Galaz. «Me voy de Mágina, amigo mío, me marcho para siempre de esta ciudad ingrata», dijo Ramiro Retratista, sentado otra vez en el sofá, mirándose las manos enlazadas sobre las rodilleras de un anticuado pantalón de entretiempo. «Pensaba quemar mi archivo, porque ni me van a hacer la exposición ni el libro ni nada, ya sabía yo que ese Lorencito era un bocazas, un simple, un botarate, pero me he dicho, Ramiro, el único hombre con sensibilidad que hay en Mágina es el comandante Galaz, por qué no le regalas a él la obra humilde de toda tu vida…»

Fue Pavón Pacheco quien lo contó en clase, quien primero difundió el rumor de que el Praxis tenía un lío, una extranjera medio pelirroja, poca cosa, decía con menosprecio de experto, torciendo la sonrisa, él los había sorprendido un martes por la noche en una de aquellas discotecas cimarronas de los pueblos próximos adonde iban paletos con el cogote rojo y agrietado por el sol, enfermeras lagartas, criadas golfas y casados adúlteros que bebían whisky, fumaban rubio americano y hacían un lamentable ridículo en la pista de baile, ya que no eran tan jóvenes como hubiesen querido y pertenecían a la generación del pasodoble y de las casas de putas con mesa camilla y palangana. Y allí estaba el Praxis, nos dijo Pavón Pacheco, teníais que haberlo visto, con esa cara de fraile que pone al recitar poesías, arrimándose a la pelirroja en un diván de eskai granate, tan engolfado en ella que ni siquiera le devolvió el saludo, o se hizo el loco, escondidos en el rincón más sombrío de la discoteca, un martes por la noche, cuando no había casi nadie, sólo ex peones de albañil y ex dependientes enriquecidos por el auge de la construcción, del comercio de coches o de electrodomésticos. Estaba claro que querían ocultarse, y a Pavón Pacheco no le extrañaba, la tía era menor de edad, seguro, él no le echaba más de diecisiete años, pocas tetas, la cara pecosa, el tipo de ligue que podía buscarse un pasmado como el Praxis. Pero nosotros no le dimos mucho crédito, en parte porque ya estábamos acostumbrados a no creernos sus embustes sobre proezas sexuales y orgías con grifa o con aspirina disuelta en Coca-Cola, y sobre todo porque casi nunca, a lo largo del curso, vimos al Praxis con ninguna mujer, salvo un lunes por la mañana en que llegó al instituto acompañado por una morena de pelo corto y gafas redondas con montura dorada que tenía todo el aire de una profesora de bachillerato, una de las relativamente jóvenes que se ponían pantalones y fumaban, a diferencia de las otras, las percheronas hacendosas de la Sección Femenina. «Iba a casarse con él», dictaminó Pavón Pacheco, «pero lo pilló en la cama con la pelirroja y lo ha mandado a hacer gárgaras. Las acostumbras mal y pasa eso, te escupen en la cara».