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Al principio Nadia casi no se acuerda de aquella discoteca, dice que iban a muchos lugares parecidos, en el coche de él, donde a veces había, en el portamaletas, o debajo de los asientos, paquetes de propaganda clandestina que él debía entregar o recoger de noche en los sitios más raros. Así fue como todo empezó, me cuenta, por un fajo de octavillas o de periódicos oculto en una caja de galletas, un sábado luminoso y frío de diciembre ella salió de casa para ir al mercado y cuando bajaba hacia la calle Nueva por el callejón de Santiago él apareció en su coche, bajó la ventanilla sucia, le preguntó que adónde iba y se ofreció a llevarla, muy sonriente, como la otra vez, pero también muy nervioso, fumaba sin parar y se impacientaba en los semáforos, no le miraba de soslayo los pechos y los muslos, y al llegar al mercado, cuando se bajaron del coche, miró con disimulo en torno suyo y comprobó que lo dejaba bien cerrado, era muy viejo pero no tenía otro, le explicó, y había acabado por tomarle cariño, después de tantos viajes por las carreteras de Europa. Los sábados por la mañana, el día de la venta grande, el mercado de abastos de Mágina tenía un escándalo y un hormigueo de zoco, había almacenes de mayoristas de frutas y churrerías y tabernas en los callejones de alrededor, y puestos de vendedores ambulantes de hortalizas, de especias, de macetas, de cubos de plástico, de mantelerías de tejidos sintéticos y vajillas de duralex, y en aquella época también de zambombas y de figuras de belén, y cuando se entraba al interior de sus grandes naves con vigas y columnas de hierro y mostradores de mármol la luz de la calle se convertía en penumbra y los gritos del exterior se apaciguaban en un vasto murmullo de pasos y voces amplificado por la resonancia de las bóvedas. «Tanto que habláis de las obras de Primo de Rivera y de Franco», decía en la huerta el teniente Chamorro: «Pues ese mercado lo hizo para vosotros la República.»

Olía intensamente a pescado, a hortaliza fresca, a pimienta, a embutidos, a vísceras, a humaredas de churros, y la confusión de todos los olores adquiría a última hora de la mañana una ligera densidad de putrefacción. Él le abría paso entre la multitud tomándola del brazo, como guiándola por los callejones de una medina musulmana: se acordaba de la luz blanca, de los colores planos, de las superficies de linóleo y de plástico de los supermercados de América y notaba aquí una excitación de los sentidos que llegaba a aturdirla de felicidad: el rojo de las carnes sobre los mostradores, el verde oscuro y húmedo de los montones de cebollas y acelgas, el blanco intenso de las coliflores, el brillo de las escamas del pescado, la sangre de una cabeza de cordero recién cortada de un hachazo, la luz espesa y dorada en un chorro de aceite vertido en una botella a través de un embudo, el olor a vinagre y tomillo de una orza de aceitunas, y sobre todo la simultaneidad delirante de colores y olores, de gritos agudos o broncos de pescaderas y hueveras, de pregones de vendedores ambulantes, de aleteos de pájaros perdidos entre las vigas de las bóvedas, bajo las claraboyas opacas de suciedad. Me cuenta ese recuerdo que también yo poseo y quiero incluirla a ella en la galería de figuras que me quedan de entonces, como si trucara una fotografía de grupo para añadirle una cara, porque ahora sé que aquella mañana en que el Praxis la llevó al mercado yo estaba allí y pude verla y la he olvidado: con una chaqueta blanca de mi padre, de pie tras el mostrador de su puesto de hortalizas, atontado por las voces de las mujeres, pesando patatas o cebollas o coliflores en la balanza y no acertando a cobrar el precio exacto de cada cosa ni a dar el cambio con la rapidez de mi padre, se te habrán ido la mitad sin pagarte, me decía él, te ven cara de poco espabilado y abusan de ti: mi padre estaba enfermo, le había dado un dolor en la columna vertebral y no podía moverse de la cama, y era tan raro verlo acostado que yo me acordaba de cuando vivíamos en el cuarto de la viga y su primo Rafael, sentado junto a su cabecera, me hacía animales de cartón con las cajas de las medicinas. Pero no quiero que ella interrumpa su narración, le pido que siga, que me cuente qué ocurrió en aquel encuentro con el Praxis, me pasa igual que a ella cuando me pregunta cosas sobre las mujeres con las que he estado y al principio me resisto a contestarle, que tengo celos y sin embargo quiero saber. Él le había pedido que no le llamara José Manuel, sino Manu, pero a ella le sonaba raro y excesivamente familiar, señalaba las cosas y él le iba diciendo sus nombres españoles y le ayudaba a pedirlas, y dice que vio una cara que le parecía conocida y se acordó de haberla visto varias veces por la calle, en la acera del Consuelo, o en la misma colonia del Carmen, cerca de su casa, un muchacho más o menos de su edad que iba siempre con un chaquetón azul marino, un pantalón vaquero, un jersey de cuello alto, que fumaba sin quitarse el cigarrillo de la boca y hundía las manos en los bolsillos del pantalón y tenía un flequillo de pelo muy negro y ondulado sobre la frente: como suele sucederle a quien camina a solas por una ciudad extraña, se fijaba mucho en las caras de los desconocidos, y cuando volvía a verlos intentaba tenazmente acordarse de dónde los había visto la primera vez: y le pareció tan raro, me dice, verme de pronto en un puesto del mercado, con la chaqueta blanca de vendedor, pero con el mismo aire desvalido y sombrío que cuando daba vueltas por la colonia del Carmen en busca de Marina, desesperado de no verla, escondiéndome si aparecía por sorpresa, rojo de pronto, acobardado, ridículo. Dice que el Praxis me saludó, supongo que con una cierta campechanía solidaria, pues sabía el motivo de que yo hubiera faltado a clase en la última semana, y que luego le preguntó quién era yo, un alumno excelente, hijo de trabajadores del campo, su padre está enfermo y él no puede venir al instituto estos días, pero yo he conseguido que el claustro le aplace los exámenes trimestrales. Estaba anocheciendo en la huerta, habíamos terminado de recoger y de lavar la hortaliza, los sacos y las canastas rezumantes de agua fría estaban ordenados junto a la alberca, y el tío Pepe y el tío Rafael ya liaban cigarrillos, yo tenía las manos enrojecidas y heladas después de haber ayudado a desprenderles el barro a las patatas y a las cebollas recién arrancadas de la tierra, mi padre me dijo que le pusiera el serón a la yegua y la bajara a la alberca para cargar la hortaliza, abrazó un saco muy grande de coliflores y lo estaba levantando con su brío temible para alzarlo hasta el lomo de la yegua cuando se quedó doblado y encogido y empezó a chillar de una manera que yo no había escuchado nunca, como si fuera un animal herido y no un hombre, tenía la cara roja y los dientes apretados, el tío Pepe y el tío Rafael tiraron los cigarrillos y vinieron corriendo, y yo permanecí inmóvil, muerto de miedo, paralizado de espanto, viendo a mi padre doblarse bajo el peso del saco y caer sobre el barro, junto a los cascos de la yegua, retorciéndose de dolor. Salí al camino y logré que un Land Rover que volvía a los olivares en busca de una carga de aceituna lo llevara a Mágina: no paraba de chillar, con los ojos cerrados y mostrando los dientes, yo le pasaba la mano por la cara congestionada y sucia de barro y él apretaba dolorosamente mi brazo y seguía gritando y retorciéndose, pensaba que se iba a morir, que el dolor lo había abatido tan violentamente como un rayo, y la imaginación, como siempre, huía del presente y se me disparaba hacia el futuro, ya me veía a mí mismo en su entierro, con un brazalete negro en la manga del traje, condenado a seguir trabajando la tierra para sostener yo solo a mi familia, y me importaba más ese ciego porvenir que el sufrimiento y la muerte de mi padre. «Tiene las vértebras gastadas», dijo el doctor Medina esa noche, después de que el practicante le pusiera una inyección, cuando ya dormía y no chillaba, pero sus gritos seguían sonando como un eco en toda la casa, en mi imaginación despavorida, aún cierro los ojos y los oigo y no puedo soportar tanto dolor, tanta vergüenza y tanta culpa. El doctor Medina hablaba en voz alta a su lado, seguro de que no podía despertarse: mi madre se retorcía las manos sobre el delantal y tenía los ojos empequeñecidos por el llanto. «Este hombre lleva trabajando como un animal desde que era niño. Es muy fuerte, pero no ha podido resistir, y el desgaste de las vértebras no tiene remedio. La única cura es que no siga trabajando en el campo, o por lo menos que no levante grandes pesos, y sobre todo que no vaya solo a trabajar. Puede que el ataque se repita mañana o que tarde cinco años, pero volverá. Y si está solo cuando vuelva el dolor imagínense qué será de él.»

Ya no podría irme de Mágina: ya no sería corresponsal, ni intérprete, ni guerrillero en Bolivia, ni batería de rock, ni escritor de novelas experimentales o de teatro del absurdo. De hecho ya ni siquiera podía ir por las tardes al Martos ni a los billares del salón Maciste ni veía en clase a Marina. Por la mañana, muy temprano, me despertaba mi madre, desayunaba rápidamente en la cocina, junto al fuego, y me iba al mercado, tiritando de frío por las calles desiertas, con la chaqueta blanca de vender doblada bajo el brazo. A mediodía, cuando regresaba a casa, entraba en el dormitorio de mi padre a enseñarle la recaudación: unos pocos billetes de veinte duros, monedas sueltas, ni la mitad de lo que él ganaba habitualmente. «A las mujeres hay que meterles las cosas por los ojos, hay que gastarles bromas y animarlas a comprar, y sobre todo hay que tener mucho cuidado, porque si pueden te engañan.» Pero me moría de aburrimiento y de vergüenza y me quedaba callado detrás del mostrador, y el puesto de mi padre, que cuando él vendía estaba siempre rodeado de mujeres con bolsas de la compra, ahora permanecía casi siempre desierto, y las mujeres se iban con otros vendedores, o me compraban muy poco. Lo que más vergüenza me daba era pensar que me viera Marina, un sábado por la mañana, cuando no había clase y ella iba con su madre al mercado, la madre teñida de rubio, vestida de colores claros, con ese aspecto de tardía juventud que a su misma edad ya habían perdido las mujeres de mi familia y de mi barrio. Creía verla de lejos y me entraban ganas de esconderme bajo el mostrador. Por la tarde, hacia las tres y cuarto, cuando mis amigos ya estarían oyendo discos en el Martos, yo terminaba de comer, me ponía la ropa del campo, aparejaba la yegua y me iba a la huerta, y por el camino abajo, montado en ella, murmuraba letras de canciones, Riders on the storm, Hotel Hell, The house of the raising sun, Brown sugar, pero no viajaba a cien kilómetros por hora y a través del desierto en dirección a San Francisco, sino que cabalgaba por una vereda entre las huertas y los sembrados de Mágina sobre una yegua vieja, y al final del camino estaba el cobertizo donde ya esperaban el tío Pepe, el tío Rafael y algunas veces el teniente Chamorro, y hasta que caía la noche era preciso trabajar sin sosiego para que a la mañana siguiente pudiera abrirse otra vez el puesto en el mercado y continuara mi suplicio secreto, el sentimiento de que un azar sin misericordia me negaba la vida que deseaba y merecía, la que otros gozaban con una naturalidad que a mí me hacía verlos muy lejanos, más felices que yo, dotados de un privilegio inalcanzable.

Pero sigue contando, le digo a Nadia, por qué me haces hablar siempre de mí: su presencia se cruza con la mía durante unos minutos y luego vuelve a apartarse, sin que los dos sepamos nada el uno del otro, sin que suceda la casualidad de que nos encontremos, tan próximos, casi rozándonos, y a una distancia de invisibilidad y de abismo, un adolescente de chaqueta blanca parado tras el mostrador de un puesto de frutas y una muchacha de pelo largo y rojizo que lleva una bolsa de compra y va acompañada por un hombre que le dobla la edad, que le descubre hermosas palabras españolas, que al salir del mercado le quita la bolsa de la mano y la carga en el maletero de su coche, donde hay una caja de cartón envuelta en hojas de periódico y atada con cuerdas: ella nota que desconfía de algo, y sospecha que en sus maniobras de cautela hay mezclado un cierto instinto escénico, el mismo que le hace hablarle a ella siempre en un tono bajo de voz y contarle sus viajes y sus experiencias clandestinas dejando sin explicar algunos pormenores, de modo que la precaución de no decir más de la cuenta acaba convirtiéndose en una sugerencia de secretos mayores, demasiado graves para ser revelados. En ese mismo instante, en la plena luz de la mañana de diciembre, junto al mercado de Mágina, está ocurriendo algo que a ella la inquieta más porque no sabe lo que es: el Praxis, José Manuel, aún no se decide a llamarle Manu, ni se decidirá, ha comprobado los nudos del cordel que ata la caja de cartón, ha mirado a un lado y a otro antes de cerrar con llave el maletero, ha entrado en el coche con una naturalidad demasiado fluida para no ser falsa y ha esperado a que ella se siente para encender el motor. Fuma, tamborilea en el volante con los dedos mientras espera a que pase un burro cargado hasta una altura inverosímil de jaulas de pollos, sonríe sin contestar nada cuando ella le pregunta si está preocupado, si le pasa algo. Ahora advierte que no se ha afeitado esta mañana y que los puños y el cuello de su camisa tienen un cerco oscuro: no ha dormido, es posible que ni siquiera se haya acostado. Cruzan la Corredera, la plaza del General Orduña, la calle Mesones y la calle Nueva, pero en vez de girar a la derecha en el hospital de Santiago para llevarla a la colonia él continúa en línea recta, hacia la salida de la ciudad, y ella vuelve a sentir por un momento el mismo sobresalto que la otra noche. Pero ahora es de día y no tiene miedo de este hombre, ha pensado mucho en él desde la última vez que lo vio, aunque sin echarlo excesivamente de menos, ha descubierto que empezaba a aburrirse en Mágina y que a veces la irrita el ensimismado laconismo de su padre, quien ahora casi sólo habla con ese hombre de impermeable azul marino y boina de plástico que viene a visitarlo dos o tres veces por semana, y en los últimos días, sin proponérselo, sus caminatas han ido derivando hacia la acera del instituto y el parque de la fuente luminosa: incluso una tarde, hacia las seis, entró al Consuelo y se sentó a beber una Coca-Cola en un taburete junto a las cristaleras: sonó una campana estridente y empezaron a salir grupos de alumnos con libros, carpetas de apuntes y bolsas de gimnasia, y luego profesores que se despedían en la entrada y se marchaban con aire cansino por la acera, pero a él no lo vio, puede que no tuviera clase esa tarde, las luces fueron apagándose en las ventanas del instituto y un bedel cerró la puerta y se alejó guardando un gran manojo de llaves en el bolsillo del abrigo. Ha creído ver varias veces su coche, pero no está segura, porque es de un modelo y de un color que se repiten mucho en la ciudad, y esta mañana, al encontrarlo por sorpresa, se ha conmovido mucho más de lo que ella misma podía imaginarse, ha descubierto que no se acordaba de su cara ni del metal exacto de su voz, le ha gustado ver de nuevo sus manos grandes y nerviosas sobre el volante y percibir ese olor a pana, a tabaco negro y a tapicería sintética que hay dentro del coche. Permanece más bien indiferente, desde luego, como el otro día, pero esta mañana se acomoda con más familiaridad en el asiento y no piensa aún que debe volver a casa cuanto antes para preparar la comida. Han dejado atrás los últimos bloques de pisos, la piscina, las tapias del colegio de los Jesuitas, la gasolinera: él disminuye bruscamente la velocidad y tuerce en un desvío, detiene el coche entre un grupo de árboles. Para el motor, se vuelve hacia ella, acodado en el volante, está segura de que va a decirle algo, a contarle un secreto, el motivo de que no se haya afeitado ni cambiado de ropa esta mañana. Enciende un cigarrillo y ella cree advertir que la mano le tiembla.