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Al besarse de nuevo cada uno descubrió su propio sabor desconocido en la boca del otro. Casi no se atrevían a mirarse a los ojos, se trataban con una atenta delicadeza conyugal, como si cada gesto que hacían contuviera una experiencia compartida de años, la manera de doblar la almohada, de dejar sitio al otro cuerpo para que se acomodara de costado, de entreabrir las rodillas para acoger una pierna entre los muslos, la precaución de subir el embozo hasta los hombros y de buscar a tientas una mano que se abrazase a la cintura. Cobijado en su cuello, rozándole con los labios la nuca, entre el pelo rizado, Manuel miraba de soslayo la habitación, en la que hasta ahora no se había fijado, las paredes blancas sin cuadros, las cortinas cerradas, la mesa de noche donde había un despertador digital que señalaba las cuatro y treinta y nueve. Pensó que esa misma hora se repetiría en todos los relojes del aeropuerto Kennedy como un signo de despedida y premura. Como si una parte de él no hubiese encontrado a Nadia se veía en un taxi cruzando bajo el cielo gris y la nieve los descampados industriales y las barriadas sórdidas de Queens, mirando con alarma el reloj y descubriendo a lo lejos las primeras terminales aisladas de las compañías aéreas, aproximándose con su maleta y su bolsa al mostrador de Iberia, casi desierto, como los pasillos y las escaleras mecánicas, porque era posible que empezara muy pronto una guerra y sólo unos pocos insensatos se atrevían a viajar en avión. Pero no iba a usar ese billete, no tenía prisa ni miedo a llegar tarde a ninguna parte, lo iba ganando una densa y apacible fatiga en la que no había ni un residuo de angustia, como en los tiempos en que no necesitaba cápsulas de valium para dormir, se abrazaba desnudo, bajo el edredón liviano y cálido, a la espalda y a las caderas de una mujer a quien apenas conocía, en una casa extraña donde había notado, desde que llegó, hacía menos de dos horas, un aire de provisionalidad que la volvía más hospitalaria, igual que a ella, Nadia, que era más suya y más desconocida y nueva que ninguna otra mujer con la que hubiera estado hasta entonces y sabía cosas que él nunca le contó a nadie, que ni siquiera recordaba. Oía el ruido permanente y lejano del tráfico en las avenidas y no tenía conciencia de estar en Nueva York, en la misma ciudad por la que había caminado solo unas horas antes, deteniéndose más de una vez en la esquina de Lexington y la Cincuenta y uno, a un paso del lugar donde estaba ahora mismo, tan lejano entonces como el polo sur, como la orilla brumosa del lago Michigan y los corredores alfombrados del Homestead Hotel. No sé dónde estoy ni quién eres, ni siquiera sé quién soy yo mismo, ni qué hora es, ni si es de día o de noche, ni qué va a ser de mi vida mañana, pero me da igual, no quiero saber nada, quiero quedarme abrazado a ti y esperar que me hables, quiero cerrar los ojos y dormirme sin esperanza ni angustia y comprobar al despertarme que no he estado soñando. Nunca me he sentido más definitivamente lejos que ahora, nunca he reposado como ahora mismo en el centro de mi vida, en la soledad y el vacío, en una isla como aquellas donde deseaba perderme a los catorce años. En Mágina son las once de la noche, mis abuelos dormitan en el sofá, mi padre lleva dos horas acostado, porque mañana es sábado y tendrá que levantarse a las cuatro, mi madre hace punto y mira una película en la televisión o se ha puesto las gafas de cerca e intenta leer un libro silabeando en voz baja, como si rezara.

Nadia lo oye respirar, percibe en la nuca la regularidad de su aliento y se desprende cautelosamente de él para no despertarlo, se sienta en la cama, echándose el pelo con la mano detrás de las orejas, lo ve dormir y le cubre los hombros, se ciñe a la cintura una bata de seda estampada y va descalza a la cocina para beber un vaso de agua, sigue nevando en el patio interior y la nieve ha traído en el anochecer fosforescente un silencio que borra la ciudad igual que las nubes bajas ocultan los pináculos de los rascacielos y las distancias del East River y de las avenidas. Se sonríe en el espejo del cuarto de baño, examina sin disgusto la palidez de su cara, gastada por el amor, humedece la punta de una toalla para limpiarse del mentón un rastro de carmín y de semen. Se le ha abierto la bata y sus pechos sueltos y blancos oscilan mientras se lava los dientes, se pinta los labios y los frunce como en una burla fugaz de sí misma, y luego corrige con el dedo índice la línea roja de carmín, vuelve al dormitorio, le dan ganas de acostarse calladamente junto a él pero teme despertarlo, duerme abrazado a la almohada, encogido, duerme como ella no ha visto dormir a nadie, paladeando el sueño, con una placidez en la cara que lo hace parecer mucho más joven, se sienta a su lado, en el filo de la cama, aspira el olor caliente de su respiración y de todo su cuerpo abandonado pero no se decide a besarlo, la enternecen sus rudas botas en el suelo, sus dos pares de calcetines de lana, los pantalones del pijama que se quitó con tanta vergüenza, habla dormido, ha dicho una o dos palabras en español que ella no entiende, le gusta tanto mirarlo que se pone en guardia contra su propia ternura y su resolución, pero sintió lo mismo la primera noche, en Madrid, cuando caminaban hacia el ascensor y pensaba con alarma que tal vez él no se atrevería a invitarla, cuando entró en su habitación y se quitó las botas en la cama sabiendo que cualquier cosa que pudiera ocurrir ya era irreparable, lo deseaba tanto que se ofrecía sin defensa a la maravilla o a la decepción, a la probable miseria del azar, porque iba a acostarse con un desconocido y acallaba temerariamente no sólo la cobardía y el recelo, sino también el sordo chantaje de la experiencia y el dolor. Repara entonces en el baúl todavía cerrado, en el cilindro de cartón, se acuerda del sótano de la residencia de ancianos y de la antipática empleada de uniforme que le hizo firmar un recibo después del entierro, hace sólo dos días, ya de noche, cuando volvió del cementerio y empezaba a nevar, pensó en su padre recién sepultado bajo la tierra húmeda y oscura y tuvo el sentimiento culpable de que lo abandonaba, era la primera noche que él iba a pasar en la muerte.

Se quedó mirando su ropa colgada tras una cortina de plástico y alguien le sugirió que podía donarla a una institución benéfica, los dos trajes, el pijama, las zapatillas de un muerto, era una profanación pero también un alivio, le dieron fríamente el pésame mientras le presentaban formularios, la acompañaron al sótano, cuando su padre vino aquí no traía casi nada, le advirtieron, nada más que un baúl y aquel largo cilindro con tapas metálicas, hizo que se los enviaran al albergue donde había dormido las dos últimas semanas, a unas calles de distancia del pabellón donde él estaba muriéndose, en un suburbio de New Jersey. Había pensado volver esa misma noche a Nueva York pero le pareció una deslealtad: se quedó en su habitación con el suelo de madera, vigas pintadas y visillos, recostada en la cama, incapaz de llorar, procurando no imaginarse el cuerpo solo y encerrado en el espacio hueco del ataúd, acordándose del modo en que él la miraba y le sonreía, de la presión de sus dedos en las muñecas, todavía la notaba. Se durmió un poco antes del amanecer y la despertó el frío, no había apagado la luz ni se había desnudado, y tardó unos segundos en recordar que su padre estaba muerto: una pequeña lápida con un nombre español y dos fechas lacónicas en el césped nevado de un cementerio norteamericano, un cilindro donde se guardaban un grabado y algunos diplomas militares expedidos hacía más de medio siglo y un baúl lleno de fotografías que su padre tal vez nunca abrió, que trajo consigo al regresar de España por la única razón de que había dado su palabra de custodiarlo. Sonríe al pensar en él, reconciliada y absuelta, agradecida a la entereza de la que nunca abdicó, desamparada y sola por su muerte tan próxima, acogida a su sombra como cuando era niña y levantaba los ojos para admirar su estatura.

No tiene remordimientos, no se siente culpable por haber corrido en busca de Manuel y estar deseándolo ahora mismo de nuevo mientras lo ve dormir, a los dos días de que su padre haya muerto, se alarma retrospectivamente al pensar que ha estado a punto de no encontrarlo. Cediendo a una tentación dolorosa destapa el cilindro y extrae de él los diplomas, atados con cintas rojas, amarillas y moradas, pero no llega a deshacer los nudos, vuelve a guardarlos intactos con un escrúpulo de profanación y luego extiende sobre sus rodillas el grabado del jinete polaco, no lo veía desde que ella y su padre se marcharon de la casa de Mágina: se acuerda del jardín que nunca llegaron a cuidar, de los gatos que huían entre la maleza, mira la cara indiferente y joven del jinete y le parece ver en ella un helado desafío que siempre le dio miedo, una solitaria determinación en la que ahora adivina el retrato espiritual de su padre: como si el grabado estuviera cubierto por una lámina de vidrio y viera reflejada en ella, fundida a la efigie del hombre a caballo y a la colina que hay tras él, la cara ya muerta y todavía vigorosa y severa del comandante Galaz. Llora sin darse cuenta al principio, viendo el grabado y la luz del dormitorio escarchados por las lágrimas, pero es un llanto sin duelo, que no le oprime el pecho ni le sofoca la garganta, tan silencioso y asiduo como la caída de la nieve, un acceso de compasión, de plenitud y nostalgia al que ahora puede abandonarse porque nadie la mira. En silencio, limpiándose la nariz y los ojos con un pañuelo de papel, cautelosa y enérgica, arrastra el baúl fuera del dormitorio, ya es de noche en la calle y se escuchan a ráfagas sirenas de bomberos o de policías, se arrodilla y levanta la tapa y lo primero que ve es una Biblia muy grande forrada de cuero negro que tiene entre las páginas la foto de una mujer como del siglo pasado, con el pelo negro, los pómulos anchos y los ojos rasgados y largos, se acuerda después de mucho tiempo de aquel hombre gordo y manso que visitaba todas las tardes a su padre en el chalet de Mágina y de las historias que contaba, Ramiro, ése era su nombre, lee al azar en las páginas donde estaba la foto, aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron. Piensa que algunos objetos, como algunas personas, son empujados a un largo destino de peregrinación, y que también sufren desarraigo y merecen lealtad. Cuántas manos antes que las suyas han tocado y leído esa Biblia, en cuántos lugares ha estado ese baúl antes de llegar aquí, quién miró la cara de esa mujer cuando todavía estaba viva y era joven y copió para ella el fragmento del Cantar de los Cantares que según le dijo Ramiro Retratista al comandante Galaz estaba oculto bajo el escote de su vestido. Vuelve a guardar la foto entre las páginas del libro, ha escuchado algo, no la voz de Manuel, ni sus pasos, sino tal vez un cambio en su manera de respirar, lo percibe todo con una agudeza muy parecida a la adivinación, con una claridad instantánea, los sonidos, los olores, incluso el tacto de su piel y las oleadas de su sangre, como si se hubiera despertado de una anestesia o despojado de un velo que durante años le amortiguó los sentidos. Desde el umbral del dormitorio, con los brazos cruzados y la bata suelta, la cabeza inclinada, echándose el pelo hacia atrás con los dedos, lo mira sin que él la haya visto aún, está sentado en el borde de la cama, desnudo, con cara de pereza y asombro, sostiene abierto sobre las rodillas el grabado del jinete, no la ha oído entrar pero alza los ojos trasladando hacia ella una apremiante interrogación sin palabras cuya respuesta busca en vano en su propia memoria y parece decirle, no entiendo nada, me rindo, cuéntame quién soy.