No te desesperes intentándolo, dijo Nadia, no puedes acordarte, ni siquiera te acordabas al día siguiente, el lunes por la noche, cuando fui en tu busca al mercado porque me habías dicho a qué hora llevarías la hortaliza en la yegua de tu padre y yo tenía muchas ganas de verte. Ibas muy raro, te vi cruzar entre los coches tirando de las riendas de la yegua, con unos pantalones viejos y un sombrero de paja, te esperé en la acera imaginando la cara de sorpresa que pondrías cuando te encontraras conmigo, pero me miraste al llegar frente a mí y no dijiste nada, como si no me conocieras, y pasaste de largo con la cabeza baja, me quedé tan sorprendida que no pude reaccionar, no te acordabas de nada, ni siquiera parecías el mismo, me miraste igual que si no me hubieras visto nunca, o a lo mejor era que te avergonzabas de lo que había ocurrido, de la borrachera y el hachís y de todas las cosas que me dijiste. Fui un rato detrás de ti y hasta creo que te llamé, pero me veía ridícula, casi tan ridícula y tan humillada como cuando José Manuel me dijo unos días antes que seguía queriéndome y que no me olvidaría nunca, pero que iba a dejarme. Si tú vas a dejarme alguna vez por favor no me digas nada de eso, no digas que es mejor para los dos y que has sufrido mucho hasta decidirte, o que no me olvidarás, o que a pesar de todo a los dos nos quedará un buen recuerdo, di simplemente que te vas y no expliques nada ni tardes más de dos minutos en salir por la puerta, no me mires con cara de compasión, ni de tortura ni de sacrificio, vete y no vuelvas, líate con otra o hazte fraile o pégate un tiro pero no aparezcas nunca más delante de mí. Tardé muchos años en entender lo que te había ocurrido, y lo entendí aquí mismo, en esta casa, una mañana espantosa del invierno pasado, me desperté con resaca y con ganas de vomitar y cuando fui al cuarto de baño había alguien que yo no conocía, un hombre que se estaba afeitando tranquilamente con una toalla atada a la cintura, con una cuchilla y un bote de espuma que mi marido no se había llevado cuando nos separamos, tan fresco, recién duchado, como si estuviera en su propia casa. Me sonrió al verme igual que en esos anuncios de colonias masculinas, yo no podía creérmelo, me dieron ganas de ponerme a gritar o de llamar a la policía, pero si ese hombre estaba aquí era porque yo lo había traído, me hablaba con la cara llena de espuma y me preguntaba si me sentía mejor, y yo sin entender nada, disimulando, me acordé entonces de golpe de la noche anterior, había ido a una fiesta con Sonny, el fotógrafo que tú conociste en Madrid, en esa época, los fines de semana, cuando no tenía conmigo a mi hijo, iba a cualquier parte y casi con cualquiera para no quedarme sentada en el sofá y mirando la pared, y ese hombre estaba allí, me lo presentó un amigo de Sonny, bebimos cócteles y por algún motivo acepté irme de la fiesta con él y acompañarlo a un bar de la Segunda Avenida, me iba acordando en oleadas, a rachas, mientras seguía parada en la puerta del baño y lo miraba con una expresión que a él le parecería de arrobo: habíamos subido en taxi desde el East Village y los cócteles empezaban a hacerme efecto, le había dado dos o tres caladas a un porro de marihuana, y en aquel sitio continuamos bebiendo, me acordé de que estaba vacío y de que una pareja cantaba sobre un pequeño escenario, unos hippies limpios y bastante patéticos, él tocaba la guitarra y ella batía las palmas mientras cantaban California Dreamin' como si tuvieran delante a una muchedumbre de colgados de Woodstock, y cuando terminaron y les aplaudimos se doblaban por la cintura, nos quedamos hasta el final porque me daban lástima. Seguramente dije luego que me retiraba y él se ofreció a acompañarme, estábamos muy cerca de aquí, pero no sé quién de los dos tomó al final la iniciativa: el caso es que a las diez de la mañana yo me estaba muriendo de resaca y me arrepentía rabiosamente de algo que no recordaba, y él feliz, con una cara insultante de vanidad satisfecha, interesándose por mi salud, afeitándose con la cuchilla y la espuma de otro, aunque eso sí, me di cuenta, había escogido una cuchilla sin usar, el precinto de plástico estaba junto al grifo, y seguro que había traído sus propios preservativos, cuando se marchó vi un envoltorio en la mesa de noche y me sentó como si hubiera visto una cucaracha, un seductor profiláctico, eso era, lo miraba vestirse y no podía perdonarme a mí misma, aludía a cosas de las que probablemente habíamos hablado la noche anterior y yo hacía como que me acordaba, por mantener la dignidad, y antes de irse me dejó una tarjeta y me dio un golpecito en la barbilla, así, con las puntas de los dedos, como para animarme, qué cara me vería, y hasta me hizo un guiño, dijo que a pesar de todo había sido una noche maravillosa, a pesar de qué. Pero por lo menos se había ido, yo creo que nunca he agradecido más la soledad, tiré el envoltorio del condón a la basura, y también el bote de espuma y la cuchilla, vacié los ceniceros, aunque era invierno abrí de par en par las ventanas, quité las sábanas de la cama y las metí en la lavadora con mi ropa de la noche anterior, que olía a bar y a tabaco, me preparé un baño muy caliente y me quedé una hora en el agua, casi agradecía la amnesia, aunque me alarmaba mucho, porque ya me había ocurrido otras veces, pero no de ese modo, no hasta el punto de perder una noche entera. Y entonces me acordé de ti, me acordaba siempre que estaba desesperada, y entendí con un retraso de quince o dieciséis años lo que te había ocurrido, hasta me culpé un poco por haber sido injusta contigo. Te parecerá mentira, pero en todos estos años nunca he llegado a olvidarte, he vivido unas veces en América y otras en España, me he enamorado de cuatro o cinco hombres, he trabajado en los oficios más raros, me he casado y me he divorciado, he parido un hijo, no he vuelto a ir a Mágina, pero yo creo que no ha habido nadie de quien yo me acordara más que de ti, ni siquiera mi padre. Cuando fui a visitarlo y me vio rubia puso una cara muy seria y me dijo, antes de morirme quiero ver el color de tu pelo, y esa misma tarde, en cuanto llegué al albergue me lo desteñí. Si vieras cómo me sonrió a la mañana siguiente, le subí la cabecera de la cama, le puse las almohadas debajo de la nunca, me senté junto a él y me acarició el pelo sin decirme nada, tenía ochenta y siete años y estaba tan lúcido como un hombre mucho más joven, sabía que se iba a morir y no le importaba. Quiso ver a mi hijo y yo se lo llevé, sin que su padre se enterara, lo tuve que engañar, porque Bob, mi ex marido, consideraba que la agonía de su abuelo materno podía ser una experiencia traumática para el niño, así que le dije por teléfono que mi padre se había recuperado, me cité con él en la pista de patinaje del Rockefeller Center, y en cuanto me quedé sola con mi hijo me lo llevé en taxi a New Jersey para que viera a su abuelo. Estuvo encantado todo el tiempo, una enfermera le dio un juguete pedagógico al que no le hizo ningún caso y se pasó la tarde oyendo los cuentos españoles que mi padre me había contado a mí de pequeña y tratando de girar la manivela que levantaba la cama.
Pero siempre hago lo mismo, me pongo a hablar y se me va el hilo de lo que estaba diciendo, no como tú, que hablas en línea recta, cuando hablas, te quedas callado y me parece que te burlas de mí, o que no acabas de creerte lo que te estoy contando. Me acordaba de ti, estaba tan segura de que no te vería nunca más que cuando viajaba a España ni siquiera se me ocurría ir a Mágina para buscarte, pero volvías por sorpresa, en las situaciones más absurdas o en las más dolorosas me parecía verte, o si escuchaba esa canción de Carole King que te puse en mi casa, y que te emocionó tanto porque entendías toda la letra, You've got a friend, ¿tampoco te acuerdas? Me dijiste que estaba en la máquina del Martos. Me hablabas en inglés, en un inglés de Mágina, muy rápido pero muy chocante, para entenderte yo tenía que pensar en español, hacías frases copiadas de las canciones de los discos, y como eras tan educado usaste el título de una canción de los Beatles para pedirme que te cogiera la mano: / wanna hold your hand. íbamos por el parque Vandelvira, tú te apoyabas en mí, tenías escalofríos, trasudabas ginebra, te daban en la cara las luces de la fuente luminosa y estabas más pálido que un muerto, yo te sostenía para que no te cayeras. Te habrías caído a mis pies si no te hubieras apoyado en mí cuando nos encontramos, en la acera del instituto, yo te había visto cruzar la calle dando tumbos, y como estaba oscuro me dio miedo porque me pensé que serías uno de aquellos borrachos que había entonces en Mágina, pero me detuve y te reconocí, con la de veces que te había visto por la calle Nueva o cerca de mi casa, en la colonia del Carmen, buscando a aquella chica de la que me estuviste hablando dos horas, la que te había engañado, decías, rompías a llorar y te limpiabas los mocos con la mano, hablabas de ella como un cantor de tangos y eras completamente ridículo, pero yo era tan ridícula como tú, a mí también me habían despreciado, y si no me dio por beber no fue porque no creyera que sería lo más adecuado, sino porque entonces, lo mismo que ahora, no soportaba el gusto del alcohol ni el olor que queda en las habitaciones donde se ha bebido, me da miedo su poder sobre la voluntad y el daño que le hace a la memoria. En la casa de Mágina me levantaba por las mañanas y desde el pasillo percibía con asco el olor del coñac que había quedado en la copa de mi padre. Cuando volví de la comisaría y me lo encontré esperándome a las cuatro de la mañana junto a la verja del jardín lo primero que noté al abrazarlo fue el alcohol de su aliento. Luego he bebido muchas veces y me he emborrachado hasta perder la memoria o ponerme enferma pero siempre lo he hecho como si me impusiera un castigo, porque no quería recordar ni vivir. Como dicen en España, en el pecado llevaba la penitencia. Eso se lo oí por primera vez a unas mujeres que contaban chismes en una tienda de Mágina. Durante algún tiempo bebí por la única razón de que Bob lo encontraba reprobable. Él no bebe ni fuma. Bebe café o agua mineral en las comidas. Un poco antes de que nos separáramos le dije una frase que según me había contado Sonny es de Baudelaire: «El hombre que sólo bebe agua oculta algún secreto a sus semejantes.» Se quedó de piedra. De piedra pómez. Miró de soslayo al niño como si temiera que mis palabras fuesen a provocarle una deformación monstruosa en la cara. «Si alguien oculta un secreto eres tú.» Eso me dijo, tragó un sorbo de agua con un sonido discreto y repugnante y dejó sobre el mantel el tenedor y el cuchillo, como si se preparara heroicamente para recibir una confesión vergonzosa. Cómo puede odiar uno tanto a quien ha querido, cómo es posible que la persona más próxima sea también la más extraña. Lo miraba y no comprendía cómo pude haberme casado con él, peor aún, cómo pude engañarme a mí misma hasta el punto de creer que estaba enamorada y de que quería un hijo suyo. Pero qué desastre, no sé lo que he hecho con mi vida, lo que he estado a punto de hacer. Volví de España hace dos meses y me estaba esperando en el aeropuerto con un ramo de flores y con el niño de la mano. Quería una segunda oportunidad: quería salvar nuestro matrimonio, como dicen en los consultorios de la televisión. Y soy tan débil o tan estúpida que de no haber sido por ti lo habría aceptado sabiendo que era un nuevo error. Me chantajeaba, no con crudeza sino muy suavemente, muy bondadosamente, con su mejor intención: no lo hagas por mí si no quieres, me decía, y me lo sigue diciendo cada vez que habla conmigo, hazlo por nuestro hijo, y yo me sentía tan culpable que se me desbarataban todas las decisiones que tanto trabajo me había costado tomar, me rehacía poco a poco, recobraba mi vida, iba saliendo del aturdimiento de los años perdidos con él, me gustaba vivir sola con mi hijo, pero los viernes por la tarde, cuando él venía a recogerlo y se derrumbaba en el sofá con cara de víctima y sin despegar los labios, todo volvía a ser igual, el remordimiento, la sensación de haber caído otra vez en una tela de araña que seguía asfixiándome aunque yo manoteara para desprenderme de ella, y si no me rendía era por pura obstinación, no contra él, sino contra mí misma, contra la certeza agobiante de que estaba haciéndole una canallada y permitiéndome el antojo de vivir sola a costa de su desgracia. Me preguntaba, dime qué te he hecho yo, dime en qué me he equivocado, casi suplicándome, y yo no podía darle una respuesta consistente, porque el mal o la equivocación no estaban en él, sino en mí, él se había limitado a actuar de acuerdo con sus principios y su carácter, y cuando acepté casarme yo sabía exactamente cómo era y por qué nunca me acabaría de gustar. Estaba tan enamorado y confiaba tanto en mí que yo casi logré convencerme de que también lo quería. Él no tenía la culpa de no ser un amante que me trastornara. Nos deseábamos, pero no con locura, y a mí el deseo me importaba mucho más que a él. Era bondadoso, era atractivo, era honesto, compartíamos la mayor parte de nuestras opiniones y de nuestros gustos, pero había algo inconciliable entre nosotros, yo lo notaba y él no, y fui tan desleal o tan cobarde que no se lo advertí, era una insatisfacción sin motivo que se volvía más oculta y más amarga con el tiempo, una especie de despecho mezquino, no por algo que él hiciera sino por lo que no hacía, una irritación que se cebaba en cualquier detalle de su manera de hablar o de moverse, en pequeñas manías personales que no tenían nada de ofensivo, pero que me desagradaban como insultos. Algunas veces lo engañé. Pero volvía a casa por la noche y lo encontraba dándole la cena al niño y me moría de vergüenza al ver con qué naturalidad se creía el embuste que yo había inventado para justificar mi retraso. Era tan íntegro y tan feliz que no podía imaginarse que yo lo engañara. Pero no es un crimen no querer a alguien. Me ha costado años atroces aprender que el único delito es fingir y callar mientras crece el infierno, ese silencio al acostarse cada noche, ese horror de estar sentados en el sofá y hacer de vez en cuando comentarios sobre una película y pasar días enteros sin mirarse a los ojos, ni siquiera en la cama, ni en el cuarto de baño si se coincide en él para lavarse los dientes, un sentimiento de resignación y fatalidad que se reproduce dentro de uno como un cáncer, una desgana de vivir que es más venenosa porque no altera la superficie de las apariencias, no ocurre nunca nada malo, nadie grita, no hay lágrimas ni acusaciones rencorosas, nada más que silencio o palabras comunes, se pone uno el pijama, se lava los dientes, va al dormitorio del niño por si se ha destapado, conecta el despertador mientras el otro se mueve como una sombra o dice algo o bosteza, ocupa su lado de la cama, incluso puede que haya un beso de buenas noches y una sonrisa antes de apagar la luz, o que en la oscuridad se anime un simulacro de deseo, los dos callados y jadeando sin verse las caras, por fin el alivio de cerrar los ojos y no tener que decir nada, quedarse quieto y encogido y respirar como si ya se estuviera durmiendo.