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Ahora nos parece que todo esto tenía que ocurrir así, pero me da miedo pensar lo fácil que habría sido perderte esa noche, lo cerca que estuve de no cogerte la mano cuando dijiste que te ibas, y me pregunto qué habría hecho si no llegas a decirme que me quedara contigo, no se atreverá, pensaba, si no me ha dicho que salgamos a tomar otra copa fuera del hotel es que está muy cansado, o que no le gusto tanto como parecía, estábamos esperando a que llegara el ascensor y tú lo único que hacías era jugar con la llave y mirar la flecha iluminada, como si tal cosa, sin prestar mucha atención a lo que yo te contaba, empezamos a subir y a mí me faltaban ánimos para tomar la iniciativa, qué pensarías, tan correcto, tan serio, y cuando se abrió la puerta me dio un sobresalto en el estómago, si no me dice nada se lo diré yo, qué calma, esperaste al final para decidirte, y justo entonces va y se cierra la puerta, me eché a reír de nerviosa que estaba y tú enrojeciste, hacía años que un hombre no se ponía colorado delante de mí, me dieron ganas de abrazarte allí mismo, en medio del pasillo, y de llenarte la cara de besos y decirte en español que si no te acordabas de mí. Pero qué miedo tenía cuando entramos en tu habitación, me habías puesto la mano en la cintura al dejarme pasar y me excité de tal modo que tuve tentaciones de salir huyendo o de tenderme en la cama y reclamarte sin preámbulos, pero tú actuabas muy despacio, con un dominio que me desconcertaba, tu cigarrillo, tu cerveza, tus bromas suaves en inglés, esa manera de decirme que me pusiera cómoda, como si se lo hubieras dicho ya a otras mujeres en aquella misma habitación, no había sabido nada de ti en diecisiete años y me enfurecía de celos, desconfiaba, temía que fueras de verdad como me pareciste cuando te vi desayunando, que actuaras conmigo tan meticulosamente como cortabas el croissant a la plancha con tu cuchillo y tu tenedor, pero cómo cambiaste en cuanto empezamos a besarnos, eras otro, no estabas rígido ni tenías miramientos, era como si al quitarte la ropa te hubieras quitado también una máscara o una armadura, no tenías vergüenza pero eras más delicado que nadie, me empujabas como queriendo partirme y al mismo tiempo me cuidabas, me apartabas el pelo para verme la cara y me sonreías mientras yo estaba corriéndome, y esperaste casi al final para unirte a mí, pero ni siquiera entonces te dejé que cerraras los ojos. Tú no sabes cómo miras en ese momento ni cómo estás mirándome ahora. Esa mirada es mía y no la ha visto nadie más que yo. Y ya no me da rabia que no recuerdes aquella noche en Mágina. Es mía también y me gusta que sólo puedas saber que existió porque yo me acuerdo y te la cuento.

Las dos voces en la penumbra y en el silencio de la casa cerrada, enredándose igual que los cuerpos y las manos, cálidas en la cercanía del oído, amortiguándose en las orillas del sueño, tan solitarias y leales como si fueran las dos últimas voces que aún suenan en el mundo, enaltecidas por la risa, lentas y gradualmente sombrías cuando se atreven a los pormenores de una confesión, disgregadas en una queja larga y gozosa o en el arranque de un grito que sofoca la almohada, sabias, habituales al cabo de unos pocos días, desvergonzadas y también pudorosas, aprendiendo a llamar por su nombre lo que al principio se callaba, los actos y los deseos, los lugares codiciados del cuerpo, apropiándose de ellos al nombrarlos, las dos voces sumando su caudal de palabras en una mutua revelación donde cada uno al descubrir al otro se manifiesta tal como es delante de sí mismo y agradece la maravilla del misterio, de la pura existencia de alguien que se le parece tanto y sin embargo esconde en su inviolable intimidad y en la superficie entregada de su piel un reino que no acabará nunca de ser explorado. No hay pausas en la indagación ni fisuras en el curso del tiempo, no saben o no quieren calcular el número de las horas y los días, las lentitudes de la pereza y las urgencias súbitas de la excitación, hablan, miran, escuchan, empiezan suavemente a tocarse, abren los ojos y se dan cuenta de que ha anochecido o de que está amaneciendo, recuerdan nombres de canciones, las buscan entre los discos, se esperan y se persiguen por las habitaciones del apartamento con la misma incertidumbre ávida con que se buscarían por las calles de una ciudad, en el espacio cúbico y cerrado que resume para ellos el tamaño del mundo igual que unos pocos días aislados del inmediato ayer y del porvenir que los separará muy pronto contienen toda la duración de sus dos vidas. Los alían sus voces, pero también el sonido de los pasos que vienen del comedor y el del agua en la ducha, al otro lado de la puerta del cuarto de baño, el chasquido de una lata de cerveza al abrirse, el olor a jabón o a colonia, a tabaco, a café recién hecho, a espuma de afeitar, los signos triviales y valiosos de la otra presencia, unos zapatos de tacón abandonados junto al sofá, cerca del baúl abierto y de las fotografías, una barra de labios en la repisa del lavabo, una chaqueta de hombre entre las prendas femeninas del armario, dos copas con restos de vino tinto en la mesa de la cocina, una mancha de carmín en un kleenex. Con la disculpa del invierno apenas salen a la calle, desplazan hacia un futuro impreciso y cercano el cumplimiento de sus obligaciones, sin decirse nada se conceden treguas que van dilatando a medida que las apuran, una noche más, un día, unas horas, no hay principio ni fin en las historias que se cuentan ni límites exactos en el demorado ejercicio del deseo, se interrumpen, confrontan fechas y recuerdos, fotografías, lugares donde los dos han estado y donde no se vieron, equivocaciones y entusiasmos, pierden el hilo de su narración y descubren imágenes o sensaciones laterales en las que les importa mucho detenerse, están ya casi dormidos y han apagado la luz y el roce peculiar de un pezón o de los dedos de un pie los despierta y revive más allá del cansancio y los empuja de nuevo a una búsqueda desfallecida y obstinada en la oscuridad, mojados, doloridos, exhaustos, averiguando matices particularmente golosos de la piel, hendiduras y pliegues que humedece la lengua y tenues latidos que auscultan con sagacidad y ternura las yemas de los dedos, el movimiento de los ojos velados por los párpados, el ritmo de la sangre en las sienes, en las venas azules de las muñecas, en la curva leve de un tobillo.