Выбрать главу

-¿Escopeta? -musitó el tendero, confundido.

Su esposa, una mujer menuda y de mirada nerviosa, nos espiaba desde una cortina que ocultaba la trastienda. Algo me decía que no iba a haber tiros. Don Odón, resoplando, pareció desplomarse sobre sí mismo.

-Que más quisiera yo, señor Martín. Pero la niña no quiere estar aquí -argumentó, desolado.

Al ver que el tendero no era el villano que Isabella me había pintado me arrepentí del tono de mis palabras.

-¿No la ha echado usted de su casa?

Don Odón abrió los ojos como platos, dolido. Su esposa se adelantó y tomó la mano de su esposo.

-Tuvimos una discusión. Se dijeron cosas que no se debían haber dicho, por ambas partes. Pero es que la niña tiene un genio que déjela correr... Amenazó con marcharse y dijo que no íbamos a verla nunca más. Su santa madre por poco se queda de la taquicardia. Yo le levanté la voz y le dije que la iba a meter en un convento.

-Un argumento infalible para convencer a una joven de diecisiete años -apunté.

-Es lo primero que se me ocurrió... -argumentó el tendero-. ¿Cómo iba yo a meterla en un convento?

-Por lo que he visto, sólo con la ayuda de todo un regimiento de la Guardia Civil.

-No sé qué le habrá contado la niña, señor Martín, pero no se lo crea. No seremos gente refinada, pero no somos ningunos monstruos. Yo ya no sé cómo manejarla. No soy hombre que sirva para quitarse la correa y hacer entrar la letra con sangre. Y mi señora aquí presente no se atreve a levantarle la voz ni al gato. No sé de dónde ha sacado la niña ese carácter. Yo creo que es de leer tanto. Y mire que nos avisaron las monjas. Ya lo decía mi padre, que en gloria esté: el día que a las mujeres se les permita aprender a leer y escribir, el mundo será ingobernable.

-Gran pensador, su señor padre, pero eso no resuelve ni su problema ni el mío.

-¿Y qué podemos hacer? Isabella no quiere estar con nosotros, señor Martín. Dice que somos lerdos, que no la entendemos, que la queremos enterrar en esta tienda... ¿Qué más quisiera yo que entenderla? Llevo trabajando en esta tienda desde que tenía siete años, de sol a sol, y lo único que entiendo es que el mundo es un sitio malcarado y sin contemplaciones para una jovencita que sueña con las nubes -explicó el tendero, recostándose sobre un barril-. Mi mayor temor es que, si la obligo a volver, se nos escape de verdad y caiga en manos de cualquier... No quiero ni pensarlo.

-Es la verdad -añadió su esposa, que hablaba con una pizca de acento italiano-. Crea usted que la niña nos ha partido el corazón, pero no es ésta la primera vez que se va. Ha salido a mi madre, que tenía un carácter napolitano...

-Ay, la mamma -rememoró don Odón, aterrado sólo de conjurar la memoria de la suegra.

-Cuando nos dijo que se iba a alojar en la casa de usted unos días mientras le ayudaba en su trabajo pues nos quedamos más tranquilos -continuó la madre de Isabella-, porque sabemos que es usted una buena persona y en el fondo la niña está aquí al lado, a dos calles. Sabemos que sabrá usted convencerla para que vuelva. Me pregunté qué les habría contado Isabella acerca de mí para persuadirlos de que un servidor caminaba sobre el agua.

-Anoche mismo, a un tiro de piedra de aquí, destrozaron de una paliza a un par de jornaleros que volvían a casa. Ya me dirá usted. Se ve que les dieron de palos con un hierro hasta reventarlos como perros. Dicen que no saben si uno vivirá y al otro lo dan por tullido de por vida -dijo la madre-. ¿En qué mundo vivimos?

Don Odón me miró, consternado.

-Si la voy a buscar, volverá a irse. Y esta vez no sé si dará con alguien como usted. Ya sabemos que no está bien que una jovencita se aloje en casa de un caballero soltero, pero al menos de usted nos consta que es honrado y sabrá cuidarla. El tendero parecía a punto de echarse a llorar. Hubiese preferido que corriera a por la escopeta. Siempre cabía la posibilidad de que algún primo napolitano se presentase por allí para salvaguardar la honra de la niña trabuco en mano. Porca miseria.

-¿Tengo su palabra de que me la cuidará hasta que ella entre en razón y vuelva? Resoplé.

-Tiene mi palabra.

Volví a casa cargado de manjares y exquisiteces que don Odón y su esposa se empeñaron en endosarme a cuenta de la casa. Les prometí que iba a cuidar de Isabella durante unos días hasta que ella se aviniese a razón y comprendiese que su lugar estaba con su familia. Los tenderos insistieron en pagarme por su manutención, extremo que decliné. Mi plan era que en menos de una semana Isabella volviese a dormir a su casa aunque para ello tuviese que mantener la ficción de que era mi asistente durante las horas del día. Torres más altas habían caído.

Al entrar en casa la encontré sentada a la mesa de la cocina. Había fregado todos los platos de la noche anterior, había hecho café y se había vestido y peinado como si fuese una santa salida de una estampita. Isabella, que no tenía un pelo de tonta, sabía perfectamente de dónde venía y se armó con su mejor mirada de perro abandonado y me sonrió, sumisa. Dejé las bolsas con el lote de delicias de don Odón sobre el fregadero y la miré.

-¿No le ha disparado mi padre con la escopeta?

-Se le había acabado la munición y ha decidido lanzarme todos estos tarros de mermelada y trozos de queso manchego.

Isabella apretó los labios, poniendo cara de circunstancias.

-¿Así que lo de Isabella es por la abuela?

-La mamma -confirmó-. En su barrio la llamaban la Vesuvia.

-Me lo creo.

-Dicen que me parezco un poco a ella. En lo de la persistencia. No hacía falta que un juez levantase acta al respecto, pensé.

-Tus padres son buena gente, Isabella. No te comprenden menos de lo que tú los comprendes a ellos.

La muchacha no dijo nada. Me sirvió una taza de café y esperó el veredicto. Tenía dos opciones: echarla a la calle y matar del soponcio al par de tenderos o hacer de tripas corazón y armarme de paciencia durante un par o tres de días. Supuse que cuarenta y ocho horas de mi encarnación más cínica y cortante bastarían para romper la férrea determinación de una jovencita y enviarla, de rodillas, de regreso a las faldas de su madre implorando perdón y alojamiento a pensión completa.

-Puedes quedarte aquí por el momento...

-¡Gracias!

-No tan rápido. Puedes quedarte a condición de que, uno, cada día pases un rato por la tienda a saludar a tus padres y decirles que estás bien, y, dos, que me obedezcas y sigas las normas de esta casa.

Aquello sonaba patriarcal pero excesivamente pusilánime. Mantuve el semblante adusto y decidí apretar un poco el tono.

-¿Cuáles son las normas de esta casa? -inquirió Isabella.

-Básicamente, lo que a mí me salga de las narices.

-Me parece justo.

-Trato hecho, entonces.

Isabella rodeó la mesa y me abrazó con gratitud. Pude sentir el calor y las formas firmes de su cuerpo de diecisiete años contra el mío. La aparté con delicadeza y la situé a un mínimo de un metro.

-La primera norma es que esto no es Mujeratas y que aquí no nos damos ni abrazos ni nos echamos a llorar a la primera de cambio.

-Lo que usted diga.

-Ése será el lema sobre el que construiremos nuestra convivencia: lo que yo diga. Isabella rió y partió rauda hacia el pasillo.

-¿Adonde crees que vas?

-A limpiar y ordenar su estudio. ¿No pretenderá dejarlo como está, no?

Necesitaba encontrar un lugar donde pensar y ocultarme del celo doméstico y la obsesión por la pulcritud de mi nueva ayudante, así que me acerqué hasta la biblioteca que ocupaba la nave de arcos góticos del antiguo hospicio medieval de la calle del Carmen. Pasé el resto del día rodeado de tomos que olían a sepulcro papal, leyendo acerca de mitología e historias de las religiones hasta que mis ojos estuvieron a punto de caer sobre la mesa y salir rodando biblioteca abajo. Tras horas de lectura sin tregua, calculé que apenas había arañado una millonésima parte de lo que podía encontrar bajo los arcos de aquel santuario de libros, por no decir todo lo que se había escrito sobre el tema. Decidí que volvería al día siguiente, y al otro, y que dedicaría al menos una semana entera a alimentar la caldera de mi pensamiento con páginas y páginas sobre dioses, milagros y profecías, santos y apariciones, revelaciones y misterios. Cualquier cosa menos pensar en Cristina y don Pedro y en su vida de matrimonio. Ya que disponía de una ayudante solícita, le di instrucciones para que se hiciese con copias de los catecismos y textos escolares que se empleaban en la ciudad para la enseñanza religiosa y que me redactase resúmenes de cada uno de ellos. Isabella no discutió las órdenes, pero frunció el entrecejo al recibirlas.