Haciendo un esfuerzo, consiguió dejar de mirarle las piernas y se centró en las galletas rosadas con forma de labios.
– ¿Éstas son las galletas que mencionaste antes? -preguntó él-. Las que llamabas Muérdeme.
– Sí -le dio una servilleta-. Pruébalas.
Teniendo en cuenta lo apetecibles que eran sus piernas, no era una galleta lo que más deseaba morder. Pero puesto que sólo le había ofrecido el dulce, decidió aceptarlo.
– ¡Guau! -exclamó después del primer bocado-. Esta galleta está deliciosa.
– Gracias. Necesité hacer muchas pruebas para dar con la receta correcta.
– Misión cumplida. Se nota cuando una galleta es extraordinaria porque uno siente cómo se le endurecen las arterias.
Ella se rió.
– Si pudiera encontrar la manera de mantener el sabor y la textura pero sin que tuvieran calorías, sería multimillonaria. Al menos, a vosotros el dulce no se os acumula en las caderas. Ojalá alguien inventara un kit para hacer la liposucción en casa. Algo que se pudiera conectar al aspirador. O a la batería del coche.
– A ti no te serviría. Tu coche se ha quedado sin batería.
El bebió un sorbo de café y cerró los ojos como apreciando el sabor. Lacey no sólo sabía moverse y besar, también horneaba las mejores galletas y preparaba el mejor café del mundo. Aquélla era una combinación letal. ¿Y por qué diablos no le gustaba? Él sabía que tenía múltiples motivos. Pero no podía recordarlos. Decidió que lo mejor era continuar hablando hasta que ella dijera algo que le refrescara la memoria.
– Puesto que yo te he contado todo acerca de mi complicada relación idiomática con Sasha, te toca a ti.
– ¿El qué?
– Contarme algo sobre ti que yo no sepa.
Ella se apoyó en el respaldo de la silla y lo miró por encima del borde de la taza.
– ¿Qué quieres saber?
«Todo», pensó él, pero contestó:
– Cualquier cosa. ¿Por qué no me hablas de tu familia? ¿Hay alguien más como tú?
Ella negó con la cabeza.
– Tengo una hermana. Se llama Meg, pero no nos parecemos nada y somos completamente distintas. La gente que nos conoce a las dos no puede creer que seamos familia.
– ¿Diferentes, en qué sentido?
– Meg era la típica chica rubia, extrovertida, que pertenecía al grupo de animadoras del colegio. Yo llevaba gafas, ortodoncia, era tímida y torpe. Y mi pelo era así -se agarró un mechón de pelo rizado y tiró de él-. Cuando éramos adolescentes, Meg no se preocupaba mucho porque yo no tuviera el mismo aspecto que ella. Ahora nos llevamos muy bien, pero de pequeñas fue duro. Incluso todavía me llama Hoyuelos, sólo para molestarme.
– Me parece un mote perfecto… Tienes unos hoyuelos preciosos.
– Gracias. Excepto que cuando Meg me puso el mote yo era un bebé, y se refería a los hoyuelos que tenía en el trasero. Menos mal que terminé teniendo hoyuelos en la cara y no tengo que pasarme la vida explicando por qué me llamaba así.
Evan se rió.
– ¿Y cómo la llamas tú a ella?
– La reina de las Relaciones Públicas Debe de tener el récord mundial en asistencia a los bailes del colegio -bebió otro sorbo de café-. Cuando éramos pequeñas, yo habría dado cualquier cosa por parecerme a ella. Por ser como ella. Pero ahora… Ahora no me cambiaría por ella por nada del mundo.
– ¿Por qué?
Lacey dudó un instante y contestó:
– Lleva seis años casada y no le va muy bien. Por desgracia, Dan, el marido de Meg, es la copia exacta de nuestro padre. Un hombre con éxito profesional pero emocionalmente inservible. Tienen una casa preciosa, dos hijos estupendos, todas las cosas que quieren, pero para Dan, su prioridad siempre ha sido su carrera profesional. Meg y los niños siempre quedaron en segundo plano.
– Es una lástima.
– Lo es. Hace tres años se separaron, pero después de ir a terapia de pareja se reconciliaron. Sin embargo, nada ha cambiado. Yo comprendo que ella no quiera romper el matrimonio, pero a pesar de todas las cosas que tiene… Está sola. Igual que lo estuvo nuestra madre.
– ¿Tus padres se divorciaron?
Ella negó con la cabeza.
– Mi padre murió cuando yo estaba en el instituto. Yo había vivido con él durante toda mi vida y apenas lo conocía. Siempre estaba trabajando o en viajes de negocios, siempre demasiado ocupado para jugar, para ir al centro comercial o para asistir a los eventos del colegio. Nunca tenía tiempo para disfrutar de la vida, de su esposa o de sus hijas. Para ser un hombre que ansiaba tanto el éxito, no era capaz de darse cuenta de que fallaba en las cosas más importantes. Su familia. Su matrimonio.
Ella se miró las manos, y cuando él siguió su mirada, se percató de que tenía los dedos entrelazados con fuerza.
Evan estiró la mano y cubrió las de ella.
– Lo siento, Lacey -dijo él-. Sé lo mucho que se sufre al perder a un progenitor. Yo perdí a mi madre hace cinco años. De cáncer.
Ella lo miró con empatia. Y con algo más. Con sorpresa y confusión, como si fuera la primera vez que lo veía en su vida, de la misma manera que él sabía que la había mirado momentos antes.
– Lo siento mucho, Evan.
– Yo también. Era una mujer estupenda y una madre magnifica. Como tú, yo no fui muy popular en el colegio. Era el niño regordete que siempre obtenía las peores marcas en la clase de deporte y del que todos se reían.
– Bromeas -dijo ella, y arqueó las cejas.
– No. Seguí intentándolo con el deporte, pero no sirvió de nada. Aun así, mi madre siempre me animó, incluso cuando metí el gol decisivo para el partido en nuestra propia portería.
– Yo hice lo mismo -dijo ella-. Cuando estaba en cuarto. Deseé morirme. Pero mi madre me llevó a tomar un helado para celebrar que había metido el primer gol de mi vida.
– La mía me llevó a comer pizza -sonrió y le apretó la mano-. Hace media hora no lo habría creído, pero parece que tenemos cosas en común.
Ella asintió despacio, como si tampoco pudiera creerlo.
– Eso parece. ¿Y qué pasó con tu padre?
– Murió en un accidente de coche cuando yo era un bebé. No lo recuerdo. Siempre estuvimos mi madre y yo, solos.
– Ahora estás muy solo.
Las palabras de Lacey resonaron en lo más profundo de su ser. No era verdad, tenía montones de amigos, buenos vecinos, compañeros de trabajo, incluso algunos primos lejanos que vivían en Florida. Pero no era eso a lo que ella se refería, y él lo sabía. Lacey se refería a la familia inmediata.
– Estoy solo -convino él. Porque a pesar de todos sus amigos, se sentía solo. Y llevaba sintiéndose así algún tiempo. Hasta esa noche.
Allí, hablando con ella en su tienda de café, no se sentía solo. De hecho, se sentía muy bien. La noche, que había comenzado de manera desastrosa, había dado un giro inesperado. Y para bien.
– ¿No tienes novia?
– Nada estable. Si la tuviera, no te habría besado. Sé que crees que soy un idiota, y a lo mejor lo soy, pero no soy un hombre infiel.
Ella se sonrojó una pizca.
– Lo creas o no, no he pensado que seas un idiota desde hace al menos cinco minutos.
– Ya somos dos. Y batimos un nuevo récord. ¿Quieres que probemos a ver si aguantamos diez minutos?
Ella sonrió.
– ¿Crees que lo conseguiremos?
– Seguro.
– Está bien. Cuéntame por qué no tienes una novia estable. Quiero decir, aunque seas un pesado, deberías tener varias citas, aunque sea por tu aspecto.
– Vaya, gracias. Sí que tengo citas, pero últimamente… -se encogió de hombros-. Me he aburrido del juego. Por eso con Sasha me va tan bien. Siempre se alegra de verme, no le importa que cambie el canal de la tele, nunca se queja si dejo la ropa en el suelo y no habla inglés.
Lacey se rió.
– Si consiguieras evitar que se comiera tus zapatillas…
– Sería perfecta -dijeron al unísono.
Cuando terminaron de reírse, Evan se percató de lo cerca que estaban sentados. De lo romántica que era aquella situación. De lo solos que estaban. De lo suave que era la piel de sus manos. Le acarició los dedos con el pulgar y sintió que el deseo que trataba de contener afloraba a la superficie.