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Más adelante él iba a insistir en que estuvo enamorado ya de ella antes incluso de que cruzaran las primeras palabras.

Ella no le prestó atención; no parecía siquiera haber reparado en su presencia, aun cuando eran ellos dos los únicos parias que se hallaban en el vestíbulo de fumadores a las cinco de la tarde, una oscura tarde de diciembre. Él había ido al bar a reunirse con el director de una revista nueva, radical, que pretendía que le escribiese para el primer número de la publicación un artículo de opinión sobre los acuerdos de paz firmados en Irlanda del Norte. El director era un joven musculoso, de rostro lozano y sonrisa incansable, recién licenciado por Yale; en sólo dos minutos de charla, Glass supo que no iba a escribir nada para su revista. Esa clase de sinceridad, si bien pensó que también él debió de estar en su día lleno a rebosar de la misma franqueza, lleno hasta los topes, allá por los albores de la historia, ahora sólo le producía fatiga. Por eso no hubiera estado deseoso de regresar al interior del bar ni siquiera si esa chica pálida y preciosa no hubiera estado fuera con él, si bien lo estaba, y lo estaba con toda certeza y de una manera excitante. Bueno, tal vez no era que estuviese exactamente con él, pero al menos estaba allí, cosa que por el momento a él le resultaba más que suficiente. Se preguntó cómo podría seguir teniendo garantías de que ella se fijara en él. Era extraño lo peligroso que podía resultar en esa ciudad el mero hecho de hacer un comentario amistoso a un desconocido. Una vez dijo alguna banalidad sobre el clima a una muchacha, en un ascensor, y ella se refugió en un rincón, a la defensiva, a la vez que le informó de que llevaba en el bolso un bote de spray para defensa personal. Esa otra desconocida, fumando con evidente irritación a su lado, con sus brillantes pantalones de cuero, daba la impresión de que no se iba a mostrar tan antagónica, si bien su independencia y su reserva resultaban intimidantes, desde luego. Sin embargo, era Navidad, la época del año que, para él, más trufada estuvo siempre de posibilidades eróticas, y tuvo un ataque de pánico al pensar que en cuestión de segundos aquella posibilidad en particular iba a apagar el cigarro para volver al interior del bar, en el que no cabía un alfiler, con lo que nunca más volvería a verla, así que al final se armó de valor y acertó a decir algo.

– He hecho una apuesta contra mí mismo -dijo de improviso.

La joven le miró y no pareció impresionarle lo que viese en él.

– Perdona, ¿cómo has dicho?

– Me juego cualquier cosa a que eres irlandesa -sonrió. Desde el lado de la sonrisa en que se hallaba, le pareció más bien una mirada de lascivia.

Ella entornó los ojos y apretó el maxilar a la vez que lo sopesaba.

– ¿Cómo lo has sabido? -dijo.

Al comprobar que había dado en el clavo, fue tal su desconcierto que se quedó por unos momentos sin respiración. Rió de buena gana.

– No lo sé. ¿Eres irlandesa de Irlanda, o es que tu abuela era irlandesa?

Ella seguía mirándole como si le estuviera tomando la medida.

– Soy irlandesa de Irlanda -dijo-. Y resulta que mi abuela era de Nueva York.

Entonces sí apagó el cigarro y abrió la puerta del bar, que le quedaba a la espalda, para lanzarle una sonrisa fría, rápida, y desaparecer.

En ese momento, en un abril húmedo y ventoso, Glass iba de camino a otro bar, también en el Village, con una marcada sensación de anticipación y de alarma, aunque por motivos bien distintos, y sin embargo pareja de la que tuvo cuando la siguió a aquel antro de Houston Street, una tarde en que nevaba, en la semana misma de Navidad, resuelto a lograr que ella no desapareciera de su vida. Se encontraba de pie en la barra, con un codo apoyado, en la mano un vaso alto y lleno de un líquido carmesí.

– ^¿Qué pasa? -le dijo ella-. Estás más blanco que un papel.

Ella era pintora, y llevaba un blusón holgado, de pintora, pero aunque había estado trabajando y había llegado directamente desde su estudio en Bleecker Street no tenía una sola mancha de pintura en toda su persona: no era esa clase de pintora. Llevaba además unos leggings a franjas blancas y grises, horizontales, que a él le hicieron pensar con total incongruencia en la catedral de Siena.

Pidió un dry martini y Alison enarcó una ceja.

– ¿No es un poco pronto para eso? -dijo-. ¿Qué pasa, si se puede saber? ¿Te ha desheredado tu suegro al redactar su testamento?

La relación que tenía Glass con los Mulholland era desde el punto de vista de Alison campo abonado para las pullas y los comentarios jocosos. Era una chica con auténtico sentido del humor, con una caprichosa manera de apreciar las disposiciones más ridículas de la vida misma. Él desconocía qué pensaba realmente de su matrimonio con Louise, pues nunca se lo había dicho, lo cual para él era perfecto. Pintaba cuadros abstractos de gran formato, en tonos chillones, con pintura acrílica, que él no consideraba demasiado buenos. Alison sabía qué opinión tenía él de sus obras, y no le importaba; era esa clase de pintora.

Él le preguntó qué estaba bebiendo, y miró con reticencia aquel líquido sanguinolento que tenía en el vaso. Ella dijo que era un Virgin Mary. Él dio un sorbo de martini. Ella seguía a la espera de que él le contase, qué era lo que le había llevado a hablarle con tanto apremio, y de manera tan críptica, cuando la llamó por teléfono. La paciencia era una de las cualidades más notables que tenía ella, además de ser una manera peculiar, y a veces para él también inquietante, de adoptar una repentina, sobrecogedora calma, como si esperase con toda tranquilidad a que sucediera algo que ya tenía previsto.

– Mucho me temo -dijo él- que me he metido en un buen aprieto.

– ¿Otra vez? -repuso ella tras una carcajada.

Él dio otro trago. Intentaba en ese momento recordar cuándo se le había ocurrido que sería buena idea contratar a un investigador para que le ayudase a escribir la vida de William Pius Mulholland. Le había parecido algo sencillísimo, algo de lo más inocente.

– ¿Te ha llamado alguien? -le preguntó.

– ¿Que si me ha llamado alguien? -ella fingió que se paraba a pensar-. Me llamó mi madre el otro día y me preguntó cómo estoy y que si ya te he abandonado, cosa que continuamente me insiste en que haga cuanto antes. El marchante de la Calle 74 también llamó, pero le interesa menos exponer mis cuadros en su galería que acostarse conmigo. Y también hablé con el fontanero por la gotera que hay en el…

– Quiero decir -dijo Glass- si te ha llamado alguien a quien no conozcas. Alguien con ganas de hacer preguntas.

– ¿Qué clase de preguntas?

– Bueno, pues preguntas… sobre nosotros.

– ¿Nosotros? -ella volvió a soltar una carcajada más fuerte que la anterior-. ¿Quién tiene noticia en esta ciudad de que existamos nosotros?

Siempre que se encontraban, su belleza le atacaba físicamente del mismo modo que la primera vez, aunque también le consternaba. ¿Cómo lo sobrellevaría si la perdiera? Y tenía claro que tarde o temprano la había de perder. Le costaba trabajo creer que, de entrada, la hubiera conquistado. La siguió al interior del bar aquella tarde de diciembre, en que nevaba, y tras buscarla la encontró tomando unos tequilas con un par de amigas suyas, unas tías bien curtidas, ¡y qué manera de mirarle!, y la engatusó con un pretexto tan falso como transparente, diciéndole que quería entrevistarla para un presunto artículo sobre los irlandeses llegados recientemente a Manhattan. Ella lo miró de hito en hito, con la solemnidad y el descaro de quien intenta por todos los medios no echarse a reír, y aceptó su tarjeta de visita, que sujetó entre el índice y el pulgar como si se dispusiera a lanzarla a la otra punta de la barra. En cambio, la conservó, y con gran sorpresa por su parte lo llamó a la mañana siguiente y concertó una cita en Washington Square a las doce del mediodía. Tal como había supuesto, ella era dublinesa, como él. Su padre había muerto, su madre estaba preocupadísima por ella, su hermano era banquero además de ser un cabronazo, ella llevaba sólo un año en Nueva York, vivía en un apartamento en el que pasaba un frío terrible, encima del estudio de Bleecker Street que le había dejado en herencia su padre, un ricachón… ah, y no hacía mucho que había roto con su novio, un escayolista rumano que no tenía tarjeta de residente, cuyo principal interés por ella, según descubrió, se debía a que ella sí era dueña de un pasaporte norteamericano gracias a su padre, nacido en Brooklyn.