– No. No suelo leer las cartas que están selladas y que no son para mí.
– Oh, sí, perdona, pero no lo decía por eso. Te lo preguntaba por si la abuela te habló alguna vez de ella.
– No. Descubrí su existencia cuando murió tu abuela y estaba ordenando sus documentos. Encontré el contrato de la caja. Como tengo poderes tuyos, pedí al banco que la abriesen y allí estaba la carta. No había nada más -respondió el abogado.
– ¿Te habló alguna vez la abuela acerca de la muerte de mis padres?
– No, nunca hablaba de ello. Tan sólo una vez le pregunté y me dijo que habían perecido en un accidente en Estados Unidos. Me imaginé que habría sido en un accidente de coche.
– ¿Te dijo exactamente dónde fue el accidente?
– Creo recordar que me habló de Aspen, en Colorado. Sí, era en Aspen, porque se mostró muy decidida a vender una propiedad que tenía tu familia allí. No quería regresar a aquella casa.
– ¿Podrías hacerme un favor personal sin que se entere Assal?
– Sí, por supuesto. ¿Qué necesitas de mí?
– ¿Podríamos conseguir el informe del accidente de mis padres?
– Me imagino que sí. Supongo que el Departamento de Policía de Aspen tendrá una copia. ¿Quieres que les llame por teléfono?
– Quiero que vayas tú personalmente. Es muy importante, pero ante todo no debes decir nada a Assal. No quiero preocuparla estúpidamente. Dile que tienes que arreglar unos documentos de la abuela en Londres o Ginebra. Ella se lo creerá.
– Vaya, aún no estoy casado y ya estoy mintiendo y engañando a mi futura esposa.
– Hazlo por mí y por mi abuela, por favor -le pidió Afdera, dándole un beso en la mejilla.
– ¿Por qué me dejaré siempre convencer por ti?
– ¿Tal vez porque soy igual que mi abuela?
– Con una Crescentia Brooks tenía ya más que suficiente -dijo Sampson.
Antes de que saliese de la Ca' d'Oro, Afdera sujetó por el brazo a Hamilton.
– He de pedirte que tengas cuidado y que no te fíes de nadie. No le digas a nadie, ni siquiera a tu secretaria, que vas a ir a Aspen. Prométemelo.
– Te lo prometo.
Ciudad del Vaticano
El teléfono sonó por la noche en la Secretaría de Estado. El funcionario de guardia respondió.
– Necesito hablar con monseñor Mahoney, es muy urgente -pidió el desconocido.
– ¿Con quién hablo? Debe decirme su nombre para anunciarle a monseñor Mahoney -solicitó el joven sacerdote. -No se preocupe por mi nombre. Sólo diga a monseñor que la llamada es desde Berna. Él sabrá de qué se trata. E1 joven sacerdote salió del despacho principal y corrió por los largos pasillos vaticanos, ante la mirada indiferente de dos miembros de la guardia Suiza que protegían la entrada al despacho del cardenal August Lienart.
Golpearon la puerta varias veces hasta que monseñor Mahoney consiguió encender la luz de la mesa de su despacho. Se había quedado dormido sobre ella.
– Sí, ¿quién es?
– Monseñor, tiene una extraña llamada, pero no han querido identificarse. No he podido pasársela porque daba señal de comunicando -dijo el sacerdote.
– Lo he dejado descolgado para poder descansar un poco. ¿No le dicho desde dónde llama?
– Creo que ha dicho que llamaba desde Suiza y que usted lo entendería.
– No se preocupe y páseme la llamada por la línea de seguridad de la Secretaría de Estado.
Unos minutos después, Mahoney escuchaba el saludo de los miembros del Círculo.
– Fructum pro fructo-dijo el padre Cornelius.
– Silentium pro silentio -respondió el obispo.
– Monseñor, el equipo que está llevando a cabo la traducción de ese libro hereje está a punto de finalizar su labor. Creo que si se llega a conocer todo el contenido, puede ser peligroso.
– Deje ese tipo de análisis para el gran maestre y para mí. Usted sólo recibe órdenes.
– Lo siento, monseñor. No era mi intención molestarle, pero al padre Alvarado y a mí nos preocupa que ese grupo de científicos esté demasiado cerca de la palabra del apóstol traidor.
– ¿Qué repercusión ha tenido la muerte de Hoffman?
– La policía de Berna está investigando. No saben si ha sido un accidente o un suicidio. Creo que se han inclinado por lo segundo.
– Lo que está claro es que no debemos mostrar nuestra presencia en Suiza. Hablaré con el gran maestre y le tendré al tanto de las órdenes. Por ahora, usted, el padre Pontius y el padre Alvarado no deben hacer ningún movimiento sin el permiso del gran maestre.
– Pero…
– Pero nada, padre Cornelius. No haga usted nada hasta nueva orden. Por cierto, ¿quién es el agente que lleva la investigación?
– El padre Alvarado ha descubierto que se trata de un tal inspector Grüber, de la División Criminal de la Staat Polizei de Berna. Es un policía a la antigua usanza, muy meticuloso en su trabajo, y eso puede resultar peligroso para nosotros -respondió el padre Eugenio Cornelius.
– Así son los suizos. Meticulosos. Por eso fabrican relojes y blanquean dinero negro en sus bancos -respondió monseñor Mahoney con sarcasmo.
– ¿Qué quiere que hagamos?
– Por ahora, como le he dicho, manténganse quietos hasta recibir nuevas instrucciones. Debo hablar antes con el gran maestre. Y ahora, padre Cornelius, fructum pro fructo.
– Silentium pro silentio, monseñor -respondió el asesino del Círculo Octogonus antes de colgar.
Para el obispo Emery Mahoney estaba claro que atacar un nuevo objetivo en Berna podía llegar a ser peligroso, y si ese Grüber era demasiado meticuloso, podría llegar a relacionar la muerte de Werner Hoffman con el Círculo.
Mahoney levantó el teléfono que tenía sobre su mesa y marcó el número directo de las estancias privadas del cardenal August Lienart. Una camarera contestó la llamada.
– Dependencias del secretario de Estado, ¿dígame?
– Buenas noches, necesito hablar con su eminencia el cardenal Lienart. Soy su secretario.
– No sé si su eminencia está ya durmiendo -respondió la camarera.
– Compruébelo. Es muy importante.
Mahoney sabía que el cardenal Lienart sufría de insomnio, por lo que generalmente no dormía más de tres horas al día, tal y como hacía el papa Juan XXIII.
– Dígame, monseñor Mahoney, ¿qué desea de mí a estas horas?
– Eminencia, sería necesario que me recibiese esta misma noche. Tal vez podríamos tener algún problema en Suiza.
– De acuerdo, venga usted en diez minutos. Le estaré esperando -ordenó Lienart.
Desde la residencia de Santa Marta, donde vivía Mahoney, al Palacio Apostólico, donde residía el secretario de Estado, había una distancia aproximada de cuatrocientos metros. Monseñor Mahoney prefirió acortar por la Via del Fondamento, rodeando la parte trasera de la basílica, hasta alcanzar la plaza de Santa Marta. Tras cruzar el puesto de seguridad de la Guardia Suiza, Mahoney entró en los llamados Aposentos Borgia y caminó a paso ligero por los largos pasillos de los palacios pontificios medievales hasta alcanzar el edificio que albergaba los apartamentos papales y las habitaciones destinadas al secretario de Estado.
Sentado en una pequeña mesa junto a la puerta de las estancias de Lienart se encontraba un guardia suizo bastante joven. Al divisar el color morado de los hábitos de Mahoney, el militar se puso en pie y saludó al recién llegado.
– ¡Monseñor…!
– Descanse, descanse -ordenó Mahoney al joven, al tiempo que entraba en las estancias de Lienart.
Tras atravesar el portón, el secretario observó que le estaba esperando ya la camarera vaticana, con quien había hablado minutos antes.
– Monseñor, su eminencia le está esperando -dijo haciendo una reverencia y besando su anillo episcopal.