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– Y finalmente -dijo la guía-, llegamos al pavimento donde puede verse el famoso laberinto de once circuitos. Finalizado en 1200, es el mayor de Europa. La pieza central original desapareció hace mucho tiempo, pero el resto está intacto. Para los cristianos de la Edad Media, el laberinto era la oportunidad de emprender un peregrinaje espiritual, en sustitución del auténtico viaje a Jerusalén. De ahí que los laberintos sobre pavimento, a diferencia de los que pueden verse en los muros de las iglesias y catedrales, reciban a menudo el nombre de chemin de Jérusalem, es decir, camino o senda de Jerusalén. Los peregrinos transitaban por los circuitos hacia el centro, algunos en repetidas ocasiones, como símbolo de una creciente comprensión o proximidad a Dios. A menudo los penitentes efectuaban el recorrido de rodillas, a veces a lo largo de varios días.

Alice se fue acercando a la parte de delante del grupo, con el corazón desbocado, comprendiendo sólo entonces que había estado posponiendo ese instante.

«Ahora es el momento.»

Hizo una profunda inspiración. La simetría quedaba alterada por las filas de sillas colocadas a ambos lados de la nave, delante del altar de vísperas. Aun así y pese a conocer las cifras por su investigación, Alice se quedó boquiabierta ante las dimensiones del laberinto, que dominaba casi por completo el suelo de la catedral.

Poco a poco, como todos los demás, empezó a recorrerlo, en círculos cada vez más estrechos, como en la torpe fila de un juego de niños, hasta llegar al centro.

No sintió nada. Ningún estremecimiento en la columna vertebral, ningún instante de revelación ni de transformación. Nada de nada. Se agachó y tocó el suelo. La piedra era lisa y fría, pero no le hablaba.

Alice esbozó una sonrisa burlona. «¿Qué esperabas?» Ni siquiera le hizo falta sacar el dibujo que había hecho del laberinto de la cueva para saber que allí no había nada para ella. Sin hacerse notar, Alice se separó del grupo.

Después del calor feroz del Mediodía, el tímido sol del norte era para ella un alivio, por lo que pasó la hora siguiente explorando el pintoresco centro histórico de la ciudad. En parte iba en busca de la esquina donde Grace y Audric Baillard habían posado delante de la cámara.

No parecía existir, o quizá estaba fuera del área cubierta por el plano. La mayoría de las calles debían su nombre a los artesanos que antaño tenían en ellas sus talleres: relojeros, curtidores, papeleros y encuadernadores, evocación de la importancia que había tenido Chartres como gran centro de la fabricación del papel y el arte de la encuadernación en Francia, durante los siglos xii y xiii. Pero no había ninguna Rue des Trois Degrés.

Finalmente, Alice volvió al punto de partida, frente a la fachada occidental de la catedral. Se sentó en un escalón y se apoyó en la baranda. De inmediato, su mirada se centró en la esquina de la calle que tenía justo enfrente. De un salto, fue corriendo a leer el cartel con el nombre de ésta: rue de l’étroit degré, díte aussi rue des trois degrés (des trois marches).

Le habían cambiado el nombre. Sonriendo para sus adentros, Alice dio un paso atrás para ver mejor y tropezó con un hombre que iba andando enfrascado en la lectura de un periódico.

– Pardon -dijo ella.

– No, perdóneme usted a mí -respondió él, en un inglés con agradable acento americano-. La culpa ha sido mía. No iba mirando por dónde caminaba. ¿No se ha hecho nada?

– No, estoy bien.

Para su asombro, él la estaba mirando fijamente.

– ¿Se le ofrece alguna…?

– Tú eres Alice, ¿verdad?

– Sí -repuso ella cautelosamente.

– ¡Alice, claro que sí! ¡Hola! -exclamó él, mientras se pasaba los dedos por la enmarañada mata de pelo castaño-. ¡Qué increíble!

– Lo siento, pero yo…

– William Franklin -dijo él, tendiéndole la mano-. Will. Nos conocimos en Londres, allá por el noventa y ocho o noventa y nueve. Éramos un grupo grande. Tú estabas saliendo con un tío… cómo se llamaba… Oliver, ¿no? Yo iba con un primo mío.

Alice tenía un vago recuerdo de un piso lleno de gente, con un montón de amigos de Oliver de la universidad. Casi le pareció recordar a un chico norteamericano guapo y atractivo, aunque por aquella época estaba total y arrebatadoramente enamorada y no prestaba atención a nadie más.

«¿Será este chico?»

– ¡Qué buena memoria tienes! -dijo ella, estrechándole la mano-. Eso fue hace mucho tiempo.

– No has cambiado mucho -repuso él, sonriendo-. ¿Qué tal está Oliver?

Alice hizo una mueca.

– Ya no seguimos juntos.

– Lo siento -dijo él, y tras una breve pausa, añadió-: ¿De quién es la foto?

Alice bajó la vista. Había olvidado que aún la tenía en la mano.

– De mi tía. La encontré entre sus cosas y, ya que estaba aquí, me propuse descubrir dónde fue tomada. -Sonrió-. Ha sido más difícil de lo que podrías imaginar.

Will miró por encima del hombro de ella.

– ¿Quién es él?

– Sólo un amigo. Un escritor.

Hubo otra pausa, como si los dos quisieran continuar la conversación, pero sin saber muy bien qué decir. Will volvió a mirar la foto.

– Es guapa.

– ¿Guapa? Yo la veo más bien resuelta y decidida, aunque no sé cómo era en realidad. No llegué a conocerla.

– ¿No? Entonces, ¿cómo es que tienes su foto?

Alice volvió a guardar la foto en el bolso.

– Es un poco complicado de explicar.

– No me importaría oírlo -sonrió él-. Oye… -dudó-, ¿te gustaría ir a tomar un café o algo? A menos que tengas que irte.

Sorprendida, Alice descubrió que ella estaba pensando lo mismo.

– ¿Sueles invitar a café a cualquier chica que te encuentras por la calle?

– Normalmente no -replicó él-. Lo importante ahora es saber si tú sueles aceptar las invitaciones.

Alice se sentía como si estuviera contemplando la escena desde arriba, mirando a un hombre y a una mujer que se parecía a ella, entrando en una antigua pastelería con tartas y bollos expuestos en largas vitrinas de cristal.

«No puedo creer que esté haciendo esto.»

Visiones, olores, sonidos. Los camareros yendo y viniendo entre las mesas, el aroma amargo del café, el silbido de la leche en la máquina, el tintineo de los cubiertos sobre los platillos, todo le parecía particularmente vivido, sobre todo el propio Wilclass="underline" su forma de sonreír, su manera de inclinar la cabeza o la costumbre de llevarse los dedos, mientras hablaba, a la cadena de plata que tenía al cuello.

Se sentaron a una de las mesas de la terraza. Sobre los tejados sólo se distinguía la aguja de la catedral. Una ligera turbación se apoderó de ambos cuando se sentaron. Los dos empezaron a hablar a la vez. Alice se echó a reír y Will se disculpó.

Con cautela, tentativamente, comenzaron a rellenar los huecos en la historia de sus vidas, desde la última vez que se habían visto, seis años antes.