– Ningún vasallo mío…
– ¿Niegas los ataques contra santos varones y clérigos que han quedado impunes? ¿Niegas las humillaciones sufridas por los hombres de la Iglesia? En tus tierras, los herejes practican abiertamente sus ritos. Tus aliados los protegen. Es bien sabido que el conde de Foix ofende las reliquias sagradas negándose a prosternarse delante de ellas y que su hermana se ha alejado hasta tal punto de la gracia divina que ha tenido a bien tomar los votos como parfaite en una ceremonia a la que el conde se ha dignado asistir.
– No puedo responder por el conde de Foix.
– Es tu vasallo y tu aliado -le rebatió Pedro-. ¿Por qué permites que prospere este estado de cosas?
Alaïs oyó que el vizconde inspiraba hondo.
– Señor, vos mismo estáis respondiendo a vuestra pregunta. Nosotros convivimos con aquellos que vos llamáis herejes. Hemos crecido juntos, algunos de ellos tienen nuestra misma sangre. Los parfaits han llevado vidas buenas y decentes, predicando a una masa de fieles cada vez mayor. ¡No podría expulsarlos, como no puedo evitar la diaria salida del sol!
Sus palabras no conmovieron a Pedro.
– Tu única esperanza es la reconciliación con la Santa Madre Iglesia. Eres igual en rango a cualquiera de los barones del norte que el abad trae consigo, y te tratarán como tal si demuestras propósito de enmienda. Pero si por un momento le das motivo para sospechar que tú también cultivas esas creencias heréticas, no ya por tus acciones sino por los sentimientos que alientan en tu corazón, te aplastará.
El rey suspiró.
– ¿Crees de verdad que puedes resistir, Trencavel? -prosiguió-. Tienen cien veces más hombres.
– Disponemos de mucha comida.
– Comida, sí, pero os falta agua. Habéis perdido el río.
Alaïs vio que su padre lanzaba una mirada al vizconde, claramente temeroso de que éste perdiera los estribos.
– No quisiera desafiaros ni dar la impresión de que desoigo vuestros buenos consejos, pero ¿no veis que vienen a luchar por nuestras tierras y no por nuestras almas? Esta guerra no se libra por la gloria de Dios, sino por la codicia de los hombres. El suyo es un ejército de ocupación, señor. Si le he fallado a la Iglesia, si acaso es que lo he hecho y con ello os he ofendido, os suplico que me perdonéis. Pero no debo obediencia alguna al conde de Nevers ni al abad de Cîteaux. Ellos no tienen ningún derecho, espiritual o temporal, sobre mis tierras. No traicionaré a mi gente, ni la echaré a los chacales franceses por una causa tan vil.
Alaïs sintió que el orgullo henchía su pecho. Por la expresión del rostro de su padre, supo que él sentía lo mismo. Por primera vez, el coraje y el espíritu de Trencavel parecieron conmover al rey.
– Son nobles palabras, Trencavel, pero ahora no te servirán de nada. En nombre de tu pueblo, al que amas, déjame al menos decirle al abad de Cîteaux que escucharás sus condiciones.
Trencavel se apartó, anduvo hasta la ventana, y habló entre dientes.
– ¿No tenemos suficiente agua para dar de beber a todos los que están en la Ciutat ?
El padre de Alaïs sacudió la cabeza.
– No, no tenemos.
Sólo las manos del vizconde, con los nudillos blancos sobre el alféizar de piedra, delataron lo mucho que le costó proferir las palabras que dijo a continuación.
– Sea. Oiré lo que el abad tenga que decirme.
Durante unos instantes, tras la partida de Pedro, Trencavel no dijo nada. Se quedó donde estaba, mirando cómo el sol se hundía en el horizonte. Finalmente, cuando se encendieron las velas, se sentó. Pelletier ordenó que subieran comida y bebida de las cocinas.
Alaïs no se atrevía a moverse, por temor a ser descubierta. Tenía agarrotados los brazos y las piernas. Las paredes parecían comprimirla, pero no podía hacer nada al respecto.
Detrás de las cortinas, veía a su padre yendo y viniendo por la habitación y de vez en cuando oía apagados retazos de conversación.
Era tarde cuando Pedro II regresó. Por la expresión de su rostro, Alaïs supo de inmediato que la misión había fracasado. Se sintió desfallecer. Era la última oportunidad de sacar la Trilogía de la Cité, antes de que comenzara el verdadero asedio.
– ¿Tenéis novedades? -preguntó Trencavel, incorporándose para recibirlo.
– Ninguna que me guste darte, Trencavel -replicó Pedro-. Incluso a mí me ofende repetir sus insultantes palabras.
El rey aceptó una copa de vino y la vació de un trago.
– El abad de Cîteaux está dispuesto a dejar que tú y otros doce hombres de tu elección abandonéis esta misma noche el castillo, sin ser molestados, llevando todo lo que podáis transportar.
Alaïs vio que el vizconde apretaba los puños.
– ¿Y Carcassona?
– La Ciutat y todo lo demás quedará en poder la Hueste. Después de Besièrs, los guerreros ansían tener su recompensa.
Una vez que hubo hablado, por un instante reinó el silencio.
Después, Trencavel dio finalmente rienda suelta a su ira y arrojó su copa, que fue a estrellarse contra la pared.
– ¿Cómo se atreve a insultarme así? -rugió-. ¿Cómo se atreve a insultar nuestro honor, nuestro orgullo? ¡No abandonaré a uno solo de mis súbditos a esos chacales franceses!
– Messer -murmuró Pelletier.
Trencavel se quedó inmóvil, con las manos en las caderas, respirando pesadamente e intentando controlar su ira. Después se volvió hacia el rey.
– Señor, os agradezco vuestra mediación y las molestias que os habéis tomado por nosotros. Sin embargo, si no queréis o no podéis luchar a nuestro lado, debemos separarnos. Tendréis que retiraros.
Pedro asintió, sabiendo que no había nada más que decir.
– Que Dios te acompañe, Trencavel -dijo tristemente.
Trencavel lo miró a los ojos.
– Sé que Él está conmigo -replicó desafiante.
Mientras Pelletier conducía al rey fuera de la torre, Alaïs aprovechó la ocasión para escabullirse.
La festividad de la Transfiguración de la Virgen pasó tranquilamente, con escasas novedades en uno u otro campo. Trencavel siguió enviando una lluvia de flechas y otros proyectiles a los cruzados, mientras los inexorables golpes de la catapulta respondían con rocas que caían atronando sobre las murallas. Morían hombres de ambos lados, pero muy escaso terreno se ganaba o se perdía.
El llano era un matadero, con cadáveres pudriéndose allí donde habían caído, hinchados por el calor y rodeados de enjambres de negras moscas. Buitres y gavilanes volaban en círculos sobre el campo de batalla, limpiando de carne los huesos.
El viernes siete de agosto, los cruzados lanzaron un ataque al suburbio meridional de Sant Miquel. Durante un momento, lograron ocupar la fosa al pie de la muralla, pero fueron repelidos por una lluvia de flechas y piedras. Tras varias horas de estancamiento, los franceses se retiraron ante la fiera resistencia de los asediados, entre los gritos triunfales de éstos.
Al alba del día siguiente, mientras el mundo reverberaba plateado a la luz del amanecer y una delicada neblina flotaba suavemente por las laderas donde más de un millar de cruzados miraban hacia Sant Miquel, se reanudó el asalto.
Celadas, escudos, picas y espadas relucían como los ojos de los guerreros a la luz del pálido sol. Cada hombre llevaba una cruz blanca prendida al pecho, sobre los colores de Nevers, Borgoña, Chartres o Champaña.
El vizconde Trencavel se había situado sobre las murallas de Sant Miquel, hombro con hombro con los suyos, dispuesto a repeler el ataque.
Los arqueros estaban listos, tensos los arcos. Debajo, la tropa de a pie empuñaba hachas, picas y espadas. A sus espaldas, seguros en el interior de la Cité hasta que fuera requerida su intervención, aguardaban los chavalièrs.