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– Tiene que decir las últimas palabras -urgió a Alaïs-. Ayudadlo.

– Paire, debéis…

El pesar le ahogó la voz.

– Por cada pecado… que he cometido… de palabra o de hecho -jadeó el senescal-… yo… pido perdón a Dios, a la Iglesia… y a todos los aquí presentes.

Con evidente alivio, el parfait impuso sus manos sobre la cabeza de Pelletier y le dio el beso de la paz. Alaïs contuvo el aliento. Una expresión de serenidad transformó el rostro de su padre, cuando la gracia del consolament descendió sobre él. Fue un momento de trascendencia, de comprensión. Su espíritu ya estaba listo para abandonar el cuerpo enfermo y el mundo que lo aprisionaba.

– Su alma está preparada -dijo el parfait.

Alaïs asintió con la cabeza. Se sentó en la cama, sosteniendo entre las suyas la mano de su padre. El vizconde Trencavel permanecía al otro lado del lecho. Pelletier estaba apenas consciente, aunque parecía sentir su presencia.

– Messer?

– Aquí estoy, Bertran.

– Carcassona no debe caer.

– Te doy mi palabra, en nombre del afecto y la lealtad que ha habido entre nosotros durante todos estos años, de que haré cuanto pueda

Pelletier intentó levantar la mano de la sábana.

– Ha sido un honor serviros.

Alaïs vio que los ojos del vizconde se llenaban de lágrimas.

– Soy yo quien debe agradecéroslo, mi viejo amigo.

Pelletier intentó levantar la cabeza.

– ¿Alaïs?

– Aquí estoy, padre -dijo ella en seguida. El color se había borrado del rostro de Pelletier Su piel colgaba en grises pliegues bajo sus ojos.

– Ningún hombre ha tenido jamás una hija como tú.

Pareció suspirar, mientras la vida abandonaba su cuerpo. Después, silencio.

Por un momento, Alaïs no se movió, ni respiró, ni reaccionó en modo alguno. Después sintió una pena salvaje creciendo en su interior, invadiéndola, adueñándose de ella, hasta hacerla estallar en agónico llanto.

CAPÍTULO 59

Un soldado apareció en la puerta; -Señor vizconde…

Trencavel se dio la vuelta.

– Un ladrón, messer. Robando agua de la Place du Plô.

El vizconde indicó con un gesto que iría.

– Dòmna, debo dejaros.

Alaïs asintió. Había llorado hasta agotarse.

– Mandaré que lo sepulten con el honor y el boato correspondientes a su rango. Ha sido un hombre valeroso, un leal consejero y un amigo fiel.

– Su Iglesia no lo requiere, messer. Su carne no es nada ahora que su espíritu la ha abandonado. Él preferiría que pensarais solamente en los vivos.

– Entonces consideradlo un acto de egoísmo por mi parte. Es mi deseo presentarle mis últimos respetos, movido por el gran efecto y la estima que sentía por vuestro padre. Ordenaré que trasladen su cuerpo a la capèla de Santa María.

– Se sentiría honrado por esa manifestación de vuestro afecto

– ¿Os envío a alguien para que os acompañe? De vuestro marido no puedo prescindir, pero puedo hacer que venga vuestra hermana. O mujeres, para que os ayuden a preparar el cuerpo.

Alaïs levantó de pronto la cabeza. Sólo entonces se dio cuenta de que ni una sola vez había pensado en Oriane. Incluso había olvidado anunciarle que su padre se había puesto enfermo.

«Ella no lo quería.»

Alaïs acalló su voz interna. Había faltado a su deber, tanto hacia su padre como hacia su hermana. Se puso de pie.

– Yo misma iré a ver a mi hermana, messer.

Hizo una reverencia cuando el vizconde salió de la habitación, y se volvió otra vez para mirar a su padre. No conseguía hacerse a la idea de separarse de él. Ella misma comenzó el proceso de preparación del cadáver. Ordenó que deshicieran la cama y volvieran a hacerla con sábanas limpias, enviando afuera las viejas, para que las quemaran. Después, con la ayuda de Rixenda, Alaïs preparó la mortaja y los ungüentos para el entierro. Lavó el cadáver con sus manos y lo peinó con cuidado, para que en la muerte tuviera el mismo aspecto del hombre que había sido en vida.

Se demoró un largo rato, contemplando la cara inexpresiva. «No puedes aplazarlo más.»

– Dile al vizconde que el cuerpo de mi padre está listo para ser trasladado a la capèla, Rixenda. Debo darle la noticia a mi hermana.

Guiranda estaba durmiendo en el suelo, a las puertas de la alcoba de Oriane.

Alaïs pasó por encima y probó el picaporte. Por una vez, la puerta no estaba atrancada. Oriane yacía sola en su cama, con las cortinas abiertas. Sus enmarañados rizos negros yacían dispersos sobre la almohada y su piel era de un blanco lechoso a la luz del amanecer. Alaïs se sorprendió de que fuera capaz de conciliar el sueño.

– ¡Hermana!

Con un sobresalto, Oriane abrió sus ojos verdes de gata, mientras su rostro manifestaba alarma primero y asombro después, antes de asumir su habitual expresión de desdén.

– Traigo malas noticias -dijo Alaïs. Su voz era fría, inerte.

– ¿Y no pueden esperar? Seguro que las campanas aún no han tocado prima.

– No, no pueden esperar. Nuestro padre… -se interrumpió.

«¿Cómo pueden ser ciertas esas palabras?»

Alaïs hizo una inspiración profunda para serenarse.

– Nuestro padre ha muerto.

El rostro de Oriane reflejó la conmoción antes de recuperar su expresión habitual.

– ¿Qué has dicho? -preguntó, estrechando los ojos.

– Nuestro padre ha fallecido esta mañana. Poco antes del amanecer.

– ¿Qué? ¿Cómo ha muerto?

– ¿Es todo lo que se te ocurre decir? -exclamó Alaïs.

Oriane saltó de la cama.

– Dime de qué ha muerto.

– Se ha puesto enfermo. Le ha sobrevenido repentinamente.

– ¿Estabas con él cuando falleció?

Alaïs asintió.

– ¿Y aun así no te ha parecido oportuno llamarme? -dijo Oriane furiosa.

– Lo siento -murmuró Alaïs-. Ha sido todo tan rápido. Sé muy bien que debí…

– ¿Quién más estaba presente?

– Nuestro señor el vizconde y…

Oriane advirtió su vacilación.

– ¿No me dirás que nuestro padre no ha confesado sus pecados ni ha recibido los últimos sacramentos? -preguntó-. ¿Ha muerto en el seno de la Iglesia?

– Nuestro padre ha muerto en la gracia de Dios -replicó Alaïs, escogiendo con cuidado las palabras-, en paz con el Señor.

«Lo ha adivinado.»

– ¿Qué importancia tiene eso ahora? -exclamó, abrumada por la impavidez con que su hermana recibía la noticia-. ¡Ha muerto! ¿Acaso no significa eso nada para ti?

– Has faltado a tu deber, hermana -dijo Oriane, acusándola con el dedo-. Al ser yo la mayor, tenía más derecho que tú a estar ahí. Yo hubiese debido estar presente. Si además descubriera que has permitido a unos herejes inmiscuirse, mientras él yacía agonizando, entonces no dudes ni por un momento que lo lamentarás.

– ¿No sientes haberlo perdido? ¿No sufres?

Alaïs pudo ver la respuesta en el rostro de Oriane.

– Su muerte no me apena más de lo que me apenaría la de un perro en la calle. Él no me quería. Hace muchos años que no me permito sufrir por eso. ¿Por qué iba a lamentarlo ahora? -Dio un paso hacia Alaïs-. Él te quería a ti. Se veía reflejado en ti. -Esbozó una sonrisa desagradable-. Era en ti en quien confiaba. Contigo compartía sus secretos más íntimos.

Incluso en su estado de helada conmoción, Alaïs sintió que se ruborizaba.

– ¿A qué te refieres? -preguntó, temiendo la respuesta.

– Sabes perfectamente a qué me refiero -contestó su hermana-. ¿De verdad crees que no sé nada de vuestras conversaciones de medianoche? -Se acercó un paso más-. Tu vida va a cambiar mucho, hermanita, ahora que no está él para protegerte. Llevas demasiado tiempo haciéndolo todo a tu manera.