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Evreux levantó un brazo.

– Podría sacaros la información a golpes. Más os vale hablar de una vez y ahorrarnos tiempo a los dos.

Oriane le sostuvo la mirada.

– A golpes sólo averiguaríais una parte de lo que puedo deciros -replicó ella, manteniendo la voz tan firme como pudo-. Habéis invertido mucho en la búsqueda de la Trilogía del Laberinto. Yo puedo daros lo que deseáis.

Evreux se la quedó mirando fijamente durante un momento y bajó el brazo.

– Tenéis valor, madame Oriane, lo reconozco. Queda por ver si además tenéis sabiduría.

Chasqueó los dedos y entró un criado con vino en una bandeja. A Oriane le temblaban demasiado las manos como para arriesgarse a coger una copa.

– No, gracias, señor.

– Como queráis -dijo él, indicándole que se sentara-. ¿Qué pedís a cambio, madame?

– Si os entrego lo que buscáis, quiero que me llevéis al norte con vos cuando regreséis -Por la expresión de la cara de Evreux, Oriane comprendió que finalmente había logrado sorprenderlo-. Como vuestra esposa.

– Ya tenéis marido -dijo Evreux, mirando por encima de su cabeza a François para confirmarlo-. El escribano de Trencavel, por lo que he oído ¿No es así?

Oriane le sostuvo la mirada.

– Siento decir que mi marido ha muerto. Fue alcanzado por un proyectil, dentro del recinto amurallado, mientras cumplía con su deber.

– Mis condolencias por vuestra pérdida. -Evreux unió sus dedos largos y delgados apoyando las yemas unas contra otras, a modo de tienda-. Este asedio podría durar años. ¿Por qué estáis tan segura de que pienso regresar al norte?

– Según creo, señor -respondió ella, escogiendo sus palabras con esmero-, vuestra presencia aquí no obedece más que a un propósito. Si con mi ayuda lográis concluir rápidamente lo que habéis venido a hacer al sur, no veo razón para que prolonguéis vuestra estancia más allá de los cuarenta días comprometidos.

Evreux le sonrió con los labios apretados.

– ¿No tenéis confianza en la capacidad persuasiva de vuestro señor, el vizconde Trencavel?

– Con todos los respetos que me merecen aquellos bajo cuyos estandartes guerreáis, señor mío, no creo que el noble abad tenga intención de poner fin a esta campaña por la vía diplomática.

Evreux siguió mirándola. Oriane contuvo el aliento.

– Jugáis bien vuestras cartas, madame Oriane -dijo finalmente

Ella inclinó levemente la cabeza, pero no habló. Él se incorporó y avanzó hacia ella.

– Acepto vuestra proposición -le dijo, tendiéndole una copa.

Esta vez, Oriane aceptó.

– Hay algo más, señor -dijo ella-. En la comitiva del vizconde Trencavel hay un chavalièr, Guilhelm du Mas. Es el marido de mi hermana. Sería aconsejable, si está en vuestro poder, tomar medidas para limitar su influencia

– ¿De forma permanente?

Oriane sacudió la cabeza

– Aún puede resultar útil para nuestros planes, pero sería conveniente reducir su influencia. El vizconde Trencavel lo tiene en muy alta estima, y ahora que mi padre ha muerto…

Evreux hizo un gesto afirmativo y despidió a François.

– Y ahora, madame Oriane -añadió en cuanto estuvieron a solas-, basta de equívocos. Decidme lo que tenéis para ofrecer.

CAPITULO 62

Alaïs, Alaïs, despertad!

Alguien la estaba sacudiendo por los hombros. No podía ser. En ese momento estaba sentada a orillas del río, en la apacible luz tamizada de su claro en el bosque. Sentía el agua fresca lamiéndole los dedos de los pies y el tacto suave del sol acariciándole las mejillas. Sobre la lengua percibía el sabor intenso del vino de Corbières y en la nariz notaba el aroma embriagador del tibio pan blanco que se estaba llevando a la boca.

Junto a ella estaba Guilhelm, que se había quedado dormido sobre la hierba.

¡Era tan verde el mundo y tan azul el cielo!

Se despertó sobresaltada y se encontró en la húmeda penumbra de los túneles. Sajhë estaba de pie a su lado.

– ¡Tenéis que despertaros, dòmna!

Alaïs logró incorporarse y sentarse.

– ¿Qué pasa? ¿Cómo está Esclarmonda?

– El vizconde Trencavel ha sido hecho prisionero.

– ¿Prisionero? -se sorprendió ella diciendo-. ¿Cómo? ¿Por quién?

– Dicen que ha sido a traición. Dicen que los franceses lo llevaron con engaños a su campamento y lo redujeron por la fuerza. Otros afirman que se entregó por su propia voluntad, para salvar la Ciutat , y que…

Sajhë se interrumpió. Incluso en la semioscuridad, Alaïs vio que al chico se le encendían las mejillas.

– ¿Y qué más?

– Dicen que dòmna Oriane y el chavalièr Du Mas estaban con el vizconde. -Vaciló un momento-. Tampoco ellos han regresado.

Alaïs se puso de pie. Miró a Esclarmonda, que estaba durmiendo plácidamente.

– Está descansando. Estará bien aunque nos marchemos un momento. Ven. Tenemos que averiguar lo que ha sucedido

Corrieron rápidamente por el túnel y treparon por la escalerilla. Alaïs abrió de un golpe la trampilla e izó a Sajhë tras ella.

Fuera, las calles estaban atestadas, llenas de una muchedumbre asustada que se movía sin rumbo en todas direcciones.

– ¿Puede decirme qué está pasando? -le gritó Alaïs a un hombre que pasó corriendo.

El hombre sacudió la cabeza y prosiguió su carrera. Sajhë cogió a Alaïs de la mano y la arrastró hasta una casita del otro lado de la calle.

– Gastón lo sabrá.

Alaïs lo siguió. Gastón y su hermano Pons se levantaron de sus asientos cuando ellos entraron.

– Dòmna!

– ¿Es verdad que el vizconde ha sido capturado? -preguntó ella.

Gastón asintió con la cabeza.

– Ayer por la mañana el conde de Auxerre vino a proponer un encuentro entre el vizconde Trencavel y el conde de Nevers, en presencia del abad. El vizconde acudió acompañado de una pequeña comitiva, entre ellos vuestra hermana. En cuanto a lo sucedido después de eso, dòmna Alaïs, nadie lo sabe. O bien nuestro señor Trencavel se entregó por propia voluntad a cambio de nuestra libertad, o bien fue traicionado.

– No ha regresado nadie -añadió Pons.

– En cualquier caso, no habrá lucha -prosiguió Gastón serenamente-. La guarnición se ha rendido. Los franceses ya han tomado posesión de las principales puertas y torres.

– ¿Qué? -exclamó Alaïs, mirando con incredulidad una a una todas las caras-. ¿Cuáles son los términos de la rendición?

– Que todos los ciudadanos, ya sean cátaros, judíos o católicos, puedan abandonar Carcassona sin temer por sus vidas, llevándose únicamente lo puesto.

– ¿No habrá interrogatorios? ¿Ni hogueras?

– Parece ser que no. Toda la población será deportada, pero no nos harán daño.

Alaïs se hundió en una silla, antes de que le fallaran las piernas.

– ¿Y qué será de dòmna Agnès?

– Ella y el joven príncipe quedarán bajo la custodia del conde de Foix, siempre que ella renuncie a todo derecho de sucesión en nombre de su hijo. -Gastón se aclaró la garganta-. Siento mucho la pérdida de vuestro marido y de vuestra hermana, dòmna Alaïs.

– ¿Alguien sabe qué suerte han corrido nuestros hombres?

Pons sacudió la cabeza.

– ¿Será una estratagema? ¿Qué creéis? -dijo ella en tono valeroso.

– No hay modo de saberlo, dòmna. Sólo cuando comience el éxodo se verá si los franceses cumplen con su palabra -contestó éste.

– Tendremos que salir todos por la misma puerta, la puerta de Aude, al oeste de la Cité, cuando las campanas toquen al anochecer -añadió Gastón.

– Entonces todo ha terminado -dijo ella, casi en un susurro-. La Ciutat ha caído.