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– Dicen que el vizconde Trencavel te prefiere a ti por encima de todos sus chavalièrs -prosiguió ella.

Guilhelm ya no podía distinguir una palabra de otra. Su sangre palpitaba con demasiado estruendo, con demasiada fuerza en su cabeza, sofocando cualquier otro sonido o sensación.

La tumbó en el suelo.

– Cuéntame lo que pasó entre el vizconde y su tío -le murmuró ella al oído-. Dime lo que sucedió en Besièrs.

Guilhelm se quedó sin aliento cuando ella enredó sus piernas en torno a las de él y lo atrajo hacia sí.

– Dime cómo cambió vuestra suerte -insistió Oriane.

– No puedo contar nada de eso a nadie -jadeó él, consciente únicamente de los movimientos del cuerpo de ella debajo del suyo.

Oriane le mordió el labio.

– A mí sí puedes contármelo.

Él gritó su nombre, sin importarle ya quién pudiera estar escuchando o espiando. No vio la expresión de satisfacción en los ojos verdes de Oriane, ni los rastros de sangre (de su propia sangre) en sus labios.

Pelletier miró a su alrededor, disgustado al notar la ausencia de Oriane y de Alaïs en la mesa de la cena.

Pese a los preparativos de guerra que se desarrollaban alrededor, había un aire de celebración en la Gran Sala, porque el vizconde Trencavel y su comitiva habían regresado sanos y salvos.

La reunión con los cónsules había ido bien. Pelletier estaba seguro de que reunirían los fondos necesarios. Hora tras hora llegaban mensajeros de los castillos más próximos a Carcasona. Hasta entonces, ningún vasallo había rehusado prestar ayuda enviando hombres o dinero.

En cuanto el vizconde Trencavel y dòmna Agnès se hubieron retirado, Pelletier se excusó y salió a tomar el aire. Una vez más, la indecisión era una pesada carga sobre sus hombros.

«Tu hermano te aguarda en Besièrs; tu hermana, en Carcassona.» El destino le había devuelto a Simeón y el segundo libro mucho antes de lo que hubiese creído posible. Ahora, si las sospechas de Alaïs eran correctas, el tercer libro también podía estar cerca.

La mano de Pelletier se deslizó hacia el libro de Simeón, que llevaba siempre junto al corazón.

Alaïs se despertó con el estruendoso golpeteo de un postigo contra la pared. Se incorporó sobresaltada, con el corazón desbocado. En su sueño se había visto de vuelta en el bosque de las afueras de Coursan, con las manos atadas e intentando quitarse la capucha de hilo basto.

Cogió una de las almohadas, todavía tibia de sueño, y la apretó contra su pecho. El aroma de Guilhelm todavía flotaba en la cama, aunque hacía más de una semana que su marido no apoyaba su cabeza junto a la suya.

Hubo otro estruendo, cuando el postigo volvió a golpear contra el muro. Un viento tormentoso silbaba entre las torres y barría la superficie del tejado. Lo último que recordaba era haberle pedido a Rixenda que le trajera algo de comer.

Rixenda llamó a la puerta y entró tímidamente en la habitación.

– Perdonadme, dòmna, yo no quería despertaros, pero él insistió.

– ¿Guilhelm? -preguntó ella ansiosamente.

Rixenda sacudió la cabeza.

– Vuestro padre. Quiere que os reunáis con él en la puerta del este.

– ¿Ahora? Pero ¡si debe de ser pasada la medianoche!

– Aún no, dòmna.

– ¿Por qué te ha enviado a ti y no a François?

– No lo sé, dòmna.

Tras pedirle a Rixenda que se quedara a vigilar sus aposentos, Alaïs se echó la capa sobre los hombros y bajó apresuradamente la escalera. Los truenos resonaban aún sobre las montañas cuando atravesó corriendo la plaza para reunirse con su padre.

– ¿Adonde vamos? -gritó, para hacerse oír por encima del ruido del viento, mientras salían a toda prisa por la puerta del este.

– A Sant Nazari -dijo-, al lugar donde está oculto el Libro de las palabras.

Oriane yacía en su cama, perezosa como una gata, escuchando el viento. Guiranda había hecho un buen trabajo, tanto devolviendo el orden a la habitación como describiendo los daños causados por su marido. ¿Qué podía haberle provocado ese acceso de ira? Oriane no lo sabía, ni le importaba.

Todos los hombres, ya fueran cortesanos, escribanos, caballeros o sacerdotes, eran iguales bajo la piel. Por mucho que hablaran de honor, su determinación era quebradiza como las ramitas de los árboles en invierno. La primera traición era la más difícil. A partir de ahí, nunca dejaba de asombrarla la celeridad con que los secretos manaban de sus labios desleales, ni la forma en que sus acciones contrariaban todo aquello que decían amar.

Había averiguado más de lo que esperaba. Irónicamente, Guilhelm ni siquiera sospechaba la importancia de lo que le había revelado esa noche. Desde un principio, Oriane sospechaba que Alaïs había ido a Béziers a buscar a su padre. Ahora sabía que estaba en lo cierto. También sabía parte de lo que había pasado entre ellos la noche antes de la partida de su padre.

Oriane se había interesado por la recuperación de Alaïs únicamente con la esperanza de engatusar a su hermana para que traicionara la confianza de su padre, pero no le había dado resultado. Lo único digno de atención había sido la inquietud de Alaïs ante la desaparición de una tabla de madera, que al parecer guardaba en su alcoba. La había mencionado en sueños, mientras se movía y daba vueltas. Pero hasta entonces, pese a sus esfuerzos, todos los intentos de conseguir la tabla habían fracasado.

Oriane estiró los brazos por encima de su cabeza. Ni en sus sueños más alocados habría podido imaginar que su padre poseía algo de tanto poder e influencia que había hombres dispuestos a pagar el rescate de un rey con tal de conseguirlo. Sólo debía tener paciencia.

Después de lo que le había dicho Guilhelm esa noche, se daba cuenta de que la tabla era menos importante de lo que creía. Si hubiese tenido más tiempo, le habría sonsacado el nombre de la persona a quien su padre había visitado en Béziers. Si es que lo sabía.

Oriane se incorporó en la cama. ¡François tenía que saberlo! Llamó con unas palmadas.

– Llévale esto a François -le dijo a Guiranda-. ¡Que nadie te vea!

CAPÍTULO 38

Había caído la noche sobre el campamento de los cruzados.

Guy d’Evreux se limpió las manos grasientas en el paño que un nervioso criado le estaba tendiendo. Vació la copa y miró en dirección al abad de Cîteaux, sentado en la cabecera, para ver si ya podía levantarse de la mesa.

Aún no.

Altanero y arrogante con sus hábitos blancos, el abad se había situado entre el duque de Borgoña y el conde de Nevers. Las constantes maniobras por el lugar que ocupaban los dos caballeros y sus seguidores habían empezado antes incluso de que la Hueste partiera de Lyon.

Por la vidriosa expresión que congelaba los rostros, era evidente que Arnald-Amalric los estaba sermoneando una vez más: herejía, las llamas del infierno, los peligros de la lengua vernácula y todos los temas con los que era capaz de abrumar a una audiencia durante horas.

Evreux no sentía el menor respeto por ninguno de los dos. Consideraba patéticas sus ambiciones: unas pocas monedas de oro, vino, mujerzuelas, unos cuantos combates y vuelta a casa cargados de gloria, después de sus cuarenta días de servicio a su señor. Sólo Montfort, sentado un poco más allá, parecía prestar atención. Sus ojos resplandecían con un ardor desagradable, únicamente comparable al fanatismo del abad.

Evreux sólo conocía a Montfort de oídas, aunque los dominios de ambos se encontraban muy próximos entre sí. Evreux había heredado unas tierras al norte de Chartres, donde abundaba la caza. Gracias a una serie de matrimonios de conveniencia y a una estricta política impositiva, su familia había incrementado de forma considerable su fortuna en los últimos cincuenta años. No tenía hermanos que le disputaran el título, ni deudas dignas de mención.