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– Nos trasladamos hace un par de años. Mi marido es francés. Muchísimos ingleses se están instalando aquí, en el sur, y necesitan notarios que los ayuden, de modo que nos está yendo bastante bien.

Karen la condujo hasta un pequeño despacho, al fondo del edificio.

– Es fantástico que haya podido venir personalmente -dijo, indicándole a Alice una silla para que se sentara-. Pensaba que íbamos a arreglar la mayoría de los asuntos por teléfono.

– Todo ha sido muy oportuno. Poco después de recibir su carta, una amiga que está trabajando en las afueras de Foix me invitó para que viniera a visitarla. Me pareció una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. -Hizo una pausa-. Además, teniendo en cuenta la importancia y la naturaleza de la herencia, consideré que venir personalmente era lo menos que podía hacer.

Karen sonrió.

– Bien. Su presencia me facilita mucho las cosas, y hará que los trámites sean más rápidos -dijo, tendiéndole una carpeta marrón-. Por lo que me dijo por teléfono, creo que no conocía mucho a su tía.

Alice hizo una mueca.

– De hecho, nunca la había oído nombrar. No sabía que mi padre tuviera parientes vivos, y menos aún una media hermana. Tenía entendido que mis padres eran hijos únicos. A mi casa nunca venía ningún tío de visita para las Navidades o los cumpleaños.

Karen echó un vistazo a las notas que tenía sobre la mesa.

– Veo que perdió a sus padres hace ya cierto tiempo.

– Murieron en accidente de tráfico cuando yo tenía dieciocho años -dijo ella-. En mayo de 1993. Poco antes de mi examen final de bachillerato.

– Debió de ser terrible para usted.

Alice asintió. ¿Qué más hubiese podido añadir?

– ¿No tiene hermanos?

– Supongo que mis padres lo aplazaron demasiado. Cuando yo nací, ya eran relativamente mayores. Tenían más de cuarenta.

Karen hizo un gesto afirmativo.

– Bien, dadas las circunstancias, creo que lo mejor será que pasemos directamente a la documentación que obra en mi poder, en relación con la finca de su tía y las cláusulas de su testamento. Cuando hayamos terminado, podrá ir a ver la casa, si así le parece. Está en un pueblecito, a una hora de viaje por carretera, aproximadamente. Se llama Sallèles d’Aude.

– Suena bien.

– Vamos a ver, aquí lo tengo -prosiguió Karen, apoyando una mano sobre la carpeta-. Son unos datos bastante escuetos: nombres, fechas y poco más. Seguramente, cuando visite la casa, se hará una idea más clara de cómo era ella, repasando sus papeles y efectos personales. Una vez que haya estado allí, podrá decidir si quiere que nos ocupemos de vaciar la casa o si prefiere hacerlo usted misma. ¿Cuánto tiempo se quedará?

– En principio, hasta el domingo, pero estoy pensando en prolongar mi estancia. No hay nada desesperadamente urgente que tenga que hacer en casa.

Karen asintió, mientras repasaba sus notas.

– Bien, empecemos. Grace Alice Tanner era hermanastra de su padre. Nació en Londres en 1912, y era la menor y única superviviente de cinco hijos. Había otras dos chicas que murieron siendo niñas y dos chicos que cayeron en combate durante la primera guerra mundial. La madre falleció en… -hizo una pausa, recorriendo la página con un dedo, hasta encontrar la fecha que buscaba-… 1928, tras una larga enfermedad, y la familia se deshizo. Para entonces, Grace se había marchado de casa. El padre se fue a vivir a otro sitio y se casó en segundas nupcias. De ese segundo matrimonio nació su padre, al año siguiente. A partir de entonces, por lo que se desprende de los documentos, no parece que la señorita Tanner y su padre (es decir el abuelo de usted) tuvieran mucho contacto, si es que tuvieron alguno.

– Yo no sabía nada, pero ¿cree usted que mi padre estaba al corriente de que tenía una hermanastra?

– No lo sé. Diría que no.

– Sin embargo, es obvio que Grace sí sabía de su existencia.

– Así es, aunque tampoco puedo decirle cómo ni cuándo lo averiguó. Lo importante es que ella sabía de usted. En 1993, tras el mortal accidente de sus padres, revisó su testamento y la nombró única heredera. Para entonces, llevaba cierto tiempo viviendo en Francia.

Alice frunció el entrecejo

– Si sabía de mi existencia y estaba al corriente de lo sucedido, ¿por qué no se puso en contacto conmigo?

Karen se encogió de hombros.

– Quizá pensara que no iba a ser bien recibida. Puesto que no sabemos lo que causó la ruptura de la familia, cabe la posibilidad de que pensara que su padre podía estar prejuiciado contra ella. En casos como éste, no es raro suponer (a veces con razón) que cualquier intento de acercamiento será rechazado. Cuando se interrumpe el contacto, es difícil reparar los daños.

– No fue usted quien preparó el testamento, ¿verdad?

Karen sonrió.

– No, es muy anterior a mi época. Pero he hablado con el colega que lo hizo. Ahora está jubilado, pero recuerda a su tía. Era una mujer muy práctica, poco dada al sentimentalismo y las efusiones. Sabía exactamente lo que quería: dejárselo todo a usted.

– ¿Tiene una idea del motivo que la trajo a vivir aquí?

– No, lo siento. -Hizo una pausa-. Pero en lo que a nosotros respecta, todo resulta relativamente sencillo. Así que, como ya le he dicho, lo mejor que puede hacer es ir a la casa y mirar un poco. Quizá de ese modo averigüe algo más sobre ella. Puesto que piensa quedarse unos días más, podemos volver a vernos más adelante, esta misma semana. Mañana y el viernes estaré en los tribunales, pero puedo recibirla el sábado por la mañana, si le va bien. -Se puso de pie y le tendió la mano-. Déjele un mensaje a mi secretaria cuando lo haya decidido

– Me gustaría visitar su tumba, ya que estoy aquí.

– Desde luego. Le conseguiré los datos. Si no recuerdo mal, había algo inusual.

Al salir, Karen se detuvo delante de la mesa de su secretaria.

– Dominique -le dijo-, ¿puedes buscarme el número de la parcela de cementerio de madame Tanner? En el cementerio de la Cité… Gracias.

– ¿Inusual? ¿En qué sentido? -preguntó Alice.

– Madame Tanner no fue sepultada en Sallèles d Aude, sino aquí, en Carcasona, en el cementerio que hay al pie de las murallas, en el panteón familiar de una amiga.

Karen cogió la información impresa que le tendía su secretaria, y repasó los datos.

– ¡Ah, sí! Ahora lo recuerdo: Jeanne Giraud, de Carcasona. Pero al parecer, las dos mujeres ni siquiera se conocían. También encontrará la dirección de madame Giraud junto a los datos de la parcela.

– Gracias. Ya la llamaré.

– Dominique le enseñará el camino -sonrió la notaría-. Manténgame al corriente.

CAPÍTULO 40

Ariège

Paul Authié esperaba que Marie-Cécile aprovechara el viaje al Ariège para continuar la conversación de la noche anterior o para interrogarlo acerca del informe. Pero al margen de algún comentario ocasional, no dijo nada.

En el reducido espacio del coche, era físicamente consciente de ella. Su perfume, el aroma de su piel, le invadía la nariz. Ese día llevaba una blusa tostada sin mangas y pantalones a juego. Unas gafas de sol ocultaban sus ojos, y sus labios y uñas lucían el mismo color rojo quemado.

Authié se arregló los puños de la camisa, lanzando una mirada discreta al reloj. Calculando un par de horas en el yacimiento y el tiempo del viaje de vuelta, era poco probable que estuvieran de regreso en Carcasona mucho antes del crepúsculo. Resultaba irritante.

– ¿Alguna novedad de O’Donnell? -preguntó ella.

Authié se sorprendió al oír sus pensamientos enunciados en voz alta.

– De momento, nada.

– ¿Y el policía? -dijo ella, volviéndose para mirarlo.

– Ha dejado de ser un problema.

– ¿Desde cuándo?

– Desde esta mañana a primera hora