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– El inspector Noubel me preguntó por el anillo. Quería saber si yo había hablado con Yves el lunes.

– ¿Qué le respondiste?

– La verdad. Que no había hablado con él.

Audric lanzó un suspiro de alivio.

– Pero tú crees que a Yves le estaban pagando para que pasara información, ¿no es así, Audric? -dijo ella con voz vacilante, pero firme-. Dímelo. Prefiero oír la verdad.

Él hizo un amplio gesto con las manos.

– ¿Cómo voy a decirte la verdad, si no la conozco?

– Entonces dime lo que sospechas. No saber lo que está pasando… -se le quebró la voz- es lo peor que hay.

Baillard imaginó el momento en que el peñasco caía sobre la entrada de la cueva, atrapándolos a ambos dentro. No saber lo que le estaba pasando a ella. El rugido de las llamas, los soldados gritando mientras ellos corrían. No saber si ella estaba viva o muerta.

– Es vertat -dijo él suavemente-. Lo más insoportable es no saber.

Suspiró una vez más.

– Muy bien -prosiguió-. Es cierto. Creo que a Yves le estaban pagando por pasar información, más que nada sobre la Trilogía, pero probablemente también sobre otras cosas. Supongo que al principio le debió de parecer inofensivo (una llamada telefónica aquí o allá, detalles sobre quién pudiera ser una persona o con quién podría hablar), pero sospecho que pronto empezaron a pedirle más de lo que estaba dispuesto a dar.

– ¿Dices que empezaron? ¿Quiénes? ¿Sabes quiénes son los responsables?

– Nada más que especulaciones -respondió él rápidamente-. Quién fuera no supone mucho cambio, Jeanne. Superficialmente, parecemos diferentes. Avanzamos, desarrollamos nuevas reglas y alcanzamos nuevos niveles de vida. Cada generación reafirma los valores modernos y desdeña los antiguos, orgullosa de su sofisticación y su sabiduría. En apariencia, tenemos poco en común con los que nos precedieron. Pero debajo de este envoltorio de carne -dijo golpeándose el pecho-, el corazón humano palpita igual que siempre. La codicia, las ansias de poder y el miedo a la muerte son emociones que no cambian. Tampoco cambian -añadió en un tono más suave- las cosas buenas de la vida. El amor, el coraje, la voluntad de dar la vida por aquello en lo que crees, la bondad…

– ¿Terminará alguna vez?

Baillard vaciló.

– Rezo para que así sea.

Sobre sus cabezas, el reloj marcaba el paso del tiempo. En el extremo más apartado del pasillo se oyeron brevemente voces apagadas, pasos y el chirrido de unas suelas de goma sobre el suelo embaldosado, que no tardó en desaparecer.

– ¿No vas a decírselo a la policía? -dijo finalmente Jeanne.

– No me parece oportuno.

– ¿No confías en el inspector Noubel?

– Benlèu. Quizá. ¿Te devolvió la policía los efectos personales de Yves? ¿La ropa que llevaba puesta cuando lo ingresaron, el contenido de sus bolsillos?

– Su ropa estaba… irrecuperable. El inspector Noubel me ha dicho que no había nada en sus bolsillos, excepto la cartera y las llaves.

– ¿Nada en absoluto? ¿No llevaba el carné de identidad, papeles, un teléfono? ¿No le pareció raro?

– No dijo nada -replicó ella.

– ¿Y su apartamento? ¿Encontraron algo allí? ¿Papeles?

Jeanne se encogió de hombros.

– No lo sé. -Hizo una pausa-. Le pedí a uno de sus amigos que me hiciera una lista de las personas que estaban en el yacimiento el lunes por la tarde -añadió, entregándole a Baillard un papel con los nombres garabateados-. No es completa.

Él bajó la vista.

– ¿Y esto? -preguntó, señalando el nombre de un hotel.

Jeanne miró.

– Querías saber dónde se alojaba la inglesa -respondió-. Ésta es la dirección que le ha dado al inspector.

– Alice Tanner -murmuró él entre dientes. Después de tanto tiempo, había venido-. Entonces le enviaré allí mi carta.

– Yo misma podría echarla al correo cuando volvamos a casa.

– No -dijo él secamente. Jeanne alzó la mirada, sorprendida-. Discúlpame -se apresuró a añadir él-. Eres muy amable, pero… No creo que sea juicioso que vuelvas a casa. Al menos de momento.

– ¿Por qué no?

– No les llevará mucho tiempo descubrir que Yves te mandó el anillo, si no lo saben ya. Quédate en casa de algún amigo, te lo ruego. Sal de la ciudad, vete a cualquier parte con Claudette. Aquí no estás a salvo.

Para su asombro, no se lo discutió.

– Desde que llegaste, te has estado comportando como si te persiguieran.

Baillard sonrió. Creía haber disimulado bien su nerviosismo.

– ¿Y tú, Audric?

– Para mí es diferente -contestó él-. Llevo esperando esto desde… desde hace más tiempo del que puedo decir, Jeanne. Será lo que tenga que ser, para bien o para mal.

Durante un momento, Jeanne no dijo nada.

– ¿Quién es, Audric? -preguntó luego con voz suave-. ¿Quién es esa chica inglesa? ¿Por qué es tan importante para ti?

Él sonrió, pero no podía responder.

– ¿Adonde irás ahora? -añadió ella a continuación.

Baillard contuvo el aliento. Una imagen de su pueblo, como había sido entonces, le vino a la mente.

– A l’ostal -replicó suavemente-. Volveré a casa. Perfin. Por fin.

CAPÍTULO 41

Shelagh se había habituado a la oscuridad. La tenían encerrada en un establo o algún tipo de corral para animales. Había un hedor acre y penetrante a excrementos, orina y paja, mezclado con un olor nauseabundo a carne rancia. Un haz de luz blanca se colaba bajo la puerta, pero Shelagh no distinguía si era el final de la tarde o el amanecer. Ni siquiera sabía con certeza en qué día estaba.

La cuerda en torno a las piernas le rozaba e irritaba la piel abierta y lacerada de los tobillos. Tenía las muñecas atadas, unidas a su vez a una de las muchas argollas de metal que colgaban de las paredes.

Cambió de postura, buscando estar más cómoda. Tenía insectos caminándole por la cara y las manos. Estaba cubierta de picaduras. Le dolían las muñecas por la rozadura de la cuerda y sentía los hombros agarrotados, después de tanto tiempo con las manos atadas a la espalda. Ratones o ratas correteaban entre la paja, en las esquinas del corral, pero se había acostumbrado a su presencia, del mismo modo que había dejado de sentir el dolor.

¡Ojalá hubiese llamado a Alice! Otro error. Se preguntó si Alice seguiría intentándolo o si ya se habría dado por vencida. Si ella llamaba a la casa del yacimiento y se enteraba de su desaparición, quizá pensara que había algo sospechoso. ¿Y qué habría sido de Yves? ¿Habría llamado Brayling a la policía…?

Shelagh sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Lo más probable era que ni siquiera hubiesen advertido su ausencia. Varios de sus colegas habían anunciado la intención de tomarse unos días libres hasta que se resolviera la situación. Pensarían que ella había seguido su ejemplo.

Hacía tiempo que no notaba el hambre, pero estaba sedienta. Sentía como si se hubiera tragado un bloc de papel de lija. La pequeña cantidad de agua que le habían dejado se había terminado y sus labios estaban agrietados de tanto lamérselos. Intentó recordar cuánto tiempo podía sobrevivir una persona sana y saludable sin agua. ¿Un día? ¿Una semana?

De pronto oyó un crujido sobre la grava. Se le contrajo el corazón y la adrenalina le inundó el cuerpo, como cada vez que oía ruidos fuera. Hasta entonces no había entrado nadie.

Con un esfuerzo, consiguió sentarse, mientras abrían el candado. Hubo un grave sonido metálico cuando cayó la cadena, plegándose sobre sí misma en una espiral de monótona cháchara y, a continuación, el ruido de la puerta, basculando con un chirrido sobre los goznes. Shelagh desvió la cara cuando el sol, agresivamente luminoso, hizo irrupción en la penumbra del recinto, y un hombre oscuro y de aspecto achaparrado se agachó para pasar por debajo del dintel. Iba con chaqueta, a pesar del calor, y llevaba los ojos ocultos detrás de unas gafas de sol. Instintivamente, Shelagh retrocedió y se pegó a la pared, avergonzada del nudo de pánico que se le había formado en el estómago.