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Junto a ambos nombres había un motivo pequeño y delicado, destacado con tinta dorada. Alice cogió el disco de piedra y lo colocó junto al símbolo, con el lado del dibujo hacia arriba. Eran idénticos.

Una por una, fue pasando las páginas, hasta llegar a la última. Allí encontró el nombre de Grace, con la fecha de su muerte escrita en una tinta de diferente color. Debajo y a un lado, figuraban los padres de Alice.

El último nombre era el suyo: Alice Helena (1975-), destacado en tinta roja. A su lado, el símbolo del laberinto.

Con las rodillas recogidas bajo la barbilla y los brazos alrededor de las piernas, Alice perdió la cuenta del tiempo que pasó en la habitación silenciosa y abandonada. Finalmente, lo comprendió. Lo quisiera o no, el pasado había regresado en su busca.

CAPÍTULO 43

El viaje de regreso de Sallèles d’Aude a Carcasona transcurrió en una confusa nube.

Cuando Alice llegó al hotel, el vestíbulo del mismo estaba atestado de recién llegados, de modo que ella misma descolgó la llave del gancho y subió sin que nadie reparara en ella.

Al ir a abrir la puerta, se dio cuenta de que ya estaba abierta.

Tras un momento de vacilación, dejó la caja de zapatos y los libros en el suelo del pasillo y, con mucha cautela, empujó la puerta para abrirla del todo.

– Allô? ¿Hola?

Sin entrar, recorrió la habitación con la vista. Todo parecía estar tal como lo había dejado. Aún con aprensión, Alice pasó por encima de las cosas que había dejado en el suelo y dio un paso cauteloso hacia el interior del cuarto. En seguida se detuvo. Olía a vainilla y a tabaco rancio.

Percibió un movimiento detrás de la puerta y el corazón le saltó hasta la garganta. Se volvió, justo a tiempo de vislumbrar una americana gris y una cabellera negra reflejadas en el espejo, antes de recibir un fuerte golpe en el pecho que la proyectó hacia atrás. Se golpeó la cabeza contra el espejo de la puerta del armario y las perchas que había dentro repiquetearon como canicas cayendo sobre un techo de hojalata.

Los bordes de la habitación se volvieron borrosos. Todo a su alrededor le pareció desenfocado y movedizo. Alice parpadeó. Oyó al hombre corriendo por el pasillo.

«¡Síguelo! ¡Rápido!»

Se puso en pie con dificultad y salió en su persecución. Bajó trastabillando la escalera, hasta el vestíbulo, donde un nutrido grupo de italianos le bloqueaba la salida. Presa del pánico, recorrió con la vista la animada recepción, justo a tiempo de ver que el hombre se escabullía por la puerta lateral.

Alice se abrió paso entre un bosque de gente y equipaje, tropezando con las maletas, y salió al jardín tras él. El hombre ya estaba al final del sendero. Haciendo acopio hasta del último gramo de energía, Alice echó a correr, pero él resultó ser mucho más veloz.

Cuando finalmente llegó a la calle principal, ya había desaparecido. Se había esfumado entre la multitud de turistas que bajaban de la Cité.

Alice apoyó las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento. Después enderezó la espalda y se palpó la nuca con los dedos. Ya se le estaba formando un bulto. Tras una última mirada a la calle, se dio la vuelta y volvió andando al hotel. Disculpándose, fue directamente al mostrador, sin guardar cola.

– Pardon, mademoiselle, vous l’avez vu?

La chica que atendía la recepción pareció irritada.

– Estaré con usted en cuanto termine de atender a este caballero -dijo.

– Me temo que lo mío no puede esperar -contestó Alice-. Había un extraño en mi habitación. Acaba de salir corriendo. Hace un par de minutos.

– Una vez más, madame, le ruego que tenga la amabilidad de esperar un momento…

Alice levantó la voz para que todos la oyeran.

– Il y avait quelqu’un dans ma chambre. Un voleur.

«Un ladrón.» Todo el vestíbulo atestado de gente se quedó en silencio. La chica abrió mucho los ojos, se deslizó de su taburete y desapareció por el fondo. Segundos después hizo acto de presencia el propietario del hotel, que guió a Alice fuera del área principal de recepción.

– ¿Cuál es el problema, madame? -preguntó en voz baja.

Alice se lo explicó.

– La puerta no ha sido forzada -dijo él, examinando la cerradura, cuando la acompañó a su habitación.

Con el propietario observando desde la puerta, Alice comprobó si faltaba algo. Para su asombro, todo seguía allí. Su pasaporte todavía estaba en el armario, aunque había sido desplazado. Lo mismo podía decirse del contenido de su mochila. No faltaba nada, pero todo estaba ligeramente fuera de su lugar. Como prueba, era muy poco convincente.

Alice miró en el baño. Por fin, había encontrado algo.

– Monsieur, s’il vous plaît -llamó al dueño del hotel. Le señaló el lavabo-. Regardez.

Había un penetrante olor a lavanda allí donde su jabón había sido cortado a trozos pequeños. También el tubo de la pasta de dientes había sido cortado y abierto, y su contenido había sido exprimido.

– Voilà. Je vous l’ai déjà dit. Ya se lo había dicho.

El propietario del hotel parecía preocupado, pero dubitativo. ¿Quería que llamara a la policía? Preguntaría a los otros huéspedes, desde luego, por si hubieran visto algo, pero teniendo en cuenta que no faltaba nada… Dejó la frase inconclusa.

De pronto, Alice sintió la conmoción. No era un caso corriente de robo como otro cualquiera. Aquel hombre, fuera quien fuese, iba en busca de algo concreto, algo que suponía que estaba en su poder.

¿Quiénes sabían que ella se alojaba allí? Noubel, Paul Authié, Karen Fleury y el resto de los empleados del bufete, Shelagh y, que ella supiera, nadie más.

– No -repuso ella rápidamente-. A la policía no, puesto que no falta nada. Pero me gustaría cambiarme en otra habitación.

El hombre empezó a protestar, diciendo que el hotel estaba completo, pero se detuvo al ver la expresión de su rostro.

– Veré lo que puedo hacer.

Veinte minutos más tarde, Alice estaba instalada en un ala diferente del hotel.

Estaba nerviosa. Por segunda o tercera vez, comprobó que la puerta estuviera cerrada y las ventanas aseguradas. Se sentó en la cama, con sus cosas alrededor, intentando decidir qué hacer. Después se levantó, anduvo por la diminuta habitación, volvió a sentarse y volvió a levantarse. Todavía no estaba segura de que no le conviniera mudarse a otro hotel.

«¿Y si vuelve esta noche?»

De pronto, sonó una alarma. Alice dio un salto, antes de advertir que era simplemente el teléfono móvil, que sonaba en el bolsillo interior de su chaqueta.

– Allô, oui?

Fue un alivio oír la voz de Stephen, uno de los colegas de Shelagh en la excavación.

– Hola, Steve. No, lo siento. Acabo de llegar. No he tenido tiempo de ver si tenía mensajes. ¿Qué hay?

Mientras escuchaba, el color abandonó su cara al oírle decir que iban a clausurar la excavación.

– Pero ¿por qué? ¿Qué razón ha podido dar Brayling?

– Ha dicho que no dependía de él.

– ¿Sólo por los esqueletos?

– La policía no ha dicho nada.

El corazón de Alice se aceleró.

– ¿Estaba ahí la policía cuando Brayling se los dijo? -preguntó.