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El ejército conquistador zigzagueaba como una serpiente por un paisaje de salinas, pantanos y amarillas extensiones de matorrales azotadas por los feroces vientos que soplaban desde el golfo de León. La vid crecía silvestre a la vera de los caminos, junto a olivos y almendros.

Los soldados franceses, inexpertos y poco habituados al extremo clima del sur, no habían visto nunca un paisaje semejante. Se persignaban, viendo en ello la prueba de que habían entrado en un país dejado de la mano de Dios.

Una delegación encabezada por el arzobispo de Narbona y el vizconde de la ciudad se reunió con los cruzados en Capestang, el 25 de julio.

Narbona era un rico puerto comercial del Mediterráneo, aunque el núcleo de la ciudad se hallaba a cierta distancia de la costa. Con los rumores acerca de los horrores infligidos a Béziers aún frescos en la mente y con la esperanza de salvar Narbona de correr la misma suerte, la Iglesia y el estado se avinieron a sacrificar su independencia y su honor. En presencia de testigos, el obispo y el vizconde de Narbona se arrodillaron ante el abad de Cîteaux e hicieron protestas de total y completo sometimiento a la autoridad de la Iglesia. Acordaron entregar a los legados a todos los herejes conocidos, confiscar las propiedades de cátaros y judíos, e incluso pagar diezmos sobre sus propias posesiones, para financiar la cruzada.

En cuestión de horas, el acuerdo era firme. Narbona se salvó de la destrucción. Nunca un botín de guerra se había ganado con tanta facilidad.

Si el abad y sus legados se sorprendieron por la celeridad con que los narboneses renunciaron a sus derechos, no lo dejaron traslucir. Si los hombres que marchaban bajo los bermejos estandartes del conde de Toulouse se abochornaron por la falta de arrojo de sus compatriotas, no lo confesaron.

Se dio orden de cambiar de rumbo. Pernoctarían en las afueras de Narbona y por la mañana emprenderían la marcha hacia Olonzac. A partir de ahí, quedarían sólo unos días de marcha hasta Carcasona.

Al día siguiente, se rindió la ciudad fortificada de Azille, situada sobre una colina, que abrió de par en par sus puertas a los invasores. Varias familias acusadas de herejía fueron quemadas en una hoguera precipitadamente instalada en la plaza del mercado. El humo negro serpenteó por las estrechas y empinadas callejuelas, atravesó los gruesos muros de la ciudad y alcanzó las llanuras que había a lo lejos.

Una a una, las pequeñas ciudades y fortalezas se fueron rindiendo sin un solo cruce de espadas. La ciudad vecina de La Redorte siguió el ejemplo de Azille, como la mayoría de pueblos y caseríos de pequeñas viviendas que había en el camino. Algunas ciudadelas fueron abandonadas y los cruzados las encontraron desiertas.

La Hueste se abasteció a placer en los graneros y los huertos frutales y prosiguió su marcha La escasa resistencia que encontraron fue sofocada con inmediatas y violentas represalias. Gradualmente, la salvaje reputación del ejército se fue difundiendo, como una sombra maligna que extendiera ante él su negro manto. Poco a poco, el antiguo vínculo entre el pueblo del Languedoc oriental y la dinastía Trencavel se quebró.

En vísperas de la festividad de Sant Nazari, una semana después de su victoria sobre Béziers, la avanzadilla de la Hueste llegó a Trèbes, dos días antes que el grueso del ejército.

A lo largo de la tarde, la humedad del aire fue en aumento. La neblinosa luz vespertina se transmutó en un gris lechoso. Se vio el violento relampagueo de los rayos seguido por el rugido de varios truenos. Mientras los cruzados atravesaban las puertas de la ciudad, que habían quedado abiertas y sin custodia, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.

Las calles estaban fantasmagóricamente desiertas. Todos sus habitantes se habían esfumado como arrebatados por duendes o espíritus. El cielo era una interminable extensión negra y violácea, con amoratadas nubes que se perseguían sobre el horizonte.

Cuando se abatió la tormenta, barriendo las llanuras que rodeaban la ciudad, los truenos estallaron y rugieron en lo alto como si el cielo mismo se estuviera desintegrando.

Los caballos resbalaban y patinaban sobre el empedrado de las calles. Cada pasaje y cada callejón se transformó en un río. La lluvia aporreaba con ferocidad escudos y celadas. Las ratas trepaban por la escalera de la iglesia para salvarse de los arremolinados torrentes. El campanario fue alcanzado por un rayo, pero no llegó a incendiarse.

Los soldados del norte cayeron de rodillas, persignándose y suplicando a Dios que se apiadara de ellos. Nunca habían visto nada comparable a aquella tormenta en las llanuras de Chartres, en los campos de Borgoña o en los bosques de la Champaña.

Tan rápidamente como se había desatado, como una bestia voluminosa y torpe, la tormenta pasó. El aire se volvió límpido y apacible. Los cruzados oyeron que las campanas del monasterio cercano empezaban a repicar, como agradecimiento por el fin de la tempestad. Tomándolo como signo de que lo peor ya había pasado, salieron de sus escondites y se pusieron a trabajar. Los escuderos comenzaron a buscar prados donde los caballos pudieran pastar a salvo, mientras los criados descargaban las pertenencias de sus amos e iban en busca de leña seca para el fuego.

Gradualmente, el campamento fue cobrando forma

Llegó el crepúsculo. El cielo era un mosaico de rosas y violetas. Cuando los últimos penachos de nubes blancas se disiparon, los invasores del norte tuvieron su primer atisbo de las torres y torreones de Carcasona, revelados de pronto en el horizonte.

La Cité parecía flotar por encima de la tierra, como una fortaleza de piedra en el cielo, contemplando majestuosa el mundo de los hombres. Nada de lo que habían oído hasta entonces los había preparado para la primera visión del lugar que habían ido a conquistar. Las palabras no hacían justicia a su esplendor.

Era magnífica, dominante. Inexpugnable.

CAPÍTULO 48

Cuando recuperó el sentido, Simeón ya no estaba en el bosque, sino en una especie de establo. Tenía cierta noción de haber recorrido un largo camino. Las costillas le dolían por el movimiento del caballo.

El hedor era terrible, una mezcla de olor a sudor, cabra, paja seca y algo que no acababa de identificar. Algo enfermizo, como flores en descomposición. Había varios arreos colgados de la pared y un tridente apoyado en un rincón, junto a la puerta, que no era más alta que los hombros de un hombre adulto. En la pared opuesta, se veía cinco o seis argollas de metal para atar animales.

Simeón bajó la vista. La capucha que le habían puesto para taparle la cabeza yacía en el suelo, a su lado. Todavía tenía las manos atadas, lo mismo que los pies.

Tosiendo e intentando escupir las ásperas hebras de tela que se le habían quedado en la boca, encontró un apoyo sobre el cual hizo palanca para sentarse. Entumecido y dolorido, se fue arrastrando hacia atrás por el suelo hasta llegar a la puerta. Le llevó cierto tiempo, pero el alivio de sentir algo sólido donde apoyar los hombros y la espalda fue enorme. Pacientemente, consiguió ponerse en pie y casi tocó el techo con la cabeza. Se puso a golpear la puerta con el cuerpo. La madera crujía y se abombaba, pero estaba atrancada por fuera y no cedió.

Simeón no tenía idea de dónde podía encontrarse, ni si aún estaba cerca de Carcasona o lejos de la ciudad. Conservaba el recuerdo borroso de haber sido transportado a caballo, primero por una zona de bosques y después por un llano. Lo poco que conocía del terreno le permitió deducir que quizá estuviera cerca de Trèbes.

Podía ver un resto de luz a través de la pequeña rendija en la base de la puerta, de un azul oscuro que no era aún el negro profundo de la noche. Cuando apoyó la oreja en el suelo, distinguió el bisbiseo de sus captores en las proximidades.