– ¿La doctora Tanner?
Eran dos hombres, ambos de cabello oscuro, y los dos con trajes ligeros de verano y gafas de sol que ocultaban sus ojos.
– Sí.
El más bajo le enseñó brevemente una placa.
– Policía. Tenemos que hacerle unas preguntas.
A Alice se le encogió el estómago.
– ¿Respecto a qué?
– No nos llevará mucho tiempo, madame.
– Me gustaría ver alguna identificación.
El hombre metió una mano en el bolsillo interior de la americana y sacó un carné. Alice no podía saber si era auténtico o no, pero el arma que vio en la funda debajo de la americana tenía un aspecto suficientemente real. Se le aceleró el pulso.
Alice fingió examinar el carné, mientras echaba una mirada al resto del cementerio a su alrededor. Parecía desierto. Los senderos y avenidas se extendían vacíos en todas direcciones.
– ¿Qué significa esto? -insistió, intentando mantener firme la voz.
– Le ruego que nos acompañe.
«No pueden hacer nada a plena luz del día.»
Demasiado tarde Alice comprendió por qué le resultaba familiar la mujer que le había transmitido el mensaje. Se parecía al hombre que había visto brevemente en su habitación la noche anterior. «Este hombre.»
Por el rabillo del ojo, Alice pudo ver una escalera de hormigón que bajaba hacia la parte nueva del cementerio y, más allá, un portón.
El hombre apoyó una mano sobre su brazo.
– Maintenant, doctora Tan…
Alice se propulsó hacia adelante como una velocista al tomar la salida, lo cual los cogió por sorpresa. Tardaron en reaccionar. Se oyó un grito, pero ella ya estaba bajando los peldaños y salía corriendo por la puerta, hacia el Chemin des Anglais.
Un automóvil que subía trabajosamente la cuesta hizo rechinar los frenos. Alice no se detuvo. Se abalanzó sobre la raquítica cancela de madera de un huerto y, avanzó a través de las hileras de viñas, destrozando las plantas y trastabillando con los montículos entre surco y surco. Podía sentir los hombres a su espalda, ganando terreno. La sangre le palpitaba en los oídos y tenía los músculos de las piernas tensos como cuerdas de piano, pero siguió adelante.
Al fondo del huerto había una valla metálica de malla espesa, demasiado alta para saltarla. Alice miró a su alrededor, presa del pánico, y descubrió una brecha en la esquina más alejada. Arrojándose al suelo, se acercó a la abertura a cuatro patas, sintiendo las piedras y los afilados guijarros que se le clavaban en las palmas y las rodillas. Se deslizó por debajo de la malla metálica, cuyos bordes desgarrados se le engancharon a la cazadora y la atraparon como a una mosca en una telaraña. De un tirón, con un esfuerzo sobrehumano, consiguió soltarse, dejando en la alambrada un jirón de tela vaquera.
Había pasado a otra parcela, ésta sembrada de hortalizas, con largas hileras de cañas de bambú que sostenían plantas de berenjenas, calabacines y judías verdes. Agazapada, sin levantar la cabeza, Alice avanzó zigzagueando entre las parcelas, buscando el refugio de las casas. Un enorme mastín atado con una pesada cadena metálica se abalanzó sobre ella cuando dobló la esquina, ladrándole ferozmente y enseñándole sus temibles fauces. Sofocando un grito, Alice saltó hacia atrás.
La entrada principal de la finca daba a la animada carretera principal, al pie de la colina. En cuanto pisó el pavimento, Alice se permitió echar un vistazo por encima del hombro. Tras ella se extendía un espacio vacío y silencioso. Habían dejado de seguirla.
Apoyó las manos en las rodillas, doblada sobre sí misma, jadeando de agotamiento y alivio, a la espera de que le dejaran de temblar las piernas y los brazos. Su mente ya empezaba a entrar en acción.
«¿Qué vas a hacer?» Los hombres volverían al hotel y la esperarían allí. No podía regresar. Se palpó el bolsillo y comprobó con alivio que, en su pánico por escapar, no había perdido las llaves del coche. Su mochila estaba en él.
«Tienes que llamar a Noubel.»
En su mente podía visualizar el trozo de papel con el teléfono de Noubel en el interior de su mochila, aplastada debajo del asiento delantero de su coche, con todo lo demás. Se sacudió la tierra que llevaba encima. Tenía los vaqueros cubiertos de polvo y desgarrados en una rodilla. Su única esperanza era volver al coche y rezar para que no la estuvieran esperando allí.
Recorrió rápidamente la Rue Barbacane, bajando la cabeza cada vez que un coche pasaba a su lado. Dejó atrás una iglesia y después cogió un atajo por una callejuela que bajaba a la derecha, llamada Rue de la Gaffe.
«¿Quién los habrá enviado?»
Caminaba a paso rápido, siempre por la sombra. Era difícil distinguir dónde terminaba una casa y comenzaba la siguiente. De pronto, sintió un cosquilleo en la nuca. Se detuvo y miró a su derecha, hacia una bonita casa de paredes amarillas, segura de que alguien la estaba mirando desde el portal. Pero la puerta estaba perfectamente cerrada y los postigos, echados. Tras un momento de vacilación, prosiguió su camino.
«¿Debo cambiar de planes respecto a Chartres?»
Si para algo le había servido la confirmación de que estaba en peligro y de que no eran sólo imaginaciones suyas, había sido para fortalecer su determinación. Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que Authié estaba detrás de todo lo que le había sucedido. Seguramente creía que ella había robado el anillo, y era evidente que estaba decidido a recuperarlo.
«Llama a Noubel.»
Tampoco esta vez hizo caso de su propio consejo. Hasta entonces, el inspector no había hecho nada. Un policía había muerto y Shelagh había desaparecido. Era preferible no confiar en nadie, excepto en sí misma.
Alice llegó a la escalera que subía desde la Rue Trivalle hasta la parte de atrás del aparcamiento. Si estaban esperándola, lo más probable era que estuvieran en la entrada principal.
La escalera era empinada y, a ese lado del aparcamiento, había un muro alto que le impedía ver el área donde se encontraban los coches, pero ofrecía buena vista a cualquiera que mirara desde arriba. Si estaban allí, no lo sabría hasta que fuera demasiado tarde.
«Sólo hay una manera de averiguarlo.»
Hizo una profunda inspiración y corrió escaleras arriba, con las piernas impulsadas por la adrenalina que inundaba sus venas. En lo alto, se detuvo y miró a su alrededor. Había un par de autocares y algunos coches, pero muy poca gente.
Su coche estaba donde lo había dejado. Encogida, avanzó entre las filas de coches aparcados, sin levantar la cabeza. Cuando se deslizó en el asiento delantero, sus manos estaban temblando. Todavía esperaba que los dos hombres aparecieran delante de ella. Sus gritos aún retumbaban en su cabeza. En cuanto entró en el coche, aseguró las puertas e insertó con determinación la llave en el contacto.
Con la mirada desviándose rápidamente en todas direcciones y los nudillos blancos sobre el volante, Alice esperó detrás de una furgoneta a que el empleado levantara la barrera Arrancó acelerando antes de tiempo, propulsada directamente hacia la salida. El empleado le gritó, pero ella no le prestó atención
Siguió adelante.
CAPÍTULO 52
Audric Baillard estaba en el andén de la estación de Foix con Jeanne, que esperaba el tren para Andorra.
– Diez minutos -dijo Jeanne, echando un vistazo a su reloj-. Aún hay tiempo. ¿No quieres cambiar de idea y venirte conmigo?
Él sonrió ante su insistencia.
– Sabes que no puedo.
Ella hizo un gesto de impaciencia con la mano.
– Has dedicado treinta años a contar su historia, Audric. Alaïs, su hermana, su padre, su marido… Has pasado toda una vida en su compañía. -Su voz se suavizó-. Pero ¿qué hay de los vivos?
– Su vida es mi vida, Jeanne -dijo él con serena dignidad-. Las palabras son nuestra única arma contra las mentiras de la historia. Debemos dar testimonio de la verdad. Si no lo hacemos, los que amamos morirán doblemente. -Hizo una pausa-. No encontraré la paz mientras no averigüe cómo terminó todo.