– ¿De dónde procede entonces el nombre de «cátaros»?
– Oh, verás, no podemos dejar que los vencedores escriban nuestra historia por nosotros -dijo-. Es un término que otros estudiosos e incluso yo… -Se interrumpió, sonriendo, como sí se hubiera gastado una broma a sí mismo-. Hay diferentes explicaciones. Es posible que la palabra catar en occitano, o cathare en francés, derive del griego katharos, que significa «puro». Es difícil saber lo que se proponían.
Alice frunció el ceño, dándose cuenta de que había algo que no entendía, pero sin saber muy bien qué.
– ¿Y qué hay de la religión en sí misma? ¿Cuál fue su origen? No surgió en Francia, ¿no?
– Las raíces del catarismo europeo están en el bogomilismo, una fe dualista que floreció en Bulgaria, Macedonia y Dalmacia a partir del siglo x. Estaba relacionada con creencias religiosas más antiguas, como el zoroastrismo en Persia o el maniqueísmo. Sus fieles creían en la reencarnación.
Una idea comenzó a cobrar forma en la mente de Alice, el vínculo entre todo lo que le estaba contando Audric y lo que ella ya sabía.
«Espera y saldrá a tu encuentro. Ten paciencia.»
– En el Palais des Arts, en Lyon -prosiguió él-, hay una copia manuscrita de un texto cátaro del Evangelio de san Juan, uno de los pocos documentos que eludieron la destrucción de la Inquisición. Está escrito en la langue d’òc y su posesión, en aquella época, se consideraba herética y punible de por sí. Para los bons homes, el Evangelio de san Juan era el más importante de todos los textos sagrados, por ser el que resaltaba más la iluminación personal a través del conocimiento, la gnosis. Los bons homes rehusaban adorar imágenes, crucifijos o altares, fabricados todos ellos con la piedra y la madera de la vil creación del Diablo. Tenían la palabra de Dios en la más alta estima.
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
– Reencarnación -dijo ella lentamente, pensando en voz alta-, ¿Cómo reconciliarla con la teología cristiana ortodoxa?
– Uno de los pilares del cristianismo es el don de la vida eterna para quienes creen en Cristo y han sido redimidos por su sacrificio en la cruz. La reencarnación también es una forma de vida eterna.
«El laberinto. El camino a la vida eterna.»
Audric se incorporó y se dirigió hacia la ventana, para abrirla. Mientras contemplaba la espalda delgada y erguida de Baillard, Alice percibió en él una determinación que antes no había estado presente.
– Dígame, donaisela Tanner -dijo, dándose la vuelta para mirarla de frente y volviendo otra vez por un momento al tratamiento más formal-, ¿usted cree en el destino? ¿O es el camino que escogemos lo que hace de nosotros lo que somos?
– Yo… -dijo ella, pero en seguida se interrumpió. Ya no estaba segura de lo que creía. Allí, en las montañas intemporales, en las alturas entre las nubes, el mundo y los valores cotidianos no parecían importar.
– Creo en mis sueños -dijo finalmente.
– ¿Crees que puedes cambiar tu destino? -dijo él, esperando una respuesta.
Alice se sorprendió haciendo un gesto afirmativo.
– Así es, porque si no fuera así, nada tendría sentido. Si simplemente estuviéramos siguiendo una senda predeterminada, entonces todas las experiencias que nos convierten en quienes somos (el amor, el dolor, la alegría, el aprendizaje, los cambios…) no servirían de nada.
– Y tú no impedirías que otra persona hiciera su propia elección, ¿verdad?
– Dependería de las circunstancias -replicó ella con cautela, repentinamente nerviosa-. ¿Por qué?
– Te pido que lo recuerdes -replicó él suavemente-. Eso es todo. Cuando llegue el momento, te pido que recuerdes esto. Si es atal es atal.
Sus palabras removieron algo en su interior. Alice estaba segura de haberlas oído antes. Sacudió la cabeza, pero el recuerdo se negó a materializarse.
– Lo que tenga que ser, será -añadió él en tono sereno.
CAPITULO 70
Monsieur Baillard, yo…
Audric levantó la mano.
– Te diré todo lo que necesitas saber -dijo, regresando a la mesa y retomando el hilo del relato como si no hubiese habido ninguna interrupción-. Tienes mi palabra.
Ella abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor.
– La ciudadela estaba atestada -prosiguió él-, pero aparte de eso, fue una época feliz. Por primera vez en muchos años, Alaïs se sentía segura. Bertranda, que para entonces contaba casi diez años, tenía muchos amigos entre los niños que vivían en la fortaleza y sus alrededores. Harif, aunque viejo y débil, siempre estaba de buen humor. Tenía mucha compañía: Bertranda para alegrarlo y los parfaits para discutir sobre la naturaleza de Dios y el mundo. Sajhë estaba con ellos la mayor parte del tiempo. Alaïs era feliz.
Alice cerró los ojos y dejó que el pasado cobrara vida en su mente.
– Era una buena vida y lo hubiese seguido siendo, de no haber sido por un único y temerario acto de venganza. El 28 de mayo de 1242, llegó a oídos de Pierre-Roger de Mirepoix la noticia de que cuatro inquisidores habían llegado a la ciudad de Avignonet. Más parfaits y credentes serían detenidos o enviados a la hoguera. Decidió actuar. Desoyendo los consejos de sus lugartenientes, entre ellos Sajhë, reunió una fuerza de ochenta y cinco caballeros de la guarnición de Montségur, a quienes se unieron varios caballeros más sobre la marcha.
«Recorrieron ochenta kilómetros hasta Avignonet y al día siguiente llegaron. Poco después de que el inquisidor Guillaume Arnaud y sus tres colegas se hubiesen retirado a dormir, alguien de la casa les abrió la puerta y los dejó pasar. Las puertas de los dormitorios fueron derribadas y los cuatro inquisidores, con su comitiva, fueron despedazados. Siete caballeros diferentes presumieron de haber asestado el primer golpe. Se dijo que Guillaume Arnaud había muerto recitando el Te Deum. Lo cierto es que sus registros inquisitoriales fueron destruidos.
– Eso al menos estuvo bien.
– Fue la provocación definitiva. La matanza tuvo una rápida respuesta. El rey de Francia decretó la destrucción de Montségur de una vez para siempre. Un ejército integrado por barones del norte, inquisidores católicos, mercenarios y señores del lugar aliados con el enemigo plantó campamento al pie de la montaña. Comenzó el asedio, pero aun así los hombres y mujeres de la ciudadela seguían entrando y saliendo a voluntad. Al cabo de cinco meses, la guarnición sólo había perdido tres hombres y todo hacía pensar que el sitio iba a fracasar.
»Los cruzados recurrieron entonces a los servicios de un pelotón de mercenarios vascos, que acudieron y establecieron su campamento a tiro de piedra de los muros del castillo, justo cuando comenzaba el crudo invierno de la montaña. Aunque el peligro no era inminente, Pierre-Roger decidió retirar a sus hombres de las defensas externas del vulnerable flanco oriental. Fue un grave error. Armados con la información que les proporcionaban los colaboradores locales, los mercenarios lograron escalar la abrupta pendiente del flanco suroriental de la montaña. Tras pasar a cuchillo a los centinelas, se apoderaron de la Roca de la Tour, una aguja rocosa que se yergue en el punto más oriental de las cumbres de Montségur. Los habitantes de la fortaleza sólo pudieron contemplar impotentes cómo los mercenarios izaban catapultas y otras máquinas de guerra, al tiempo que sobre el flanco oriental de la montaña un enorme trébuchet comenzaba a infligir daños en la barbacana del este.
»En la Navidad de 1243, los franceses tomaron la barbacana. Para entonces se encontraban a escasos metros de la fortaleza, y allí instalaron una nueva catapulta. Los tramos meridionales de la muralla quedaron a su alcance.
Audric hacía girar interminablemente el anillo en su dedo pulgar mientras hablaba.
Alice lo miraba y, mientras lo hacía, el recuerdo de otro hombre que hacía girar un anillo como aquél mientras le contaba historias inundó su mente.
– Por primera vez -prosiguió él-, se vieron enfrentados a la posibilidad de que Montségur cayera.
»En el valle, los estandartes y gallardetes de los católicos y las flores de lis del rey de Francia, aunque desgarrados y desvaídos después de diez meses de calor primero, lluvias después y finalmente nieve, seguían ondeando. El ejército cruzado, dirigido por el senescal de Carcassona, Hugues des Arcis, sumaba entre seis mil y diez mil efectivos. En la fortaleza asediada no había más de un centenar de hombres de armas.
» Alaïs quería… -Se interrumpió-. Hubo una reunión con los líderes de la Iglesia cátara, el obispo Bertran Marty y Raymond Aiguilher.
– El tesoro de los cátaros… ¿Entonces es verdad? ¿Existió?
Baillard asintió.
– Dos credentes, Matheus y Pierre Bonnet, fueron escogidos para la tarea. Bien abrigados para protegerse del mordiente frío de enero, se echaron el tesoro a las espaldas, lo aseguraron con cuerdas y abandonaron subrepticiamente el castillo, amparados por las sombras de la noche. Eludieron a los centinelas apostados en los caminos practicables que bajaban de la montaña y atravesaban el pueblo, y se encaminaron hacia el sur, en dirección a los montes Sabarthès.
Los ojos de Alice se ensancharon por la sorpresa.
– ¡Hacia el pico de Soularac!
Una vez más, Baillard hizo un gesto afirmativo.
– Para que a partir de aquí, otros siguieran el camino. Pero los pasos hacia Aragón y Navarra estaban cerrados por la nieve, de modo que se dirigieron a la costa y desde allí zarparon hacia Lombardía, en el norte de Italia, donde había una comunidad próspera y menos perseguida de bons homes.
– ¿Qué sucedió con los hermanos Bonnet?