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– Matheus volvió solo a finales de enero. Para entonces, los centinelas apostados en los caminos eran gentes del lugar, de Camón sur l’Hers, cerca de Mirepoix, y lo dejaron pasar. Matheus habló de refuerzos y dijo que corría el rumor de que el nuevo rey de Aragón acudiría en primavera. Pero no eran más que palabras. Para entonces, el asedio estaba demasiado establecido para que unos eventuales refuerzos pudieran abrir una brecha en sus filas.

Baillard levantó sus ojos color ámbar y miró a Alice.

– También nos llegaron rumores de que Oriane pensaba viajar al sur, acompañada de su hijo y su marido, con refuerzos para las huestes sitiadoras. Eso sólo podía significar una cosa: que después de tantos años de huir y esconderse, por fin había descubierto que Alaïs estaba viva. Quería el Libro de las palabras.

– Pero seguramente Alaïs no lo llevaba consigo, ¿o sí?

Audric no respondió.

– A mediados de febrero, los atacantes consolidaron aún más sus posiciones. El primer día de marzo de 1244, tras un último intento de expulsar a los vascos de la Roca de la Tour, sonó un cuerno solitario sobre las murallas de la fortaleza asolada. -Tragó saliva-. Raymond de Péreille, el sènhor de Montségur, y Pierre-Roger de Mirepoix, comandante de la guarnición, salieron por la puerta mayor y se rindieron a Hugues des Arcis. La batalla había terminado. Montségur, el último reducto, había caído.

Alice se recostó en la silla, deseando que el final hubiese sido otro.

– El invierno estaba siendo riguroso y gélido en las laderas rocosas y en los valles al pie de las montañas. Los dos bandos estaban exhaustos. Las negociaciones fueron breves. El armisticio fue firmado al día siguiente por Pierre Amiel, arzobispo de Narbona.

»Las condiciones fueron generosas. Sin precedentes, según algunos. La fortaleza pasó a ser propiedad de la Iglesia católica y la corona francesa, pero a todos sus habitantes les perdonaron sus pasados delitos. El perdón alcanzó incluso a los que habían matado a los inquisidores en Avignonet. Los hombres de armas serían puestos en libertad, una vez confesaran sus crímenes para los registros de la Inquisición. Los que abjuraran de sus creencias heréticas también quedarían libres, castigados únicamente por la obligación de llevar una cruz cosida en la ropa.

– ¿Y los que no? -preguntó Alice.

– Los que no, serían quemados en la hoguera por herejes.

Baillard bebió otro sorbo de vino.

– Era habitual, al final de un asedio, sellar el acuerdo alcanzado mediante un intercambio de rehenes. En esa ocasión, los rehenes fueron Raymond, hermano del obispo Bertran, el viejo chavalièr Arnald-Roger de Mirepoix y el hijo menor de Raymond de Péreille. -Baillard hizo una pausa-. Lo que no era habitual -dijo en tono cauteloso- era conceder las dos semanas de gracia. Los señores cátaros pidieron autorización para permanecer en Montségur dos semanas más, antes de bajar de la montaña. La solicitud les fue concedida.

El corazón de Alice empezó a acelerarse.

– ¿Por qué?

Audric sonrió.

– Historiadores y teólogos llevan cientos de años debatiendo los motivos que impulsaron a los cátaros a pedir el aplazamiento de la ejecución del acuerdo. ¿Qué necesitaban hacer que no estuviera hecho ya? El tesoro estaba a salvo. ¿Qué era tan importante para que los cátaros quisieran quedarse un poco más en la fría y devastada fortaleza de la montaña, después de todo lo que habían sufrido?

– ¿Por qué lo hicieron?

– Porque Alaïs estaba con ellos -respondió Baillard-, Necesitaba tiempo. Oriane y sus hombres estaban esperándola al pie de la montaña. Harif estaba en la ciudadela, y también Sajhë y su hija. El riesgo era demasiado grande. Si los capturaban, los sacrificios realizados por Simeón, su padre y Esclarmonda para salvaguardar el secreto habrían sido vanos.

Por fin, todas las piezas del rompecabezas encajaban, y Alice pudo ver la figura completa, clara, vivida y brillante, aunque le costaba creer que fuera verdad.

La joven contempló por la ventana el paisaje, inalterado y constante. Era prácticamente igual al que había conocido Alaïs. El mismo sol, la misma lluvia, los mismos cielos.

– Cuénteme la verdad acerca del Grial -dijo con voz serena.

CAPÍTULO 71

Montségur

Març 1244

Alaïs estaba de pie sobre las murallas de la ciudadela de Montségur: una figura menuda y solitaria, envuelta en una gruesa capa de invierno. Se había hecho más bella con el paso de los años. Estaba delgada, pero había cierta gracia en su rostro, su cuello y su porte. Bajó la vista y se miró las manos. A la luz del alba, parecían azuladas, casi transparentes.

«Manos de vieja.»

Alaïs sonrió. No, vieja no. Aún no había alcanzado la edad que tenía su padre cuando murió.

La luz era suave, mientras el sol naciente se esforzaba por devolver al mundo su forma y expulsar las sombras de la noche. Alaïs contempló las escarpadas cumbres nevadas de los Pirineos, que se sucedían hasta perderse en la palidez del horizonte, y los violáceos pinares sobre el flanco oriental de la montaña. Las nieblas matutinas se deslizaban por las empinadas laderas del pico de Saint-Barthélémy. Más allá, casi podía distinguir el pico de Soularac.

Imaginó su casa, sencilla y acogedora, acurrucada entre los pliegues de las montañas. Recordó el humo que desprendía la chimenea en las mañanas frías como aquélla. El invierno había sido riguroso y la primavera solía llegar tarde a las montañas, pero estaba próxima. Alaïs veía su promesa en los rosados matices del cielo poco antes del crepúsculo. En Los Seres, pronto brotarían las hojas de los árboles. Cuando llegara abril, las praderas de la montaña volverían a cubrirse de delicadas florecillas azules, blancas y amarillas.

Allá abajo, Alaïs podía distinguir las pocas construcciones que aún se conservaban del pueblo de Montségur, las escasas cabañas que seguían en pie después de diez meses de asedio. En torno al destartalado caserío se extendían los pabellones y tiendas de campaña del ejército francés, retazos de colores con raídos gallardetes de bordes deshilachados. Los sitiadores habían padecido el mismo invierno despiadado que los habitantes de la ciudadela.

En el flanco occidental, al pie de la montaña, había una plataforma de madera. Los sitiadores llevaban días construyéndola. La víspera habían levantado una hilera de estacas en el centro, cual retorcida espina dorsal de madera, con una pila de leños y fardos de paja rodeando cada uno de los postes. Al anochecer, los había visto apoyando escalerillas en torno a la plataforma.

«Una pira para quemar a los herejes.»

Alaïs se estremeció. En unas horas, todo habría terminado. No temía morir cuando llegara su hora. Pero había visto morir en la hoguera a demasiada gente como para creer que la fe les evitaría el sufrimiento. Para los que así lo habían solicitado, Alaïs había preparado medicinas capaces de aliviar el padecimiento. La mayoría, sin embargo, había elegido pasar sin ayuda al otro mundo.

Las piedras violáceas bajo sus pies estaban resbaladizas por la escarcha. Alaïs trazó el dibujo del laberinto, con la punta de la bota, sobre la blanca cubierta del suelo. Estaba nerviosa. Si su plan tenía éxito, ya nadie seguiría buscando el Libro de las palabras. Si fallaba, habría arriesgado en vano las vidas de quienes le habían ofrecido refugio a lo largo de todos esos años (la gente de Esclarmonda, los amigos de su padre), en nombre del Grial.

Las consecuencias eran terribles de imaginar.

Alaïs cerró los ojos y retrocedió a través de los años, como en un vuelo, hasta la cueva del laberinto. Harif, Sajhë y ella. Rememoró la suave caricia del aire sobre sus brazos desnudos, el parpadeo de los cirios y las hermosas voces que describían espirales en la oscuridad. Recordaba las palabras, tan vívidas sobre su lengua cuando las pronunció que casi creyó percibir su sabor.

Alaïs se estremeció, pensando en el momento en que finalmente comprendió y el conjuro brotó de sus labios como por voluntad propia. Ese momento único de éxtasis, de iluminación, junto a lo sucedido hasta entonces y lo que aún quedaba por venir, se unió en un todo singular, mientras el Grial descendía sobre ella.

«Y a través de su voz y de sus manos, hacia él.»

Alaïs hizo una inspiración profunda, maravillada por haber vivido y haber tenido esas experiencias.

Un ruido la perturbó. Abrió los ojos y el pasado se desvaneció. Se dio la vuelta y vio a Bertranda subiendo a lo largo de las estrechas almenas. Alaïs sonrió y levantó una mano para saludarla.

Su hija era menos seria por naturaleza de lo que lo había sido Alaïs a su edad. Pero físicamente, Bertranda era su vivo retrato: la misma cara en forma de corazón, la misma mirada franca e idéntico cabello castaño. De no haber sido por las canas de Alaïs y las arrugas alrededor de sus ojos, podrían haber pasado por hermanas.

La tensión de la espera se reflejaba en la cara de su hija.

– Sajhë dice que los soldados vienen hacia aquí -dijo Bertranda con voz insegura.

Alaïs sacudió la cabeza.

– No vendrán hasta mañana -repuso con firmeza-. Y todavía tenemos mucho que hacer desde ahora hasta entonces -añadió, cogiendo entre las suyas las manos de Bertranda-. Espero que ayudes a Sajhë y cuides de Rixenda. Sobre todo esta noche. Te necesitan.

– No quiero perderte, mamá -dijo, con labios temblorosos.

– Y no me perderás -sonrió ella, rezando por que así fuera-. Pronto volveremos a estar todos juntos. Debes tener paciencia.

Bertranda le sonrió débilmente.

– Así me gusta -dijo Alaïs-. Ahora ven, filha. Bajemos.

CAPITULO 72

Al alba del miércoles 16 de marzo se reunieron junto a la puerta grande de Montségur, aún dentro de la fortaleza.

Desde las almenas, los miembros de la guarnición contemplaban a los cruzados que habían sido enviados para arrestar a los bons homes, subiendo el último tramo de la senda rocosa, resbaladiza aún por la escarcha de la madrugada.