– Pero -comenzó a protestar Alice, frunciendo el ceño-, seguramente no se la inventaría él. No pudo inventársela. Una historia así no surge de la nada.
En el rostro de Audric volvió a aparecer la misma media sonrisa.
– Cuando lo desafiaron a revelar su fuente, Chrétien dijo haber encontrado la historia del Grial en un libro que le había dado su protector, Felipe. De hecho, el relato del Grial está dedicado a su mecenas. Por desgracia, Felipe murió durante el asedio de Acre, en 1191, durante la Tercera Cruzada. Como resultado, el poema quedó inconcluso.
– ¿Qué fue de Chrétien?
– No se sabe nada de él después de la muerte de Felipe. Simplemente, desapareció.
– ¿No es raro, siendo tan famoso?
– Es posible que su muerte no quedara registrada -dijo lentamente Baillard.
Alice lo miró a los ojos.
– Pero usted no lo cree así, ¿verdad?
Audric no respondió.
– Pese a la decisión de Chrétien de no terminar el relato, la historia del Santo Grial cobró vida propia. En la misma época se tradujo al francés, al holandés y al galés. Unos años más tarde, hacia 1200, otro poeta, Wolfram von Eschenbach, compuso una versión más bien burlesca, titulada Parzival. Aseguró que no se había basado en la historia de Chrétien, sino en otra, de un autor desconocido.
Alice se esforzaba por no perder detalle.
– ¿Cómo describe Chrétien el Grial?
– En términos muy vagos. Más que como un cáliz, lo presenta como una especie de plato, con el término gradalis, en latín medieval, del cual deriva la palabra gradal o graal, en francés antiguo. Eschenbach es más explícito. Su Grial, o grâl, es una piedra.
– ¿Entonces de dónde ha salido la idea de que el Santo Grial es la copa utilizada por Jesús en la última cena?
Audric cruzó las manos.
– Otro autor, un hombre llamado Robert de Boron, compuso un relato en verso, Joseph d’Arimathie, en algún momento entre el Perceval de Chrétien y 1199. Boron no sólo describe el Grial como un cáliz (la copa de la última cena, a la que se refiere como el san greal), sino que lo presenta lleno de la sangre recogida al pie de la cruz. En francés moderno, la expresión es sang réal, «sangre real», tanto en el sentido de «verdadera» como de «perteneciente a un rey».
Se detuvo y miró a Alice.
– Para los guardianes de la Trilogía del Laberinto, esa confusión lingüística entre san greal y sang réal resultó muy conveniente, porque les facilitaba el ocultamiento.
– Pero el Santo Grial es un mito -dijo ella obstinadamente-. No puede ser verdad.
– El Santo Grial es un mito, en efecto -replicó él, sosteniéndole la mirada-. Una bonita fábula. Si estudias detenidamente todas esas historias, verás que son variaciones adornadas del mismo tema: el concepto cristiano medieval del sacrificio y la búsqueda, como camino hacia la redención y la salvación. El Santo Grial, en términos cristianos, es espirituaclass="underline" la representación simbólica de la vida eterna, y no algo que deba tomarse como verdad literal. Es la certeza de que mediante el sacrificio de Cristo y la gracia de Dios, la humanidad vivirá para siempre. -Sonrió-. Pero la existencia de una cosa llamada Grial está más allá de toda duda. Es la verdad contenida en las páginas de la Trilogía del Laberinto. Era ése el secreto que los guardianes del Grial, la Noublesso de los Seres, protegían con su vida.
Alice sacudió la cabeza, incrédula.
– ¿Está diciendo que la idea del Grial no es un concepto cristiano, que todos los mitos y leyendas se han construido a partir de un… malentendido?
– Una estratagema, más que un malentendido.
– Pero ¡la existencia del Santo Grial se ha estado debatiendo durante dos mil años! Si ahora se descubriera no sólo que las leyendas del Grial son verdaderas -dijo Alice, antes de hacer una pausa, sin acabar de creerse lo que estaba diciendo-, sino que no se trata de una reliquia cristiana, no quiero imaginar…
– El Grial es un elixir que tiene el poder de curar y de prolongar considerablemente la vida. Pero con un propósito. Fue hallado hace unos cuatro mil años, en el antiguo Egipto. Quienes lo descubrieron advirtieron el alcance de su poder y comprendieron que iba a ser preciso mantenerlo en secreto, a salvo de los que lo habrían usado en beneficio propio y no de sus semejantes. El sagrado conocimiento fue consignado en jeroglíficos, en tres hojas diferentes de papiro. El primero indicaba la configuración exacta de la cámara del Grial, el laberinto propiamente dicho; el segundo enumeraba los ingredientes necesarios para preparar el elixir, y el tercero recogía el conjuro que transforma el elixir en Grial. Los enterraron juntos en una cueva, en las afueras de la antigua ciudad de Avaris.
– En Egipto -dijo ella en seguida-. He estado investigando un poco, tratando de comprender lo que había visto aquí, y me llamó la atención la frecuencia con que aparecía Egipto.
Audric hizo un gesto afirmativo.
– Los papiros están escritos en jeroglíficos clásicos; de hecho, el término significa «palabra de Dios» o «lengua divina». Cuando las grandes civilizaciones de Egipto se sumieron en la decadencia y el olvido, la capacidad de leer los jeroglíficos se perdió. El contenido de los papiros se conservó, transmitido de guardián en guardián, a través de las generaciones, pero la capacidad de formular el encantamiento y conjurar el Grial desapareció.
»Ese giro de los acontecimientos no fue deliberado, pero añadió una capa adicional de secretismo -prosiguió él-. En el siglo ix de la era cristiana, un alquimista árabe, Abu Bakr Ahmad ibn Wahshiyah, descifró el código de los jeroglíficos. Por fortuna, Harif, el Navigatairé, advirtió el peligro y logró impedir que hiciera público su descubrimiento. En aquella época, no eran muchos los centros de aprendizaje, y las comunicaciones entre pueblos eran lentas y poco fiables. Después de eso, los papiros fueron trasladados clandestinamente a Jerusalén y ocultados en unas cámaras subterráneas, en las llanuras de Sepal.
«Desde el siglo ix hasta el xix, nadie más consiguió avanzar de forma significativa en el desciframiento de los jeroglíficos. Nadie. Leerlos se convirtió en algo realmente posible sólo después de que la expedición militar y científica de Napoleón al norte de África, en 1799, descubriera una detallada inscripción en la lengua sagrada de los jeroglíficos, junto a otra en la escritura demótica corriente utilizada en Egipto para los asuntos más cotidianos, y otra en griego antiguo. ¿Ha oído hablar de la piedra Rosetta?
Alice asintió.
– Desde ese momento, temimos que sólo fuera cuestión de tiempo. Un francés, de nombre Jean-François Champollion, se obsesionó con el desciframiento de la escritura y en 1822 lo consiguió. De pronto, todas las maravillas de los antiguos, su magia, sus encantamientos y todo cuanto habían dejado, desde las inscripciones funerarias hasta el Libro de los muertos, resultaban perfectamente legibles. -Tras una pequeña pausa prosiguió-: En ese momento, el hecho de que dos de los libros de la Trilogía del Laberinto se encontraran en manos de personas que podían darles un mal uso pasó a ser motivo de preocupación.
Sus palabras sonaron como una advertencia. Alice se estremeció. Súbitamente advirtió que estaba empezando a anochecer. Fuera, los rayos del sol poniente habían pintado las montañas de rojo, oro y naranja.
– Pero si ese conocimiento podía ser tan devastador en caso de utilizarse para el mal y no para el bien, ¿por qué Alaïs y los otros guardianes no destruyeron los libros mientras tuvieron oportunidad de hacerlo?
Notó que Audric se quedaba inmóvil y advirtió que había tocado el punto sensible de la experiencia vivida por el anciano, aunque no comprendía muy bien por qué.
– Si no hubiesen sido necesarios, entonces sí. Quizá habría sido la solución.
– ¿Necesarios? ¿Necesarios en qué sentido?
– Los guardianes siempre han sabido que el Grial confiere la vida. Lo has llamado un don -contestó él con un suspiro-, y comprendo que algunos lo consideren así. Puede que otros lo vean con diferentes ojos…
Audric se interrumpió. Levantó la copa y bebió varios sorbos de vino, antes de apoyarla en la mesa con mano pesada.
– Pero es vida otorgada con un propósito -añadió finalmente.
– ¿Con qué propósito? -preguntó ella rápidamente, temerosa de que dejara de hablar.
– Muchas veces, en los últimos cuatro mil años, cuando la necesidad de dar testimonio de la verdad se ha vuelto imperiosa, el poder del Grial ha sido conjurado. Todos hemos oído hablar de la longevidad de los grandes patriarcas de la Biblia cristiana, del Talmud y del Corán: Adán, Jacob, Moisés, Mahoma, Matusalén, profetas cuya obra no hubiese podido cumplirse en el plazo vital que normalmente se concede a los hombres. Todos ellos vivieron cientos de años.
– Pero eso son parábolas -protestó Alice-. Alegorías.
Audric sacudió la cabeza.
– Vivieron durante siglos, precisamente para poder hablar de lo que habían visto, para dar testimonio de la verdad de su época. Harif, que persuadió a Abu Bakr de que ocultara los estudios que lo llevaron a descifrar la lengua del Antiguo Egipto, vivió para ver la caída de Montségur.
– Pero ¡eso son quinientos años!
– Los vivió -confirmó simplemente Audric-. Piensa en la vida de una mariposa, Alice. Toda una existencia, colorida y brillante, que sin embargo no dura más que uno de nuestros días. Toda una vida. El tiempo tiene muchos significados.