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Fuera, el aire estaba fresco. Casi todos se habían retirado ya a dormir aunque todavía se veían algunas luces en las habitaciones que daban a la plaza de armas. Un estallido de carcajadas de los guardias, en la torre de entrada, la sobresaltó. Por un instante creyó ver una silueta en una de las habitaciones de arriba. Pero entonces un murciélago que pasó volando delante de ella hizo que desviase la mirada; cuando volvió a mirar, la ventana estaba oscura.

Apretó el paso. Las palabras de su padre giraban en su mente, junto con todas las preguntas que debió hacerle y no le hizo.

Unos pasos más y empezó a sentir un hormigueo en la nuca. Miró por encima del hombro.

– ¿Quién anda ahí?

Nadie respondió. Volvió a preguntar. Había algo maligno en la oscuridad; podía olerlo, sentirlo. Alaïs se apresuró aún más, convencida de que la estaban siguiendo. Podía distinguir un amortiguado ruido de pasos y el sonido de una respiración pesada.

– ¿Quién anda ahí? -repitió.

De repente, una mano recia y callosa que apestaba a cerveza le atenazó la boca. La joven lanzó un grito, poco antes de sentir un brusco golpe en la nuca; entonces se desplomó.

Pareció tardar mucho tiempo en llegar al suelo. Después sintió unas manos que reptaban por su cuerpo, como ratas en una bodega, hasta encontrar lo que buscaban.

– Aquí está.

Fue lo último que Alaïs oyó antes de que la oscuridad se cerrara sobre ella.

CAPÍTULO 11

Pico de Soularac

Montes Sabarthès

Sudoeste de Francia

Lunes 4 de julio de 2005

Alice! ¡Alice! ¿Me oyes? Sus ojos parpadearon y se abrieron.

El aire era gélido y húmedo, como en una iglesia sin caldear. No estaba flotando, sino tumbada en el suelo duro y frío.

«¿Dónde demonios estoy?» Sentía la tierra húmeda, áspera y desigual bajo los brazos y las piernas. Se movió. Piedras de aristas agudas y trozos de grava le rozaron dolorosamente la piel.

No, no era una iglesia. Recuperó el destello de un recuerdo. Iba andando por un túnel largo y oscuro, hacia una cámara de piedra. Y entonces, ¿qué? Las imágenes eran borrosas y se deshilachaban por los márgenes. Alice intentó mover la cabeza. Fue un error. El dolor le estalló en la base del cráneo. Sintió chapotear la náusea en su estómago, como el agua acumulada en la sentina de un barco con la madera podrida.

– Alice, ¿me oyes?

Alguien le hablaba. Una voz preocupada, angustiada, una voz que conocía.

– ¡Alice! ¡Despierta!

Intentó levantar la cabeza. Esta vez el dolor no fue tan intenso. Gradualmente, con mucho cuidado, pudo incorporarse un poco.

– Gracias a Dios -murmuró Shelagh con alivio.

Sintió unas manos bajo los brazos que la ayudaron a sentarse. Todo era siniestro y oscuro, excepto los círculos danzarines de la luz de las linternas. Dos linternas. Alice forzó la vista y reconoció a Stephen, uno de los miembros de más edad del equipo, de pie detrás de Shelagh, con la luz reflejada en las gafas de montura metálica.

– Alice, dime algo. ¿Me oyes? -dijo Shelagh.

«No estoy segura. Quizá.»

Alice intentó hablar, pero tenía la boca paralizada y no le salieron las palabras. Trató de hacer un gesto afirmativo, pero la cabeza le daba vueltas de puro agotamiento. Tuvo que apoyarla sobre las rodillas para no desmayarse.

Con Shelagh a un lado y Stephen al otro, se fue incorporando centímetro a centímetro, hasta quedar sentada en el escalón de piedra, con las manos sobre las rodillas. Todo parecía moverse adelante y atrás y de un lado a otro, como en una película desenfocada.

Shelagh se arrodilló frente a ella. Le hablaba, pero Alice no conseguía entender lo que decía. Sus palabras sonaban distorsionadas, como un disco sonando a otra velocidad. La embistió una nueva oleada de náuseas, mientras la inundaban más recuerdos inconexos: el ruido de la calavera que se alejaba rodando por el suelo, en la oscuridad; su mano tendida para recoger el anillo, y la certeza de haber perturbado algo que dormitaba en los rincones más profundos de la montaña, algo maligno.

Después, nada.

Tenía frío. Sintió la carne de gallina en los brazos y las piernas desnudos. Sabía que no podía haber estado inconsciente mucho tiempo, no más de unos cuantos minutos, como máximo. Unos minutos de nada. Pero por lo visto habían sido suficientes para desplazarse de un mundo a otro.

Alice se estremeció. Otro recuerdo. El de soñar otra vez el mismo sueño. Primero, la sensación de paz y ligereza, cuando todo era blanco y claro. Después, la caída en picado a través del cielo vacío, y el suelo que subía aceleradamente a su encuentro. No había colisión, no había impacto; sólo las verdes columnas oscuras de los árboles sobre su cabeza. Después, el fuego, el rugiente muro rojo, dorado y amarillo de las llamas.

Se rodeó el cuerpo con los brazos. ¿Por qué había vuelto a tener ese sueño? Durante toda su infancia, la había atormentado, siempre la misma pesadilla que no conducía a ninguna parte. Mientras sus padres dormían sin sospechar nada en su habitación, del otro lado de la casa, Alice pasaba noche tras noche despierta en la oscuridad, agarrada a las mantas, decidida a derrotar sola sus demonios.

Pero de eso hacía años. Hacía años que aquel sueño no la molestaba.

– ¿Te parece que intentemos ponerte de pie? -le estaba diciendo Shelagh.

«No significa nada. Que haya sucedido una vez no significa que vaya a empezar de nuevo.»

– Alice -dijo Shelagh, en tono un poco más seco e impaciente-, ¿te sientes capaz de ponerte de pie? Tenemos que llevarte al campamento, para que te reconozcan.

– Creo que sí -dijo por fin. La voz no parecía suya-. No tengo muy bien la cabeza.

– Puedes hacerlo, Alice. Vamos, inténtalo, ahora.

Alice bajó la vista y reparó en su muñeca, roja e hinchada. «Mierda.» No se acordaba bien, no quería acordarse.

– No sé muy bien qué ha pasado. Esto de aquí -dijo, levantando la mano- sucedió fuera.

Shelagh rodeó a Alice con los brazos, para cargar con su peso.

– ¿Está bien así?

Alice le pasó un brazo por el hombro y dejó que Shelagh la ayudara a ponerse en pie. Stephen la cogió por el otro brazo. La joven se balanceó un poco de lado a lado, buscando el equilibrio, pero al cabo de unos segundos el mareo había pasado y sus embotadas extremidades comenzaron a recuperar la sensibilidad. Con cuidado, empezó a flexionar y estirar los dedos, sintiendo el tirón de la piel sobre los nudillos.

– Estoy bien. Dadme sólo un minuto.

– ¿Cómo diablos se te ha podido ocurrir venir sola hasta aquí?

– Estaba…

Alice se interrumpió sin saber qué decir. Era típico de ella quebrantar las reglas y acabar metida en problemas.

– Hay algo que tenéis que ver. Ahí abajo. En el nivel inferior.

Shelagh siguió con su linterna la dirección de la mirada de Alice. Las sombras parecieron escabullirse por las paredes y el techo de la cueva.

– No, ahí no -dijo Alice-. Abajo.

Shelagh bajó el haz de luz.

– Delante del altar.

– ¿Altar?

La potente luz blanca cortó como un foco antiaéreo la negrura de tinta de la caverna. Durante una fracción de segundo, la sombra del altar se recortó contra la pared rocosa que tenía detrás, como una letra griega «pi» dibujada sobre el laberinto labrado en la piedra. Entonces Shelagh movió la mano, la imagen se desvaneció y la linterna encontró el sepulcro. Los pálidos huesos saltaron hacia ellos desde la oscuridad.

De inmediato, el ambiente cambió. Shelagh hizo una breve y profunda inspiración. Como una autómata, bajó uno, después dos y finalmente tres peldaños. Parecía haberse olvidado de Alice.

Stephen hizo ademán de seguirla.

– No -dijo ella secamente-. Quédate ahí.

– Sólo iba a…

– Lo que puedes hacer es ir a buscar al doctor Brayling. Cuéntale lo que hemos encontrado. ¡Ahora! -añadió con un grito, al ver que no se movía.

Stephen dejó su linterna en manos de Alice y desapareció por la galería sin decir nada. La joven pudo oír el crujido de sus botas sobre la grava, cada vez más tenue, hasta que la oscuridad se tragó el sonido.

– No tenías por qué gritarle -empezó a decir Alice. Shelagh la interrumpió con brusquedad.

– ¿Has tocado algo?

– No exactamente, pero…

– Pero ¿qué?

Otra vez, la misma agresividad.

– Había algunas cosas en la tumba -prosiguió Alice-. Te las puedo enseñar.

– ¡No! -gritó Shelagh-. No -añadió en seguida, un poco más serena-. No quiero que nadie baje ahí a pisotearlo todo.

Alice estuvo a punto de decirle que era un poco tarde para eso, pero se contuvo. No tenía ningún deseo de acercarse otra vez a los esqueletos. Las órbitas ciegas y los huesos desmoronados estaban impresos con demasiada claridad en su mente.

La figura de Shelagh se cernía sobre la tumba poco profunda. Había algo desafiante en la forma en que movía el haz de la linterna sobre los cadáveres, arriba y abajo, como examinándolos. Era casi irrespetuoso. La luz incidió sobre la hoja roma del cuchillo cuando Shelagh se arrodilló junto a los esqueletos, de espaldas a Alice.

– ¿Dices que no has tocado nada? -preguntó bruscamente, volviéndose para echar una mirada flamígera por encima del hombro-. ¿Y cómo es que están aquí tus pinzas?

Alice se ruborizó.

– Me has interrumpido antes de que pudiera terminar. Lo que iba a decirte es que cogí un anillo, con las pinzas, antes de que me preguntes, y que se me cayó cuando oí que veníais por el túnel.

– ¿Un anillo? -repitió Shelagh.

– Debe de haber rodado y quizá se haya metido debajo de algo.

– No lo veo -dijo Shelagh, poniéndose de pie súbitamente y volviendo junto a Alice-. Salgamos de aquí. Tenemos que hacer que te miren esas heridas.