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Alice la miró desconcertada. No le devolvía la mirada el rostro de una amiga, sino el de una extraña. Irritada, dura, severa.

– Pero ¿no quieres…?

– ¡Santo Dios, Alice! -dijo, agarrándola por un brazo-. ¿No has hecho ya suficiente? ¡Tenemos que irnos!

Después de la oscuridad aterciopelada de la cueva, cuando emergieron de la sombra de la roca el día resultaba tremendamente luminoso. El sol pareció estallar en la cara de Alice, como un fuego de artificio en un negro cielo de noviembre.

Se protegió los ojos con las manos. Se sentía totalmente desorientada, incapaz de situarse en el tiempo ni en el espacio. Era como si el mundo se hubiera parado mientras ella estaba en la cámara subterránea. Era el mismo paisaje familiar, pero transformado en algo diferente.

«¿O será sólo que lo veo con otros ojos?»

Los reverberantes picos de los Pirineos, a lo lejos, habían perdido su definición. Los árboles, el cielo e incluso la montaña misma parecían tener menos sustancia, ser menos reales. Alice sintió que cualquier cosa que tocara se desplomaría como la escenografía de un estudio cinematográfico, revelando el verdadero mundo oculto detrás.

Shelagh no dijo nada. Iba bajando a paso rápido la montaña, con el móvil pegado al oído, sin molestarse en comprobar si Alice se encontraba bien. Ésta se apresuró para darle alcance.

– Shelagh, aguarda un momento. Espera. -Tocó el brazo de Shelagh-. Oye, lo siento mucho. Ya sé que no debí entrar ahí yo sola. No sé en qué estaría pensando.

Shelagh no pareció oírla. Ni siquiera se volvió, pero cerró el teléfono con un golpe seco.

– No vayas tan rápido. No puedo seguirte.

– De acuerdo -dijo Shelagh, dándose la vuelta para mirarla-. Ya me he parado.

– ¿Qué está pasando aquí?

– Dímelo tú. ¿Qué es exactamente lo que quieres que te diga? ¿Que no tiene importancia? ¿Que te consuele después de que lo has fastidiado todo?

– No, yo…

– Porque tiene importancia, ¿sabes? Ha sido una completa, increíble y jodida imbecilidad que te metieras ahí dentro tú sola. Has contaminado el yacimiento y Dios sabe qué más. ¿A qué demonios estás jugando?

Alice levantó las manos.

– Lo sé, lo sé, y de verdad que lo siento -repetía, consciente de lo inadecuadas que sonaban sus palabras.

– ¿Tienes idea de cómo me dejas a mí? Yo di la cara por ti. Yo convencí a Brayling para que te dejara venir. ¡Gracias por jugar a Indiana Jones! Probablemente la policía suspenderá toda la excavación. Brayling me culpará a mí. Todo lo que he hecho para llegar hasta aquí, para conseguir un lugar en esta excavación… El tiempo que he dedicado…

Shelagh se interrumpió y se pasó los dedos por el pelo cortísimo y decolorado.

«No es justo.»

– Oye, espera un poco. -Aunque sabía que Shelagh tenía todo el derecho a estar enfadada, Alice no pudo soportarlo más-. Estás siendo injusta. Reconozco que fue una estupidez entrar. Debí pensármelo mejor, lo admito. Pero ¿no crees que estás exagerando? ¡Mierda, no lo he hecho adrede! No creo que Brayling vaya a llamar a la policía. Prácticamente no he tocado nada. Nadie se ha hecho daño.

Shelagh se soltó con tanta fuerza de la mano de Alice que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.

– Brayling llamará a las autoridades -dijo Shelagh hirviendo de ira-, porque como tú misma sabrías si alguna vez te molestaras en escuchar una maldita palabra de lo que digo, el permiso para excavar fue concedido contra la opinión de la policía, y con la condición de que todo hallazgo de restos humanos fuera inmediatamente denunciado a la Pólice Judiciaire.

Alice sintió el estómago en los pies.

– Pensé que no era más que retórica burocrática. Nadie parecía tomárselo en serio. Todos se pasaban el día gastando bromas al respecto.

– ¡Obviamente, no te lo tomabas en serio! -exclamó Shelagh-. Pero ¡los demás sí que nos lo tomábamos en serio, siendo como somos profesionales y sintiendo como sentimos un mínimo de respeto por lo que hacemos!

«Esto no tiene sentido.»

– Pero ¿por qué iba a interesarle a la policía una excavación arqueológica?

Shelagh estalló.

– ¡Dios santo, Alice! Sigues sin entenderlo, ¿verdad? Ni siquiera ahora. El porqué no importa una mierda. Las cosas son así. No te corresponde a ti decidir qué reglas respetar y cuáles ignorar.

– Nunca he dicho…

– ¿Por qué tienes que cuestionarlo todo siempre? Siempre crees saber más que los demás; siempre quieres quebrantar las reglas, ser diferente.

Para entonces, Alice también estaba gritando.

– ¡Eso es completamente injusto! Yo no soy así y tú lo sabes. Es sólo que no pensé que…

– Ahí está el problema. No piensas nunca en nada, excepto en ti misma. Y en conseguir lo que quieres.

– Esto es una locura, Shelagh. ¿Por qué iba a querer complicarte las cosas deliberadamente? Escucha tú misma lo que estás diciendo. -Alice hizo una profunda inspiración, tratando de controlar su temperamento-. Mira, reconoceré ante Brayling que la culpa ha sido mía; pero bueno, ha sido eso y nada más… Tú sabes muy bien que en circunstancias normales yo no irrumpiría sola en un sitio como ése, pero…

Hizo otra pausa.

– ¿Pero…?

– Va a parecerte estúpido, pero de alguna manera me atrajo. Sabía que la cámara subterránea estaba ahí. No puedo explicarlo, simplemente lo sabía. Una intuición. Un déjà vu. Como si ya hubiese estado antes.

– ¿Crees que así lo mejoras? -dijo Shelagh en tono sarcástico-. ¡Dios santo, no me lo puedo creer! ¡Una intuición! Es patético.

Alice sacudió la cabeza.

– Fue algo más que eso.

– Sea como sea, ¿qué demonios hacías excavando ahí, tú sola? ¿Ves como tengo razón? Quebrantas las reglas porque sí, sin motivo.

– No -dijo-, no ha sido eso. Vi algo debajo del peñasco y, como era mi último día, pensé que podría hacer un poco más. -Su voz se fue apagando-. Solamente quería averiguar si merecía la pena investigar -dijo, dándose cuenta de su error cuando ya era tarde-. No pretendía…

– ¿Me estás diciendo que, además de todo lo otro, has encontrado algo? ¡Mierda! ¿Has encontrado algo y no te has molestado en decírselo a nadie?

– Yo…

Shelagh tendió la mano.

– Dámelo.

Alice sostuvo su mirada por un momento; después se puso a rebuscar en el bolsillo de sus vaqueros recortados, sacó el objeto envuelto en el pañuelo y se lo dio. No respondía de sus nervios si se ponía a hablar.

Se quedó mirando, mientras Shelagh abría los pliegues blancos de algodón, dejando al descubierto la hebilla que había dentro. Alice no pudo evitar tender una mano.

– Es preciosa, ¿verdad? La manera en que el cobre de las esquinas refleja la luz, aquí y aquí… -Dudó un momento-. Creo que quizá perteneció a alguno de los que están en la cueva.

Shelagh levantó la vista. Su estado de ánimo había sufrido otra transformación. La cólera había desaparecido.

– No tienes idea de lo que has hecho, Alice. Ni la menor idea -dijo doblando el pañuelo-. Yo llevaré esto abajo.

– Yo…

– Déjalo ya, Alice. No me apetece hablar contigo ahora. Lo que digas no hará más que empeorar las cosas.

«¿Qué demonios es todo esto?»

Alice se quedó parada, sin salir de su asombro, mientras Shelagh se alejaba. El acceso de ira había salido de la nada y había sido exagerado incluso para Shelagh, que era capaz de sulfurarse por una nadería, pero se había esfumado con idéntica rapidez.

Alice se sentó en la roca más próxima y apoyó la muñeca magullada sobre la rodilla. Le dolía todo el cuerpo y estaba completamente exhausta, pero también sentía herido el corazón. Sabía que la excavación tenía financiación privada, y no de una universidad ni de ninguna otra institución, por lo que no estaba sujeta a las reglamentaciones restrictivas que pesaban sobre otras expediciones. Como resultado, la competencia para entrar en el equipo había sido feroz. Shelagh estaba trabajando en Mas d’Azil, unos kilómetros al noroeste de Foix, cuando oyó hablar por primera vez de la excavación en los montes Sabarthès. Según ella misma contó, había bombardeado al director, el doctor Brayling, con cartas, mails y recomendaciones, hasta que finalmente, dieciocho meses atrás, había vencido su resistencia, incluso entonces, Alice se había preguntado por qué estaría Shelagh tan obsesionada.

Alice miró hacia abajo. Shelagh la había adelantado tanto que casi se había perdido de vista, su alargada y enjuta figura semiescondida entre los matorrales y las hierbas altas de las laderas más bajas. Ya no había esperanza de darle alcance, aunque lo hubiese querido.

Alice suspiró. Estaba al límite de sus fuerzas. «Como siempre.» Estaba sola. «Mejor así.» Era orgullosamente autosuficiente y prefería no confiar en ninguna otra persona. Pero en ese instante no estaba segura de tener bastante reserva de energía como para llegar al campamento. El sol era demasiado despiadado y sus piernas demasiado débiles. Bajó los ojos para mirar el corte que tenía en el brazo. Había empezado a sangrar otra vez, peor que nunca.

Alice recorrió con la vista el abrasado paisaje estival de los montes Sabarthès, todavía en su paz intemporal. Por un momento se sintió bien. Después, bruscamente, fue consciente de otra sensación, un pinchazo en la base de la columna. Anticipación, una sensación de expectación. Reconocimiento.

«Todo termina aquí.»

Alice hizo una profunda inspiración. El corazón empezó a latirle más de prisa.

«Termina donde empezó.»

De pronto, sintió la cabeza llena de sonidos susurrados e inconexos, como ecos en el tiempo. Las palabras inscritas en lo alto de los peldaños volvieron a resonar en su mente. Pas a pas. Daban vueltas y más vueltas en su cabeza, como una cancioncilla infantil recordada a medias.