– Docteur Tanner -corrigió ella automáticamente al inspector, mientras se ponía de pie.
– Je vous demande pardon, docteur. Je m’appelle Noubel. Police Judiciaire, département de l’Ariège.
Noubel le enseñó brevemente su identificación. Alice hizo como que la leía, al tiempo que guardaba apresuradamente todas sus cosas en la mochila. No quería que el inspector viera sus bosquejos fallidos.
– Vous préférez parler en anglais?
– Sí, creo que sería lo más sensato, gracias.
El inspector Noubel iba acompañado de un oficial uniformado, de mirada atenta y penetrante. Parecía tener apenas edad suficiente para haber salido de la academia. No le fue presentado.
Noubel acomodó su voluminosa anatomía en otra de las raquíticas sillas de camping. No le fue fácil. Los muslos sobresalían del asiento de lona.
– Et alors, madame. Su nombre completo, por favor.
– Alice Grace Tanner.
– ¿Fecha de nacimiento?
– Siete de enero de 1974.
– ¿Casada?
– ¿Es importante? -replicó ella secamente.
– A efectos de información, doctora Tanner -dijo el inspector suavemente.
– No -contestó ella-, no estoy casada.
– ¿Domicilio?
Alice le dio las señas del hotel de Foix donde se alojaba y la dirección de su casa en Inglaterra, deletreándole las palabras que para un francés resultarían poco familiares.
– ¿No queda Foix un poco lejos para venir desde allí todos los días?
– Como no había sitio en la casa de la expedición…
– Bien. Tengo entendido que es usted voluntaria. ¿Es así?
– Así es. Shelagh, es decir, la doctora O’Donnell, es amiga mía desde hace muchísimo tiempo. Fuimos juntas a la universidad, antes de…
«Limítate a responder sus preguntas. No necesita saber la historia de tu vida.»
– He venido de visita. La doctora O’Donnell conoce bien esta parte de Francia. Cuando supo que tenía unos asuntos que atender en Carcasona, Shelagh me propuso que diera un rodeo hasta aquí, para que pudiéramos pasar unos días juntas. Unas vacaciones de trabajo.
Noubel garabateaba en su libreta.
– ¿Es usted arqueóloga?
Alice sacudió la cabeza.
– No, pero creo que es frecuente recurrir a voluntarios, ya sean aficionados o estudiantes de arqueología, para hacer las tareas más sencillas.
– ¿Cuántos voluntarios más hay aquí?
Se le encendieron las mejillas, como si la hubieran sorprendido mintiendo.
– A decir verdad, ninguno, al menos de momento. Son todos arqueólogos o estudiantes.
Noubel la miró fijamente.
– ¿Y hasta cuándo piensa quedarse?
– Hoy es mi último día. O por lo menos lo era… incluso antes de esto.
– ¿Y Carcasona?
– Tengo una reunión allí el miércoles por la mañana y pienso quedarme unos días para hacer un poco de turismo. Vuelvo a Inglaterra el domingo.
– Una ciudad preciosa -dijo Noubel.
– No he estado nunca.
Noubel suspiró y volvió a enjugarse con el pañuelo el sudor de la frente enrojecida.
– ¿Y qué tipo de reunión es ésa?
– No lo sé exactamente. Alguien de la familia que vivía en Francia me ha dejado algo en herencia. -Hizo una pausa, reacia a explicar nada más-. Sabré algo más el miércoles, cuando haya hablado con la notaria.
Noubel hizo otra anotación. Alice intentó ver lo que estaba escribiendo, pero no pudo descifrar su escritura mirándola del revés. Para su alivio, cambió de tema.
– Entonces es usted doctora…
Noubel dejó el comentario en suspenso.
– Sí, pero no soy médico -replicó, aliviada al sentirse sobre terreno más seguro-. Soy profesora, tengo un doctorado. En literatura inglesa -Noubel no pareció entenderla-. Pas médecin. Pas généraliste -explicó ella-. Je suis professeur.
Noubel suspiró e hizo otra anotación.
– Bon. Aux affaires. -Su tono ya no era cordial-. Estaba trabajando sola allá arriba. ¿Es una práctica habitual?
De inmediato, Alice se puso en guardia.
– No -dijo lentamente-, pero como era mi último día, quise seguir. Estaba segura de que encontraríamos algo.
– ¿Debajo del peñasco que protegía la entrada? Sólo para aclarar este punto, ¿puede decirme cómo se decide quién excava en cada sitio?
– El doctor Brayling y Shelagh, es decir, la doctora O’Donnell, tienen un plan del terreno que esperan abrir, dentro del tiempo disponible, y dividen el yacimiento en consecuencia.
– Entonces, ¿fue el doctor Brayling quien la envió a esa zona? ¿O la doctora O’Donnell?
«El instinto. Simplemente sabía que había algo ahí.»
– En realidad, no. Subí por la ladera de la montaña porque estaba segura de que había algo. -Dudó un momento-. No pude encontrar a la doctora O’Donnell para pedirle permiso, de modo que… tomé una… una decisión práctica.
Noubel frunció el ceño.
– Ya veo. Entonces, estaba trabajando. El peñasco se soltó. Cayó. ¿Qué ocurrió después?
Había auténticas lagunas en su memoria, pero Alice respondió lo mejor que pudo. El inglés de Noubel era bueno, aunque demasiado formal, y sus preguntas eran directas.
– Oí algo en el túnel, detrás de mí, y…
De pronto, las palabras se le secaron en la garganta. Algo que había suprimido en su mente volvió a ella con un golpe seco, con una sensación punzante en el pecho, como si…
«¿Como si qué?»
Alice se respondió a sí misma. «Como si me hubiesen apuñalado.» Así lo había sentido. La hoja de un arma blanca hundiéndose en su carne, precisa y limpia. No había habido dolor, sólo una ráfaga de aire frío y un tenue espanto.
«¿Y después?»
La luz brillante, gélida e insustancial. Y oculto en su interior, un rostro. Un rostro de mujer.
La voz de Noubel se abrió paso a través de los recuerdos que afloraban, dispersándolos.
– ¿Doctora Tanner?
«¿Habían sido alucinaciones?»
– ¿Doctora Tanner? ¿Mando buscar a alguien?
Alice se lo quedó mirando por un instante, con ojos vacíos.
– No, no, gracias. Estoy bien. Ha sido sólo el calor.
– Me estaba diciendo que la había sorprendido un ruido…
Se obligó a concentrarse.
– Así es. La oscuridad me desorientaba. No podía determinar de dónde venía el ruido y eso me dio miedo. Ahora me doy cuenta de que no eran más que Shelagh y Stephen.
– ¿Stephen?
– Stephen Kirkland. K-i-r-k-l-a-n-d.
Noubel le enseñó brevemente la página de su libreta, para que confirmara la grafía. Alice asintió con la cabeza.
– Shelagh vio que caía el peñasco y subió a ver qué pasaba. Stephen la siguió, supongo -volvió a titubear-. No estoy segura de lo que sucedió después. -Esta vez, la mentira acudió fácilmente a sus labios-. Debí de tropezar con los peldaños o algo así. Lo siguiente que recuerdo es que Shelagh me llamaba por mi nombre.
– La doctora O’Donnell dice que estaba usted inconsciente cuando la encontraron.
– Sólo por unos instantes. No creo que perdiera el conocimiento más de uno o dos minutos. Sea como sea, no me pareció mucho tiempo.
– ¿Ha sufrido desmayos en otras ocasiones, doctora Tanner?
Alice se sobresaltó al venirle a la mente el recuerdo aterrador de la primera vez que le había sucedido.
– No -mintió.
Noubel no reparó en su repentina palidez.
– Dice que estaba oscuro -señaló- y que por eso tropezó. Pero ¿antes de eso tenía alguna luz?
– Tenía un mechero, pero se me cayó cuando oí el ruido. Y también el anillo.
La reacción del inspector fue inmediata.
– ¿Un anillo? -preguntó secamente-. No había mencionado ningún anillo.
– Había un anillo pequeño de piedra entre los esqueletos -dijo, alarmada por la expresión del rostro del policía-. Lo recogí con las pinzas, para verlo mejor, pero antes de…
– ¿Qué clase de anillo? -la interrumpió él-. ¿De qué material?
– No lo sé. Algún tipo de piedra; no era de oro, ni de plata, ni nada de eso. No tuve ocasión de verlo bien.
– ¿Tenía algo grabado? ¿Letras, un sello, algún dibujo?
Alice abrió la boca para responder, pero en seguida la cerró. De repente, no quiso decirle nada más.
– No sé, lo siento. Fue todo tan rápido.
Noubel se la quedó mirando un momento y después chasqueó los dedos, para llamar la atención del joven oficial que tenía detrás. Alice pensó que él también parecía agitado.
– Biau, on a trouvé quelque chose comme ça?
– Je ne sais pas, monsieur l’inspecteur.
– Dépêchez-vous, alors. Il faut le chercher… Et informez-en monsieur Authié. Allez! Vite!
Alice notaba una persistente franja de dolor detrás de los ojos, a medida que el efecto de los analgésicos empezaba a disiparse.
– ¿Tocó alguna otra cosa, doctora Tanner?
– Desplacé accidentalmente uno de los cráneos con el pie -respondió ella, frotándose las sienes con los dedos-. Pero aparte de eso y del anillo, nada. Como ya le he dicho.
– ¿Y qué me dice del objeto que encontró debajo del peñasco?
– ¿La hebilla? Se la di a la doctora O’Donnell cuando salimos de la cueva -replicó, levemente molesta por el recuerdo-. No tengo idea de lo que habrá hecho con ella.
Pero Noubel ya no la escuchaba. No hacía más que mirar por encima del hombro. Finalmente, dejó de fingir que le prestaba atención y cerró la libreta.
– Voy a rogarle que espere un poco, doctora Tanner. Es posible que tenga que hacerle algunas preguntas más.
– Pero no tengo nada más que decirle -empezó a protestar ella-. ¿No puedo ir con los demás, al menos?
– Más tarde. De momento, preferiría que se quedara aquí.