Alice volvió a hundirse en su silla, contrariada y exhausta, mientras Noubel salía pesadamente de la tienda y se dirigía montaña arriba, donde un grupo de agentes uniformados examinaba el peñasco.
Al acercarse Noubel, el círculo se abrió, justo lo suficiente para que Alice tuviera un breve atisbo de un hombre alto vestido de paisano, de pie en el centro.
Contuvo el aliento.
El hombre, que lucía un elegante traje veraniego de color verde pálido, sobre una fresca camisa blanca, estaba claramente al mando. Su autoridad era evidente. Se le veía acostumbrado a dar órdenes y a que las obedecieran. Noubel le pareció desmañado y torpe en comparación. Alice sintió un hormigueo de incomodidad.
No era únicamente la ropa y el porte del hombre lo que lo distinguía. Incluso desde la distancia que los separaba, Alice podía sentir la fuerza de su personalidad y su carisma. Tenía la tez pálida y el rostro enjuto, impresión acentuada por la forma en que llevaba el pelo, peinado hacia atrás desde la ancha frente despejada. Tenía un aire monacal. Un aire que le resultaba familiar.
«No seas tonta. ¿De qué vas a conocerlo?»
Alice se puso de pie y se dirigió hacia la puerta de la tienda, observando con atención a los dos hombres mientras éstos se apartaban del grupo. Estaban hablando. O mejor dicho, Noubel hablaba y el otro escuchaba. Al cabo de un par de segundos, el hombre se dio la vuelta y subió hasta la entrada de la cueva. El agente de guardia levantó la cinta, el hombre se agachó para pasar y se perdió de vista.
Sin ningún motivo que lo explicara, Alice tenía las palmas de las manos húmedas de angustia. El vello de la nuca se le erizó, lo mismo que cuando había oído el ruido en la cámara subterránea. Apenas podía respirar.
«La culpa es tuya. Tú lo has traído.»
De inmediato, se recompuso.
«¿De qué estás hablando?»
Pero la voz en el interior de su cabeza se negaba a guardar silencio.
«Tú lo has traído.»
Sus ojos volvieron a la entrada de la cueva, como atraídos por un imán. No pudo evitarlo. La idea de que él estuviera allí dentro, después de todo lo que habían hecho para mantener oculto el laberinto…
«Lo encontrará»
– ¿Encontrar qué? -murmuró para sí misma. No lo sabía con certeza.
Pero deseó haberse llevado el anillo cuando tuvo oportunidad de hacerlo.
CAPÍTULO 13
Noubel no entró en la cueva. En lugar de eso, se quedó esperando fuera, a la sombra gris de la cornisa rocosa, con el rostro enrojecido.
«Sabe que algo no va bien», pensó Alice. De vez en cuando, el inspector dirigía algún comentario al agente de guardia y fumaba cigarrillo tras cigarrillo, encendiendo el último con la colilla del anterior. Alice escuchaba música para ayudarse a pasar el tiempo Las canciones de Nickelback estallaban en su cabeza, borrando todos los demás sonidos.
Al cabo de quince minutos, el hombre del traje volvió a aparecer. Noubel y el agente parecieron crecer cinco o seis centímetros. Alice se quitó los auriculares y devolvió la silla al sitio donde estaba antes de sacarla a la entrada de la tienda.
Observó cómo los dos hombres bajaban juntos desde la cueva.
– Empezaba a creer que se había olvidado de mí, inspector -dijo en cuanto éste pudo oírla.
Noubel murmuró una disculpa, pero eludió su mirada.
– Doctora Tanner, je vous présente monsieur Authié
De cerca, la primera impresión de Alice de que el hombre tenía presencia y carisma se vio reforzada. Pero sus ojos grises eran fríos y clínicos. De inmediato, sintió que se ponía en guardia. Reprimiendo su antipatía, le tendió la mano. Tras un instante de vacilación, Authié se la estrechó. Sus dedos eran fríos y su tacto, inmaterial. Se le puso la carne de gallina
Lo soltó tan rápidamente como pudo.
– ¿Entramos? -dijo él.
– ¿Usted también es de la Pólice Judiciaire , monsieur Authié?
El fantasma de una respuesta pareció brillar en sus ojos, pero no dijo nada. Alice aguardó, preguntándose si sería posible que no la hubiese oído. Noubel se movió, incómodo con el silencio.
– Monsieur Authié es de la mairie, del ayuntamiento. De Carcasona.
– ¿De veras?
Le pareció sorprendente que Carcasona perteneciera a la misma jurisdicción que Foix.
Authié se apropió de la silla de Alice, obligándola a sentarse de espaldas a la entrada. Desconfiaba de él, sentía que debía obrar con cautela.
Su sonrisa era la ensayada sonrisa de los políticos: oportuna, atenta y superficial. Sin los ojos.
– Tengo una o dos preguntas para usted, doctora Tanner.
– No creo que pueda decirle nada más. Ya le he contado al inspector todo lo que recuerdo.
– El inspector Noubel me ha hecho un cumplido resumen de su declaración, pero aun así necesito que la repita. Hay discrepancias, ciertos puntos de su historia que requieren aclaración. Puede que haya olvidado algunos detalles, aspectos que antes quizá le hayan parecido carentes de importancia.
Alice se mordió la lengua.
– Se lo he contado todo al inspector -insistió obstinadamente.
Authié apretó las yemas de los dedos de ambas manos, haciendo oídos sordos a sus objeciones. No sonrió.
– Empecemos por el momento en que entró en la cámara subterránea, doctora Tanner. Paso a paso.
La elección de las palabras sobresaltó a Alice. ¿Paso a paso? ¿La estaba poniendo a prueba? Su rostro no revelaba nada. Los ojos de ella se posaron en una cruz dorada que él llevaba al cuello, antes de volver a sus ojos grises, que la seguían mirando fijamente.
Consciente de que no tenía otra opción, empezó de nuevo la historia. Al principio, Authié la escuchó con intenso y reconcentrado silencio. Después comenzó el interrogatorio. «Está intentando acorralarme.»
– ¿Eran legibles las palabras inscritas en lo alto de los peldaños, doctora Tanner? ¿Se tomó el tiempo de leerlas?
– La mayor parte de las letras estaban borradas por el roce -dijo ella en tono desafiante, como retándolo a contradecirla. Al ver que no lo hacía, sintió un estallido de satisfacción-. Bajé hasta el nivel inferior, hacia el altar. Entonces vi los cadáveres.
– ¿Los tocó?
– No.
El hombre dejó escapar un sonido leve, como de descreimiento, y entonces metió la mano en el bolsillo interior de la americana.
– ¿Es suyo esto? -dijo, abriendo la mano para revelar un mechero azul de plástico.
Alice estiró la mano para cogerlo, pero él retiró el brazo.
– ¿Me lo da, por favor?
– ¿Es suyo, doctora Tanner?
– Sí.
El hombre hizo un gesto afirmativo con la cabeza y volvió a metérselo en el bolsillo.
– Sostiene que no tocó los cuerpos, pero antes le dijo al inspector Noubel que sí lo había hecho.
Alice se ruborizó.
– Fue un accidente. Le di con el pie a uno de los cráneos, pero no puede decirse que los tocara.
– Doctora Tanner, todo será más sencillo si se limita a responder a mis preguntas.
La misma voz, fría y severa.
– No veo qué…
– ¿Qué aspecto tenían? -cortó él con sequedad.
Alice notó que a Noubel le disgustaba su tono intimidatorio, pero no hizo nada por detenerlo. Con el estómago encogido por el nerviosismo, la joven siguió contestando lo mejor que pudo.
– ¿Y qué vio entre los cuerpos?
– Una daga, una especie de cuchillo. También una bolsa pequeña, de cuero, creo. -«No te dejes amedrentar»-. Pero no lo sé con certeza, porque no la toqué.
Authié entrecerró los ojos.
– ¿Miró dentro de la bolsa?
– Ya le he dicho que no he tocado nada.
– Excepto el anillo.
De pronto, se inclinó hacia delante, como una serpiente preparada para atacar.
– Y eso es lo que me parece misterioso, doctora Tanner. No entiendo que el anillo le interesara tanto como para pararse a recogerlo y que sin embargo no tocara nada de lo demás. ¿Comprende mi confusión?
La mirada de Alice se cruzó con la suya.
– Simplemente, me llamó la atención. Eso es todo.
– ¿En la negrura casi absoluta de la cueva se fijó usted en ese objeto diminuto? -preguntó él con una sonrisa sarcástica-. ¿Cómo era de grande? ¿Del tamaño de una moneda de un euro, por ejemplo? ¿Un poco más? ¿Un poco menos?
«No le digas nada.»
– Le hubiese creído capaz de calcular sus dimensiones por sí mismo -replicó ella fríamente.
Él sonrió. Con sensación de zozobra, Alice se dio cuenta de que acababa de seguirle el juego.
– Ojalá pudiera, doctora Tanner -dijo él suavemente-. Pero ahí esta el quid del asunto. No hay ningún anillo.
Alice se contrajo cuando Authié colocó sus manos sobre la silla de ella y puso su cara pálida y huesuda muy cerca de la suya.
– ¿Qué ha hecho con el anillo, Alice? -le susurró.
«No te dejes amedrentar. No has hecho nada malo.»
– Le he contado con toda exactitud lo sucedido -contestó, luchando para no dejar traslucir el miedo en su voz-. El anillo se deslizó de mi mano cuando se me cayó el mechero. Sí no está allí ahora, es porque alguien lo habrá cogido. Y no he sido yo -añadió, lanzando una mirada rápida a Noubel-. Si lo hubiese cogido yo, ¿para qué iba a mencionarlo?
– Nadie más que usted dice haber visto ese misterioso anillo -prosiguió él, sin hacerle caso-, lo cual nos deja dos posibilidades: o bien se equivoca al contar lo que ha visto, o bien lo ha cogido usted.
El inspector Noubel finalmente intervino.
– Señor Authié, no creo que…
– A usted no le pagan para que crea o deje de creer -dijo en tono cortante, sin mirar siquiera al inspector. Noubel enrojeció. Authié siguió mirando fijamente a Alice-. No hago más que exponer los hechos.
Alice sintió que estaba librando una batalla cuyas reglas no le había explicado nadie. Estaba diciendo la verdad, pero no veía el modo de convencerlo.
– Muchísima gente ha entrado en la cueva después que yo -dijo con obstinación-. Los forenses, la policía, el inspector Noubel, usted -añadió con mirada desafiante-. Usted ha estado allí dentro mucho rato.