Cuando sus ojos se habituaron un poco más a la penumbra, pudo distinguir que sobre cada uno de los lados había una letra tallada en la piedra: E a la cabeza, N y S sobre los lados más largos, una frente a otra, y O al pie. ¿Los puntos cardinales?
Después reparó en un pequeño bloque de piedra, de unos treinta centímetros de altura, colocado en la base del cofre, en línea con la letra E. Tenía una curva poco profunda en el centro, como el bloque de un verdugo.
El suelo a su alrededor parecía más oscuro que el resto. Estaba húmedo, como si lo hubieran fregado poco antes. Will se agachó y pasó los dedos por la marca. Desinfectante y algo más, un olor agrio, como a óxido. Había algo pegado a una de las esquinas de piedra. Will lo desprendió con las uñas.
Era un trozo de tela de hilo o algodón, deshilachado en los bordes, como si hubiese quedado enganchado en un clavo y se hubiese desgarrado. En los cantos tenía pequeñas manchas marrones. Como de sangre seca.
Will dejó caer la tela y echó a correr, dando un portazo y desanudando la cortina antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Salió a toda carrera por el pasillo, atravesó las dos puertas y subió en tromba la estrecha y empinada escalera, saltando los peldaños de dos en dos, hasta que estuvo en el vestíbulo de la casa.
Se dobló por la cintura, con las manos apoyadas en las rodillas, e intentó recuperar el aliento. Después, al comprender que pasara lo que pasase no podía arriesgarse a que nadie llegara y descubriera que había estado allá abajo, metió una mano y apagó las luces. Con dedos temblorosos, cerró el pestillo de la puerta y devolvió el tapiz a su sitio, hasta que ya nada fue visible desde fuera.
Por un instante, se quedó parado donde estaba. El reloj de péndulo le indicó que no habían pasado más de veinte minutos.
Will se miró las manos, volviéndolas de un lado y del otro, como si no fueran suyas. Frotó la yema del índice con la del pulgar y olió. Era sangre.
CAPÍTULO 25
Toulouse
Alice se despertó con un dolor de cabeza monumental. Por un momento, no tuvo ni idea de dónde se encontraba. Entreabrió los párpados y, por el rabillo del ojo, vio la botella vacía sobre la mesilla de noche. «Te está bien empleado»
Rodó hacia un costado y cogió el reloj.
Las once menos cuarto.
Con un gruñido, volvió a dejarse caer sobre la almohada. Tenía la boca rancia como el cenicero de un pub y en la lengua el sabor agrio del whisky.
«Necesito una aspirina. Agua.»
Entró trastabillando en el baño y se miró al espejo. Se veía tan mal como se sentía. Su frente era un moteado caleidoscopio de magulladuras verdes, violáceas y amarillas. Tenía bolsas oscuras bajo los ojos. Conservaba una lejana memoria de haber soñado con bosques y ramas invernales quebradizas por la helada. ¿Había visto el laberinto reproducido sobre un trozo de tela dorada? No podía recordarlo.
Su viaje desde Foix, la noche anterior, también parecía envuelto en una nube. Ni siquiera podía recordar por qué se había dirigido a Toulouse y no a Carcasona, como habría sido lo más lógico. Dejó escapar un gruñido. Foix, Carcasona, Toulouse. No pensaba moverse, pasara lo que pasase, hasta sentirse mejor. Se recostó en la cama y esperó a que los analgésicos hicieran efecto.
Veinte minutos después, seguía sintiéndose mal, pero el doloroso latido detrás de los ojos se había convertido en una simple jaqueca. Se quedó bajo el chorro de la ducha hasta que el agua empezó a salir fría. Sus pensamientos volvieron a Shelagh y al resto del equipo. Se preguntó qué estarían haciendo en ese momento. Habitualmente, el equipo subía al yacimiento a las ocho en punto y se quedaba allí hasta que caía la noche. Vivían y respiraban excavación. No podía imaginar cómo iba a hacer ninguno de ellos para arreglárselas sin su rutina diaria.
Envuelta en la diminuta y raída toalla del hotel, Alice miró si tenía mensajes en el móvil. Nada todavía. La noche anterior esa ausencia la había entristecido, hoy la fastidiaba. Más de una vez, durante sus diez años de amistad, Shelagh se había sumido en rencorosos silencios que habían durado semanas. En cada ocasión le había tocado a Alice arreglar las cosas, y ahora se daba cuenta de que estaba dolida.
«Que sea ella la que corra esta vez.»
Tras repasar el contenido de su neceser, Alice encontró un viejo tubo de crema correctora, raramente usada, que empleó para tapar los peores cardenales. Después se puso perfilador de ojos y un toque de pintalabios. Se secó el pelo con los dedos y por último eligió la más cómoda de sus faldas y una blusa azul nueva sin mangas. Guardó todo lo demás y, antes de salir a explorar Toulouse, bajó a la recepción para comunicar que se marchaba del hotel.
Todavía se sentía mal, pero no era nada que el aire fresco y una buena dosis de cafeína no pudieran curar.
Tras colocar las maletas en el coche, Alice pensó que sería mejor simplemente caminar y ver hacia dónde la llevaban sus pasos. El aire acondicionado de su coche no funcionaba muy bien, por lo que decidió esperar a que bajara la temperatura, antes de partir hacia Carcasona.
Paseando a la sombra de los plátanos, mirando la ropa y los perfumes de los escaparates, volvió a sentirse ella misma. Estaba avergonzada por la forma en que había reaccionado la noche anterior. Totalmente paranoica, completamente exagerada. Por la mañana, la idea de que alguien la estuviera persiguiendo le pareció absurda.
Sus dedos buscaron el número de teléfono que llevaba en el bolsillo. «Sin embargo, esto no lo has imaginado.» Alice apartó el pensamiento. Iba a ser positiva, tenía que mirar adelante. Disfrutaría al máximo su estancia en Toulouse.
Recorrió las callejas y pasajes serpenteantes de la ciudad vieja, dejando que sus pies la guiaran. Las ornamentadas fachadas de ladrillo y piedra rosa eran sobrias y elegantes. Los nombres en los rótulos de las calles, en las fuentes y monumentos proclamaban la larga y gloriosa historia de Toulouse: generales, santos medievales, poetas del siglo xviii y luchadores por la libertad del siglo xx, todo el noble pasado de la ciudad, desde la época romana hasta el presente.
Alice entró en la catedral de Saint-Étienne, en parte para refugiarse del sol. Le gustaban la tranquilidad y la paz de las catedrales y las iglesias, herencia de los viajes que había hecho con sus padres cuando niña, de modo que pasó una agradable media hora vagando por el templo, leyendo sin prestar mucha atención los carteles de los muros y contemplando las vidrieras.
Al notar que empezaba a sentir hambre, decidió terminar con un breve recorrido por los claustros y salir en busca de algún lugar donde almorzar. No había dado más que unos cuantos pasos, cuando oyó un llanto infantil. Se volvió para mirar, pero no había nadie. Sintiendo un vago malestar, siguió andando. Los sollozos parecieron aumentar de volumen. Entonces oyó a alguien murmurar. Una voz de hombre, muy cerca, susurrándole al oído.
– Héréticque, héréticque…
Alice se volvió.
– ¿Sí? Allô? Il y a quelqu’un?
Allí no había nadie. Como un rumor de fondo maligno, la palabra se repetía una y otra vez dentro de su cabeza.
– Héréticque, héréticque…
Se tapó los oídos con las manos. De los pilares y los muros de piedra gris, parecían estar surgiendo rostros. Bocas torturadas y manos retorcidas tendidas pidiendo ayuda, sobresalían de cada rincón oculto.
Entonces Alice vislumbró una silueta al frente, casi fuera del alcance de su vista. Era una mujer con un vestido verde de falda larga y capa roja, que entraba y salía de las sombras. En la mano llevaba una cesta de mimbre. Alice le gritó para llamar su atención, justo en el instante en que tres hombres, tres monjes, salían de detrás de una columna. La mujer dio un alarido cuando la atraparon y no dejó de debatirse mientras la arrastraban para llevársela.
Alice intentó llamarlos, pero de su boca no salió ningún sonido. Sin embargo, la mujer sí pareció oírla, porque se volvió y la miró directamente a los ojos. Para entonces, los monjes la habían rodeado y extendían a su alrededor sus voluminosas mangas, como alas negras.
– ¡Dejadla! -gritó Alice, mientras echaba a correr hacia ellos. Pero cuanto más avanzaba, más distantes se volvían las figuras, hasta que finalmente desaparecieron por completo. Era como si se hubieran disuelto en las paredes del claustro.
Desconcertada, Alice recorrió la piedra con las manos. Se volvió a izquierda y derecha, en busca de una explicación, pero el espacio estaba completamente vacío. Finalmente, fue presa del pánico. Corrió hacia la salida que daba a la calle, convencida de que los hombres de hábitos negros la perseguirían y también se abalanzarían sobre ella.
Fuera, todo estaba igual que antes.
«Todo está bien. Tú estás bien.» Respirando pesadamente, Alice apoyó la espalda contra la pared. Mientras intentaba controlarse, se dio cuenta de que ya no era terror la emoción que sentía, sino tristeza. No necesitaba un libro de historia para saber que algo terrible había sucedido en aquel lugar. Había allí una atmósfera de sufrimiento, cicatrices que ni el hormigón ni la piedra podían disimular. Los fantasmas contaban su propia historia. Cuando se llevó una mano a la cara, descubrió que estaba llorando.
En cuanto sus piernas tuvieron fuerzas para sostenerla, se encaminó de vuelta al centro de la ciudad. Estaba resuelta a poner tanta distancia como fuera posible entre ella y Saint-Étienne. No podía explicar lo que le estaba sucediendo, pero no iba a rendirse.
Tranquilizada por el ritmo normal de la vida diaria a su alrededor, Alice se encontró en una pequeña plazoleta peatonal. En la esquina que tenía a su derecha, había una cervecería bajo un toldo rosa fuerte, una terraza con varias hileras de relucientes sillas plateadas y mesas redondas.