Al final, ni siquiera lo recibió. Fue un insulto deliberado e inequívoco. Trencavel se vio obligado a una larga e impaciente espera a las puertas del campamento francés, hasta recibir la noticia de que le había sido concedida una audiencia.
Autorizado a asistir acompañado únicamente de Pelletier y de dos de sus chavalièrs, el vizconde Trencavel fue conducido a la tienda de campaña del abad del Císter, donde les indicaron que debían despojarse de las armas. Así lo hicieron Una vez dentro, el vizconde no fue recibido por el abad, sino por dos legados papales.
Raymond-Roger prácticamente no tuvo ocasión de decir nada, mientras los dos legados lo reprendían por haber permitido que la herejía se extendiera sin freno por sus dominios. Criticaron su política de nombrar judíos para los altos cargos de las principales ciudades. Lo acusaron de cerrar los ojos ante la conducta pérfida y perniciosa de los obispos cátaros en sus territorios, y citaron varios ejemplos.
Por último, cuando hubieron terminado, los legados despidieron al vizconde Trencavel como si se tratara del amo de algún señorío insignificante y no del señor de una de las casas más poderosas del Mediodía. A Pelletier le hervía la sangre cada vez que lo recordaba.
Los espías del abad habían informado bien a los legados. Cada una de las acusaciones era infundada en cuanto a su interpretación, pero no en lo referente a los hechos, que eran ciertos y venían respaldados por el testimonio de testigos directos. Este aspecto, más aún que la calculada afrenta a su honor, convenció a Pelletier de que el vizconde Trencavel estaba llamado a ser el nuevo enemigo. La Hueste necesitaba a alguien contra quien luchar y, tras la capitulación del conde de Toulouse, no había otro candidato.
Habían abandonado de inmediato el campamento de las afueras de Montpellier. Contemplando la luna, Pelletier calculó que si mantenían el ritmo de la marcha, llegarían a Béziers al alba. El vizconde Trencavel quería avisar personalmente a los habitantes de la ciudad de que el ejército francés se encontraba a escasas quince leguas, con intenciones belicosas. La vía romana que discurría de Montpellier a Béziers se abría a su paso y no había modo de bloquearla.
Instaría a las autoridades de la ciudad a prepararse para el asedio y, al mismo tiempo, pediría refuerzos para apoyar a sus mesnadas en Carcasona. Cuanto más tiempo se demorara la Hueste en Béziers, más tiempo tendría él a su disposición para preparar las fortificaciones. Además, tenía intención de ofrecer refugio en Carcasona a los más amenazados por los franceses: los judíos, los pocos mercaderes sarracenos llegados de España y los bons homes. No lo hacía solamente por cumplir su deber como señor feudal. De hecho, gran parte de la administración y la organización de Béziers estaba en manos de diplomáticos y mercaderes judíos. Hubiera o no amenaza de guerra, no estaba dispuesto a prescindir de los servicios de personas tan valiosas y capacitadas.
La decisión de Trencavel facilitó la tarea de Pelletier. Apoyó la mano sobre la carta de Harif, que tenía oculta en la bolsa. Cuando llegaran a Béziers, sólo tendría que excusarse el tiempo suficiente para encontrar a Simeón.
Un sol pálido se levantaba sobre el río Orb, mientras los hombres, exhaustos, cabalgaban a través del gran puente sobre arcos de piedra.
Béziers se erguía orgullosa y elevada sobre ellos, majestuosa y aparentemente inexpugnable detrás de sus antiguas murallas. Las esbeltas torres de la catedral y de las grandes iglesias consagradas a María Magdalena, san Judas y la Virgen resplandecían a la luz del crepúsculo.
Pese al cansancio, Raymond-Roger Trencavel no había perdido su porte ni su natural autoridad, mientras azuzaba a su caballo para que subiera por la maraña de pasadizos y empinadas callejas serpenteantes que conducían a las puertas principales. El entrechocar de los cascos de los caballos sobre el empedrado iba arrancando del sueño a los pobladores de los tranquilos suburbios de extramuros.
Pelletier desmontó y llamó a la guardia para que les abriera las puertas y los dejara entrar. Al haberse difundido la noticia de que el vizconde Trencavel estaba en la ciudad, el gentío les impidió avanzar con rapidez, pero finalmente llegaron a la residencia del soberano.
Raymond-Roger saludó a éste con genuino afecto. Era un viejo amigo y aliado, con talento para la diplomacia y la administración, y leal con la dinastía de los Trencavel. Pelletier aguardó mientras los dos hombres se saludaban según la usanza del Mediodía e intercambiaban regalos como muestra de su mutua estima. Tras completar las formalidades con inusual premura, Trencavel fue directo al grano. El soberano lo escuchaba con creciente preocupación. En cuanto el vizconde hubo finalizado su discurso, envió mensajeros para convocar a los cónsules de la ciudad a una reunión del Consejo.
Mientras hablaban, una mesa había sido dispuesta en medio de la sala, con pan, carne, queso, fruta y vino.
– Messer -dijo el soberano-, será un honor para mí que aceptéis mi hospitalidad mientras esperamos.
Pelletier vio su oportunidad. Se adelantó discretamente y habló al oído del vizconde Trencavel.
– Messer -le dijo-, ¿podéis prescindir de mí por un momento? Quisiera ver con mis propios ojos cómo se encuentran nuestros hombres; asegurarme de que tienen todo lo necesario, y comprobar que mantienen la boca cerrada y el ánimo firme.
Trencavel levantó la vista, con expresión de asombro.
– ¿Ahora, Bertran?
– Si me lo permitís, messer.
– No me cabe la menor duda de que nuestros hombres están siendo bien atendidos -dijo, sonriendo a su anfitrión-. Deberías comer y descansar un poco.
– Os ruego aceptéis mis humildes disculpas, pero suplico una vez más vuestra venia para retirarme.
Raymond-Roger escrutó el rostro de Pelletier, en busca de una explicación que no halló.
– Muy bien -dijo finalmente, todavía intrigado-. Tienes una hora.
En las calles había gran bullicio, y se iban poblando cada vez más de curiosos a medida que se extendían los rumores. Una muchedumbre se estaba congregando en la plaza Mayor, delante de la catedral.
Pelletier conocía bien Béziers, pues la había visitado muchas veces con el vizconde Trencavel, pero iba a contracorriente y sólo su corpulencia y su autoridad lo salvaron de ser derribado por la marea de gente. Nada más llegar a la judería, empezó a preguntar a los transeúntes si conocían a Simeón, mientras apretaba con fuerza en el puño la carta de Harif. De pronto, sintió que le tironeaban de la manga. Bajó la vista y vio a una bonita niña de ojos y cabellos oscuros.
– Yo sé dónde vive -dijo la pequeña-. Sígame.
La niña lo condujo al barrio comercial, donde tenían sus negocios los prestamistas, y luego, a través de un dédalo de callejas aparentemente idénticas, atestadas de talleres y viviendas. Se detuvo delante de una puerta sin ningún rasgo distintivo.
El senescal miró a su alrededor hasta encontrar lo que buscaba: el emblema del encuadernador grabado sobre las iniciales de Simeón. Pelletier esbozó una sonrisa de alivio. Era la casa. Dio las gracias a la pequeña, le puso una moneda en la mano y la despidió. Después levantó la pesada aldaba de bronce y llamó a la puerta tres veces.
Hacía mucho tiempo, más de quince años. ¿Habría subsistido la corriente de afecto que tan fácilmente fluía entre ellos?
La puerta se entreabrió lo suficiente como para revelar a una mujer que lo miraba con expresión suspicaz. Sus ojos negros eran hostiles. Llevaba puesto un velo verde que le cubría el pelo y la mitad inferior del rostro, y lucía los tradicionales bombachos anchos y claros, ajustados al tobillo, que vestían las judías en Tierra Santa. Su larga casaca amarilla le llegaba a las rodillas.
– Quisiera hablar con Simeón -dijo él.
Ella sacudió la cabeza e intentó cerrar la puerta, pero él la mantuvo abierta, usando el pie a modo de cuña.
– Entrégale esto -dijo, aflojándose el anillo del pulgar y colocándolo en la mano de la mujer-. Dile que Bertran Pelletier está aquí.
Su suspiro de sorpresa fue audible. De inmediato, la mujer se apartó para dejarlo pasar. Pelletier la siguió a través de una pesada cortina roja, decorada con círculos dorados cosidos arriba y abajo en sendas orlas.
– Esperatz -dijo ella, indicándole con un gesto que se quedara donde estaba.
Sus brazaletes y ajorcas tintinearon, mientras se alejaba por el largo pasillo hasta desaparecer.
Desde fuera, la casa parecía alta y estrecha; pero una vez dentro, Pelletier pudo comprobar que la impresión era engañosa. El pasillo central se ramificaba en salas y vestíbulos, a izquierda y derecha. Pese a la urgencia de su misión, el senescal contemplaba el ambiente con deleite. El suelo no era de madera, sino de baldosas azules y blancas, y preciosos tapices colgaban de las paredes. El ambiente le recordaba las elegantes y exóticas casas de Jerusalén. Habían pasado muchos años, pero los colores, las texturas y los olores de aquella tierra extraña todavía le hablaban.
– ¡Por todo lo que hay de sagrado en este cansado y viejo mundo! ¡Bertran Pelletier!
El senescal se volvió hacia la voz y vio una figura menuda, enfundada en una larga sobretúnica violeta, que avanzaba presurosa en su dirección, con los brazos extendidos. Su corazón dio un brinco al ver a su viejo amigo. Sus ojos negros centelleaban con el brillo de siempre. Pelletier estuvo a punto de caer derribado por la fuerza del abrazo de Simeón, aunque le sacaba por lo menos la cabeza.
– ¡Bertran, Bertran! -exclamó afectuosamente Simeón, con una voz profunda que retumbaba en el pasillo silencioso-. ¿Por qué has tardado tanto?