Alaïs sintió que su padre se quedaba inmóvil a su lado. Lo miró. Su boca era una línea apretada.
«Está enfadado, ahora que ha cobrado conciencia de lo que he hecho.»
– ¿No habrás venido desde Carcassona sin escolta? -preguntó él-. ¿No habrás cometido la estupidez de hacer sola el viaje? ¿No habrás corrido ese riesgo?
– Yo…
– Respóndeme.
– Parecía lo más razonable.
– ¡Lo más razonable! -estalló él-. ¡De todas las…!
Simeón se echó a reír.
– ¡Aún conservas el mismo temperamento, Bertran!
Alaïs reprimió una sonrisa, mientras apoyaba la mano sobre el brazo de su padre.
– Paire -dijo paciente-, ya veis que estoy sana y salva. No ha pasado nada.
Pelletier observó las heridas en las manos de su hija, pero ella rápidamente se las cubrió con la capa.
– No ha pasado casi nada -añadió-. No ha sido nada. Un pequeño corte.
– ¿Ibas armada?
Ella hizo un gesto afirmativo.
– Desde luego.
– Entonces, ¿dónde está tu…?
– No me pareció razonable deambular por las calles de Besièrs con ella encima -dijo Alaïs, mirándolo con ojos inocentes.
– Claro, claro -murmuró él entre dientes-. ¿Y dices que no te sobrevino ninguna desgracia? ¿No estás herida?
Consciente de su hombro contusionado, Alaïs miró a su padre a los ojos.
– No me ha pasado nada -mintió.
El senescal frunció el ceño, pero pareció algo más calmado.
– ¿Cómo supiste que estábamos aquí?
– Me lo dijo Amiel de Coursan, el hijo del sènhor, que generosamente se ofreció para escoltarme.
Simeón asintió con la cabeza.
– Es muy admirado en estas comarcas.
– Has sido muy afortunada -dijo Pelletier, reacio todavía a abandonar el tema-. Afortunada y enormemente imprudente. Podrían haberte asesinado. Todavía no puedo creer que hayas…
– Ibas a contarle cómo nos conocimos, Bertran -intervino Simeón en tono ligero-. Las campanas han dejado de sonar, por lo que el Consejo ya habrá comenzado. Disponemos de un poco de tiempo.
Por un momento, Pelletier mantuvo la expresión severa, pero en seguida cayeron sus hombros y una expresión de resignación invadió su rostro.
– Muy bien, muy bien. Puesto que ambos lo deseáis.
Alaïs intercambió una mirada con Simeón.
– Lleva un anillo como el vuestro, paire.
Pelletier sonrió.
– Simeón fue reclutado por Harif en Tierra Santa, lo mismo que yo, pero cierto tiempo antes, y nuestras sendas no se cruzaron. Cuando la amenaza de Saladino y sus ejércitos se volvió acuciante, Harif envió a Simeón de regreso a su ciudad natal de Chartres. Yo seguí su camino unos meses después, llevando conmigo los tres pergaminos. El viaje me llevó más de un año, pero cuando finalmente llegué a Chartres, Simeón me estaba esperando, tal como Harif había prometido. -Los recuerdos lo hicieron sonreír-. ¡Cómo detesté el frío y la humedad de Chartres, después del calor y la luz de Jerusalén! ¡Era un lugar tan pálido y desolado! Pero Simeón y yo nos entendimos de maravilla desde el principio. Su labor consistía en encuadernar los pergaminos en tres volúmenes distintos. Mientras él trabajaba con los libros, yo llegué a admirar su erudición, su sabiduría y su buen humor.
– Oh, Bertran… -protestó Simeón entre dientes, aunque Alaïs se daba cuenta de que se sentía halagado por el cumplido.
– En cuanto a Simeón -prosiguió Pelletier-, tendrás que preguntarle tú misma lo que vio en un soldado sin cultura ni instrucción como tu padre. Yo no llego a comprenderlo.
– Estabas dispuesto a aprender, amigo mío, a escuchar -dijo Simeón suavemente-. Eso te diferenciaba de la mayoría de los de tu fe.
– Yo siempre supe que los libros debían ser separados -continuó Pelletier-. En cuanto Simeón hubo finalizado su tarea, recibí un mensaje de Harif anunciándome que tenía que regresar a mi ciudad natal, donde me esperaba un cargo de senescal en la corte del nuevo vizconde Trencavel. Ahora, cuando vuelvo la vista atrás con la perspectiva que dan los años, me parece extraordinario no haber preguntado nunca por el destino de los otros dos libros. Supuse que Simeón iba a quedarse con uno de ellos, aunque nunca lo supe con certeza. ¿Y el otro? Ni siquiera lo pregunté. Hoy me avergüenzo de mi falta de curiosidad, pero simplemente cogí el libro que me confiaron y emprendí el viaje al sur.
– No debes avergonzarte -dijo Simeón con suavidad-. Hiciste lo que se te pidió, con la conciencia limpia y el corazón firme.
– Antes de que tu aparición borrara de mi mente cualquier otro pensamiento, estábamos hablando de los libros, Alaïs.
Simeón se aclaró la garganta.
– Del libro -dijo-. Sólo tengo uno.
– ¿Qué? -reaccionó vivamente Pelletier-. Pero, la carta de Harif… Leyéndola, supuse que ambos estaban en tu poder, o al menos que sabías dónde estaban los dos.
Simeón sacudió la cabeza.
– Antes, sí. Pero ya no, desde hace muchos años. El Libro de los números está aquí. En cuanto al otro, he de confesarte que esperaba que tú me trajeras noticias al respecto.
– Si tú no lo tienes, ¿quién entonces? -dijo con urgencia Pelletier-. Pensaba que te habías llevado los dos contigo cuando saliste de Chartres.
– Y así fue.
– Pero…
Alaïs apoyó su mano sobre el brazo de su padre.
– Dejad que Simeón se explique.
Por un momento pareció que Pelletier iba a perder los estribos, pero finalmente hizo un gesto de aquiescencia.
– De acuerdo -dijo con un gruñido-. Cuenta tu historia.
– ¡Cuánto se parece a ti, amigo mío! -rió Simeón-. Poco después de que partieras de Chartres, recibí un mensaje del Navigatairé, anunciándome la llegada de un guardián que venía a llevarse el segundo libro, el Libro de las pociones, pero sin ninguna indicación acerca de la identidad del visitante. Me preparé para su llegada y constantemente lo estuve esperando. Pasó el tiempo, me hice viejo, pero no vino nadie. Después, en el año 1194 de los cristianos, poco después del terrible incendio que destruyó la catedral y gran parte de la ciudad de Chartres, se presentó finalmente un hombre, un cristiano, un caballero que se hizo llamar Philippe de Saint-Mauré.
– Su nombre me resulta familiar. Estuvo en Tierra Santa al mismo tiempo que yo, pero nunca coincidimos -dijo Pelletier-. ¿Por qué tardó tanto? -preguntó frunciendo el ceño.
– Eso mismo me pregunté yo entonces, amigo mío. Saint-Mauré me entregó un merel y lo hizo de la manera debida. Llevaba el anillo que con tanto orgullo llevamos tú y yo. No tenía motivos para dudar de él… y sin embargo -Simeón se encogió de hombros-, había en él algo falso. Sus ojos eran agudos como los de un zorro. No pude confiar en él. No me pareció el tipo de hombre que Harif habría escogido. No había honor en su porte. Por eso decidí ponerlo a prueba, a pesar de las prendas de buena fe que traía consigo.
– ¿Cómo?
La pregunta había escapado de labios de Alaïs antes de que pudiera reprimirla.
– ¡Alaïs! -la reconvino su padre.
– Déjala, Bertran. Fingí no entender. Me retorcí las manos con gesto humilde, le pedí disculpas, le aseguré que debía de estar confundiéndome con otra persona. Entonces desenvainó su espada.
– Lo cual confirmó tus sospechas de que no era quien pretendía ser…
– Me maldijo y me amenazó, pero vinieron mis sirvientes y tuvo que ceder por ser ellos más numerosos. No le quedó más remedio que retirarse -Simeón se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un suspiro-. En cuanto estuve seguro de que se había marchado, envolví los dos libros en un fardo de ropa vieja y busqué refugio en casa de una familia cristiana vecina, que confiaba que no me traicionaría. No sabía qué hacer. No estaba seguro de nada. ¿Sería aquel hombre un impostor? ¿O quizá un guardián auténtico, cuyo corazón se había oscurecido por la codicia o por la promesa de poder y riquezas? ¿Nos habría traicionado? Si lo primero era cierto, entonces aún era posible que el verdadero guardián llegara a Chartres y descubriera que yo ya no estaba. Si era cierto lo segundo, sentí que era mi deber averiguar todo lo que me fuera posible. Ni siquiera ahora sé si elegí con tino.
– Hicisteis lo que os pareció correcto -dijo Alaïs, sin prestar atención a la callada advertencia de su padre de permanecer en silencio-. No se puede actuar mejor.
– Correcto o equivocado, lo cierto es que permanecí en la ciudad dos días más. Entonces hallaron el cuerpo mutilado de un hombre flotando en el río Eure. Le habían arrancado los ojos y la lengua. Corrió el rumor de que era un caballero al servicio del hijo mayor de Charles d’Evreux, cuyas tierras no se encuentran lejos de Chartres.
– Philippe de Saint-Mauré.
Simeón hizo un gesto afirmativo.
– Acusaron del asesinato a los judíos y en seguida empezaron las represalias. Yo era un chivo expiatorio muy conveniente. Se rumoreaba que me estaban buscando. Se decía que varios testigos lo habían visto llamando a mi puerta, testigos dispuestos a jurar que habíamos discutido e intercambiado golpes. Entonces me decidí. Quizá ese Saint-Mauré era quien decía ser. Quizá era un hombre honesto, o quizá no. Pero ya no importaba. Había muerto, según deduje, por lo que había averiguado acerca de la Trilogía del Laberinto. Su muerte y la manera en que le había sobrevenido me convencieron de que había otros implicados, de que el secreto del Grial había sido traicionado.
– ¿Cómo escapasteis? -preguntó Alaïs.
– Mis criados ya se habían marchado y yo esperaba que estuvieran a salvo. Me escondí hasta la mañana siguiente. En cuanto abrieron las puertas de la ciudad, con las barbas bien afeitadas, me escabullí disfrazado de anciana. Ester me acompañó.